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Ramón Cerero

Noticia de mi muerte

Al principio uno no se da cuenta de que está muerto. No sé si esto ocurre en todos los casos o sólo en aquellos como en el mío, en los que la muerte se produce de forma repentina. Supongo que la causa de este extraño fenómeno se debe a que la propia inercia de la vida provoca en el fallecido, durante un periodo más o menos largo dependiendo de cada persona, la engañosa creencia de que la vida continúa. En resumen, darse cuenta de que uno está muerto toma su tiempo. Por ese motivo se ha de estar siempre alerta a los cambios. En caso contrario les puede ocurrir algo parecido a lo que me sucedió a mí.

     Sin embargo, no hay que sorprenderse demasiado de que se produzcan este tipo de casos, pues cuando uno estira la pata la vida no cambia demasiado. Es verdad que se pierde el apetito y ciertas necesidades fisiológicas disminuyen o desaparecen completamente, lo que si se mira bien no deja de ser una gran ventaja. Además, cuando uno se muere las pasiones se atenúan y la libido disminuye. En este nuevo estado uno no siente tristeza ni alegría, y es muy raro que alguien sienta una imperiosa necesidad de reír o de llorar. ¿Pero quién no ha experimentado también esto en ciertas épocas de la vida? ¿Cómo saber a ciencia cierta si uno se encuentra muerto o vivo cuando le agarra una época de desgana? Se podría decir que cuando uno está muerto todo está en equilibrio. Nada hay en exceso y todo se siente de forma agradable y atenuada. Así que no es extraño que a ciertas personas, sobre todo aquellas con un carácter propenso a la distracción, les cueste un tiempo hacerse una idea de la situación en la que se encuentran.

     Me avergüenza reconocer que tan sólo la semana pasada me di cuenta de que estaba muerto. ¿Cuánto tiempo llevaba muerto? Ni lo sé. Ahora me encuentran ustedes intentando averiguar la fecha concreta de mi muerte y las circunstancias que provocaron el hecho luctuoso.

     En mi descargo he de decir que ya unos meses antes había comenzado a tener sospechas de que algo no marchaba bien. El hecho de que dejara de llegar a casa el periódico al que estaba suscrito me generó cierta inquietud. Nunca antes había ocurrido que faltara el periódico en mi buzón ni un sólo día. Ni siquiera en aquella época de la epidemia. Por aquel entonces, marqué indignado el teléfono del periódico y solicité una explicación. Pero no conseguí aclarar nada por teléfono y sólo recibí unas vagas excusas de la señora que me atendió. El problema es que en lugar de investigar a fondo lo que estaba sucediendo, no le di mucha importancia a este hecho tan curioso y continué con mi “vida” como si tal cosa. Aunque he de reconocer que a partir de aquel momento no me abandonó una vaga sensación de que las cosas no andaban bien. Algo raro había sucedido. A veces pienso que todos estos meses que he vivido muerto sin saberlo han sido a causa de mi inconsciente, que se ha empeñado en ignorar los hechos evidentes. Ya saben, uno de esos casos tan frecuentes de negación de la realidad.

     Estoy seguro de que si hubiese tenido una vida social más activa las cosas habrían sido diferentes. Alguien habría notado el cambio. Los amigos me hubiesen echado en falta, o quizá me hubiesen notado algo cambiado: un poco más pálido, menos hablador de lo habitual, más tristón, qué se yo, cualquier cosa. El caso es que no tenía a nadie que me llamara la atención sobre mi nuevo estado. Por no tener no tengo ni perro que me ladre.

     Desde que terminé la universidad y me emplee en la empresa en la que actualmente me encuentro, mi vida ha estado únicamente centrada en el trabajo. Una vida orientada al ahorro para pagar la hipoteca lo antes posible. Siempre fui un chico bastante cuadriculado. Todo tiene su tiempo y su lugar. Así que lo que tocaba ahora era trabajar como un burro para pagar el apartamento. Después llegaría el momento de otras cosas. Además de cuadriculado, soy un hombre chapado a la antigua. Mi aspiración, tras la liquidación de la hipoteca, era encontrar una mujer apropiada para mí y formar una familia. Tenía claro que deseaba tener uno o tres hijos, o puede que más, siempre que fuesen un número impar. Pero para eso aún faltaban cinco años de hipoteca. Uno no puede formar una familia si no tiene un techo donde cobijarse. Algunos se burlarán de mis ideas, pero realmente creo que es bastante razonable hacer las cosas de la vida con cierto orden. Por ese motivo no me preocupé mucho por mi vida social durante la época anterior a mi fallecimiento. Ahora me doy cuenta de que no se puede dejar todo para después.

    Unas semanas antes de la noticia de mi muerte también observé ciertas señales en el trabajo que me deberían haber puesto sobre la pista de lo que estaba pasando. Mis compañeros de oficina comenzaron a comportarse de forma extraña. Hablaban a mis espaldas y las conversaciones se interrumpían bruscamente cuando yo hacía acto de presencia. Esa semana tuve conciencia de que me ocultaban algo. Estaba seguro de que tenían conocimiento de alguna cosa que yo ignoraba. ¿Iban mal las cosas en la empresa? ¿Se acercaba una nueva crisis económica mundial? ¿Habría despidos? Nada más inoportuno ahora para mis planes de futuro. Convertirme en desempleado en ese momento provocaría que la ansiada liquidación de la hipoteca se retrasara otros cinco años, según mis cálculos más optimistas. Esto, a su vez, haría que el momento para encontrar la mujer apropiada también se retrasara hasta que yo me encontrara por encima de los cuarenta años, etapa de la vida en que se marchitarían los pocos encantos que poseía aún. Hacía tiempo que yo ya había notado por las mañanas, cuando me miraba al espejo, que en mi cabellera comenzaban a aparecer ciertos claros que anunciaban un alopécico futuro. Además, este enojoso retraso me obligaría a buscar una mujer más joven que yo, una mujer que poseyera unos ovarios que albergaran al menos más de cincuenta mil ovocitos cada uno, número mínimo necesario exigible, según mis cálculos, para garantizar la futura existencia de nuestra prole. Todo esto dificultaba aún más la tarea de encontrar mujer. Esto me preocupaba sobremanera. Nunca fui partidario de la diferencia de edad en el matrimonio. Pero que iluso era yo con todas esas preocupaciones.  

     Todo me estalló en la cara un miércoles por la mañana. El día anterior había recibido una llamada del director de mi oficina bancaria. Era urgente que me pasara por el banco al día siguiente. Se trataba de un tema importante que no se podía discutir por teléfono. Se harán cargo del susto que me entró en el cuerpo. Esa llamada me llenó de inquietud y me hizo reflexionar profundamente. ¿Habrá tenido conocimiento el director de mi oficina bancaria de las tormentas que parecen amenazar nuestra empresa? ¿Se habrá producido algún problema con mis transferencias mensuales?

     Al día siguiente, el director de la oficina, el señor Álvarez, me recibió en su despacho con una amplia sonrisa. Después de saludarme con un enérgico apretón de manos me conminó a sentarme. Tras esta bienvenida se puso tremendamente serio. Debió de verme bastante nervioso y asustado, pues lo primero que hizo fue tranquilizarme sobre el estado de mi cuenta. Todo estaba en orden. Mis pagos estaban al día y yo era, según sus propias palabras, un cliente ejemplar. Pero había un problema grave. Por ese motivo me había citado ese día. Y tras esa pequeña introducción me comunicó mi fallecimiento. Sus palabras exactas fueron: “Usted está muerto y no puede seguir teniendo su dinero en nuestra oficina”. Según el señor Álvarez, llevaba en mi nueva situación más de tres meses. Lo sentía profundamente pero el banco no podía retrasar por más tiempo las gestiones necesarias. No podía permitir que un fallecido siguiera teniendo cuenta en sus oficinas. Si hacía una excepción, pronto más fallecidos le solicitarían el mismo trato de favor que se me concedía a mí. Ya me podía imaginar lo que podía generar una situación como esa. Era malo para el negocio tener un montón de difuntos rondando por las oficinas superiores. Es verdad que yo aún tenía buena pinta, quizá un poco paliducho y enteco, pero no todos los clientes en ese estado, sobre todo los que llevaban más de un año fallecidos, presentaban el mismo aspecto. Para un negocio basado en la confianza las formas son muy importantes. El señor Álvarez me explicó que se debía a sus clientes aún vivos. Además no estaba interesado en diversificar su cartera de servicios. Las finanzas de los finados se debían de llevar por los agentes fallecidos. Había que respetar ciertas reglas. Me explicó que las normas bancarias prohibían terminantemente que los clientes fallecidos compartieran oficina con los clientes vivos. Por tanto, el señor Álvarez me invitaba a visitar las oficinas que tenían en el sótano, pertenecientes a la sociedad financiera de finados, lugar dónde los muertos realizaban sus transacciones. El señor Álvarez me dio sus mas sentidas condolencias y se lamentó de perder a uno de sus mejores clientes. Me tranquilizó con respecto a las nuevas circunstancias y me aseguró que estaría igualmente satisfecho con el trato recibido en las oficinas del sótano. El director de las oficinas funerarias, el difunto señor Martínez, era una persona capaz a carta cabal y uno de los mejores directores que había tenido el banco. Después me hizo firmar varios papeles para poner en orden algunos flecos. Tras darme unos golpecitos en la espalda me invitó a salir de su oficina, pues tenía que acudir a una reunión con el consorcio de seguros esa misma mañana.

     Comprenderán que la noticia de mi fallecimiento fue un mazazo. Esa mañana no acudí al trabajo. Al menos tenía una buena escusa. Caminé por las calles de la ciudad como un zombi (en este caso mis palabras han de tomarse en sentido literal), dando vueltas a lo que acababa de descubrir. ¿Por qué nadie me había comunicado antes algo tan importante? ¿Nadie lo había notado? ¿O quizás nadie se había atrevido a darme la mala noticia?    

     La verdad es que agradecía que el señor Álvarez me lo hubiese contado. Es verdad que hubiese preferido que alguien más cercano, puede que en un intercambio más personal, me hubiese dado una noticia como esa. Uno sólo se muere una vez en la vida. Y claro, enterarse uno de que ha palmado por el director de la oficina del banco no parece lo más apropiado. En realidad todo era culpa mía. ¿Cuánto tiempo llevaba sin escuchar mi cuerpo? ¿Cómo había sido capaz de ignorar ciertos signos? Ahora comprendía porque últimamente tenía tan poco apetito, o porque me sentía tan apático, sin ganas de vivir. Y es que no se puede ir por ahí corriendo a todas partes sin pararse a pensar. Pero la cosa ya no tenía arreglo. Tenía que hacerme a la idea.

Publicado la semana 47. 28/11/2021
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