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Ramón Cerero

Futuros escritores II

«Nunca pierdas la oportunidad de decir algo estúpido.»

                                                                Igor Terentiev

 

Debido al inmenso éxito que han tenido mis recomendaciones (tengo constancia de que me han leído al menos dos personas), y a la gran cantidad de público que me lo ha pedido (el muchacho me ha reclamado más truquitos), me veo en la obligación de continuar ayudando a aquellos que formarán nuestra intelligentsia (que es lo mismo que intelectualidad, pero que queda más bonito si colocamos la palabra en otro idioma. Un escritor nunca es lo suficientemente pedante).

   Lo primero que he de contarles es que el muchacho continúa empeñado en ser escritor. Lleva dos meses con ese firme propósito y no ceja en su empeño. A su madre y a mi nos ha sorprendido gratamente esta terquedad. Sobre todo, porque aún recordamos otras etapas de su vida en las que mostró menos tenacidad. Todo comenzó a los quince años, cuando nos advirtió que dejaba los estudios para aprender a tocar la guitarra. Quería ser músico. No podíamos hacer otra cosa que comprarle una buena guitarra. Esta etapa duró cuatro semanas (eso de practicar todos los días era tremendamente aburrido). Después siguió una fiebre terrible por el deporte, más concretamente por el tenis. Evidentemente necesitaba una buena raqueta, sobre todo si tenía el firme propósito de convertirse en profesional. No hay que reparar en gastos cuando se piensa en el futuro de los hijos. Pero pronto comprendió que el ejercicio físico no era lo suyo y se interesó por otras disciplinas más intelectuales. Entonces se lanzó de cabeza al ajedrez. Yo me alegré de su elección, pues siempre me ha interesado el juego de los sesenta y cuatro escaques. Entusiasmados, su madre y yo, nos suscribimos a una carísima enciclopedia de ajedrez de dieciocho volúmenes. Desgraciadamente, abandonó el estudio en el volumen primero, donde se trata de la apertura e4. El ajedrez exigía demasiado estudio y disciplina para su carácter. Tras el ajedrez llegaron las inquietudes artísticas. Primero fue la pintura, por lo que fue necesario comprar lienzos, pinceles y colores. No se imaginan ustedes lo caros que son los colores. ¡Qué barbaridad! Pero esto tampoco duró mucho tiempo. La pintura no reflejaba fielmente la realidad, protestó indignado, por lo que se decantó por la fotografía. Pero basta ya… No quiero aburrirles con los bandazos en la vocación de nuestro muchacho, tan comunes, por otro lado, en los chicos y chicas de su edad. Aún se encuentran por la casa la guitarra, las raquetas, la enciclopedia de Ajedrez con sus dieciocho volúmenes, los pinceles, la cámara de fotos y un sinfín de otros objetos y aparatos que denuncian su inconstancia de muchacho caprichoso. Pero será mejor que hablemos de nuestro oficio y continúe con mis consejos.

   Lo primero que les quiero decir es que nunca se desanimen si son poco leídos. Larra decía que no se lee porque no se escribe y que no se escribe porque no se lee, que es lo mismo que no decir nada. Pero dejando a parte la causa, está claro que el número de lectores desciende cada año. Esto, acompañado del descenso de la natalidad, producirá que en un futuro ustedes se encuentren escribiendo para una, o como mucho, dos personas. Pero un lector fiel es un tesoro. La categoría ontológica del escritor depende del lector, que lo completa en su circulo existencial. Así que en teoría sólo necesitamos de uno para justificar lo que hacemos.

   Un escritor no es menos porque tenga pocos lectores. Muy al contrario, el número de lectores suele estar relacionado inversamente con la calidad literaria de lo que se escribe. Si les leen poco, significará que sus libros son maravillosos, una muestra del arte más puro. Sus textos serán como esas perlas, ¿o eran margaritas?, que se arrojaban a los cerdos sin provecho. Los escritores que son muy leídos son basura y merecen solamente nuestra conmiseración.

   Después de haberles elevado la autoestima, pues el escritor es como un niño mimado al que siempre hay que estar alabando, ha llegado el momento de que les hable del oficio en su más cruda acepción. Pero antes de que se sienten a juntar palabras les daré unos consejos prácticos. Antes de escribir les recomiendo que se laven la cabeza. Masajeen enérgicamente el cuero cabelludo, pues esto garantiza la mejora de la irrigación cerebral y airea las ideas. ¿Conocen ese hermoso adagio que dice agitar antes de usar? Ya que se encuentran en el baño, les recomiendo una buena ducha y el arreglo de las uñas de pies y manos. El escritor ha de cuidar especialmente su manicura. No olviden que es su herramienta de trabajo. Yo nunca me fío de una persona que no presenta una manicura impecable. Se podría incluso llegar a decir, sin exagerar, que la manicura es el espejo del alma. Todas estas rutinas relajan el cuerpo y despejan la cabeza, colocando al sujeto en un estado ideal para la creación. Además, el escritor se acerca limpio a su trabajo. Se dedican ahora a un oficio sagrado al que no se pueden presentar con las manos sucias.

   Pero alto ahí, antes de que tomen el lápiz, la pluma, el bolígrafo, la máquina de escribir, o enciendan el portátil, han de hacer otra cosa que casi olvido y que es de suma importancia. Ustedes siempre se han de sentar a la mesa de trabajo descargados de todo lo innecesario. Yo empleo habitualmente unos treinta minutos a primera hora de la mañana, después del desayuno. Este tiempo lo aprovecho leyendo alguna cosa de enjundia mientras doy a la naturaleza su tiempo. Mi lectura favorita en el excusado es El pequeño Larousse ilustrado (me encuentro ahora en la mitad de la letra L), pues me permite cargarme la cabeza de vocablos a la vez que descargo mis intestinos. Escojan ustedes a su gusto las lecturas más adecuadas para ese momento del día. Si respetan esta costumbre les garantizo que no sufrirán nunca de hemorroides, el tormento más temido por los escritores profesionales, y evitarán inoportunas interrupciones cuando les visite la inspiración, esa bella dama o ese buen mozo que a veces se presenta en nuestro escritorio.

   Después de este último consejo, quizá excesivamente escatológico, vamos a tratar del asunto en cuestión, de la médula del oficio, de lo que realmente es escribir, de la clave del asunto, del sancta sanctorum, de lo más esencial, del quid de la cuestión, de lo fundamental, del secreto de Scheherezade, del summum, de la nuez que lo contiene todo, del pan y la mantequilla, del sine qua non, de lo básico de la básico… Todo se puede resumir en una única regla de suma importancia. Si se atienen a esta regla básica y sagrada el éxito está garantizado. La regla es que no hay regla. Ya se hacen cargo de lo difícil que es explicar todo esto…

   Sí que les puedo recomendar que escriban siempre utilizando frases largas. Empleen grandes subordinadas que se extiendan párrafos enteros y que se retuerzan y dividan como las raíces de un viejo roble. Procuren que el lector haya olvidado el principio de la frase cuando llegue al final. Eviten el estilo de Azorín. Es un estilo claro y limpio, pero pensarán de ustedes que son poco artistas. Recuerden que es opinión común que un párrafo cuanto más complicado y oscuro más hermoso. Pynchon dice que la lectura no tiene por que ser obligatoriamente una tarea sencilla.

   En cuanto a la elección de palabras, sean osados, audaces e imaginativos. Si han tenido conocimiento de una palabra rarísima no duden en emplearla en la primera ocasión que puedan para impresionar a sus lectores. Aspiren al estilo elevado. No duden en emplear adjetivos como “opalescente”, “ebúrneo”, “nacarado”, “broncíneo”, etc…. Nunca fallan. Yo llevo años intentando colocar en alguno de mis textos la expresión “hipogrifo furioso”. ¡Qué feliz seré cuando la pueda encajar en alguna frase! Dejen al lector patidifuso, sorprendido, anonadado. Como recomendaba Cortázar, ganen el combate por KO, no se contenten con ganar por puntos. No hagan concesiones ni tomen cautivos. ¡Esto es la guerra! (Groucho dixit). No eviten los extranjerismos, aunque tengan una palabra en su idioma que signifique exactamente lo mismo. Nadie deja de comprarse una camisa que le gusta porque ya tenga esa prenda en el armario. Un escritor tiene que demostrar que está a la última. Ha de ser rabiosamente moderno y cosmopolita.

   En cuanto a lo que dicen algunos escritores de que se ha de escribir como se habla, no hagan caso. Si se escribe como se habla, ¿para qué escribir? Desconfíen de los libros que hablan como personas y de las personas que hablan como libros.

   Como me estoy extendiendo demasiado creo que para finalizar les daré unos consejos a aquellos que sólo desean hacer arte. Se ha de tener una palabra para todos, incluso para los elitistas, aunque estos sean siempre los que dan mala fama al oficio. Absténganse ustedes de leer libros. Tienen prohibido sobre todo novelas, teatro, ensayo, poesía, y cualquier cosa que les estimule la corteza cerebral. Shopenhauer decía que el exceso de lectura dificulta la escritura. Nada hay más perjudicial para una mente confusa (la de ustedes está manga por hombro) que la lectura de otros autores, quizá más locos que ustedes. Estas lecturas solo aumentarán su confusión. Si debido a su adicción a la letra escrita no pueden dejar de leer (a la larga solo conseguirán pérdida de agudeza visual y cierto embrollo del intelecto) les está permitido leer la guía de teléfonos y el boletín oficial del estado. Estas lecturas tendrán una influencia positiva en sus escritos. Serán como las riendas que tiran del caballo desbocado de su prosa. Mantendrán amarrada a esa loca de la casa de la que hablaba Santa Teresa. Les recomiendo que vean mucho la televisión, sobre todo programas de telerrealidad (aunque pocas cosas reales encontrarán en ellos) y concursos con pretensiones culturales (acertarán muchas de las respuestas y se sentirán verdaderos intelectuales. Esto les provocará gran satisfacción y quizás les quitará esa manía que tienen de intentar hacer arte con sus escritos. También se estimulará en ustedes ese factor competitivo del que por ahora carecen).

   Espero que me perdonen por haberme extendido tanto y haberles robado su valioso tiempo. Sólo desearía terminar recordándoles que el futuro les espera. Insistan. Persistan. Sean ustedes como la roca que soporta el golpe de las olas y no como el huevo que se golpea contra la roca. Solo así lograrán hacerse un hueco en la estantería. El que aguarda siempre es recompensado.

                                                                                                         

Publicado la semana 4. 25/01/2021
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