48
Ramón Cerero

Noticia de mi muerte II

     No fue fácil hacerme a la idea de que estaba muerto. La mañana en la que lo supe la gente seguía corriendo al trabajo, los pájaros cantaban en las copas de los árboles y el tráfico era tan horrible como siempre. ¿Cómo es posible que el mundo no se hubiese parado, al menos para mí? ¿Qué significaba todo esto? ¿Era esto estar muerto? ¿Una vida igual que la de antes, pero con la hipoteca en la oficina del sótano?

     Yo estaba seguro de que esto de mi fallecimiento traería más cambios. Me temía lo peor. Tendría por fuerza que decir adiós a mi sueño de formar una familia. No se puede tener hijos postmortem, a no ser que se tenga algo de semen congelado y se disponga de un útero que esté dispuesto a aceptar en sus seno tan fría herencia, lo que no era mi caso. Quizá podría fundar una familia con otra fallecida. Incluso podríamos tener muertecitos. Intenté apartar mi mente de proyecto tan fúnebre.

     Dio la casualidad de que mis pasos, mientras pasaban por mi cabeza todos estos pensamientos tristes, me llevaron al otro extremo de la ciudad. Al pasar por el puente que cruza el río me asaltaron deseos de tirarme al cauce. Pero el suicidio era una idea absurda. ¿Que sentido tenía intentar quitarse la vida si ya carecía de ella? Podría haber probado lanzarme al río, sólo por el placer de comprobar si uno se puede morir dos veces. Pero soy bastante miedoso. Así que, por si las moscas, antes de tomar una resolución tan definitiva, decidí que era mejor continuar caminando y darle unas vueltas más al asunto. Ya ven que la muerte no le cambia a uno el carácter. Pues yo en vida fui también bastante miedoso.

     ¿Cómo había sido mi muerte? Está claro que había llegado de forma traicionera, pues yo no me había percatado de ella. Valoré diferentes posibilidades. ¿Se habría producido una explosión de gas en el edificio? ¿Me habría precipitado de modo inadvertido por el hueco del ascensor? Imposible. Las instalaciones de gas y las calderas habían sido convenientemente revisadas el año pasado, y el ascensor también había sido inspeccionado hace menos de seis meses. ¿Habría fallecido de causas naturales, durante el sueño, lo que explicaría que no me hubiese dado cuenta? Podía ser, pero sospechaba que la causa de mi muerte había sido más traumática. Afortunadamente mi trabajo en la agencia de seguros me había permitido conocer en profundidad las estadísticas sobre este tema, pues llevaba más de un año trabajando en el departamento de seguros de vida. Tras meditar un poco en las posibles causas, encontré la opción más probable, al menos según las tablas actuariales con las que trabajamos en la oficina de seguros. Probablemente mi deceso se debió producir en aquella temporada en la que estuve volviendo del trabajo en el coche del inútil de Colmenero, el de contabilidad. Seguro que en alguno de esos viajes tuvimos un accidente de coche. Y ahí me debí de quedar, como un angelito. La verdad es que no recuerdo que me pasara nada importante después de aquellos viajes, lo que puede ser una señal. Ni siquiera recuerdo por qué dejé de volver con el torpe de Colmenero. El tal Colmenero era un conductor pésimo. Eso era sabido por todos en la oficina, pero durante una temporada pensé que sería buena idea volver del trabajo con él, para ahorrar gastos, ya saben. Podía dejarme cerca de casa y, aunque pasaba mucho miedo en el trayecto, los euros que me ahorraba justificaban el mal rato. Ya ven que lo barato sale caro y que en salud nunca hay que ahorrar. Maldito Colmenero. Ahora comprendía los cuchicheos a mis espaldas en la oficina durante esta última semana. Seguro que se burlaban de mí por ser tan tonto como para meterme en el coche de Colmenero. O puede que no comprendieran que viniera a trabajar estando muerto… Perder la vida así. ¡Qué estupidez! ¿Pero hay alguna forma digna de morirse? Que se le iba hacer. Ya no tenía vuelta atrás. Menos morirse, todo en la vida tiene arreglo. ¡Qué mala suerte la mía!

     Lo que más pena me daba es que me había perdido mi entierro. ¿Cómo podía haber estado tan ocupado como para faltar a mi propio entierro? Aunque ahora que lo pienso, nadie me invitó. De eso estoy seguro. Creo que me habría dado cuenta. En casa recibo poco correo, sólo cartas del banco y publicidad del supermercado del barrio. Una invitación a un entierro no se olvida fácilmente. Por otro lado, ¿quién necesita una invitación para su propio entierro? Me parece a mí que en el entierro de uno mismo la asistencia debía ser obligatoria. Sea como fuere, me lo había perdido. También puede ser que hubiese estado en mi propio entierro y luego lo hubiese olvidado. Quizá estar muerto era no tener memoria, quizá estar muerto era sufrir una especie de Alzheimer de ultratumba. Pero eso no podía ser, pues recordaba muchas otras cosas. No, no podía haberlo olvidado. Simplemente me lo había perdido. ¡Qué pena me daba! Me hubiese gustado hacer algo, en la medida de lo posible, en un día tan especial. Me hubiese encantado, si está permitido a los difuntos, haberme dado un pequeño homenaje y haber comido fuera. ¿Qué importaba ahora gastar dinero? ¿De qué servía ahorrar en mi nueva situación? Después me habría dado la tarde libre y quizá hubiese ido al cine. Pero ya era muy tarde para eso. ¡Qué cosa más triste irse de la vida así, sin celebración, sin hacer nada especial!

     También tenía curiosidad por saber quién habría asistido a mi funeral. Seguro que mis pobres padres no faltarían a tan triste cita. Seguro que para ellos fue una situación extremadamente dura. No es natural enterrar a los hijos. Se ha de respetar cierto orden y concierto. En este camino es más lógico que los padres precedan a los hijos, pero nadie sabe lo que el destino le tiene guardado. Quizá podría intentar comunicarme con ellos. Ahora caía que hacía mucho tiempo que no hablaba con mamá. Siempre había sido un hijo bastante despegado. ¡Cómo me arrepentía ahora! Pero si esa misma mañana había hablado con el señor Álvarez, no veía por qué no podría hablar con mi madre. Si había problemas con la comunicación quizá podría recurrir a un especialista, un médium o un espiritista. Pero tampoco era plan de darle un susto.

     Si he de decirles la verdad, cuando llegué a casa esa noche me encontraba un pelín más animado. Estar muerto no era malo en sí. Tendría que adaptarme. Eso estaba claro. Pero no se estaba mal del todo. Me sentía tranquilo, en paz. Y respecto a las demás cosas que se disfrutan estando en vida, aún me faltaba experiencia. Es verdad que llevaba muerto unos meses, pero sin saberlo, que es lo mismo que no estar muerto.  Así que se podría decir que era un muerto inexperto. Las reflexiones de la tarde me habían descubierto que no había disfrutado plenamente de la vida, que había empleado mi tiempo en planes de futuro y que no había vivido de verdad. Al menos quería experimentar la muerte de otra forma. Quería ser consciente de todo lo que me pasara en esta nueva etapa. Quería vivir la muerte sin restricciones. No quería que me pasara lo de la etapa anterior.

     Estoy seguro de que no soy el único al que le ha ocurrido algo así. Seguro que hay millones de personas que piensan que aún están vivas. De verdad que lo siento por ellas. Cuanto antes despierten de ese sueño, y se den cuenta de que son muertos que caminan, mejor para ellos. Es bueno saber ciertas cosas, aunque duelan. Ojalá que lo que he escrito sirva de consuelo a esas personas el día que tengan conocimiento de su muerte. No desesperen. Tampoco tengan miedo. Estar muerto no es tan diferente de estar vivo. La muerte es una vida en dolce far niente.

     Para terminar les he de contar que casi he pagado la hipoteca y que el señor Martínez, el director de las oficinas del sótano, es una excelente persona, aunque un poco anticuado en su forma de manejar el negocio (es verdad que se ha de tener en consideración que el director de las oficinas del sótano falleció hace más de cien años). También he de desmentirles esa creencia extendida de que cuando uno muere no tiene que ir a trabajar. Nada más lejos de la realidad. Los muertos seguimos formando parte de la población activa. Les cuento también que se han producido algunos cambios en la oficina. Debido a mi nueva condición, me han trasladado a las oficinas encargadas de los seguros mortuorios. He de contarles que allí he conocido a una jovencita, fallecida tan sólo hace unas semanas, que me ha robado mi silente corazón. Mis deseos de formar una familia han vuelto a florecer, aunque he de confesarles que mis preferencias han variado. Ahora desearía tener con esa joven una parejita, o cuatro hijos, o más, si fuera posible, siempre con la condición de que fueran un número par.

     Ya ven que he vuelto a tener ilusión. Los cambios no son siempre para mal. Con un poco de ilusión y ganas todo tiene arreglo.

Publicado la semana 48. 01/12/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
48
Ranking
0 52 0