32
Ramón Cerero

El descendiente (15 y 16)

15. El mejor amigo del hombre, y de la mujer:

 

En el nuevo taller me hice muy amigo de Andrés. Andrés era un chico más joven que yo, sano y buen trabajador, pero que sólo tenía en la cabeza una cosa: la caza. Raro era el día que no me hablaba de alguna aventura relacionada con su afición. El pobre pasaba la temporada de veda como un alma en pena y cuando ésta comenzaba todos los fines de semana salía al campo. ¿Cómo iba yo a imaginar que Andrés me iba ayudar a salvar mi matrimonio? Yo alguna vez le había contado lo triste que estaba María y el bache que estábamos pasando. Y fue Andrés el que me propuso la cuestión. Una de sus perras había parido una camada de seis cachorros hacía seis meses y sólo le faltaba uno por colocar. La verdad es que yo nunca había tenido perro y la idea de sustituir a un hijo por un perro me resultaba ridícula. Pero como la situación era desesperada decidí aceptar. Al día siguiente Andrés trajo al taller un cachorro, una sabueso inglés blanca con manchas marrones. Cuando la tarde siguiente la llevé a casa María casi me mata. Pero en un par de días Canela, pues así bautizamos a nuestra perra, se convirtió en la reina de la casa. La tristeza que se había metido por toda la casa se esfumó como desaparece la niebla cuando comienza a calentar el sol. Y aunque Canela nunca sustituyó a la criatura que no pudimos tener, sí que nos salvó a nosotros. Así que se podría decir, en cierto sentido, que nuestra perra Canela es la última en la línea genealógica del autor de “El coloquio de los perros”. Casualidades de la vida. A día de hoy, de todas las cosas malas y buenas que nos ha traído todo este negocio, el que Canela haya entrado en nuestra casa ha sido lo mejor.

 

16 ¿Un final feliz?:

 

Debo ya terminar mi historia con el relato de lo que sucedió unos meses más tarde. Un buen día, un periódico difundió la noticia de que todo eso del descendiente de Cervantes había sido un montaje. El periodista que escribió la noticia decía además tener testigos fiables. Éstos estaban dispuestos a confirmar que no había base científica para declarar a nadie descendiente fidedigno del escritor. Yo, en cuanto tuve conocimiento de la noticia, intenté llamar al secretario del ministerio. Pero no hubo forma de dar con el señor Cuenca. Comencé a temerme lo peor. Al día siguiente la noticia apreció en todos los periódicos y en televisión. Incluso trataban el tema los programas del corazón que, por una tarde, decidieron dar un poco de lustre a su programación con un tema cultural. Después de esto se desencadenó un escándalo político. El Ministro de Cultura no hacía declaraciones y yo seguía sin poder contactar con el señor Cuenca. Los partidos de la oposición reclamaron la dimisión del ministro por semejante chapuza en un aniversario histórico. El ministro compareció finalmente pidiendo disculpas y explicando que el error se había producido en el laboratorio y que por tanto no lo consideraba responsabilidad suya. Una semana después el asunto se resolvió con el despido de un joven técnico del laboratorio y con el cese del secretario del ministerio, que había sido el encargado de difundir los resultados. Pobre señor Cuenca, con lo amable que había sido con nosotros…Dos semanas después el tema dejó de interesar y los periódicos se dedicaron a cubrir la campaña electoral de las próximas elecciones, que prometían ser las más reñidas de la historia.

Después de aquello no recibí ninguna llamada oficial, y sólo algunos periodistas, las primeras semanas, parecían interesados en hablar conmigo. Yo, asustado con tanto alboroto, decidí que permanecería en silencio. Esta decisión ha sido la más sabía de las que tomé durante toda esta aventura. No quería que me volviesen a calentar la cabeza, pues ya estaba un poco harto del asunto. Pero no tuve que preocuparme mucho tampoco por los periodistas, ya que un mes después todos se habían olvidado de mí. Sic transit gloria mundi, como dice el párroco de mi barrio.

Ya les adelanté antes la causa de que dijeran que yo no era el descendiente de Cervantes, aunque no descarto tampoco que todo esto pudiese ser debido a rivalidades políticas entre partidos antes de las elecciones. ¿Qué era yo sino un simple peón en el tablero político?

Para mí, nada de este asunto ha cambiado lo que me dijeron hace unos meses. Me da igual y me importa poco lo que digan los expertos o la prensa. El descendiente de don Miguel soy yo.

Intento no pensar mucho en ello y ahora disfruto de la tranquilidad después de la tormenta. Pues, aunque todo ha pasado como un ciclón por mi vida, puedo estar contento ya que María y yo seguimos juntos. Ahora además tenemos a Canela. Ya sólo me falta una cosa… ¿Quién sabe? Puede que incluso algún día, con un poco de paciencia, pueda terminar el famoso libro de mi antepasado que todo el mundo ha leído.

Publicado la semana 32. 12/08/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
32
Ranking
0 37 0