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Ramón Cerero

Futuros escritores

                                                                                                            

  «Ser escritor no presenta dificultad alguna. 

   Así como no hay monstruo que no encuentra      

   su pareja, tampoco hay estupidez que no 

   encuentre su lector.»

                  Consejos para autores noveles.

                                       Antón P. Chéjov

 

El muchacho quiere ser escritor, como su padre. Debería estar contento, pero ¿no sé qué decirles? No se ha de permitir que los hijos caigan en el error de los padres. Y, sin embargo, los muchachos han de tropezar en la mismas piedras en las que tropezaron las generaciones anteriores. Es la ley del camino.

   Pero se puede aconsejar, y se debe aconsejar, por donde pisar para no romperse la cabeza. Así que he pensado que lo que le iba a contar a mi hijo, futuro letraherido, podía servirles a ustedes, que son lectores y que desean fervientemente cruzar ese Rubicón, que en realidad es un riachuelo que sólo lleva un poco de barro.

   “Escribir es llorar” decía Larra. A esto yo añadiría que escribir es también morirse de hambre ¿Pero qué oficio garantiza a uno el pan nuestro de cada día? pregunto yo. Otros aducirán que la literatura es ocupación de gente ociosa. Pero ¿qué malo hay en eso de emborronar cuartillas o en dar golpecitos con los dedos a un teclado? Si lo que se escribe es bueno o malo, ya se verá. ¿Por qué cortar de raíz las ilusiones de los jóvenes? Mientras se ocupan en escribir estos jóvenes no cometen delitos mayores. ¿Alguien cree que sería mejor que anduviesen por ahí robando coches o atracando farmacias?

   Pero que sea el propio hijo el que sale con el capricho de la literatura es otra cosa. Ya no hace tanta gracia. Puedo decirles de él que ya mostraba actitudes para ser buen escritor cuando estaba en su más tierna infancia. He de confesarles que era un crío bastante mentiroso y algo ladrón (esto último no es una condición indispensable para ser escritor, pero he de señalar que he conocido bastantes colegas que poseen mucho de lo segundo). Falsificaba sus calificaciones escolares y hacía novillos con cierta frecuencia. De la cartera de su madre, todas las semanas, solían desaparecer misteriosamente algunas monedas. Mi mujer y yo achacábamos estas mentirijillas al exceso de imaginación, a una tendencia hacía la fabulación que ya delataba en él un gusto por la ficción. Los pequeños hurtos respondían a una realidad más prosaica relacionada con el deseo de comprar algunos dulces a la salida del colegio, o a la necesidad de comprar cigarrillos cuando se iba haciendo mayor.

   Puedo adivinar que esto que les cuento les produce cierta incomodidad. Incluso alguno de ustedes se escandalizará de que un padre hablé así tan descarnadamente de su retoño. No deben asustarse. Hablar pestes de los seres más cercanos está en la naturaleza de nuestro oficio. Primero, todo escritor o escritora ha de ser tremendamente honesto, sobre todo con los demás (con uno mismo es mejor hacer la vista gorda). No se han de cerrar los ojos a las imperfecciones de los demás. Incluso se ha de poner la lupa sobre todo en las cosas más miserables. Ya sé que es triste, pero les garantizo el éxito literario si siguen mis consejos. Segundo, todo escritor ha de aprovecharse de lo que le rodea. El material de sus escritos lo encontrarán en su entorno más cercano, listo para ser trasladado a su obra. Lo más cercano a cualquier escritor es su familia, pues no conozco a ningún escritor que no haya nacido de mujer. La familia es carne fresca para el escritor o escritora. Ustedes deben ser como un tigre que acecha su presa. Depredador que no se alimenta no puede sobrevivir. Y no me sean débiles en esto, que se juegan la subsistencia. Les está permitido cambiar algunos nombres, alterar algunas fechas, e incluso disfrazar algunos personajes, pero sobre todo no dejen que la presa se les escape. No teman hablar mal de sus familiares o amigos. Muchas veces es lo único que se espera de ustedes. Lo lectores disfrutarán con esos terribles ajustes de cuentas entre familiares. Ya ven donde se meten.

   El tercer consejo que les doy es que se ha de empezar imitando a los mejores. Pero como siempre hay cierta duda sobre esto, yo recomiendo sobre todo imitar a los que están más de moda, o a los últimos. La imitación del estilo de estos autores ha de lograrse pronto. Desgraciadamente, la mayoría de las veces cuando uno aprende a copiarlos, cambian de repente los gustos y se nos hurta el éxito. Como consuelo nos queda que los géneros suelen mantenerse más tiempo en el corazón de los lectores. A pesar de esta salvedad, les recomiendo que no escriban novela histórica (no quedan ya muchas flores que recoger en este vergel). En cambio, les animo a que escriban novela policiaca, a ser posible con seudónimo escandinavo (aquí auguro un par de años más de éxitos grandiosos). Pero, sobre todo, sobre todo, nunca escriban poesía. No me gustan los suicidios literarios. Si lo hacen, porque no pueden evitarlo o por alguna otra razón que no alcanzo a comprender, háganlo en secreto y nunca se la muestren a nadie, ni tan siquiera al más fiel amigo.

   El cuarto y quinto consejo se puede resumir en uno: les recomiendo encarecidamente que sean ustedes mujer o joven, pues al menos se ha de poseer alguna de estas cualidades para gustar hoy en día, aunque esto puede cambiar los próximos años (¡qué caprichoso es el gusto del público soberano!). A algunos de ustedes, sobre todo a los varones, este primer requerimiento les parecerá imposible. Siento decirles que no están ustedes al día en los avances de la cirugía estética. A los timoratos les recomiendo formas menos radicales, y reversibles, de ser autora. Y en esto han de mirar ustedes a las mujeres escritoras de siglos anteriores. ¿Qué impide a los varones bautizarse con un seudónimo femenino? ¿No recuerdan ustedes la cantidad de escritoras que se tenían que hacer pasar por hombres para publicar sus libros? Aquí tienen un precedente. Acójanse al ejemplo de sus maestras.

   En cuanto a la juventud, he de decirles que no se puede ganar la guerra al tiempo: tempus fugit irreparabile. Me encanta sazonar cualquiera de mis escritos con las pocas frases en latín que aún recuerdo de mis años escolares. Le dan a lo escrito cierta autoridad y un no sé qué de patina de alta cultura. Les recomiendo hacer los mismo (éste es mi sexto consejo). Si conocen alguna frasecita en griego mucho mejor. En su defecto pueden utilizar expresiones en otra lengua, aunque deben evitar el francés y el inglés, por ser muy conocidas y demasiado claros. Les recomiendo el alemán, por ser menos hablado y por tanto más oscuro. Coloquen por ahí un weltanschauung, un sturm und drang, o un zugzwang y harán gran efecto. Recuerden siempre que hay que enturbiar las aguas poco profundas.

   La buena noticia es que, aunque la guerra se ha de perder, sí se le pueden ganar al tiempo algunas batallitas. Por ejemplo: hablen de sí mismos siempre como jóvenes promesas, aunque hayan rebasado los sesenta. ¿Qué importa la edad cuando el espíritu es joven? Si alguna vez les sucede (cosa muy improbable, seamos sinceros) que sea aceptado uno de sus manuscritos y les soliciten alguna foto para colocar en la contraportada, manden a la editorial una foto en la que aparezcan en el primor de sus años de juventud, aunque hayan rebasado la edad de jubilación. No se excedan en esto y no envíen fotos de cuando eran niños, pues generarían sospechas.

   Pero como estos consejos parecen destinados solo a aquellos que quieren tener éxito y ser leídos, intentaré hablar un poco para aquellos que buscan el arte por el arte y se preocupan solamente por la calidad de sus escritos. Mis palabras van dirigidas a aquellos que contemplan el éxito, ese impostor, con cierta sospecha. He de recordarles, precisamente a ellos, que han de ver al fracaso como a otro impostor (Kipling dixit) y no se han de regodear en el.

   Ahí van mis consejos para esos locos que desprecian el dinero. Mi séptimo consejo es que nunca revisen sus textos. Lo escrito, escrito está. Para que andar cambiando cosas por aquí o por allá. O sale fácil o no merece la pena. Conozco colegas que se pasan semanas quitando una coma por la mañana que vuelven a poner por la noche. Poco fruto dan estas cosas y sólo las mentes obsesivas disfrutan con este tormento. Si a pesar de mis consejos no pueden evitar las correcciones, que sean simplemente las ortográficas. Aunque ni en esto estoy seguro. Las faltas ortográficas dan a cualquier texto un tinte de modernidad que nunca encontrarán en los libros de hace unos años, tan bien escritos que dan cierto asco en su asepsia. ¿Están dispuestos a renunciar a esa valiosa marca de modernidad? No teman si alguien les acusa por presentar un manuscrito con faltas de ortografía. Confiesen que quieren reformar nuestra torpe lengua y escúdense en las recomendaciones de Gabriel García Márquez o en el ejemplo de Juan Ramón Jiménez. Además, la ortografía no es necesaria cuando se tiene estilo.

   Mi octavo consejo es que no enseñen sus textos a otros autores. Los escritores, por naturaleza, son envidiosos y no poco ladrones. Estén seguros de que les sugerirán cambios que empeorarán lo que ustedes han escrito. Sólo desean malograr la belleza que ustedes han conseguido y que ellos no pueden alcanzar. Rechacen cualquier critica negativa. Acepten, sin dudar, toda alabanza.

   Mi noveno consejo es que no publiquen ustedes nada en internet, sobre todo en páginas donde escriben otros autores noveles. ¿Recuerdan ustedes lo que les conté sobre las monedas que desaparecían? Creo que se me entiende perfectamente… Huyan sobre todo de las páginas digitales en las que aparezcan las frases del tipo «Todos los textos son propiedad de sus autores». ¡Por favor!¡No me sean ingenuos!

   Pero como este carta me está quedando demasiado extensa, creo que es buen momento para ir concluyendo con mi décimo y último consejo, que además viene que ni pintado. Sean breves. Es pensamiento común que un libro, cualquiera que sea, siempre es demasiado largo. Calímaco decía libro grande, mal grande. Lo bueno si breve dos veces bueno, y lo malo…, ya se sabe. Si fruto de su ingenio les sale un libro grueso, divídase en porciones y sírvase frío. Esto sobre todo para los libros realmente buenos (me temo que sus manuscritos nunca alcanzarán esta categoría). No hay que agotar la gallina de los huevos de oro. Hay que estirar el chicle al máximo. Además, ¿quién desea publicar un libro de seiscientas páginas cuando podría publicar seis de cien? En esto las matemáticas no engañan. Pregunten a cualquier editor.

   Servidor queda a su disposición para sus dudas. Quizá en otro momento les pueda dedicar algo más de tiempo a ustedes, los futuros escritores. Espero poder suministrarles alguna más de mis píldoras doradas de sabiduría. Ojalá ciñan sus cabezas con la corona de laurel, aunque es más probable que acaben como voz que clama en el desierto. No hay que desanimarse. No dejen de dar la lata. El mundo es de los audaces: Audentes fortuna iuvat (¿Qué les dije más arriba sobre las frasecitas en latín? ¿No notan como mis palabras se imbuyen de auctoritas?) ¿Quién les dice que un día no escribirán algo que se pueda leer sin guiñar los ojos? En todo caso adornen sus cabezas con la corona de perejil, símbolo de bravura, y estén dispuestos a morir en la arena como lo hacían los antiguos gladiadores.

Publicado la semana 3. 18/01/2021
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