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Ramón Cerero

La figura de madera

Sacar una figura de un trozo de madera. Eso era lo que tenía que hacer. Él se imaginaba un caballo de ajedrez, una de esas figuras Staunton que tanto le gustaban. Pero de ese trozo de madera podía surgir otro cosa. Podía aparecer cualquier otro objeto, una persona por ejemplo. Eso era lo que tenía que hacer ahora. Tenía el trozo de madera. Tenía los hechos en bruto. Recordaba perfectamente todo lo que había pasado aquel día. Pero aún no había dado forma a ese trozo de madera. El caballo, la historia que quería escribir, seguía oculta. Había que sacar esa historia, esculpirla de los hechos de aquella tarde. Tenía que hacer salir ese hermosos caballo que se encontraba oculto en aquel trozo de madera informe. Y por ese motivo se puso a esculpir sobre los hechos conocidos, buscando la forma oculta de lo que había sucedido tan sólo unos días antes.

 

                                                      *

 

El hombre despierta en un tren. Su cabeza se ha golpeado contra la ventanilla debido a que el tren ha realizado un curva en su trayectoria. El dolor del golpe le ha hecho abrir los ojos. Un golpe de realidad. Se encuentra en un coche medio vacío. Se frota la cabeza. Se masajea con la yema de los dedos el hueso parietal izquierdo con el que ha golpeado la ventanilla. Inspecciona los viajeros que comparten el coche con él. Lo primero que ve es a una mujer joven sentada unos asientos delante. En la fila de asientos de enfrente una pareja de señores mayores hablan en voz baja. Al fondo del vagón una familia con tres hijos habla en un idioma que no alcanza a comprender.

     Se ha quedado dormido. Eso es lo que ha pasado. No debería haberse dormido. Pero estaba realmente cansado. Seguirle la pista estos últimos días no ha sido fácil. Ahora no debe bajar la guardia. Ha de permanecer alerta. No le gustaría echar todo a perder ahora. Después de tantos días detrás de ella no puede dejar que se escape. No ahora que la tiene en sus manos.

     Está seguro de que esa mujer que se encuentra sentada delante es la mujer que está buscando. Es una mujer joven, morena, que viste de forma discreta. Lleva un pantalón vaquero y un jersey de lana. Sin duda quiere pasar inadvertida, hacerse invisible para aquellos que la buscan. Quiere confundir a los que la puedan haber seguido hasta la estación de tren. Sin duda es ella. Aunque desde donde se encuentra sentado no puede verle bien la cara. La mujer está girada hacia la ventanilla. Parece contemplar el paisaje. Él mira por la ventanilla que tiene a su izquierda y contempla el paisaje que la mujer está mirando. El tren se mueve ahora por un gran planicie llena de pastos verdes en la que apenas hay árboles. Los postes de la luz se suceden a un ritmo rápido y sincrónico.

     Al hombre le gustaría que la mujer se girara ahora para poder contemplarle mejor la cara. Se siente inquieto. Si no se hubiese quedado dormido estaría más calmado. Ahora está intranquilo. Siente que no controla la situación. Le gustaría acercarse a ella para verla más de cerca, para asegurarse de que es ella. Pero con tan poca gente en el coche llamaría mucho la atención si se acercara a ella ahora. Gira su cabeza a la derecha y contempla a los ancianos que permanecen en silencio, con los ojos cerrados. Fingen estar dormidos. Está seguro de que ellos han subido a ese tren por el mismo motivo que él. Siguen a la mujer que mira por la ventanilla. Gira aún más la cabeza y contempla a la familia que se encuentra sentada al fondo del coche. Ellos también están en silencio. El padre, un hombre con un bigote muy cuidado, no le quita los ojos de encima. ¿Quién diablos los habrá enviado a ellos?

     La mujer joven se mueve en su asiento. Él tiene el presentimiento de que algo va a suceder. La mujer se gira completamente y mira hacía atrás. Entonces lo ve a él y sonríe. Es una mujer guapa. Tiene unos hermosos ojos negros, aunque su rostro parece algo congestionado y cansado, como si hubiese llorado hace un momento. Él no sabe que hacer en ese momento. Sería estúpido disimular y fingir que no la ha visto. Ensaya un torpe saludo con la mano derecha. Se siente ridículo. Ella le ha descubierto.

     La mujer se levanta y camina hacia él. El hombre piensa en evitarla. Duda por un momento cómo actuar. Podría levantarse antes de que ella llegue a su altura e intentar trasladarse al coche siguiente. Pero la mujer llega antes de que tome ninguna decisión. Ella se sienta a su lado y le da un beso en la mejilla. Después le agarra la mano izquierda y la deposita entre sus delicadas manos.

     “Parecías tan cansado que no quería molestarte mientras dormías. Así que me cambié de sitio. ¿Has descansado cariño?”

 

                                                       *

 

La ha hecho llorar. No le gusta hacerla llorar, pero no puede evitarlo. No es la primera vez que ocurren este tipo de cosas. Pero ahora están en ese tren y siente que los pocos viajeros que hay en el coche lo miran intrigados. Le gustaría levantarse del asiento y gritarles que se metan en sus asuntos. Sobre todo a esos viejos de enfrente. Pero sabe que eso sería aún peor y que ella lloraría aún más. A veces no puede evitarlo. Por algún motivo él la hace sufrir y eso no le gusta. No quiere que ella llore. No quiere que eso suceda. Él la quiere. La quiere más que nada en este mundo y no quiere hacerle daño. Sólo quiere hacerla feliz. No desea otra cosa.

     Y todo por una estupidez. Él simplemente le ha insistido en que esa no es su maleta. Sólo eso. Si esa maleta que ha traído el mozo fuese su maleta no habría dicho lo contrario. Pero esa maleta con ruedas no es suya. Simplemente no es suya y no puede fingir que no se ha dado cuenta. No le importa que el mozo se haya equivocado con el equipaje, pero desearía saber dónde diablos se encuentra su maleta. Es muy particular con sus cosas. No le gusta que nadie toque sus cosas. Así que se ha enfadado con el mozo y le ha gritado. Sólo quería su maleta. ¿Qué hay de malo en eso? No le gustaría llegar al sitio al que se dirigen y encontrarse con que le han extraviado sus cosas. No le gusta perder sus cosas.

     Ella le ha pedido que baje la voz y se ha disculpado con el mozo, ese muchacho que ha traído la maleta de otro pasajero. “Robert, ésta es tu maleta. Tú mismo la compraste para el viaje la semana pasada, recuerdas”. Pero él no recuerda esa maleta. Así que no le parece buena idea tocar una maleta que no es suya. No puede fingir que no se ha dado cuenta. Así que se niega a tocar esa maleta. Ella coge la maleta y la coloca en el portaequipajes con dificultad. Pero él no puede ayudarla a colocar esa maleta en sus sitio. Es un error aceptar esa maleta que ha traído el mozo. A veces no comprende porque la gente no quiere hacer las cosas correctamente. “Esa maleta no es nuestra maleta” ha repetido él, señalando al portaequipajes. Puede notar como las miradas de los pocos pasajeros que hay en el coche se clavan en él. Pero le importa un bledo lo que piensen los demás. Esa no es su maleta.

     Ella ha comenzado a llorar cuando han ocupado sus asientos. El ha intentado consolarla pero ella le ha evitado y le ha dado la espalda. Él sabe que el resto de los pasajeros los están observando. Se ha girado y ha visto como uno de los niños de una familia que ha ocupado los asientos del fondo le mira descaradamente. Le hubiese gustado levantarse y darle un buen cachete a ese niño, pero ella sigue llorando de forma silenciosa y eso sólo empeoraría las cosas.

     El tren se pone en marcha y siente cierto alivio. Ella parece calmarse un poco y se reclina en el asiento. Él la imita e intenta relajarse. No ha dormido bien esta noche. Estaba demasiado nervioso por los preparativos del viaje. Antes de cerrar los ojos mira nuevamente al portaequipajes. ¿De quién diablos será esa maleta? Y lo más importante ¿dónde están sus cosas? Pero ha de intentar relajarse un poco. El traqueteo del tren le facilita el trabajo. Siente como se hunde en el sueño.

 

                                                        *

 

Han llegado a la estación en un taxi. Ella quería llegar con antelación suficiente y por ese motivo no han desayunado antes de salir de casa. El día de ayer estuvieron muy ocupados con los preparativos del viaje. Ahora no recuerda exactamente al lugar al que se dirigen, pero no quiere volver a preguntarle a ella nada del viaje. Él puede notar la mirada de ella cuando hace preguntas sobre ese dichoso viaje. Además ella insiste en que él ya lo sabe todo. Lo han hablado muchas veces. Y ella le ha recordado que él estaba de acuerdo en la necesidad de hacer ese viaje. Él la cree, pero le gustaría que le volviera a contar cosas sobre ese sitio al que se dirigen. Sólo para estar seguro de que lo poco que recuerda de esas conversaciones es cierto. Recuerda perfectamente que ella le habló de un sitio tranquilo, de una casa grande en el campo. Un sitio en el que él podría descansar. ¿Dónde está ese sitio? ¿Cuál es el nombre de ese lugar? Le gustaría aclarar con ella esos detalles. Pero esa mañana ella parecía estar demasiado agobiada con los preparativos. No era el momento apropiado.

     Piensa en esas cosas mientras desayunan en la cantina de la estación, en silencio. Últimamente hay mucho silencio entre ellos. Él sabe que algo no marcha bien. Pero es tan difícil adivinar lo que pasa dentro de la cabeza de los otros. Él intenta aparentar que todo está bien. Todo el mundo lo hace. Todo el mundo finge que todo marcha a las mil maravillas. Aunque él no se deja engañar. Él sabe que hay cosas que no andan bien, aunque le cuesta concretar qué es eso que anda mal.

     Ahora está un poco preocupado por su maleta. En esa maleta que compraron la semana pasada están todas sus cosas. No le gustaría que alguien se la robara. Por ese motivo se la ha acercado a su silla un poco más. El tipo de la mesa de al lado parece bastante sospechoso. Finge leer el periódico, pero él sabe que sólo está a la espera de un descuido. Espera una distracción para agarrar la maleta y desaparecer de la estación con sus cosas. Estos sitios están llenos de ese tipo de gente. Por ese motivo él ha metido la maleta debajo de la mesa. Ella se ha enfadado cuando le ha golpeado las rodillas con la maleta. “¡Por el amor de Dios, Robert…!” le ha gritado fastidiada. El hombre de la mesa de al lado los ha mirado. A él le hubiese gustado decirle alguna cosa a ese hombre, pero se ha limitado a mostrarle una sonrisa de triunfo. No, amigo, no te harás con mi maleta, ha pensado satisfecho.

     En ese momento ha sonado el aviso de la salida del tren. Él ha agarrado su maleta y se ha asegurado de no soltarla en ningún momento hasta que han llegado a la zona de embarque. Ella le ha arrancado la maleta de las manos y se la ha entregado a un muchacho con uniforme. “Este chico se encargará de tu maleta, Robert” le ha dicho ella en ese momento. Después le ha cogido del brazo y han subido las escaleras del tren.

 

 

Publicado la semana 46. 19/11/2021
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