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Ramón Cerero

El Ala Roja

Los días en el Ala Roja son siempre iguales. Por la mañana se levantan pronto y desayunan café con pan negro de centeno. Después del desayuno salen del refectorio y, tras cruzar por el pequeño jardín con el tilo gigante, entran en el taller de carpintería donde le enseñan todo lo que tiene que aprender un carpintero para su oficio. Peter, con su mandil de cuero, les muestra el uso de las diferentes herramientas del taller: la sierra, la lezna, el cepillo, la garlopa… Él y el resto de muchachos aprenden a hacer mesas y sillas, a encolar tablas que después encajan para hacer armarios que semanas después barnizarán. El viejo Peter es amable con ellos. Tiene un gran bigote y una barba blanca que amarillea en los extremos. Se dirige a ellos con respeto. Siempre habla despacio y ayuda a los menos hábiles o a los más jóvenes. A él le gustan las mañanas en el taller, el olor a serrín y a cola del taller, el silencio en el que todos trabajan siguiendo las instrucciones del viejo. Después de comer tienen una hora de reposo. La mayoría de los muchachos se retira a descansar en el dormitorio. Él suele leer a esas horas, sobre todo la Biblia, aunque también lee vidas de santos y algún que otro libro que los hermanos del reformatorio le dejan sacar de la pequeña biblioteca del centro.

     Por la tarde hacen deporte. Todos vestidos con el uniforme del centro bajan al patio que hay detrás del edificio principal. Allí se colocan en varias filas y siguen las instrucciones del profesor de gimnasia, el señor Zoltan.  Es el único profesor del centro que no es religioso y algunos chicos dicen que anteriormente fue militar. Puede que lo fuera, aunque él no lo cree. Es un señor muy bajito y delgado, por lo que no cree que el ejército aceptara a alguien tan debilucho como al señor Zoltan.

     Lo peor del Ala Roja es el fin de semana. Él casi nunca tiene visitas y el tiempo se le hace eterno. Una y mil veces preferiría la rutina de los días normales, el trabajo en el taller del viejo Peter o al señor Zoltan y sus ejercicios gimnásticos. Una vez al mes viene su madre con su hermana a visitarlo. No le gusta que vengan a verlo allí. Se avergüenza de que tengan que venir a verlo desde tan lejos, ya que el Ala Roja está en pleno campo, a unos cien kilómetros de su pueblo. La madre y la hermana tienen que soportar un largo trayecto en tren y tienen que levantarse antes del amanecer. Su madre siempre llora antes de despedirse. Le deja algo de comida y una de las grandes hogazas de pan del panadero Kristov que tanto le gustan, y que le duran una semana. Su hermana Agnetta le mira pero no dice nada. Es muy pequeña aún y no parece entender mucho lo que pasa. La pobre niña no comprende por qué su madre llora, o por qué su hermano tiene que vivir en esa gran casa con otros niños de edades similares.

     No habla mucho con sus compañeros. La mayoría son chicos de pueblos de la comarca que han cometido pequeños delitos. Uno de los hermanos del centro parece haberle cogido cariño. El hermano Frederich la anima a leer y le ayuda con los libros que no entiende. A veces los fines de semana, cuando Karol no recibe visitas de su familia, el hermano Frederich le invita a su despacho y le hace preguntas sobre lo que ha leído durante la semana. Al jesuita le gusta mucho la poesía y le dice que él también debe aprender a escribir poemas. Dice que en el poema está la esencia del pensamiento. Nada es superior a la poesía. Otras veces hablan mucho tiempo de por qué está aquí él. Hablan de lo que pasó aquella noche y de lo que recuerda. El hermano le pide que le cuente lo que pensó en aquel momento, que le cuente todo lo que sintió. Pero él no quiere hablar mucho de eso. Pasó y ya está. Después pasan horas y horas analizando lo poco que ha dicho, la mayoría de las veces acaban hablando de algo que no tiene que ver con el motivo por el que él está allí. Él sabe que tiene que pasar aún mucho tiempo, más de cinco años y que no puede salir del Ala Roja hasta entonces. La verdad es que tampoco quiere salir. No entiende a otros compañeros que parecen sufrir durante su estancia en el reformatorio y que están siempre pensando en lo que harán cuando estén libres. El nunca piensa en eso, sólo le interesa lo que ocurre en el centro, en el momento presente. No se preocupa por el futuro, al igual que hace tiempo que dejó de preguntarse cómo era su vida antes. Su principal problema es él mismo, su mente, sus pensamientos. Él sabe que el tormento mayor está siempre con él, que su demonio es él mismo, o que su pensamiento le acompañará vaya donde vaya.

     Es de noche ya en el Ala Roja y la lluvia resuena sobre las tejas del edificio donde está el dormitorio. Sobre la cama, acunado por el ruido de la lluvia, reflexiona sobre lo que ha hecho durante el día. En las noches como esta no puede evitar que una inmensa tristeza y soledad le inunden. Entonces piensa en su hermanita y llora bajo las sábanas, tratando de no hacer ruido, hasta que se queda dormido.

Publicado la semana 34. 24/08/2021
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