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Ramón Cerero

Las canciones a los niños muertos II

La verdad es que no tenía motivos para preocuparse. Lucas era un niño sano y no había tenido ningún problema de salud en los primeros tres meses. Pero ese relato que había escrito le hacía pensar de una forma vaga en ciertas cosas que no se atrevía a concretar. Sentía crecer en su interior un miedo extraño. Sabía que era una tontería preocuparse por lo que había escrito, pero no podía quitarse de la cabeza lo que le había pasado a Mahler, mejor dicho, lo que su mujer pensaba que había pasado por culpa de aquellas canciones a los niños muertos. Lo peor de todo era que tampoco podía contarle a su mujer lo que rondaba por su cabeza. Era mejor no hablar de ello, no darle carta de naturaleza.Tenía que ignorarlo. Aunque comenzaba a obsesionarse con ese temor, era mejor no contagiar a nadie con esa estúpida idea. Todo por una tontería que se le había metido en la cabeza. Sí, lo mejor era no decir nada, callarlo.

     Comenzó a dormir mal, aunque ahora Lucas no se despertaba tanto como al principio. Sabía que la muerte súbita era un peligro real en los primeros seis meses de vida de un bebé. Así que en cierto modo no era una locura tener miedo. Pasaba las noches espiando la respiración agitada del bebé. Si se dormía en algún momento, se despertaba asustado porque no oía la respiración de Lucas. Se sobresaltaba cada vez que el bebé hacía una de sus frecuentes apneas. Otras veces, al oír al bebé hacer algún ruido extraño con la garganta, se desvelaba y luego le costaba volver a dormirse.

     Después de pasar una semana así decidió que guardaría ese relato en un cajón e intentaría escribir otra cosa. No quería tentar a la suerte. En el caso más extremo, si tenía que escoger entre la vida o el arte, se quedaba con la vida. Ahora, con Lucas formando parte de su vida, la fortuna tenía otro rehén en su poder, además de a María. Se sentía más vulnerable. Tendría más cuidado la próxima vez que escribiera algo. Intentaría no escribir nada que tratara sobre muertes, sobre todo si eran muertes de niños. Pero desde aquello, cuando intentaba escribir se sentía bloqueado. Pensaba todo el rato en ese maldito relato guardado en el cajón y no podía concentrarse en otra cosa.

     Desafortunadamente las cosas se complicaron aún más, pues su plaza de profesor en el instituto salía en la próxima convocatoria de oposiciones. Tendría que prepararse para los exámenes. Necesitaba cierta estabilidad laboral. Sobre todo ahora que había nacido Lucas. No le desagradaba estudiar pero le fastidiaba pensar que estaría un par de años sin poder dedicarse a escribir.

     Pasaron los años y llegaron los primeros días de colegio para Lucas. María y él disfrutaron de cierta libertad al principio, pero pronto llegaron las novedades. María se quedó embarazada nuevamente. La oposición no fue del todo mal, pero él no logró la plaza deseada. Obtuvo una plaza de profesor de latín en un instituto en el otro extremo de la ciudad. Como no dominaba totalmente esa materia tuvo que prepararse a conciencia antes de comenzar las clases. No se sentía seguro con esa asignatura y las clases en el instituto se convirtieron en una tortura diaria.

     Después llegó Laura y volvieron a repetirse las noches sin dormir y los días sin tiempo para hacer nada. María y él apenas llegaban con fuerzas al final del día. Él no escribía nada ahora. La editorial había dejado de esperar aquel relato que había escrito sobre un niño muerto. Había perdido muchas cosas durante esos años de paréntesis. Entre lo que ya no poseía estaban la inspiración o esa cosa necesaria para sentarse a escribir durante horas. Además estaba aquel relato en el cajón. Con la llegada de la pequeña Laura sus temores volvieron a aparecer. Incluso se arrepintió de no haberse deshecho del manuscrito antes del nacimiento de la pequeña.

     El invierno fue especialmente frío ese año. Una mañana de enero nevó tanto que tuvo dificultades para llegar al instituto. Unas semanas después la pequeña Laura, que aún no tenía tres meses, comenzó a toser y a mamar con más dificultad. Cuando María comprobó que tenía fiebre corrieron al hospital. Allí les confirmaron que el bebé tenía bronquiolitis y que tendría que quedarse ingresada un par de días. La pediatra del servicio de urgencias le explicó que los bebés tan pequeños se desestabilizaban muy rápido y que no había otro remedio. María se quedó con la niña y él volvió a casa para encargarse de Lucas. Al tercer día de ingreso la pequeña empeoró, a pesar del traAllí les confirmaron que el bebé tenía bronquiolitis y que tendría que quedarse ingresada un par de días.tamiento con inhaladores. Pasaban los días en el hospital, mientra los abuelos se hacían cargo de Lucas. La mala fortuna hizo que la pequeña se contagiara de un virus de otro niño que había ingresado en la misma habitación. María estaba destrozada por la larga estancia en el hospital y él comenzó a pasar algunas noches con la niña. Volvieron las largas noches sin dormir, espiando siempre la respiración ahogada de la pequeña, dando vueltas en su cabeza a la historia de Mahler y pensaba en el maldito relato que había escrito. Había desafiado a la fortuna escribiendo sobre la muerte de un niño. ¿Cómo se había atrevido a una cosa así? Hasta entonces había sido tan afortunado en la vida. Tenía una familia y un buen trabajo. ¿Por qué había tentado la suerte?

     Una mañana, tras regresar agotado a casa del hospital, buscó aquel relato que había escrito hacía ya más de cinco años y que nunca se había atrevido a enseñar a nadie. Lo sacó de la carpeta y lo llevó a la cocina. Lo quemó en el fregadero. Además de encender la campana extractora tuvo que abrir la ventana para evitar que el humo no se acumulara en la cocina. Después encendió el grifo y dejó que los restos de ceniza se perdieran por el desagüe.

Publicado la semana 52. 31/12/2021
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