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Ramón Cerero

La demanda III

Las últimas días fueron una espera ansiosa.

El silencio ya es dueño de la casa, ha conquistado incluso el dormitorio, donde se puede oír el vuelo de una mosca que revolotea alrededor de la lámpara del techo. Los susurros son sustituidos por una respiración suave y superficial, impregnada de un olor ácido.

Por las mañanas ventilo el dormitorio. Los rayos del sol bañan el cuerpo de esa esfinge silenciosa e inmóvil gran parte de la mañana. Yo apenas como. Doy paseos por el pasillo pensando en lo que sucederá después. Pero casi siempre estoy en el cuarto con ella. Tengo miedo a no estar ahí cuando ella me deje. Tengo miedo a no estar presente en la despedida. No quiero que se marche sin que yo lo sepa. Sé que no habrá una última palabra, o una última mirada que me explique todo el misterio de estos días. Hace una semana que ella viaja sola. Mis pies no pueden pisar el terreno en el que ella se encuentra ahora.

De esos días lo que más recuerdo es el miedo a perder ese último instante. Por eso duermo en el suelo, sobre la alfombra, a uno de los lados de la cama, acunada por ese cansado y débil sonido de fuelles que es ahora su respiración. Algunos noches me despierto sobresaltada por un silencio repentino. Ella ha cesado por unos segundos en su respiración, pero pronto ese viejo cuerpo enfermo vuelve a la vida y retoma esa respiración suave, cansina. Entonces me vuelvo a dormir y sueño con cosas del pasado, con esa mujer que yace ahora en la cama. En mis sueños ella es de nuevo joven. Una mujer joven que prepara el desayuno a una niña medio dormida. Una mujer joven y feliz. Algunas veces una sombra masculina se sienta en la mesa frente a mí. Mamá sonríe y le sirve una taza de café. Las sombras también necesitan café para despertarse.

Una mañana me despierto después de haber soñado algo agradable que no recuerdo. En el dormitorio hay un silencio absoluto. Me levanto y me acerco a ella, inquieta. Toco su frente con la yema de los dedos. Su piel esta aún tibia, pero ella se ha marchado. Ha aprovechado que su guardiana ha caído rendida por el sueño y ha abandonado su celda, antes de que amanezca, amparada en la oscuridad. Contemplo como su rostro se fija en cera. Con el paso de los minutos, los cambios casi imperceptibles en ese rostro me dicen que todo ha terminado, que ella nunca volverá. Y entonces me siento en la cama, cerca de esa vaina sin su alma, y lloro por lo que he perdido. Lloro sin consuelo, por lo que ya nunca se podrá recuperar.

 

                                                               *

 

– Claro que sabía que tu padre tenía una amante. Puede que incluso hubiese alguna otra mujer. Durante un tiempo ocurrieron ciertas cosas. Pero que importa esto ahora. Tu padre está muerto y enterrado. Eso no importa ahora. Dios mío, han pasado más de cuarenta años de eso. ¿A quién puede importar eso ahora?

– A esa mujer le importa. A mí me importa. Al juzgado número cuatro le importa.

– Es ridículo, tanto tiempo después de todo aquello. ¿Qué necesidad hay de revolver ahora todo eso? No lo entiendo, hijo. No lo puedo comprender.

– Pues me temo que vamos a tener que vernos con esa mujer y con su abogado. Quieren sacar a papá, lo entiendes. Quieren sacar al viejo de su tumba para hacer esas pruebas de paternidad. Aún me parece increíble. Yo creía que éramos una familia normal y ahora surge esta historia sacada de una telenovela, de una crónica rosa. No puedo creer que me esté sucediendo esto.

– ¿Qué es una familia normal? Nosotros somos una familia normal. En las familias a veces suceden cosas que no siempre salen a la luz. Todas las familias tienen sus cosas...

– Pero al menos me lo podías haber contado antes. Esto es ridículo. No me puedo creer que esto me este pasando en realidad. Una jodida demanda de paternidad.

– Ya eres mayorcito para ciertas cosas. ¿Qué necesidad había de contarte nada sobre esa historia de tu padre? Todo terminó hace tiempo. Tu padre terminó con esa mujer hace tiempo. Nunca volvimos a hablar de aquello. ¿Para qué hablarte de eso? Era un episodio cerrado. A veces es mejor no hablar de ciertas cosas. Vosotros los jóvenes pensáis que hay que hablar sobre todo, que todo se tiene que contar. Es imposible que comprendáis que una parte de la vida pertenece a la intimidad. Encuentro esa necesidad de hablar de todo egoísta y superficial, casi enfermiza. Esa sinceridad por encima de todo es mala, absurda. El silencio también es importante.

– Pues vas a tener que romper el silencio frente a ese juez. Te guste o no, vas a tener que contar algunas intimidades de tu marido. Te guste o no, vamos a tener que hablar de eso ahora.

 

                                                               *

 

Al principio es como un sueño. Vivo esas primeras semanas tras la muerte de mi madre inmersa en una especie de estupor. De la bruma de esos días que sucedieron a la muerte de mi madre me vienen al recuerdo algunas imágenes sueltas, palabras, algunas caras. No, la fallecida no tiene más familia. Sólo asistirán algunas amigas. Puede que algún compañero del trabajo. No, no deseo hacer ninguna ceremonia antes del entierro. Me temo que no asistiría mucha gente. No creo que ella prefiriera que la incineraran. Un ramo de flores está bien. Sí, creo que tiene razón, las coronas de flores están anticuadas. Son demasiado fúnebres.

Volver a casa después de todo aquello es agradable. Estar sola en nuestra casa, poder descansar un poco, dormir. Dormir y comer. Arreglar el desorden de la casa. Limpiar la cama, tirar algunas sábanas, lavar sus ropas. Durante un tiempo hacer todos esas cosas me mantiene ocupada. También puedo pensar mientras hago todas esas cosas. Puedo analizar lo ocurrido, ponerme en situación, aclarar mis ideas. Tengo todo el tiempo del mundo. No pienso regresar a ese trabajo. No necesito hacer nada, planear nada. Casi ha terminado el mes de mayo. Por las mañanas abro de par en par las ventanas del dormitorio. Siempre me gustó el dormitorio de mi madre. Tiene tanta luz esa habitación. A veces me siento en la butaca de su dormitorio y me dejo acariciar por el sol de la mañana. Ese sol me ayuda a recuperarme, me hace sentirme bien.

Ordeno su armario. Saco toda su ropa. Quiero deshacerme de algunas de sus cosas. Ropas que ella ya nunca se pondrá. Me gustaría quedarme con alguno de sus vestidos. Algunas cosas con demasiado antiguas. La tela de algunas prendas está gastada. Mamá lo guardaba todo. No le gustaba deshacerse de la ropa, no le gustaba separarse de ciertos objetos. Yo, en cambio, me deshago de mis prendas viejas sin pensarlo dos veces. En eso no nos parecemos. O nos parecemos completamente, como se parecen las hijas a las madres. Pues yo soy el negativo de ella, su imagen inversa. Justo lo contrario y por tanto lo mismo pero al revés.

Me paso la mañana probándome sus cosas frente al espejo del dormitorio. Durante unos segundos me contemplo con la ropa de ella, intentando verla a ella. Pero sólo puedo ver una mujer joven, vestida con su blusa, con un aire familiar, pero que no es ella. ¿Quién es esa mujer joven que se mira al espejo con las ropas de mi madre? ¿A quién se parece esa mujer?

Sobre la cama el montón de prendas que acabarán en el trapero. Todas huele aún a ella. ¿Cuánto tiempo aguantará el olor de ella en la casa, cuánto tiempo persistirá en sus ropas ese perfume familiar? Quizá, si cierro el armario y lo dejo así con toda su ropa dentro, su olor se conserve durante años. También puedo cerrar la puerta de su dormitorio. Cerrar la ventana. Conservarlo todo como está ahora que sólo hace unos días que ella se ha marchado. Si hago todo eso, cuando necesite recordarla, cuando desee traerla del mundo de los muertos, solo tendré que entrar en ese cuarto cerrado. Abriré el armario y me acercaré las mangas de esta blusa o de esa chaqueta a la cara. Entonces sentiré de nuevo su presencia.

En el fondo del armario encuentro una pequeña caja de cartón. Dentro hay un anillo y otras baratijas. Debajo de esas joyas dudosas también hay varias cartas atadas con un lazo azul. ¿Esconden estas cartas el secreto de mi madre? ¿Ocurren en la vida este tipo de cosas o sólo tienen cabida estos hallazgos en la ficción? Me siento en la cama con esa caja en el regazo. Esas cartas son también ella. Tengo miedo a leerlas, pues no sé si quiero conocer a esa otra mujer, la mujer que existió antes de que yo naciera. No sé si quiero que esa desconocida, esa otra mujer, salga a la luz y usurpe la imagen de mi madre. Debo proteger a mi madre, no debo permitir que esa otra mujer entre en nuestra casa.

                                                             *

Publicado la semana 44. 03/11/2021
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