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Ramón Cerero

Un ejercicio de estilo

 

 

"Agonizou no meio do passeio náufrago

Morreu na contramão atrapalhando o público"

Construção

Chico Buarque

 

 

La semana había sido muy complicada. No había tenido mucho tiempo para escribir. El trabajo en la oficina y las obligaciones familiares le habían dejado sin tiempo para nada. Al menos eso era lo que se decía a sí mismo. La verdad era que esa semana no había tenido muchas ganas de escribir. Se había relajado un poco. No demasiado, se excusaba él. Sólo había disfrutado un poco de esa agradable sensación de no hacer nada. Bueno, había visto algo de tele. Le gustaba el tenis, así que había empleado parte de su tiempo viendo varios partidos de tenis de ese torneo que se estaba celebrando.

     El resumen es que había escrito poca cosa. Muy poco. Una tontería. Una cosa sencilla. Pero las cosas sencillas son las mejores, se dijo a sí mismo para animarse.

 

Camino del trabajo I

 

Era una soleada mañana de lunes y un hombre caminaba por la acera alegremente hacia el trabajo. Vestía un traje elegante y de color claro. En la calle el tráfico era infernal. Los coches se movían a empellones, ruidosos y molestos. Los cláxones sonaban intermitentemente, agujereando el aire matutino. En la acera los viandantes se tropezaban unos con otros. Todos veían al hombre con la cara adornada de una sonrisa luminosa y estúpida. Llevaba una maleta negra, elegante y ligera. Sus pasos eran leves como la mañana. Pensaba en su mujer e hijo, a los que dejó en casa aún dormidos, cómodamente arropados en un sueño de plumas. De un balcón una hermosa mujer saca a un canario, que al ver la luz del día inicia un canto alegre y estrepitoso. La mujer rubia viste un camisón verde de tela fina. Los ojos azules de ésta miran al hombre, a la sonrisa brillante y estúpida del hombre. El hombre se da cuenta de que llega tarde, ha mirado su elegante reloj de oro y se ha asustado. Sus pasos se aceleran imperceptiblemente, casi vuela ligero como el aire. Al cruzar la avenida un viejo coche negro lo atropella y lo lanza violentamente sobre el asfalto. El hombre permanece tumbado, respirando con dificultad, haciendo ruidos suaves y violentos. Muere de pronto. Sobre el asfalto la maleta negra rota y abierta. En su interior se puede ver un periódico de ayer, una rosa amarilla, un poco mustia, y un paquete de cigarrillos mentolados.

 

 

     Está claro que era una autentica basura. Demasiado sencillo y prosaico, pensó el hombre. Ni siquiera tiene un final feliz. Demasiados adjetivos innecesarios. Pero le da pena quitarlos. Le gusta mucho poner adjetivos. Él tiene un gran armario ropero lleno de ropa que no usa. Siempre quiso tener mucha ropa. Le cuesta horrores tirar esas prendas que ya nunca se pone. De ahí su fascinación por los adjetivos. Le da pena quitar esos epítetos pomposos. Se convence a sí mismo de que dan a lo escrito un tono poético. De poesía mala, reconoce. Pero la poesía mala es mejor que la prosa buena, se defiende. Quizá ajustando alguna cosa se pueda aprovechar. Segundo intento.

 

     Camino del trabajo II

 

Era una mañana un poco mustia de lunes y un hombre caminaba por la acera amarilla hacia el trabajo. Vestía un traje roto y abierto. En la calle el tráfico era negro. Los coches se movían de pronto, mentolados. Los cláxones sonaban con dificultad, desde un ayer lejano. En la acera los viandantes se tropezaban imperceptiblemente. Todos veían al hombre con la cara adornada de una sonrisa suave y violenta. Llevaba una maleta de oro viejo. Sus pasos eran ligeros como el aire. Pensaba en su mujer e hijo, a los que dejó en casa violentamente, negro de furia. De un balcón una asustada mujer saca a un canario, que al ver la luz del día inicia un canto brillante y estúpido. La mujer elegante viste un camisón azul. Los ojos aún dormidos de ésta miran al hombre, a la sonrisa verde de tela fina del hombre. El hombre se da cuenta de que llega cómodamente arropado en su sueño de plumas, ha mirado tarde su hermoso reloj y se ha puesto rubio. Sus pasos se aceleran alegres y estrepitosos, casi vuela agujereando el aire matutino. Al cruzar la avenida un elegante y ligero coche lo atropella y lo lanza alegremente sobre el asfalto. El hombre permanece tumbado, respirando infernalmente, hace ruidos negros. Muere leve como la mañana. Sobre el asfalto la maleta soleada, ya abierta por el golpe. En su interior se puede ver un periódico de color claro, una rosa luminosa y estúpida, y un paquete de cigarrillos elegantes.

 

 

El hombre babea de satisfacción. Lo lee una segunda vez y comienza a dudar. Quizá no es lo suficientemente poético. Se entiende demasiado para ser poesía. Se sumerge nuevamente en la desesperación. Pero nuestro hombre es un apóstol del reciclaje. Quizás moviendo esto aquí y aquello allá…

 

 

     Camino del trabajo III

 

Era una brillante y estúpida mañana de lunes y un hombre caminaba por la acera asustado hacia el trabajo. Vestía un traje de ayer, viejo. En la calle el tráfico era imperceptible y ligero como el aire. Los coches se movían suave y violentamente. Los cláxones sonaban negros. En la acera los viandantes se tropezaban con dificultad, violentamente. Todos veían al hombre con la cara adornada de una sonrisa tardía, de oro. Llevaba una maleta un poco mustia. Sus pasos eran elegantes. Pensaba en su mujer e hijo, a los que dejó en casa de pronto, amarillos de enfado. De un balcón una mentolada mujer saca a un canario, que al ver la luz del día inicia un canto roto y abierto. La mujer viste un alegre camisón. Los ojos soleados de ésta miran al hombre, a la sonrisa elegante del hombre. El hombre se da cuenta de que llega ruidoso y molesto, ha mirado su negro reloj y ha agujereado el aire matutino. Sus pasos se aceleran a empellones, casi vuela infernalmente. Al cruzar la avenida un viejo coche color claro, aún dormido, lo atropella y lo lanza leve como la mañana sobre el asfalto. El hombre permanece tumbado, intermitentemente respirando elegante y ligero, haciendo ruidos luminosos y estúpidos. Muere cómodamente arropado en un sueño de plumas. Sobre el asfalto la hermosa maleta verde de tela fina, ya abierta por el golpe. En su interior se puede ver un periódico alegre y estrepitoso, una rosa rubia, y un paquete de cigarrillos azul.

 

Ahora sí, piensa la primera vez que lo lee. Pero la satisfacción no aguanta una segunda lectura. Quizá estaba mejor en la primera versión. Al menos era una basura cursi, pero sin pretensiones. Se insulta a sí mismo en voz alta. Quizás podría cambiar alguna cosa más… Reflexiona un momento.

     El hombre recupera la cordura y envía el texto a la papelera. Cierra su portátil y enciende la tele. Afortunadamente está a tiempo de ver el final del partido. Comienza el primer juego del quinto set.

 

 

 

Publicado la semana 38. 21/09/2021
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