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Ramón Cerero

La demanda I

Un mañana el cartero trae una carta certificada. Tras cerrar la puerta rasga el sobre y lee la carta. Le cuesta entender lo que lee, pues está escrita en una jerga legal complicada. Tras leerla un par de veces comprende que se trata de un aviso. Es una citación judicial. Debe presentarse en cuatro días en la sala que remite la carta para hacer frente a una demanda. Una persona solicita la exhumación del cadáver de su padre para realizar una prueba de paternidad. Puede comprobar que su nombre completo aparece en la citación. Además de su nombre, aparece el de su padre, fallecido hace veinte años. Al principio del documento aparece el nombre de otra persona, una mujer, la persona que ha originado que se abra la causa.

    Quizá se trate de un error, piensa al principio. Pero la carta que tiene en sus manos es bastante explícita. Esa mujer que aparece en las primeras líneas del documento dice ser hija de su padre. ¿Cómo es posible? Su padre nunca le contó a su madre ni a él que hubiese tenido una aventura con otra mujer. O quizá su madre sabe algo más, algo que ha permanecido oculto hasta la llegada de esa carta. Por ese motivo, lo primero que decide hacer es visitar a su madre para darle la noticia en persona y hablar del asunto. El algo demasiado importante como para hablarlo por teléfono. Necesita ver a su madre, mirarla a los ojos, preguntarle si sabe algo sobre el asunto que destapa esa carta. Por eso ha llamado al banco para decir que se encontraba mal, que faltaría esa tarde al trabajo. Nunca antes había hecho algo parecido, por lo que no ha tenido ningún problema para obtener la tarde libre.

     Su madre vive en el apartamento de siempre, en otro barrio de la ciudad. El suele visitarla casi todos los fines de semana. Durante la semana el trabajo en el banco lo mantienen demasiado ocupado. La madre no le recrimina que la visite tan poco, a pesar de que él es el único familiar que le queda en este mundo, a pesar de ser su único hijo. Su madre está bien. Aunque el pasado mes de abril cumplió setenta y ocho años, goza de buena salud. Lleva su soledad bastante bien. Tiene un grupo de amigas, todas viudas como ella. Mujeres que, como su madre, perdieron a sus maridos antes de llegar a los sesenta. Con ellas sale a andar casi todas las mañanas. Las tardes las pasan en un café cercano, jugando a las cartas o simplemente hablando de la vida. Los fines de semana suelen ir al cine. Él no conoce a otra persona que vaya al cine más que su madre. A veces, aunque sea un poco ridículo, siente envidia de la vida de su madre. A él siempre le costó hacer amigos. Tampoco encontrar pareja se ha demostrado algo más fácil. Ha conocido a varias mujeres, pero ninguna relación con esas mujeres ha cuajado en algo estable, algo parecido a lo que tuvieron sus padres. Aunque la llegada de esa carta le hace dudar de muchas cosas, dudar de la naturaleza de la relación que existía entre sus padres. ¿Ha sido demasiado ingenuo? Esa misma pregunta se la ha hecho a sí mismo en otras ocasiones. A pesar de haber cumplido ya los treinta y cinco años, muchas veces se ha sentido como un niño incapaz de comprender las sutilezas que constituyen la esencia de una vida adulta. ¿Ha sido también esa la causa de su incapacidad para mantener una relación más estable con esas mujeres que ha conocido a lo largo de los años? Puede que sí, pero hasta esta mañana, hasta que esa carta del juzgado ha llegado, nunca le había preocupado esa ingenuidad, esa falta de madurez. Por algún motivo la llegada de esa carta le hace sentirse incomodo consigo mismo, descentrado, como si la citación judicial le hubiese echo descarrilar. La vida no es tan sencilla, la vida se escribe con renglones torcidos, le recuerda esa carta. Por eso le ha parecido que lo mejor era hablar con su madre, pedirle algún tipo de explicación por esa carta, aunque quizá ella tampoco sabe nada de ese asunto oculto que sale a la luz tanto tiempo después.

     ¿Por qué ahora, veinte años después? ¿Qué quiere esa mujer de él, o de su madre? Acaso piensa que son ricos y se imagina que se le ha negado parte de una jugosa herencia, piensa él mientras dirige sus pasos al apartamento de su madre. Nada más lejos de la realidad. Nunca han padecido necesidad, es verdad. Pero tampoco hay demasiados bienes que repartir. Sólo el apartamento familiar, la parte del padre de ese apartamento pequeño en el que transcurrió la sencilla vida de tres personas. Su padre se ganó la vida como fontanero. Pero nunca hubo demasiados excesos. Recuerda a su madre siempre en casa, dedicada en exclusividad a cuidar de su marido y de ese niño tímido y retraído que había sido él. La mesa puesta cada vez que su padre llegaba del trabajo a última hora de la tarde. Una familia feliz que cenaba unida todas las noches, que se contaba lo que les había sucedido durante el día. Al menos eso se pensaba él que había sido su vida, hasta la llegada de esa carta del juzgado.

 

 

                                                                                      *

 

¿Por qué siento tan profundamente esa falta de sentido en mi vida? ¿Cuál es la causa de que alguien como yo se encuentre siempre a la espera de ese momento decisivo, de ese avatar del destino que explique todo, que ponga en orden esa acumulación de hechos que forman la narración de una vida? ¿Es algo que me afecta solo a mí? ¿Siente todo el mundo algo parecido y por tanto no deja de ser una emoción que acompaña a toda existencia? Preguntas y más preguntas, desde hace unos meses. Pensamientos circulares que se muerden la cola y que no dan ningún fruto, que me dejan sin energía, paralizada en un punto. ¿Cuál es mi siguiente paso? ¿Qué debo hacer ahora? ¿Cómo continuar?

     El último movimiento con sentido, el último instante antes de perderme, fue abandonar a mi madre, huir de ella, aceptar aquel trabajo en aquella ciudad a quinientos kilómetros de esa mujer que lo era todo para mí. Sé que yo también lo era todo para ella, su razón de vivir. Siempre lo supe.

     Fue un movimiento lógico, un acto de supervivencia. No quiero pensar ahora si fue una decisión correcta o no. Estoy segura de que no fue justo, de eso estoy segura. Todo movimiento implica una perdida y una ganancia, una fortaleza y una debilidad. Sé que fue cruel, romper los lazos con ella de esa forma. Cruel para ambas, pero sobre todo para mi misma. Pero la supervivencia demanda de nosotros actos crueles, actos amorales, actos que no se pueden someter al frío juicio de los demás. La vida demanda de nosotros sacrificios, actos crudos de los que debemos avergonzarnos.

     Ese fue el último momento de claridad en mi vida. A pesar de todo ese sufrimiento, a pesar de las lágrimas que viajaban a través de la línea telefónica, yo sabía que había hecho lo que tocaba hacer, lo necesario en ese momento. Mi madre también lo sabía, aunque ella decía no comprenderlo. Pienso ahora que quizá era verdad que no lo entendía del todo, pero ella sabía, en lo más profundo de su corazón, que madre e hija a veces han de separase para no destrozarse la una a la otra, para no hacerse daño como sólo se lo pueden hacer esas personas que son carne de su carne, esas personas con las que se comparte todo, esas personas en las que no se puede adivinar una línea de desunión. Ella debía de saberlo tanto como yo, estoy segura, en aquel último instante clarividente de mi vida.

     Quiero pensar que, en los momentos más peligrosos, en los instantes en los que nuestra vida está en juego, somos capaces de lo mejor, de ver las cosas fundamentales. En esos instantes nos ponemos a salvo con un acto audaz, un acto que nos sorprende a nosotros mismos y que creíamos incapaces de realizar hasta ese momento ¿Vemos mejor en las tinieblas? ¿Se abre un tercer ojo en esos momentos en que nuestra vida depende de las decisiones que tomamos? Aquello decisión tomada ya hace cinco años me salvó de otra vida, de otra vida más cómoda, que era mi muerte.  Estoy segura de que la muerte es cómoda, un equilibrio absoluto. En aquella época ella y yo éramos dos mujeres entrelazadas en una dependencia que no nos beneficiaba, atadas la una a la otra. Yo fermentando mi malestar y rencor por la situación injusta a la que me ataba mi madre, una madre soltera y sin familia cercana. Ella infeliz por saber a su hija desgraciada, deseando y temiendo a la vez la separación. Un infierno de sábanas blancas y orden vacío, como dos amantes sin amor y que duermen bajo un mismo techo.

     Por eso cuando sucedió lo de su cáncer de mama supe que era yo la que la había matado. Ese pecho que se revelaba contra ella, esas células que crecían como locas por todo su cuerpo, protestaban por el abandono al que yo la había castigado. Yo su única hija, su única razón para vivir, yo la incógnita que despejaba la ecuación de una vida dedicada a una sola y única cosa, era la que había originado ese mal. Yo, como no podía ser de otra forma, era la causa de su muerte, como antes había sido la causa de su vida. No tengo ninguna duda sobre ello. Mi salvación fue la causa de su condena. Una vida por otra. Parece justo. Una muerte a cambio de una vida. Pura matemática. Una vida entregada por una vida recogida. Un cálculo sencillo y redondo.

 

                                                                                      *

Publicado la semana 42. 21/10/2021
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