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Ramón Cerero

El descendiente (3 y 4)

3. El filósofo natural.

Como iba diciendo, a excepción de este episodio del colegio, yo vivía tranquilo con mi apellido y mi apellido hacía lo mismo con mi persona, si es que se puede decir así. Tampoco culpaba yo a mi apellido de las bromas de mis compañeros, pues bien sabía yo que, si no fuese esto, sería mi nombre, mi pelo o mi forma de hablar la que utilizarían los que gustan de insultar al compañero de clase, pues estos nunca andan faltos de ingenio.

Pasaron los años y, no siendo yo muy bueno para los estudios, me coloqué en un taller de chapa y pintura. Desde entonces, en los diez años que pasé en el taller, no nos faltó nunca trabajo. Y es que como decía mi jefe Anselmo, casi hay más coches que personas, y no le faltaba razón. Mucho he reflexionado yo sobre este tema, y he llegado a la conclusión de que si hay mucho coche es normal que haya muchos golpes o rozamientos entre vehículos. Esto no se sale de la razón. Verán por estos silogismos que yo, aunque no tengo más estudios que los obligatorios, pienso mucho en el porqué de las cosas. Me parece a mí que debo ser yo uno de esos filósofos o razonadores naturales de los que hablan algunos libros. Por otra parte, me da un poco de vergüenza, después de todo lo que se ha sabido, no haber aprovechado un poco más los genes de mi renombrado antepasado para hacer alguna cosa de estudio. Pero bien me conozco yo y sé que no tengo la paciencia que requiere hacer carrera. Otros sí la tienen y con menos cabeza llegan más lejos, e incluso van a la universidad. A pesar de esta falta, mi jefe Anselmo siempre decía que de todos los trabajadores de la empresa yo era el que andaba más espabilado y siempre me ha tenido en buena consideración. Cuando había que hacer algún trabajo fino, o traían un coche bueno como Mercedes o Audi, me encargaba a mí el arreglo. Yo apreciaba eso de mi jefe, el que valorara mi trabajo. Eso vale más que todo el dinero del mundo y le hace a uno trabajar a gusto. Y yo creo que el secreto de todo trabajo bien hecho es hacerlo con gusto y cariño, poniendo atención en lo que uno hace, sea esto pintar un coche o escribir un libro. Como pueden comprobar ustedes no les mentí con eso de que hay algo de filósofo al natural en mí, y me parece a mí que lo del carácter reflexivo me debe de venir también por lo de mi famoso antepasado. Pues, por lo que he leído de los que hablan de el, debía ser el tal Miguel un hombre muy listo y reflexivo.

4. Una confesión difícil. También se declara el pecado mayor de este bendito país.

En este punto he de confesarles otra cosa más, ¿pues para qué sirve que escriba yo todo esto si no soy totalmente sincero? Aunque antes de hacerles esta confidencia les rogaría que lo que les cuento quedara entre nosotros. No estoy yo muy orgulloso de lo que les voy a decir y no quiero sacarlo yo a plaza pública. Verán, la cosa es que yo, apellidándome Cervantes y siendo, según algunos, el último descendiente vivo del escritor, no he leído completamente El Quijote. Con esto de completamente quiero decir que no lo he leído de cabo a rabo, o desde el capítulo primero al último. En mi descargo he de decir que sí he leído muchas veces los primeros capítulos, y el episodio de los molinos varias veces. Pero la verdad es que no he podido leerlo todo. Y la causa de ello ha sido que encuentro en el libro de mi antepasado muchas palabras que no entiendo y que dificultan su lectura. Mucho me cansa y me aburre tropezarme cada dos por tres con esas palabrejas antiguas. Y otra cosa que me fastidia también es que el autor no vaya al grano y se detenga en digresiones sobre cosas que no vienen al caso de la historia principal. Entiéndase todo esto para justificar las razones por las que no he sido capaz de leer la obra más famosa de mi antepasado, no como crítica literaria. ¿Pues como iba yo, ignorante de solemnidad en temas literarios, aunque filósofo natural de la vida, a sentar cátedra de un tema tan bien estudiado y tratado por personas más doctas? Es este uno de los males más extendidos en este bendito país, que todo el mundo sabe de todo y realmente saben poca cosa de nada. Por eso no querría yo meterme a opinar en las cosas de otros, al igual que no me gusta que cuando viene un cliente con un golpe en el coche me diga cómo tengo que hacer las cosas. Y en este país todo iría mejor si nos limitáramos a opinar de lo que sabemos y a no decir tonterías de lo que no podemos conocer.

 

Publicado la semana 26. 28/06/2021
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