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Ramón Cerero

Futuros escritores V

El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura.

                                                                    Miguel de Unamuno

 

The most essential gift for a good writer is a built-in shock-proof shit-detector.

                                                                       Ernest Hemingway

 

 

 

 

 

Aquí me tienen ustedes otra vez. Su humilde colega vuelve a soportar el peso de la toga y se prepara de nuevo para compartir con ustedes algunas ideas sobre nuestro oficio, esa extraña forma de vida de la que habla Vila Matas.

     Antes de meternos en faena, he de ponerles al día de las aventuras de mi hijo el ex escritor, el ex tenista, el ex ajedrecista y muchos otros ex oficios. Recuerden ustedes que fue por causa de mi hijo, que in illo tempore quiso pertenecer a nuestro gremio de pendolistas, que se iniciaron estas sabrosísimas cartas. Nuestro muchacho sigue ganando grandes cantidades de dinero. Eso de trabajar en internet está muy bien pagado (tomen nota los que recurren a nuestro oficio sin vocación y sólo pretenden ganar dinero y no morirse decentemente de hambre). Su cuenta de ahorros crece y crece sin parar. Su madre y yo hemos vuelto a soñar con que nuestro retoño nos sustente en nuestra cercana vejez. Quizá ha llegado el momento de que nos compense por esos largos años de preocupaciones y gastos sin freno. Un hijo con mucho dinero es una buena cosa. Pero el dinero no lo es todo. El dinero no da la felicidad, como bien dicen los que no lo tienen, sobre todo para consolarse. Yo les puedo confirmar que el dinero trae también cosas malas. En nuestro caso, la desgracia que ha traído tanta afluencia económica ha venido en forma de Agencia Tributaria. Hacienda, esa envidiosa y perversa organización estatal que persigue a todas las personas de éxito que se ganan honradamente la vida, se ha fijado en el repentino éxito del muchacho. Nuestro querido hijo, como ustedes ya saben por lo que les conté en aquellas primeras misivas, es bastante descuidado con sus cosas. Se le dan mal las cuentas. El pobre, hasta sólo hace unos meses, desconocía la existencia de esas cosas que ustedes y yo llamamos impuestos. Para no aburrirles demasiado, podría resumirles la situación contándoles que el muchacho se halla inmerso en un pequeño embrollo legal. Afortunadamente cuenta con la ayuda de unos señores que se van a encargar, por una minuta ridículamente alta, de estos asuntos tan enojosos. Él podrá continuar encerrado en su cuarto, abriendo los paquetes que trae el repartidor y dando consejos a sus suscriptores. Aunque el muchacho parece tranquilo (siempre fue un inconsciente), su madre y yo estamos profundamente preocupados. Ya ven que está en la naturaleza de los padres sufrir siempre por los hijos. Veremos en qué acaba esta aventura.

     Hoy quiero reflexionar sobre la condición que ha de atesorar en su más íntima naturaleza toda persona que desea fervientemente ser escritor. Yo diría que la virtud esencial del escritor es la constancia. Firmeza y perseverancia de ánimo, dice el diccionario de esta virtud que claramente está pasada de moda. Les recuerdo a ustedes que la resolución de convertirse en escritor no es de la misma naturaleza que esas otras decisiones que toman a la ligera cuando finaliza el año, o cuando se acerca el mes de septiembre. Escribir no es como apuntarse al gimnasio para bajar unos kilos; escribir no es como dejar de fumar; escribir no es tampoco como inscribirse en esa academia de idiomas; ni tampoco se parece al propósito de hacer deporte, al menos una vez a la semana. No y no. Si uno toma la decisión, de forma voluntaria y sin ninguna coacción, de convertirse en escritor, se ha de llevar a cabo con el convencimiento de que nunca se abandonará. Y cada vez estoy más seguro de que la constancia es lo más importante en nuestro oficio. La mayoría de los que triunfan tienen esta virtud, la constancia, como la principal, y muchas veces como la única. No logran el éxito los mejores, sino los que más perseveran. Les propongo que destronemos a Santa Teresa de Jesús, patrona de los escritores (y de los ajedrecistas) y aupemos a su sitial a Santa Constanza, virgen romana hija de Constantino. No me digan que Constanza no es un bonito nombre. Han de poner todas sus esperanzas (Santa Esperanza sería otra candidata apropiada para apadrinar nuestro oficio) en esta apócrifa santa cuando dediquen su vida a la escritura. La mayoría de ustedes se verán obligados a renunciar a la riqueza material y a seguir la vida del espíritu. Sólo los que tengan fe se salvarán (o no). Sólo los que perseveren y tengan firmeza lo lograrán (o no). Cuando se preparen a escribir hagan sus votos de pobreza y enciendan un cirio a Santa Constanza. Estoy seguro de que el Espíritu Santo, ese travieso señor que va por ahí preñando a adolescentes vírgenes, les inspirará alguna maravilla que hará feliz a alguno de esos editores adoradores de Mammón. Esos mammones que no valoran nuestro arte y que sólo piensan en el dinero.

     El escritor no nace, se hace. A diferencia de otras artes la verdadera escritura sólo se puede lograr tras una vida de experiencia, una vida marinada en el placer y el sufrimiento. Existen niños prodigio en las matemáticas, en la música, en el ajedrez, pero no hay escritores prodigio. Por otro lado, pueden estar seguros de que un niño que no es maestro de ajedrez a los diez años nunca será campeón del mundo. Ustedes, en cambio, han escogido una disciplina en la que se puede comenzar tarde. Incluso diría yo que se debe comenzar tarde, cuando la vida ya nos ha mostrado sus gozos y sus sombras, cuando la salsa agridulce de la vida pueda sazonar nuestras palabras. Los escritores renombrados suelen ocultar avergonzados sus escritos de juventud. Es verdad que existió un joven llamado Arthur Rimbaud. Permítanme que considere a este geniecillo maléfico, que la emprendió a tiros con su papaíto Verlaine, como la excepción de la regla. Pongamos que tienen ustedes más de veinte años, más de treinta, o incluso mas de cincuenta, y que no han escrito nada aún. Ustedes y yo sabemos que lo tienen dentro. Poco importa si son jóvenes o viejos. Si son maduros juegan con ventaja. Sáquenlo fuera. Canten conmigo esa cancioncilla de la reina de las nieves que dice: Muéstrate / Quiero conocerte / Muéstrate / Te toca a ti (apud Frozen).

     En la infinidad de tratados y tesis que han originado mis escritos (la verdad es que sólo me han llegado un par de comentarios despreciativos sobre mis cartas, pero siempre se ha de exagerar un poco cuando uno habla de su trabajo) me he encontrado muchas veces con la siguiente pregunta: ¿Sobre qué se ha de escribir?

     La respuesta aceptada por casi todos es que se ha de escribir sobre lo que se conoce. Siempre me he encontrado incómodo con esta respuesta tan categórica. ¿Qué se conoce realmente? Ya ven que la respuesta sólo nos desvía a un callejón sin salida en el que nos aguardan Platón y Kant con un mazo. Y si salimos vivos de ahí nos tropezaremos con las sabías palabras de Sócrates: sólo sé que no sé nada. Pero, aunque escribir sobre nada haya sido el sueño de muchos escritores (Gustave Flaubert siempre aspiró a escribir una novela en la que no ocurriera nada) y haya sido la clave del éxito en otros (Carmen Laforet ganó el primer premio Nadal con una primera obra titulada Nada), escribir sobre nada no es una tarea fácil.

     Por otra parte, ¿significa esto que el escritor ha de tener un conocimiento enciclopédico para escribir sobre cualquier cosa? Como se puede exigir esto en nuestro tiempo, cuando nuestro sistema educativo acorta cada vez más la educación de nuestros ciudadanos. Además, ni siquiera los escritores enciclopedistas tenían un saber global de todas las cosas. Diderot hacía una entradilla en la Enciclopedia, Watelet otra, y luego llegaba el bueno de Marmontel que se sumaba a la fiesta con otras modestas aportaciones. Lo que se conoce es tan poco y tan incierto que la escritura sobre esto no daría ningún fruto, además de ser tremendamente aburrida.

     Podríamos probar a escribir sobre lo que no se conoce. El ensayo y error es uno de los más hermosos métodos de la ciencia. Si no funciona una cosa, se hace lo contrario. He de confesarles que esta propuesta me gusta mucho más. En mi caso esta profunda ignorancia me permite escribir sobre casi todo, ya que de nada sé. Hay en la escritura una especia de conocimiento sobre la marcha, un work in progress (como dicen los pedantes) que nos muestra una verdad nueva cuando se concluye. Escribir sería como una exploración sin mapa (pero siempre con la condición de no olvidar la brújula). Pero si somos sinceros con nosotros mismos hemos de reconocer que este sueño también produce monstruos. Los abusos de los escritos surrealistas y su método de escritura automática son el ejemplo de que esto, llevado a su extremo, tampoco es la respuesta.

    Para no cansarles con la multitud de respuestas que existen a la pregunta de sobre qué hay que escribir, he de hacer aquí constancia de que también hay autores que opinan que hay que escribir sobre lo que se teme (adscriban esta opinión a la escuela estoica, recuerden a aquellos escritores para los que escribir es sufrir). Otros opinan lo contrario, que se ha de escribir sobre lo que se desea o lo que nos agrada (adscríbase a si mismo esta opinión a la escuela epicúrea y a aquellos colegas que escriben en posición horizontal).

     Cuando hay muchas respuestas a una misma pregunta uno comienza a sospechar que no hay ninguna certeza en este tema. Así que escriban ustedes de lo que conocen, o de lo que desconocen, o de lo que temen, o de lo que les agrada, o de lo que les venga en gana. Todo vale y nada sirve. Ya ven que soy honesto con ustedes. No tengo todas las respuestas, solo algunas preguntas. Pero al escritor no se le ha de pedir las respuestas correctas. El escritor ha de plantear la pregunta correcta. Entonces habrá logrado lo máximo que se puede hacer en este oficio.

     Me temo que, por momentos, este escrito tiene el tono de esos repugnantes libros de autoayuda. Nada más lejos de mi intención. Preferiría que consideraran mis palabras como ejemplos de sabiduría de bolsas de té. ¿Conocen ustedes esas bolsas de té que tienen píldoras de sabiduría oriental en la etiqueta? El otro día me tocó una en la que se podía leer: You don´t need love, you are love. Aunque mi mensaje favorito es el que dice: Live light, travel light, spread the light, be the light. Si se quemaran todos los libros del mundo, nada perderíamos si al menos conserváramos esas bolsitas de té con esos mensajes tan cool. La humanidad estaría a salvo.

     Antes de terminar esta carta, que me está quedando demasiado larga (el pecado capital de todo escritor es agotar la santa paciencia del lector), les quiero hablar de las piedras y las semillas. Pero antes he de confesarles que no todo lo que leen ustedes en estas cartas es de mi autoría exclusiva. Nada sale de nada (ex nihilo nihil fit Parménides dixit). Todas las cosas surgen de lo que ya existe. La generación espontanea fue refutada hace tiempo en biología. En nuestro campo también se ha de rechazar esa generación espontanea e independiente de las ideas. Confieso que algunas de las ideas que les suministro aquí, sin piedad ni cargo de conciencia, las selecciono de cosas que leo por ahí y que encuentro curiosas, o de alguna utilidad para nuestra sagrada causa. Así que tomo sin cuidado las cosas de los demás que me agradan. Llámenme ingenuo, pero creo que todos somos hermanos de letras y que hemos de prestar los unos a los otros las cosas de necesidad. Algunos motejan este tipo de comportamiento con palabras como plagio, robo u otras peores. Palabras que tristemente también tienen su reflejo en los libros de leyes. Por tanto, citemos para salvarnos de la cárcel. Descubramos nuestras fuentes.

     Esta atravesada introducción viene al caso porque hoy les quiero hablar de las piedras y las semillas. La escritora norteamericana Jane Smiley utiliza esta metáfora para hablar de cómo trabaja ella con la primera versión de un texto. Insiste la señora Smiley en que se ha de acabar una primera versión del escrito sin detenerse. Lo importante es terminar el primer envión de escritura y concluir alguna cosa sin revisar. Después Smiley recomienda leer lo escrito discriminando si las frases del texto son piedras (frases que son sólo elementos estructurales que están ahí pero no dan vida a la novela) o semillas (frases que se convertirán en una parte importante de la novela y que pueden extenderse y dar frutos). Las semillas serían la parte más valiosa de esta primera versión. Las semillas darían fruto y conformarían lo principal de la obra, después de su desarrollo.

     La teoría de Smiley me parece muy interesante, pero he de confesarles que me dan pena las piedrecitas, esas humildes piedrecitas siempre tan despreciadas. Porque Así es mi vida, / piedra, / como tú. Como tú, / piedra pequeña; como decía León Felipe. Quiero hacer aquí un elogio de las piedrecitas del camino. Déjenme que escriba pro lapis, aunque sólo sean unas pocas líneas.

     Los campesinos desprecian las piedras. Arrojan fuera de sus sembrados los cantos que encuentran, por temor a que la hoja de su arado sufra algún daño. ¿Cuántos campesinos no han retirado de sus campos de cultivo restos de estatuas del pasado, o miliarios que nuestros esforzados amigos romanos dejaron en los caminos, para evitar que nos desorientáramos? No sean ustedes como esos ignorantes campesinos. Las piedras son valiosas. Las frases piedras son los elementos de construcción básica, el esqueleto en el que sustenta cualquier historia. Nosotros, los escritores del futuro debemos imitar a Deucalión y a Pirra. Si arrojamos esas piedras a nuestra espalda veremos como cobran vida, como se transforman en hombres y mujeres. Amemos las piedras (entiéndanme bien, no les pido que lleguen al extremo de un Pigmalión). Recordemos que, de acuerdo con esta bonita leyenda, somos descendientes de ellas. Aceptemos que concluyó hace tiempo la edad de oro. Nosotros pertenecemos a una edad más pedestre, la edad de piedra.

     ¿Qué tiene todo esto que ver con escribir? Me preguntarán ustedes. Sinceramente no lo sé. Les confieso que me he dejado llevar por esa repentina pasión por las piedras. Pero quién sabe, quizá toda esta tontería sobre las piedras tenga algún sentido. Agradecería al que lo encontrara que me lo hiciera llegar de alguna forma, para poder disfrutar yo también de esa sabiduría encerrada en estúpidas palabras.

     Creo que ya he abusado demasiado de su paciencia. Me declaro culpable por haberme extendido más de lo que quisiera, pero ustedes son cómplices del delito, por haberme acompañado hasta este lugar. Pero aprendamos a perdonarnos y santas pascuas. Yo les perdono a ustedes su ociosidad y ustedes, a cambio, me perdonan a mi la pesadez.

     Les deseo que encuentren muchas semillitas en sus escritos, pero les pido que respeten la piedra, pues también encontrarán muchos cantos en sus textos. Aprendamos de la piedra la firmeza, la constancia, la sencillez. Edifiquemos sobre la piedra. Los cimientos han de ser siempre firmes. Sean ustedes, además de escritores, los canteros del futuro, los nuevos picapiedra. Sólo permanecerá la piedra. Háganme caso. Duro con ello.

 

Vale

Publicado la semana 41. 15/10/2021
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