51
Ramón Cerero

Las canciones a los niños muertos I

Habían cambiado tantas cosas desde la llegada de Lucas. Todo había sido tan emocionante al principio… Después, inexorablemente, había llegado lo más duro: el llanto del recién nacido, el despertarse de madrugada, los cólicos, la salida de los primeros dientes.

     María y él se encontraban siempre tan cansados. Las primeras semanas ni siquiera habían salido a la calle, a no ser para comprar algo de comida o alguna cosa que necesitara el bebé. Los pocos amigos que tenían, todos sin hijos, habían desaparecido después de la primeras visitas de cortesía. La verdad es que tampoco los echaban mucho de menos. Éstos se habían convertido de repente en personas aburridas, inmaduras, que se preocupaban por cosas que a ellos ya no les interesaban. Ahora la vida iba en serio. Eran padres. También era como si María y él vivieran en otra dimensión. Sólo les apetecía descansar, dormir unas horas…

     María sufría más, pues las exigencias de la lactancia materna se cobraban en su cuerpo de forma implacable. Cuando miraba a María y veía sus ojeras, su pelo sin brillo y su gesto cansado se sentía culpable, sin saber muy bien por qué. Él se ocupaba de casi todas las tareas de la casa, pues en ese tiempo Lucas necesitaba a María en exclusividad. Su vida consistía ahora en preparar las comidas, hacer la limpieza, e incluso dar un paseo a Lucas en su carrito cuando se ponía insoportable y la única forma de dormirlo era tirarse a la calle con él.

     Desde la llegada del bebé muchas cosas habían salido volando por la ventana. Habían dicho adiós al teatro, al cine, y a las cenas fuera de casa. Pero lo más doloroso para él era esa renuncia al sexo y el hecho de que María ni siquiera lo echara de menos. Ella ya no lo deseaba, o al menos no con la urgencia que él deseaba a María. Es verdad que ella llegaba a la noche cansada. No ayudaba tampoco a la situación que el bebé durmiera entre los dos, en la gran cama de matrimonio. Faltaban meses para que el pequeños durmiera toda la noche de un tirón y era más práctico tenerlo cerca durante la noche. Sin poder evitarlo se sentía desplazado por Lucas, que ocupaba ahora todos los ámbitos de sus vidas.

     Su editora había bromeado con él cuando supo del embarazo de María. Le había advertido de que lo que más debía temer un escritor era un carrito de bebé entrando por la puerta. Él había publicado varios libros que habían tenido cierto éxito. En la pequeña editorial en la que se habían publicado sus relatos lo consideraban una joven promesa. Podía estar un tiempo sin escribir. El trabajo como profesor de instituto le permitía tomarse las cosas con calma.

     La verdad es que los primeros dos meses habría sido incapaz de escribir nada, aunque lo hubiese necesitado. Llegaba el final del día tan cansado que no le apetecía sentarse en su escritorio. Además, la rutina diaria de su nueva vida con Lucas no le parecía tema que mereciera tratarse de forma literaria. O quizás él no era lo suficientemente artista como para encontrar algo que le inspirara en aquella vida entre cuatro paredes que llevaban María y él con el niño. Como no podía escribir intentaba leer. Siempre había sobre su escritorio unos cuatro o cinco libros. Casi siempre se trataba de alguna novela que alguien le había recomendado o que había sacado de la biblioteca municipal en una de sus frecuentes visitas. Pero era abrir un libro y cerrársele los ojos. A veces se empecinaba en acabar un capítulo o una página y era peor, pues no recordaba lo que había leído unas líneas antes y no entendía nada. Era imposible no sentir cierta frustración.

     Cuando habían pasado tres meses del nacimiento del bebé las cosas comenzaron a mejorar. Ahora Lucas dormía algo mejor. Algunas cosas de antes de Lucas volvieron, aunque de forma diferente. María y él se sentían mejor, menos cansados.

     Un día en que María y Lucas pasaban el día en casa de los padres de ella, y el silencio había retornado a la casa, él se propuso retomar la escritura. Tras una hora de divagar y mirar por la ventana, encontró en un rincón de su mente una idea que le arrancó de la inactividad. Pasó el día escribiendo sin parar, obsesionado con la idea, deteniéndose solo para revisar lo que había escrito o para comer algo. Cuando María regresó a casa por la noche con Lucas, lo encontró de un excelente humor. Se alegró por él. Ella también añoraba el trabajo en el estudio de arquitectura que llevaba con su socia, pero eso tendría que esperar hasta que Lucas tuviese al menos un añito.

     Las historia que había escrito esa tarde era algo extraña. Relataba la muerte fingida de un niño. Después, como por obra de un dios cruel, ese mismo niño moría de verdad, quizá para castigar a la madre que se había prestado a esa burla de la muerte. Lo mejor del relato era esa voz de la madre que se lamentaba de lo ocurrido. Había fuerza en esa mater dolorosa. En cierto modo se había inspirado en la leyenda sobre las canciones para los niños muertos de Gustav Mahler. El músico austriaco había perdido a su hija María unos cuatro años después de haber escrito los Kindertotenlieder. La niña había muerto de escarlatina, pero existía la leyenda de que la causa real de la muerte había sido otra, esos poemas tétricas que su padre había musicalizado. Parece ser que así lo creía la propia esposa del autor. “Ojalá mi marido no hubiese puesto música a esos poemas de Rückert”, declararía tiempo más tarde Alma Mahler. Siempre le había fascinado esa historia sobre los Kindertotenlieder, no sabía muy bien por qué. Quizás le interesase la idea de que la realidad podía a veces seguir obedientemente a la ficción, o de que había ciertos temas sagrados, como la muerte, con los que no se podía jugar sin el peligro de incurrir en una suerte funesta. Hasta que no había concluido el relato no cayó en la cuenta de que él mismo, al escribir ese relato, se colocaba en una posición semejante a la del músico. Al principio la idea le pareció una tontería.

     Lo importante era que había vuelto a escribir después de lo de Lucas. Era sólo un relato, pero él pensaba que era bueno. Puede que se equivocara en esto, y que lo que había escrito no mereciera la pena. Pero ya llevaba unos años escribiendo y su olfato le decía lo contrario. El único problema era que tocaba el espinoso tema de la muerte de un niño. Un niño tan pequeño como su propio hijo.

     Su editora se mostró agradablemente sorprendida cuando hablaron por teléfono. Había tenido experiencias con otros jóvenes escritores que habían sido padres. La mayoría había tardado más de un año en recuperar parte de su creatividad. Algunos habían tenido más problemas. El relato se podía ofrecer a alguna de las revistas literarias en las que había publicado anteriormente sus cuentos. La editora había pensado en Clarín, pero también se podía intentar en Tales o en Visor, si realmente estaba interesado. Se alegraba mucho de que volviese tan pronto a escribir y de que las cosas marchasen bien en casa. Pero por algún motivo él no se atrevió a enviarle el manuscrito esa semana. Quizá era mejor esperar un poco antes de publicarlo. Un vago temor lo retenía. Existía la posibilidad de que ese relato atrajera la mala suerte en forma de desgracia familiar.

 

Publicado la semana 51. 25/12/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
51
Ranking
0 34 0