43
Ramón Cerero

La demanda II

Demasiado tarde. Era demasiado tarde para casi todo, cuando regresé con ella. Demasiado tarde para curar la enfermedad, demasiado tarde para pedirnos perdón por lo que habíamos hecho con nuestras vidas, demasiado tarde para lamentarnos de lo que ya nunca haríamos. Sólo el tiempo justo para despedirnos. Mejor así, para las dos, poseer sólo el tiempo justo para despedirnos. Sin tiempo para desperdiciar en recriminaciones, o en excusas. Nada de tiempo para dar explicaciones. Poseedoras sólo del último momento. Ese tiempo denso que no se parece a la vida ordinaria, ese período en el que la vida es como un cristal transparente que muestra todo lo oculto, donde lo importante es realmente importante y lo que no lo es palidece como una flor de papel.

     Una vez rotos los lazos de unión, una vez divididas en dos seres, lastimadas ambas por la cruenta herida, podía volver sin problemas junto a ella, sin temor a nada. Habían pasado cuatro años de separación, cuatro años que habían obrado el milagro, o que habían roto el maleficio. Quería pensar que volvía a ella como una mujer adulta, como una persona madura y no como esa hija que ella había cuidado durante todos esos años, esa hija que había visto en los ojos ansiosos de su madre el miedo a perderla. Recuerdo aún la luz de esos ojos, yo una niña que no entendía, que intuía el peso de esa responsabilidad de ser el consuelo y causa de una vida. Única hija con única madre. Cuadro con fondo de color melocotón y olor a galletas. Gineceo dulce de mis primeros años. Y siempre el hueco de una ausencia. Una sombra masculina que se movía silenciosa por las habitaciones de la casa, un misterio domestico.

     Cuando nos dieron el alta y regresamos a casa la vida pareció retomar su vieja marcha durante unas semanas. Las viejas costumbres resucitadas y los viejos olores revividos. Pero pronto las cosas cambiaron dramáticamente. El mundo de repente boca abajo, el viejo orden alterado. Entonces se inició un juego de intercambio. Yo me convertí en la cuidadora y mi madre en la niña retraída. Yo me convertí en la mujer que cocina y alimenta y ella en la niña que se esfuerza por acabar su plato, en la niña que llora porque le obligan a terminar su comida. Yo la encargada de ayudarla con el aseo, de obligarla a levantarse de la cama. Yo la encargada de vestirla, de peinar esa melena blanca, de maquillarla hasta los últimos días.

     Por momentos temí haber caído en una nueva trampa, en una burla en la que yo era ella y ella era yo, de nuevo atados los lazos, de nuevo unidas sin separación. Lo que estaba arriba abajo, lo que estaba abajo, ahora arriba, pero la misma esencia. Inútil todo ese sufrimiento por la separación de cuatro años, el maleficio restablecido. Sólo la visita del médico y la enfermera de paliativos rompían el encantamiento. No éramos la repetición inversa del pasado. Éramos dos personajes de un último acto. La vida acababa y no podía repetirse como lo había hecho al comienzo. El final no es el principio. El final no puede ser el orden inverso del comienzo. La muerte no puede ser igual a la infancia.

     Las visitas del médico confirmaban el deterioro de mi madre. El médico comprobaba que los plazos se cumplían, que mi madre dejaba de comer cuando había llegado el momento de dejar de comer, que el dolor aparecía cuando debía aparecer el dolor. Entonces era el momento de comenzar con la morfina, dictaminaba el médico, dejando sobre la mesita de noche las ampollas de morfina. Sólo podemos evitar el sufrimiento, evitar la incomodidad del transito al otro estado que es la nada. El padecimiento es inevitable, pero yo debía evitar el sufrimiento.

     El médico y la enfermera actuaban como notarios de la enfermedad. Daban fe de que todo ocurría realmente, de que ciertos plazos se cumplían. Ellos eran los agentes externos de la realidad. Porque yo vivía todos aquellos días como algo irreal, algo que sucedía pero que a la vez no se podía aceptar que sucediese. ¿Cómo se puede aceptar la muerte y a la vez estar viva? ¿Cómo alimentarse cuando la otra persona no se alimenta? ¿Cómo no maravillarse de no sentir dolor cuando un cuerpo gastado aúlla de dolor en la habitación de al lado? ¿Cómo caminar cuando el otro cuerpo yace postrado en la cama?

                           

                                                             *

 

¿Cuánto tiempo tardan en morir las células que nos forman, si dejamos de alimentar nuestro cuerpo, si dejamos de ingerir el agua necesaria para sostener la vida? ¿Cuántas reservas de agua y de alimento hay acumuladas en nuestra carne, esa que nos limita y forma? Esas eran las preguntas que me hacía los últimos días, cuando ya no era posible hablar con ella.

     El proceso avanzaba rápidamente. La comunicación se hacía cada vez más difícil. Por eso hablaba conmigo misma con más frecuencia. Me perdía en largas y sinuosas divagaciones que se extendían hasta que llegaba el anochecer. Las palabras entre madre e hija eran sustituidas por susurros, por suspiros de fastidio, por miradas mudas. El silencio reclamaba su sitio en nuestra casa, en ese lugar en el habíamos hablado tanto del futuro, de la vida, de las esperanzas. El dormitorio era el único lugar de la casa donde aún se producía una desesperada resistencia al triunfo del silencio, al triunfo de la muerte que todo lo calla. Pero allí sólo se podían oír susurros, suspiros, ruidos de una garganta que se seca y suplica un sorbo de agua. ¿Por cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo tardarán en caer esas viejas y resquebrajadas murallas de la asediada fortaleza que es ahora mi madre? Esas eran las preguntas que me hacía a mí misma entonces.

     En cierto modo, en esos días, el tiempo se ralentizó aún mas, convirtiéndose en una masa de hielo que se arrastraba lentamente. Tan lentamente como mis pasos, que se hacían morosos, pesados, después de tantos días sin salir a la calle. Las piernas desacostumbradas a caminar, el cuerpo cada vez más adormecido, como si quisiera imitar a ese otro cuerpo que se disolvía lentamente sobre la cama. Mi cuerpo también se moría un poco cada día. Incluso la casa se moría. Ya no olía a comida en el pasillo, ya no se oía el sonido de la radio o la televisión encendida. Un pájaro negro se había posado sobre el dosel de la cama de mi madre.

     Sólo la visita del médico y la enfermera despertaban la casa de ese maléfico encanto por unos instantes. Volvían las voces de los vivos a reinar en este lugar que aún no era la casa de los muertos, sólo por un corto periodo de tiempo. Cuando se cerraba la puerta de la calle, la casa retornaba a su ritmo calmado, antes de detenerse completamente, como un barco estancado en un mar en calma. ¿Hacía dónde nos llevaba ese barco que, a pesar de su engañosa quietud, se movía? Avanzábamos. El médico lo había confirmado en su última visita.  Faltaba poco tiempo. Pronto terminaría esa misteriosa singladura. ¿Cruzaríamos en este silencioso barco las orillas del Leteo?

     Aunque yo sabía que pronto tendría que bajar a tierra. No se puede acompañar hasta el último recodo al que hace este viaje. Hay que despedirse en un punto. La naturaleza y el espíritu obligan. No está permitido a los vivos la entrada en el mundo de los muertos. Cuando se cruza esa puerta, en ese instante estarán rotos para siempre los lazos de unión entre la madre y la hija. Nadie puede unir lo que la muerte separa. Nada puede unir a los muertos y a los vivos. Lasciati ogni speranza, voi ch’entrate, dice el poeta. Madre e hija deberán llevar vidas separadas a partir de este momento. ¿No era eso lo que yo había deseado? ¿No fue esa la visión de mi ultimo instante clarividente, antes de sumergirme nuevamente en la oscuridad?

 

                                                               *

Publicado la semana 43. 29/10/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
43
Ranking
0 37 0