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Ramón Cerero

Recóndita armonía

Y la luz parecía bañar las cosas de una forma nueva y reveladora, nunca antes entrevista. Dorado y brillante, un árbol a la luz del atardecer de un día de verano, me despertaba a un nuevo mundo. Las palabras ordinarias no alcanzaban a explicar lo que mis ojos veían ahora, tras años de permanecer cerrados o vueltos hacía el alma. También comence a oir cosas hermosas. El ritmo del habla me parecía un chato remedo de la música celestial, del grillo en la noche, de la paloma en el frondoso valle. Oía ahora una música celestial flotando a mi alrededor, una armonía oculta que parecía provenir de la naturaleza. Intenté olvidar lo que la naturaleza, exuberante y sonora aquel verano, me mostraba. Intenté rechazarlo todo y sumergirme en mi alma. Refugiarme allá adentro donde nunca nadie llegaría a encontrarme. El caracol y la tortuga eran mis más queridos emblemas, mis símbolos protectores. Pero el señor Frederich decía que yo debía vivir, debía salir a la luz y poner mi alma a secar igual que se seca la camisa blanca cerca de la flor de lavanda. Frederich me hablaba de Dios, presente en la piedra que refulge a lo lejos en el camino, en el canto de la cigarra, en la hoja que la brisa mueve, o en la tierra roja que hay en la entrada de la vieja cantera. “Y el ritmo que oyes Karol” me decía “es la palabra de Dios en las cosas, las cosas que hablan de Dios”. Porque para él Dios era la belleza que contemplábamos desde su ventana.

     Y al principio Dios o los objetos solo me decían palabras sueltas como: dulce, estruendo, martillo o luna. Después las palabras se hacían sintagmas o frases que no significaban nada para mí, cosas como: la luz imposible de tu reflejo, el pez seco de tu piel, o la hebra calabaza de tu cabello que en la mata verdea.

     Y Frederich me dijo que era poesía. Que los poemas eran las palabras de un ser que está por encima de nosotros, que no tenía que entender nada de lo que oía. Que tenía que escuchar mejor, no entender, escuchar mejor. Solo tenía que concentrarme en escuchar mejor. Y me dijo que con el tiempo aprendería a oír esas palabras también en el pueblo o la ciudad. Esa misteriosa armonía, esa poesía estaba también en la sirena del barco que parte, en el ruido de arrastrar muebles en el piso de arriba, incluso en los gritos de la mujer que llora cuando es golpeada por su marido borracho, allá en la noche más profunda. Y tuve miedo...

Publicado la semana 36. 08/09/2021
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