23
Ramón Cerero

La fuga de Tisbe

 

Él había cerrado la puerta con un grito. La puerta estaba ahora bloqueada por fuera. Encerrada en su dormitorio, había oído como él había arrastrado algo pesado, quizá uno de los sofás. Después habría utilizado una correa o algo parecido para sujetar la manilla de la puerta al sofá. Podía oír el televisor encendido, con las noticias de las ocho en punto.

Al principio había intentado abrir la puerta de forma suave. Después lo había intentado con todas sus fuerzas. “No saldrás de esa habitación. Estás castigada. Esta noche no vas a salir con ése.” Su padre había vuelto a gritar enfadado, quizá como respuesta a esos tirones de la puerta. Su madre no decía nada. Se había escondido en la cocina cuando habían comenzado a discutir. Pero ella también era culpable de lo que estaba pasando. Se había puesto a gritar como una loca cuando la había visto ponerse la chaqueta. ¡Cuánto los odiaba a los dos! Ellos no entendían nada. Dio un puñetazo a la puerta y se hecho sobre la cama llorando.

Se despertó un buen rato después, con la cara aún mojada por las lágrimas. Se había quedado dormida, pensó asustada. No podía avisar a Píramo de que llegaría tarde. Su padre también le había quitado el teléfono móvil. Miró el reloj de Mickey que había sobre la mesita de noche. Comprobó con alivio que eran tan sólo las nueve y medía. Si lograba escapar podría llegar al Florida antes de que fuera demasiado tarde. Píramo la esperaría. Tenía que salir, ¿pero cómo?

La televisión encendida era lo único que oía desde su cuarto. Parecía una película. El volumen del televisor había bajado pero podía oír como un hombre y una mujer hablaban. No eran su padres. Ellos permanecían en silencio, quizá atentos a los sonidos procedentes del interior del dormitorio. Tisbe recorrió la habitación buscando algún objeto con el que forzar la puerta. Se sentía como una leona encerrada. ¿Cómo podían hacerle eso?

Pero no iban a poder pararla. No era la primera vez que había salido sin permiso. Lo había tenido que hacer varias veces cuando sus padres le habían prohibido ver a Píramo. Pero nunca antes la habían encerrado en su dormitorio, como esa noche. Ellos estaban enfadados con ella desde hacía meses, desde que había dejado el Instituto. Tampoco les gustaba Píramo porque era mayor que ella. No comprendían que ellos estaban verdaderamente enamorados. No lo podían comprender. ¿Cómo lo iban a entender si ellos llevaban veinte años casados? ¿Como iban a comprender que necesitaba ver urgentemente a Píramo, que lo necesitaba más que nada en este mundo? Y Píramo le había dicho que sentía lo mismo por ella. Incluso le había pedido que se fugara con él, que abandonara a sus padres. Ya se arreglarían de alguna forma. Ella aún tenía diecisiete, pero sólo le faltaban seis meses para la mayoría de edad. A partir de ese momento haría lo que le diera la gana. Entonces nadie le iba a impedir estar con él.

Sus ojos se posaron sobre la cama. Primero apartó la colcha de la Sirenita. Debajo había una gruesa manta verde con un tigre estampado en color marrón. Era un tigre de Bengala majestuoso que le había asustado mucho de niña, cuando había visto esa vieja manta por primera vez, extendida sobre el tendedor de la ropa. Apartó también la manta y deshizo completamente la cama. Tiró las sabanas al suelo y sacó la almohada de su funda. Hacía todo con movimientos bruscos. Se movía por la habitación con pasos cortos y silenciosos. No quería que ellos oyeran lo que estaba haciendo. Estaba llena de rabia hacia sus padres, a los que se imaginaba afuera, atontados frente el televisor, mientras ella estaba allí encerrada.

Abrió la ventana del dormitorio con suavidad. No quería que el sonido de las hojas al abrirse la delatase. Desde esa ventana podía ver el callejón que había detrás del edificio. No había mucha luz. De entre las sombras podía distinguir las rotundas formas de los contenedores de basura. Pero estaba demasiado lejos. Seis pisos la separaban de la ansiada libertad. La fachada posterior del edificio no tenía muchos resaltes por los que apoyarse para escapar. Tampoco tenía balcones. A esta parte trasera sólo se abrían las ventanas de los dormitorios y las de algunas cocinas. Se escaparía como lo hacían las heroínas en las historias de amor. No iban a poder impedir que se reuniera con Píramo esa noche.

Ató las sábanas de la cama y todas las que encontró en el armario para formar una cuerda. También utilizó las fundas de la almohada, pues necesitaba alargarla lo más posible si quería salvar la altura que la separaba del suelo. Se asomó a la ventana y sacó la maroma de sabanas para comprobar si llegaba al suelo. Aunque no era lo suficientemente larga, ya que aún le faltaban unos metros para alcanzar el suelo de la calle, se quedó satisfecha. Recogió las sabanas atadas y las dejó sobre la cama. Decidió arrastrar suavemente la cama para acercarla a la ventana. Así las sábanas llegarían más abajo. Ataría las sabanas a un pie de la cama. Necesitaba atarlas a algo firme que soportara el peso de sus cincuenta y dos kilos. Se aseguró de hacer un buen nudo, doble o triple. Tiró con fuerza para que estuviese bien apretado. Comprobó satisfecha que no se soltaría. No quería que se desatase mientras ella estaba colgada a esa altura. ¡Qué cara iba a poner su padre cuando se diera cuenta de todo! Se lo tenían bien merecido esos dos, por encerrarla en su dormitorio como si fuese un animal salvaje.

Metió en su mochila azul varias mudas de ropa interior y su pijama estampado de estrellitas azules. Sacó de la cómoda la cartera con sus ahorros y la metió también en la mochila. Recorrió la habitación con la mirada para asegurarse de que no olvidaba nada importante. Recogió su osito de peluche del suelo. Aunque le daba un poco de vergüenza llevárselo, también lo metió en la mochila. Le hubiese gustado coger también su cepillo de dientes y su dentífrico con sabor a chicle de fresa, pero estaban en el cuarto de baño. Antes de asomarse a la ventana se acercó sigilosamente a la puerta del dormitorio y pegó la oreja para ver si oía alguna cosa en la sala de estar. Sólo se oía el sonido de la tele encendida.

Se puso la mochila a la espalda y se acercó a la ventana. Sacó la cuerda formada por las sabanas y la fue bajando poco a poco hasta tocar casi al suelo. Comprobó nuevamente que el nudo al pie de la cama se mantenía firme. Acercó una silla a la ventana y sacó una pierna por fuera. Sentada a horcajadas sobre el marco de la ventana echó un último vistazo a su cuarto. El dormitorio estaba revuelto. Su madre se iba a enfadar mucho cuando lo viera. Había dejado los cajones de la cómoda abiertos, las puertas del armario de par en par, y la ropa tirada por el suelo. Sintió una punzada de tristeza al contemplar sus peluches y los pósters de la pared. No volvería más a esa casa. Desde la manta tirada en el suelo, el tigre de Bengala la contemplaba amenazante. Era el momento de bajar a la calle. Ya habían pasado las diez de la noche. Si se daba un poco de prisa en media hora estaría con Píramo. Decidió que no miraría abajo. Se agarró a la sábana con fuerza y sacó el cuerpo con cuidado por la ventana.

Píramo la esperó hasta muy tarde. Estaba seguro de que ella se presentaría. Cuando cerraron el café, a eso de las doce, se quedó una medía hora más fuera del local. No sabía qué le podía haber pasado a Tisbe. Tampoco contestaba a sus llamadas.

Decidió regresar a casa caminando. Al principio se sentía más preocupado que otra cosa, pero se tranquilizó pensando que posiblemente Tisbe habría tenido problemas con su padre. Mañana intentaría hablar con ella. El silencio de la noche y la soledad de las calles a esas horas acrecentaron su sensación de tristeza. Se abrochó completamente la chaqueta. El frío de la madrugada le hacía caminar encogido.

Publicado la semana 23. 07/06/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
23
Ranking
0 20 0