05
Ramón Cerero

Futuros escritores III

«No existe problema, por grave y complicado que sea, del que no se pueda huir.»

                                                                                               Charles M. Schulz

 

«A un escritor que no sabe enseñarse a sí mismo tampoco pueden enseñarle los demás.»

                                                                                      Raymond Chandler

 

 

 

 

Me veo en la obligación de comunicarles que esta carta será la última que escribo. Los motivos que me han llevado a tomar esta triste decisión son dos. El primero es que el muchacho ha tirado la toalla. Ya no precisa de los consejos de su padre. No puedo negarles que me había hecho cierta ilusión, pues ya se me había metido en la cabeza que mi hijo se haría autor y que juntos formaríamos una dinastía literaria, tipo Dumas padre e hijo. Pero el chico dice que escribir es más aburrido de lo que pensaba. Sugiere que lo que hacemos se parece mucho al trabajo de ama de casa, todo el día en zapatillas, sin salir de la casa, llevando una vida rutinaria, haciendo siempre las mismas cosas. Imaginarán la consternación que me han provocado sus palabras. ¡Referirse a la vida de escritor en esos términos! Además, nada hay más terrible que ser ama de casa. Ni el castigo de Sísifo, empujando eternamente su piedrita, podría compararse. Hacer todas las mañanas las camas para que después alguien las deshaga, cocinar toda la mañana para poner comida en un plato que alguien vaciará y habrá que llenar de nuevo para la cena, limpiar el baño para que otro lo ensucie y volver a limpiarlo otra vez. Así un día tras otro, una semana tras otra, un año tras otro, haciendo infinitas veces las mismas cosas que inmediatamente serán deshechas.

   El segundo motivo por el que ha de cesar nuestra comunicación, y el que más peso tiene en mi decisión, es que he recibido numerosos avisos de otros escritores que me piden, algunos incluso han llegado a la amenaza, que deje de escribir estas cartas. Han de saber que los escritores profesionales son como los magos. Existe cierto compromiso para no revelar los secretos del oficio. ¿No les ha sorprendido a ustedes que, hasta que yo inicié estas comunicaciones, nadie había hablado claramente del asunto? Hasta ese momento solo se podían encontrar palabras vagas y confusas sobre el arte de escribir. Yo les he mostrado cómo sacar el conejo de la chistera, cómo desaparecer por la trampilla antes de que las espadas atraviesen el baúl, cómo liberarse de las cadenas cuando se encuentran sumergidos en el tanque de agua. Por ese motivo he comenzado a recibir estas advertencias. Por esta causa temo haber puesto en peligro mi vida.

   Estos días, cada vez que abro el buzón, me horroriza la posibilidad de encontrarme un sobre con unas pepitas de calabaza en su interior, o con alguna amenaza más explicita contra mi vida. Sébastien Castellion decía que a las palabras hay que responderlas sólo con palabras, y no con el hierro y el fuego. Pero ellos han pasado a la acción.

   Algunos han llegado incluso a decir que no tengo ni idea de lo que pretendo enseñar. Simplemente porque no he publicado nada. Ellos y sus libros, creen que sólo es escritor el que publica. No pueden estar más equivocados. Ustedes me comprenden perfectamente.

   Y como esta última acusación es la que más me ha dolido, me veo en la obligación de denunciar algo que me había callado hasta ahora, quizá por un equivocado sentimiento de corporativismo. He de desenmascarar aquí a los falsos profetas, a esos escritores que imparten cursos de escritura creativa. Estos supuestos maestros pretenden enseñar lo que no han sabido aprender (Wilde dixit). He de poner en conocimiento de ustedes que estos cursos de escritura están dirigidos a torcer el talento natural de muchas jóvenes promesas. Ya saben que el mercado literario es limitado, que no hay necesidad de más libros, ni de más autores, cuando apenas se lee. Por ese motivo, el gremio oficial de escritores, en connivencia con los editores, decidió hace unas décadas la creación de estos cursos de escritura creativa como herramienta para bloquear al escritor emergente. Todas las instrucciones que se imparten en estos cursos están dirigidas a confundir y a desorientar a los autores jóvenes. ¿No les ha dado que pensar que entre los autores consagrados no haya ninguno que provenga de estos cursos? Hasta ahora, estos cursos de escritura creativa se han mostrado tremendamente eficaces. Huyan de ellos como la peste.

   Comprenderán, sobre todo después de mi última denuncia, que deba mantenerme en el anonimato. En próximos días haré mutis por el foro y permaneceré algún tiempo en un lugar seguro. Y aunque el arte con miedo no es arte (Residentes dixit), intentaré sobreponerme a esto y hablarles de algunas cosas que les puedan ayudar en esta auténtica cruzada que es convertirse en escritor hoy en día.

   Desde hace un tiempo quería hablarles del uso que hacen algunos escritores del alcohol y otras drogas. Muchos de nuestros colegas alegan que estas sustancias son útiles como estímulo para la creación. Yo en cambio creo que el mayor efecto que tienen es engañar nuestro entendimiento. No es bueno juzgar nuestros escritos bajo los efectos de ciertas sustancias. Cuando se lee lo que hemos escrito siempre se ha de tener la cabeza fría y los pies calientes.

   Hablemos primero del alcohol. Hemingway es un ejemplo controvertido. El gran Ernesto se enorgullecía de ser un gran bebedor, sobre todo antes de ponerse a escribir. Pero esto se contradice con sus libros, que son perfectamente legibles y no exentos de cierta calidad (sus relatos son maravillosos). Me inclino por pensar que Hemingway era sobre todo un brabucón al que gustaba exagerar cuando hablaba de lo mucho que bebía, quizá tanto como cuando hablaba de conquistas o de caza. También puede ser que el güisqui escocés no sea tan nocivo para la escritura como otras bebidas espirituosas. Y pienso en el bourbon que bebía Faulkner y que le hacía escribir de esa forma tan extraña. Mario Vargas Llosa dice que a Faulkner hay que leerlo tomando notas para no perderse. Pero el ejemplo palmario de que el alcohol es perjudicial para la escritura es Joyce. Si han intentado leer Ulysses o Finnegans Wake, se habrán dado cuenta de lo que les hablo. El irlandés debía de tener un hígado del tamaño de un melón. Sea lo que sea lo que bebiera el de Dublín está claro que han de evitar su consumo. Debía de tratarse de un producto altamente tóxico1.

   En cuanto al uso de otras drogas, sería interminable hablar aquí de todas ellas. Además, cada día sale una nueva y lo que dijera aquí quedaría pronto anticuado y obsoleto. Algunos de los escritores que se me vienen a la cabeza en este departamento son Ginsberg, Kerouac y Burroughs (alias Guillermo Tell), pero hay muchos otros. No quiero entrar aquí a valorar la calidad de la obra de estos escritores. Sólo me gustaría hacer una reflexión con ustedes. Muchos de los autores, sobre todo los consumidores de LSD y hongos alucinógenos, justifican su uso porque se obtiene una ampliación de la conciencia. Pero ¿quién quiere una ampliación de la conciencia cuando somos incapaces de reflejar en la escritura la mínima parte de todas las sensaciones que nos asaltan de forma ordinaria? Cualquier persona que viva en este mundo es diariamente asediada por infinidad de olores, sabores, visiones, etc… Haríamos mejor en intentar atrapar en nuestra escritura una mínima parte de todo eso. No se ha de pedir más trabajo cuando no se puede con el que se tiene entre manos.

   En resumen, les recomiendo que se abstengan del consumo de alcohol y drogas, al menos hasta que sean autores reconocidos y de gran prestigio. A partir de este momento ganarán inmensas cantidades de dinero. Dudo mucho que puedan soportar el coste económico que suponen estas adicciones antes de sus triunfos literarios. Entonces, ya serán ustedes escritores maduros. Habrán escrito algo realmente bueno, quizá su mejor libro. Me gusta pensar que todos nosotros tenemos, al menos, un buen libro en nuestro interior (hoy me levanté con un optimismo enfermizo). A partir de ese momento podrán arruinar su salud sin problemas de conciencia. Con un poco de suerte morirán antes de los cincuenta y se convertirán en autores de culto. Tras su muerte aumentarán las ventas de sus libros y se harán nuevas ediciones de sus obras. Todas estas ganancias póstumas recaerán en sus familiares, que, en una hermosa justicia poética, serán recompensados por todo los sufrimientos que ustedes les han causado por esa manía de juntar palabras.

   Les prohíbo el café, el té, la manzanilla, la menta poleo y todas las infusiones conocidas, además del tabaco. Esto no lo hago porque crea que puedan influir negativamente en su escritura. ¿Pero quién sabe si no tienen la tensión arterial alta, o son ustedes alérgicos a alguna de estas sustancias? El médico que más prohíbe es siempre el mejor médico. Cuiden de su salud hasta que se hagan un sitio en la estantería. Piensen en sus pobres familiares que no desean su muerte (al menos no hasta que ustedes amasen una buena cantidad de dinero que puedan heredar).

   Para que no se quejen de que les dejo sin nada que llevarse al gaznate o in albis (¡cómo me gustan las palabritas en latín!) sí les diré que pueden tomar un vasito de leche caliente antes de sentarse a escribir, sobre todo si lo hacen a última hora del día. Si después del vasito de leche les entra un poco de sueño, escuchen a su cuerpo y métanse a dormir. Dejen siempre para mañana lo que puedan hacer hoy. Además, no hay nada mejor para la creatividad que un cuerpo descansado.

   El último consejo que les daré versa sobre amistad y literatura. El amigo o amiga de verdad es una cosa tan valiosa y excepcional que en muy contadas excepciones se puede decir que se tiene. Decía Montaigne que el que tiene muchos amigos en verdad no tiene ninguno, pues la amistad no es un afecto que se pueda dividir. La amistad se sirve siempre en envase único. Yo creo no engañarme al contarles que en la infancia tuve un amigo, aunque lo perdí cuando su familia se mudó de ciudad. En mi vida adulta también llegué a tener un medio amigo, pero se me murió. Por tanto, sé de lo que les hablo cuando les prevengo de la posibilidad de perder a esa persona excepcional y única para nosotros. Mi consejo para que no les ocurra una cosa tan triste es que no pidan nunca opinión a su amigo o amiga sobre sus manuscritos. Cicerón dice que no se ha de pedir a la amistad cosas indecentes o indecorosas. Ustedes les pueden pedir dinero, trabajo, comida, cigarrillos, cualquier cosa…Pero no le pidan una opinión, sobre todo si es “una opinión sincera”, sobre lo que han escrito. ¿Qué respuesta esperan a esta autentica pregunta trampa? Les garantizo que poco provecho sacarán de esta prueba injusta a la que someten su amistad, y sí mucho prejuicio. Si el amigo les dice que le gusta lo que ha leído, sospecharan de él y pensarán que en poco estima la amistad, pues son capaces de mentir para no herirles. Si la opinión es contraria, ustedes sacarán la misma conclusión, pero por el motivo contrario. Como ven no hay salida. Pongan en los platillos de la balanza la amistad y su manuscrito, o la vida y la literatura. No lo duden, la amistad y la vida siempre inclinarán la balanza a su favor.

   Me gustaría contarles algunas cosas más pero ya no hay tiempo, pues tengo desde hace un buen rato las maletas hechas sobre la cama. ¿Quién sabe si la próxima vez que nos encontremos no será en alguna presentación literaria de nuestras obras? Eso sería la señal de que al final se ha hecho justicia y de que se ha reconocido nuestro talento. Me imagino que me encuentro con ustedes en una de esas casetas del Retiro, firmando ejemplares codo con codo, ante una larga cola de personas que han comprado nuestros libritos. Me da rabia no haber convenido antes un saludo especial, sólo nuestro, el saludo de los escritores futuros, en el que poder saludarnos de forma secreta cuando nos veamos en alguno de esos lugares. Pero me temo que ese final feliz en el que nos encontramos exitosos y ricos sólo se produce en las películas comerciales. La vida es siempre una película que no se entiende, o una comedía que termina en drama.

   Escriban sin rabia y sin pena. Escriban sin esperanza. Escriban lo que se les pase por la cabeza. Escriban sin parar durante horas, días, años… Escriban sin vergüenza. Escriban mal, si no lo saben hacer bien, ¿qué importancia tiene hacerlo bien o mal? Escribir es una forma como cualquier otra de pasar la vida. Mis más respetuosos saludos a los futuros escritores.

 

                                                                                                                  Vale

 

 

 

1  Para aquellos que no crean en las felices coincidencias les explicaré algo que me ocurrió los días que escribía esta carta y que puede que les haga reflexionar. Acababa de comenzar a leer los diarios de Ricardo Piglia y en la página 17 del primer diario me encontré con esto: “Pidió un Fendant de Sion…, era el vino que tomaba Joyce, un vino seco, que lo dejó ciego.”

Ven que no exageraba sobre la toxicidad. Ya saben ustedes el vino que deben evitar. Aunque Emilio Renzi lo bebe y no parece afectar negativamente a la calidad de su prosa. Ustedes, por si las moscas…

Todo esto de las bebidas preferidas por algunas figuras literarias me ha dado una idea para un libro. Se podría escribir un ensayo sobre las diferentes bebidas alcohólicas y el estilo de los escritores que las tomaban. Se podría titular algo así como “Historia etílica de la literatura” … ¿Qué les parece? Si les gusta, les cedo la idea. Considérenlo un regalo de despedida.

Publicado la semana 5. 01/02/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
05
Ranking
1 266 2