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Ramón Cerero

Donde se cuenta cómo me hui a Italia

Donde se cuenta cómo me hui a Italia por causa de unos problemas con la justicia.

Por aquellas fechas conocí yo a un soldado veterano de los tercios del rey. Formaba parte del séquito del cardenal Giulio Acquaviva y se encontraba desde unas semanas en esta villa de Madrid. Este caballero, aunque de edad avanzada, era aún un hombre muy apuesto y gallardo. Había acompañado al susodicho señor por toda Italia y España. Provenía de tierras de Granada, aunque, según me confesó la primera ocasión que hablé con él, largos años ha que no ponía pies en la tierra que le vio nacer, ya que desde muy joven andaba viajando de la ceca a la meca. Era un hombre de gran gentileza y donaire. Vestía de forma sencilla y sus ropas estaban un poco gastadas y no eran tan elegantes como las que se ven en los nobles que pasean por nuestras calles. Pero Álvaro de Tarfe, que así se llamaba el viejo soldado, no se avergonzaba un ápice de su aspecto. Decía que la vida militar le había gastado y curtido el pecho tanto como las ropas, y que más honra llevaba encima él, con su pobre indumentaria, que todos los jóvenes emperifollados que se paseaban por esta villa como pimpollos.

   Ni que decir que el tal caballero me causó gran impresión y me produjo gran admiración por su honesto orgullo y su gran experiencia en las cosas del mundo. Como ocurre a todo joven que aún no afeita sus barbas, me admiraba también mucho sus luengos y variados viajes por toda Europa, motivados por su carrera militar y su posterior entrada en el séquito del cardenal. Buscaba yo mucho de su compañía por aquellos días y me quedaba colgado de sus palabras como párvulo que oye cuentos junto al hogar. Sobre todo gustábame oírle contar maravillas de las hermosas ciudades de Italia, de las cuales conocía casi todas, y de sus hermosas mujeres y excelente comida. De todas y cada una de las ciudades italianas me alabó sus gentes y sus casas, siendo Nápoles la que más aprecio tenía en su corazón. Después de hablarme largo tiempo de sus correrías, en numerosas ocasiones me animó a unirme a su compañía, prometiéndome una vida, si no regalada, al menos llena de aventuras y honores. Tantas veces me tentaba con que le acompañara que casi me tenía conquistada la voluntad.

   Pero yo, a mis veintidós años, aunque se me iban los ojos a lo que sus palabras pintaban tan bellamente en mi imaginación, era un joven prudente y de naturaleza temerosa. Estaba yo entonces en la flor de la vida, pero me comportaba en todo de forma comedida y cuidadosa. Y aunque gustaba mucho de las palabras de Álvaro de Tarfe, era mozo más de imaginación que de acción, y más gusto sacaba yo en escuchar aventuras que en ser partícipe de ellas.

   Además, tenía yo puestas todas mis esperanzas en la pluma y no en la espada. Cultivaba las letras con gusto y hacía buenos versos, y poco a poco iba logrando fama de poeta en esta corte. Pronto recibí mis primeros laureles y pude saborear el dulce néctar del éxito, pues el año anterior don Juan López de Hoyos decidió poner dos de mis poemas en el libro que hizo por la enfermedad y muerte de nuestra reina Isabel.

   En ese trance estaba yo, cuando sucedió un percance que cambiaría mi destino y que sería el origen de esta historia y de muchas otras que se han de contar más tarde, si el lector ha bastante paciencia y si Dios me concede el tiempo suficiente.

   Quiso la fortuna que en una ocasión que me encontraba con el tal caballero en la taberna que hay en la calle Sombrereros entrose un soldado acompañado de dos amigos. Ocurrió entonces que estando el señor Álvaro de Tarfe muy picado en su contento por los vapores del vino, y no estando yo muy a la zaga, comenzó el veterano a decir alguna palabra más gruesa que otra. La chispa que originó el fuego fue que don Álvaro de Tarfe comenzó en voz alta a hacer chanza de las ropas tan nuevas y limpias que traía el caballero cabecero del grupo. El caballero en cuestión resultó ser un tal Antonio de Segura, soldado de nuestro rey Felipe, nombre que no olvidaré en todos los días de mi siglo, ya que fue parte principal en la primera de las desgracias de mi infortunada vida, y quién sabe si no fue el principio de todas las que me vendrían después. Como les iba diciendo, el viejo soldado comenzó a burlarse del traje que vestía Antonio de Segura, pues estaba en tan buen estado y tan limpio que parecía estrenado esa misma tarde. “Soldado de comedias parece vuestra merced, y no de carne y hueso” le gritó Álvaro de Tarfe, guiñándome un ojo.

   El ofendido, sorprendido por la pulla, quedó callado y barruntando la contrarréplica. No tardó la contestación en llegar y, quizá ayudado por los reflejos que se adquieren en el combate cuerpo a cuerpo, halló enseguida la vara con la que azuzar al ofensor. “Pues yo diría que vuesa merced más parece veterano retirado, y no muy limpio, que soldado de carne y hueso. Que no me entra en la cabeza que un soldado hecho y derecho ande tan descuidado en su vestidos y en sus modales como para avergonzar a los de su oficio.”

   Nunca en tan poco espacio y lugar vi yo iniciarse una disputa tan grande y tan fiera, y lo que comenzó con golpes de lengua e ingenio, en cuestión de minutos terminó en combate de espadas entre los dos orgullosos soldados. A la escaramuza de los principales nos unimos los secundarios, y pronto la taberna se convirtió en un campo de batalla para la desgracia del tabernero.

   Aunque estábamos en desventaja numérica, porque a Antonio de Segura le acompañaban dos soldados y yo era el único que luchaba codo con codo con el viejo soldado, pronto tomamos la mano de una lucha que en principio pareciera adversa. Y esto fue porque Álvaro de Tarfe, no sé si animado por el mismísimo Baco, repartía estoques como león enfurecido contra dos oponentes mientras yo bastante hacía con parar los golpes que me lanzaba uno de los que entrara con el de Segura. La fortuna quiso que me deshiciera de pronto de mi oponente, pues aunque no era yo muy ducho con la espada no me faltaba en aquella época energía y voluntad. Y fue la casualidad que en un intercambio de golpes logré, no sé de qué manera, alcanzar a mi rival en un costado y herirlo. Este soltó la espada y cayó al suelo. En ese mismo instante vi que mi amigo sucumbía al empuje de los dos que le cercaban y, sin pensarlo dos veces, corrí en su ayuda y di una estocada al que tenía más a mano, hiriendo al tal Antonio de Segura en el brazo y en el pecho, a la altura de la tetilla derecha. Éste al caer al suelo comenzó a quejarse de manera muy lastimosa y a gritar en voz alta: “¡A mí la justicia, que me han muerto a traición!¡A mí la justicia del rey!”

   El otro soldado que luchaba junto a él tiró su espada y se arrodilló para socorrer al amigo. En la taberna se oyeron muchas voces y la confusión fue muy grande. Yo quedé paralizado y confuso, pues me veía sin quererlo ni beberlo en una gran cuita. Me sacó de tal estado Álvaro de Tarfe, que me llevó a empujones hasta la calle donde me recuperé un poco del mucho susto y confusión que tenía. Allí el viejo soldado me recomendó con apresuradas palabras la huida del lugar. “Huyamos de aquí, pues poco provecho sacaremos del desaguisado. Poco hemos de fiar de la justicia pues el tal Segura es caballero muy noble y de rica familia, y no le faltarán testigos a su favor.” Y así llevado del brazo, y casi muerto por el miedo y la vergüenza, corrí calle abajo con el soldado y nos huimos de la justicia.

   Permanecí oculto unas semanas con las gentes del cardenal, atento a las noticias de lo que se decía en la villa de la riña en la taberna. La refriega pronto se hizo famosa y popular entre las gentes de la ciudad por la importancia del personaje que había sido malherido, y ninguna lengua se quedó sin propalar mentiras y fantasías de lo ocurrido en la dichosa taberna.

   La mala fortuna hizo que únicamente yo apareciera en los papeles de la denuncia, pues era yo bien conocido del tabernero por causa de que mi padre había hecho sangrías a su mujer en varías ocasiones. Nada supo, o quiso decir, el tabernero del soldado del séquito del de Acquaviva, quizá por ser éste nuevo en la corte y conocido de muy pocos. También tuve conocimiento esos días de que el tal Antonio de Segura estuvo al borde mismo de la muerte por causa de mi estocada. Aunque salvó la vida, esto fue a costa de perder el brazo derecho, pues la herida leve que le hice en el brazo derecho se complicó y hubo que amputarle el brazo, quedando inútil para cualquier oficio. Por esta causa, desgraciado de mí, también cayó sobre mis hombros la culpa del cirujano que negligentemente le curó las heridas, sin tener yo responsabilidad en la gravedad de las consecuencias, ni de la manquedad del tal caballero.

   Bien seguro estaba de que nada bueno saldría de todo aquello. Tras meditar mucho y dar muchas vueltas a lo sucedido, decidí aceptar los ofrecimientos de Álvaro de Tarfe y abandonar la corte, antes de que definitivamente se emitiera sentencia y se decidiera mi castigo. Mejor era huir cuando aún podía hacerlo con facilidad. Así pues, coincidiendo con la marcha de Acquaviva a Italia, me uní a sus gentes y llegué a Roma quince días después.

   Al poco tiempo de llegar a la ciudad eterna me llegó epístola de mi hermano Rodrigo, que me contaba muchas cosas de la sentencia y que me expresaba lo muy preocupados que estaban por mí todos los de mi casa. Y es que el juez había determinado que “con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha y que fuese condenado a destierro fuera de la corte durante diez años.”

   Cuánto me alegré entonces de haber marchado de Madrid y haberme llegado a Italia, donde me acababa de alistar. No me equivocaba yo entonces en Madrid de lo injusta que sería la condena. Pues yo había herido al tal caballero en pelea justa y en una taberna, y no había sido la pelea en la mismísima corte, como parecía entenderse del excesivo castigo dictado por el juez.

   Pensaba entonces yo, iluso de mí, que al destino se le podía huir y burlar. Lejos estaba yo de tener conocimiento de lo que me deparaba la fortuna, y de saber que, si me había huido de la sentencia del juez de la corte, otra similar me deparaba el destino casi escrita al pie de la letra de la que dictara el juez, sin que pudiese yo hacer nada por evitarla esta vez.

 

“Sepades que por los alcaldes de nuestra casa y corte se ha procedido y procedió en rebeldía contra un Miguel de Cervantes, ausente, sobre razón de haber dado ciertas heridas en esta corte a Antonio de Segura, andante en esta corte, sobre lo cual el dicho Miguel de Cervantes por los dichos nuestros alcaldes fue condenado a que con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha y en destierro de nuestros reinos por tiempo de diez años y en otras penas contenidas en la dicha sentencia.”

Providencia de Felipe II. Valladolid. Archivo General de Simancas.

 

 

Publicado la semana 7. 15/02/2021
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