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Ramón Cerero

Escamas

Muchos de ustedes me llamarán cobarde. Otros, más comprensivos, simplemente pensarán que tuve mala suerte, que habrían reaccionado como lo hice yo si les hubiese sucedido algo parecido. Pero será mejor que comience por el principio.

     Desde que tengo recuerdo nunca me gustó el pescado. No se trataba sólo de que fuera incapaz de comerlo. El simple olor de esos peces muertos me provocaba nauseas. La visión de esos animales húmedos y gelatinosos, llenos de escamas, me repugnaban profundamente. Bastaba que contemplara en la bandeja del horno una de las lubinas que mi madre preparaba con frecuencia para que comenzara a sudar. La visión de aquel pez abierto en canal me hacía marearme de tal forma que tenía que correr a tumbarme en el sofá. Eso no tendría la mayor importancia si no fuera por la curiosa circunstancia de que mi familia se ganaba la vida en una pescadería del mercado municipal. Tanto mi padre como mi madre pasaban la mayor parte del tiempo entre merluzas, congrios, colas de rape y asquerosas pescadillas que devoraban su cola. Tampoco soportaba el olor a pescado que impregnaba sus ropas y gran parte de nuestra casa. Supongo que esa extraña fobia que sentía por el pescado, ese asco que siempre sentí a todo lo que tuviese escamas, debía de provenir de que ya en el útero de mi madre estuve fuertemente expuesto a esos olores tan característicos de una pescadería. Se daba la circunstancia de que mi madre no había dejado de trabajar en el puesto hasta que no habían comenzado las contracciones de parto.

     Pero la verdad es que desde mi nacimiento fui un niño enfermizo y débil. Casi todas las mañanas me levantaba con unas décimas de fiebre. También sufría episodios frecuentes de dermatitis. Casi todo el año, a excepción de los meses de invierno en los que la humedad era alta, mi piel me torturaba con infinidad de problemas. Muchas veces amanecía con la piel irritada y roja. En otras ocasiones la piel tenía un aspecto pálido y seco, y se desprendía simplemente con tocarla. En esas ocasiones me sentía como una serpiente en plena época de muda. Mi madre lograba aliviar mis padecimientos dándome prolongados baños y untándome con toneladas de crema hidratante. Mi temperatura corporal bajaba y mi piel agradecía esas largas inmersiones en la bañera impregnada de sales de baño.

     He de aclarar aquí que mis padres no eran jóvenes cuando decidieron tener descendencia. Mi padre tenía casi cincuenta años entonces, y mi madre ya había alcanzado los cuarenta y dos. Por ese motivo a mi madre le costó mucho quedarse embarazada. Sólo después de un largo periplo de clínicas y tratamientos costosos lograron el tan deseado embarazo. El hecho de que el fruto de tantas preocupaciones y sacrificios fuese un niño de salud quebradiza debió de hacerles sufrir mucho. Pero después del milagro del embarazo, mi madre había fortalecido su confianza en la medicina. Así que me hizo recorrer infinidad de especialistas y médicos generales para descubrir cuales eran las causas de que su único retoño estuviese siempre enfermo. Recuerdo perfectamente el día en que aquel alergólogo le comunicó el resultado de las pruebas a mi madre. Yo tendría ocho años por entonces. Aquel médico le contó que su único hijo era alérgico al pescado y que nunca antes había visto esa reacción ante el alérgeno de las escamas de pescado. La prueba de las escarificaciones había sido normal, pero las analíticas mostraban un aumento de eosinófilos que se salía de las tablas. Aquel médico dictaminó que sin duda el pescado, o la presencia de escamas en el hogar, debía de ser la causa de los numerosos desordenes en mi salud. La verdad es que aquello explicaba mis preferencias alimentarias. Mi madre en ese momento comenzó a llorar como una Magdalena. No podía soportar enterarse por aquel médico de que ella misma había sido la causante de los problemas de salud de su querido hijo. Durante años, yo había estado expuesto por su causa a todo aquello que me hacía mal. Por otro lado, mi madre también derramaba lágrimas de alegría porque al fin habían encontrado la causa que justificaba mi precaria salud. Durante muchos años, ella y mi padre habían albergado en secreto el temor de que alguna enfermedad congénita grave fuese la causa de la pobre salud de su hijo. Más tarde me confesaron que yo era el producto de una gestación lograda gracias a una donación de gametos. Por ese motivo, durante mucho tiempo, temieron que alguno de los donantes tuviese alguna enfermedad grave. Pero si resultaba que solamente se trataba de una alergia, la cosa tenía fácil solución.

     Mi madre no lo dudó. Había que traspasar el negocio y eliminar el pescado completamente de la dieta familiar. Mi padre, aunque con ciertas reticencias, acató la decisión de mi madre. Además, él ya había pasado de los sesenta y se acercaba la jubilación. Era buen momento para dar el relevo a alguien más joven. Decidieron pasar el negocio familiar a un sobrino que ayudaba todos los sábados en el puesto y que siempre se había mostrado despierto para el negocio. Así que el traspaso se hizo sin grandes traumas.

     A partir de aquello mi salud mejoró bastante, aunque la dermatitis continuó dándome la lata por un tiempo. Mi madre, por prescripción médica, me animó a hacer algún tipo de deporte y a pasar más tiempo al aire libre. Eso fortalecería mi constitución débil por naturaleza. Probé durante una época varios deportes pero el único sitio en el que me encontré a gusto fue en la piscina. Además, no se me daba nada mal la natación. El ambiente húmedo de las piscinas sentaba bien a mi piel, que parecía haberme dado una tregua. Incluso fui aceptado en el equipo de natación del colegio. Mi madre estaba orgullosa de mí. El entrenador le había dicho que yo era un atleta un prometedor y que había visto pocos chicos con mis cualidades naturales. La verdad es que a partir de aquel tiempo comencé a sentirme muy bien. Los padecimientos físicos que había sufrido durante la mayor parte de mi primera infancia habían quedado atrás.

     Aquellos fueron tiempos felices. Mis padres contemplaban como su hijo florecía. No sólo había dejado atrás la enfermedad, sino que me estaba convirtiendo en un chico fuerte y sano que no paraba de traer a casa medallas de natación. También conocí por aquellos tiempos el amor.

Ella se llamaba Melinda y era la criatura más hermosa que había en nuestro colegio. Ella estaba en cuarto curso, así que al principio yo sólo la admiraba desde lejos. Los alumnos del curso de bachillerato la perseguían pero ella no parecía estar interesada en los chicos. ¿A qué podía aspirar yo, un chico de tercero, cuando ni siquiera los mayores despertaban su interés? Pero mi corazón no entendía de razones y no dejaba de acelerarse cada vez que me cruzaba con ella en el pasillo del instituto. Pero un sábado la sorprendí en las gradas de la piscina, entre la gente que había acudido a contemplar la final intercentros. Aunque su presencia me puso un poco nervioso, logré sin mucho esfuerzo el primer puesto para nuestro colegio en todas las categorías. Incluso ganamos la prueba de relevo de espalda, que era la disciplina en la que nuestro equipo cojeaba más. Fue una tarde maravillosa. La gente se volvió loca, pues nunca antes nuestro colegio había tocado el cielo como en aquella ocasión. El ambiente en la piscina era de una euforia contagiosa. Todos me felicitaban. Me sentía un héroe. Mis padres contemplaban orgullosos desde las gradas a su único hijo. Pero yo buscaba inútilmente los ojos verdes de Melinda, que se había marchado en algún momento, antes de que terminara la competición.

     Sin embargo una semana después me paró en el pasillo para felicitarme. Nunca antes se había detenido a saludarme. En esa ocasión debí de parecer un idiota, porque casi no pude articular palabra. Estaba conmocionado. Melinda estaba hablando conmigo. Pero eso a ella no pareció importarle y a partir de aquel día comenzó a mostrarse interesada por mí.

     En resumen, yo era entonces un adolescente feliz. Mi cuerpo comenzaba a experimentar cambios que me hacían sentirme extraño y poderoso al mismo tiempo. Mi hombros se ensancharon, los músculos de mis brazos se endurecieron y algunas zonas de mi cuerpo se cubrieron de vello. Por aquella época castigaba mi cuerpo sin piedad en la piscina, para mantener a raya todas esas pulsiones que se habían apoderado de mí después de tanto tiempo sin problemas de salud. Me sometía a sesiones maratonianas de entrenamiento.

     Comencé a salir con Melinda los fines de semana. Ella me acompañaba a muchas competiciones. Otras veces paseábamos solos por la playa. Buscábamos la soledad y los lugares discretos. Allí dábamos rienda suelta a nuestros deseos adolescentes y nos maravillábamos de la perfección de nuestros cuerpos juveniles.

     Pero pronto la desgracia vino a enturbiar todo aquello. Primero fue la muerte de mi padre, que sufrió un infarto una calurosa tarde del mes de junio. El infarto le sobrevino en plena calle, cuando daba su acostumbrado paseo de la tarde. Las personas que acudieron en su ayuda cuando se desvaneció nada pudieron hacer por él. Tenía entonces sesenta y siete años.

     Unas semanas más tarde, quizá como consecuencia de esa repentina desgracia, mi salud empeoró radicalmente. Comencé a sufrir problemas graves de piel. Por todo mi cuerpo la piel se engrosó. Después aparecieron una especie de costras transparentes. Todo eso era tremendamente dolorosa y sólo sentía algo de alivio si me sumergía en la bañera llena de agua templada. Tuve que abandonar el instituto y los entrenamientos. Prohibí a Melinda que me visitara en tal estado. No quería que nadie me viera así.

     Mi madre me ayudó a soportar la enfermedad y volvimos a los viejos tiempos, en los que ella me cuidaba como cuando era un niño débil y enfermo. Claro que no la dejaba que me viera desnudo, ni que entrara en el baño mientras yo permanecía sumergido en la bañera. Además, habían comenzado a surgir más cambios en mi cuerpo, que parecía haberse vuelto completamente loco, quizá por el exceso hormonal de mi adolescencia. A la aparición de las piel escamosa siguió el crecimiento de unas extrañas membranas entre los dedos de los pies. Al principio no le di mucha importancia, pues estaba aún conmocionado por la nueva crisis que estaba sufriendo. Pero cuando aparecieron esas membranas entre los dedos de las manos comencé a preocuparme. Prohibí a mamá que entrara en mi dormitorio y sólo aceptaba comer aislado en mi habitación. Realmente me encontraba deprimido. ¿Cómo es posible que sufriera una crisis tan grave cuando yo pensaba que había dejado atrás todas mis dolencias?

     Mi cuerpo continuaba transformándose sin que nada pudiese hacer para evitarlo. Pasaba horas frente al espejo de mi cuarto. Primero comenzó a caerse parte de mi pelo. Incluso las cejas parecían despoblarse. Después, en el lateral de mi cuello, a ambos lados, comenzaron a dibujarse unas líneas dehiscentes. Aterrado, comprobaba como sufría una extraña metamorfosis que me estaba transformando en algo terrible.

     Mamá insistía para que le abriera la puerta. Estaba preocupada. Melinda se presentó una tarde en casa. Quería verme. Tenía que contarme algo muy importante. Pero yo no podía dejarla que me viera así. Desde detrás de la puerta pude oír cómo ambas lloraban desconsoladas.

     Esa misma noche tome la resolución de huir de casa. No deseaba que nadie que me conociera antes viera en lo que me había convertido. Aproveché la madrugada para salir en silencio de mi dormitorio. Escapé a la calle llevando solamente una mochila con algo de ropa. No sabía a dónde dirigirme pero estaba dispuesto a cualquier cosa. Era una noche tormentosa y caía un fuerte aguacero, pero no me importó calarme hasta los huesos. El agua que impregnaba mis ropas me producía un cierto alivio. No sé cómo, pero mis pasos me llevaron cerca del río. De repente sentí un necesidad profunda de sumergirme en sus frías aguas. Echaba de menos la piscina del colegio, la libertad que había experimentado bajo el agua en aquellas tardes de entrenamientos. Sin dudarlo me desnudé y guardé mis ropas cerca de la orilla. Cuando me arrojé al agua experimenté un gozo como nunca antes había sentido. De nuevo me encontraba bien, podía sentir como recobraba mis fuerzas. Una alegría intensa se apoderó de mi. Buceé hasta lo mas profundo del río. Después nadé un buen trecho, alejándome de la zona donde había dejado mis ropas. Llegué a la desembocadura del río y nadé aún más. Me adentré en el mar. Hacía mucho tiempo que no me había encontrado tan bien, tan fuerte, con una vitalidad que nunca antes había conocido y que sólo había logrado entrever en la piscina escolar.

     Más tarde supe que encontraron mis ropas y pertenencias cerca del río. Durante días los buzos buscaron mi cuerpo en el fondo del río.

     He viajado mucho bajo las aguas, pero siempre he vuelto al río de mi origen. En algunas ocasiones he logrado ver a mi madre, sentada en los bancos que hay cerca de la orilla. En esos momentos me hubiese gustado salir del agua y abrazarla, pero creo que es mejor así. Su hijo murió en estas aguas en las que yo nací.

     El color verde de las algas marinas me recuerda siempre a los ojos de mi amada Melinda. Cuando vuelvo a mi antiguo hogar busco en sus orillas también sus ojos. En una ocasión pude verla nuevamente. Caminaba cerca de la orilla. Llevaba de la mano un niño pequeño que apenas podía caminar sin tropezar. Por un instante los ojos de esa criatura se cruzaron con los míos. Asustado, el niño gritó a su madre. Yo apenas tuve tiempo de sumergirme en las profundidades del río. Era una criatura hermosa. Tenía un rostro familiar y los hermosos ojos de Melinda.

Publicado la semana 50. 16/12/2021
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