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Ramón Cerero

Un ejercicio autobiográfico

Contra el olvido

Se llamaba Lourdes y cantaba muy bien. Al menos eso le parecía a él entonces. Le gustaba imitar a las folclóricas que estaban de moda en esa época. Cantaba canciones de Rocio Jurado y de Isabel Pantoja. Sobre todo imitaba a Isabel Pantoja. Por aquel entonces, si él cerraba los ojos, cuando ella cantaba esas canciones, se podía imaginar que escuchaba a la mismísima Isabel Pantoja. A él no le gustaba ese tipo de música, aunque tenía que reconocer que cuando Lourdes cantaba aquello del marinero de luces que se fue por la bahía, se le ponía el vello de punta. Aquella canción sí que le gustaba. Además, Lourdes la cantaba con un sentimiento que no dejaba a nadie de la clase de octavo curso indiferente. Ella cantaba con un fuerte jipío que emocionaba a todos sus compañeros de último curso. El duende del que hablara Lorca en aquella famosa conferencia se encarnaba en esa voz de niña mujer, en esa niña que cantaba aquellas terribles canciones de amores torturados, sin entender nada de esas letras.

Esa mañana él escribía sobre aquella niña. No sabía muy bien por qué. Creía haber descubierto algún misterio en un incidente que le sucedió a aquella compañera de colegio, en aquel viaje de fin de curso de hacía treinta años. Cuando sucedió, hace más de treinta años, no entendió la importancia de aquello. Siempre fue un niño poco despierto, se lamentó.

¿Por qué escribía sobre eso ahora? Habían pasado más de treinta años de aquello. ¿Qué le había hecho pensar en ella? ¿De qué servía escribir sobre un episodio confuso, casi olvidado, que no entendía ni siquiera ahora? Escribo para no olvidar, se decía él a sí mismo siempre que buceaba en su vida pasada. Aunque quizás quería decir que escribía para no ser olvidado, para permanecer. ¿Buscaba la eternidad en alguna de sus formas? Había tenido hijos, pero no había sido suficiente. Quería perdurar de otra forma. Escribo para no olvidar, o para que no me olviden, se repetía a sí mismo. Somos lo que hemos vivido, pensaba en esos momentos de reflexión.

Cuando partieron en autobús, en aquel viaje de fin de curso, nunca antes había viajado tan lejos, al otro extremo del país. Los días anteriores había llovido torrencialmente. Se habían producido inundaciones en muchos negocios. Salieron de noche. Desde las ventanas del autobús, él y sus compañeros, contemplaron, durante los primeros kilómetros del viaje, el extraño paisaje nocturno devastado por la lluvia. Animales muertos, sillas y colchones flotando en los campos que bordeaban la carretera. Después, sólo recordaba del trayecto en autobús los mareos continuos y la lluvia, siempre la lluvia; un viaje acuático, bajo una cortina de agua, siempre masticando ese chicle de menta para aliviar los mareos.

¿Recuerda esas cosas, esos detalles, o los construye mientras escribe sobre ese episodio sin sentido? Él sabe que construye mientras escribe. Inventa, aunque él se dice a sí mismo que recuerda. Quizá inventa alguna cosa al recordar, pero no inventa a secas, protesta. Recuerda y a veces inventa alguna cosa, algún detalle menor que no tiene importancia, que no afecta al sentido general de la historia. Al menos eso piensa él. Podría demostrar que no lo inventa todo, si quisiera. Por ejemplo, sería fácil demostrar que hubo inundaciones en la provincia en el año 1988. Solo sería necesario consultar la hemeroteca. ¿Pero cómo demostrar que sufrió innumerables mareos, aunque no recuerda haber vomitado en ningún momento, que masticó chicle durante horas, y que vio aquellas cosas a través de la ventana del autobús, aquella noche de hace treinta años?

Visitaron varios lugares durante el trayecto, mientras atravesaban el país de sur a norte. Sobre todo recuerda algunos monumentos. Recuerda perfectamente que estuvieron en la Catedral de Burgos. Un guía les mostró el papamoscas. Cuando regresaron al autobús alguien dijo haber visto, en los alrededores de la catedral, al batería de Gabinete Galigari. Era un grupo famoso de pop en aquella época. Él lo dudaba. Seguramente alguien vio a un tipo que se le parecía. Diría aquello para darse importancia delante de las chicas. ¿Quién fue, cuál de sus compañeros dijo esa mentira, o esa verdad? No lo recuerda ahora. Lo ha olvidado. Por eso escribo, se repite a sí mismo. Lucho contra el olvido, añade.

También recuerda la visita al Alcázar de Toledo. Allí les hablaron del valiente coronel Moscardó y de la heroica resistencia de los alzados a las tropas leales a la República. En ese sitio tenían una grabación con la voz del coronel. Todos los escolares escucharon atentos esas comunicaciones por radio. En ellas el coronel se negaba a rendirse. Alguien grabó la voz de Moscardó para que no se perdiera, para que fuera testimonio de la valentía de los que resistían en el Alcázar. Él piensa que también podría grabar sus recuerdos en un archivo sonoro, para que no se perdieran. No tendría que escribir sobre esos hecho confusos, que no entiende. Quizás sería más fácil que recordar con palabras.

El hecho es que Moscardó y los suyos, durante setenta días, resistieron a los rojos. No se rindió ni cuando amenazaron fusilar a su hijo, que estaba en manos de las tropas enemigas. Franco llegó al rescate en el último momento, cuando los héroes estaban a punto de pagar con sus vidas esa resistencia. Pero al hijo ya lo había sido fusilado. Don Ramón, uno de los maestros, se emocionó mucho con esa historia de valor castrense.

¿Eran todos los viajes escolares de la época así? se preguntaba él al escribir sobre ese episodio. Más tarde había oído contar historias similares sobre otros viajes como el suyo. Millones de escolares visitando iglesias y símbolos del régimen periclitado. Escribió, por ejemplo, que el viaje de fin de curso de un primo suyo había consistido en una visita al Valle de los Caídos, cerca de Madrid. Franco llevaba muerto más de una década, pero la inercia del pasado los arrastraba a aquellos sitios, a aquellos símbolos de un tiempo anterior. El país se encontraba terminando la Transición, moviéndose de un estado a otro. Ellos, en aquel autobús que atravesaba el país, también estaban en transición, en movimiento hacia otro lugar, hacia otro estado, adolescentes de catorce y quince años moviéndose hacía la edad adulta.

Se imagina a Lourdes siempre sentada en la parte de atrás del autobús. Él no podía sentarse atrás. Todo el mundo sabe que si te mareas en el autobús los mejores asientos son los delanteros, escribió satisfecho. ¿Quién le había dicho eso? Puede que se lo recomendara uno de esos maestros que acompañaba a los escolares en aquel viaje. Aunque a él no le sirvió de mucho sentarse delante, o mascar chicle. Además, detrás del autobús se sentaban los más gamberros de clase, los que cantaban y gritaban durante el viaje, los repetidores de curso. Algunos de los chicos que se sentaban atrás también fumaban a escondidas, aunque no en el autobús, aclara. Su sitio estaba delante. La vida parecía más divertida en los asientos de atrás, pensaba entonces. Quizá por eso también se imaginaba sentada a Lourdes allí, aunque no estaba muy seguro. La verdad es que no recuerda a Lourdes en casi ningún momento de aquel viaje. Lourdes sólo aparece al final de la historia. Una historia confusa, que no sabe muy bien por qué escribe ahora, tanto tiempo después.

La hoz. Está seguro de que ese era el nombre del hotel donde se alojaron en aquella ciudad del norte. Pero ahora tenía dudas. Había buscado muchas veces, sin éxito, ese hotel en Internet. Quizá había cambiado de nombre, o puede que hubiese cerrado, reflexionó. Había pasado mucho tiempo. La playa estaba cerca del hotel. Una playa de arena fina, con grandes rocas cubiertas de musgo. Habían jugado al futbol en aquella inmensa playa durante la bajamar. Don Ramón se había puesto pantalones cortos y había dirigido el partido, con su silbato negro de las clases de gimnasia colgado del cuello.

¿Quién le iba a decir que acabaría viviendo cerca de esa ciudad fría y hermosa? Ahora conocía bien la ciudad y sus playas, pero no había logrado localizar exactamente el lugar. No había encontrado esa playa donde habían jugado aquellos escolares, donde habían visto unas horas después, maravillados, como el agua lo había inundado todo, borrando las líneas dibujadas sobre la arena, haciendo desaparecer las huellas de sus pies desnudos. Por eso escribo, se repitió a sí mismo, para que lo vivido no se borre como esas huellas en la arena. Escribir es luchar contra el olvido que seremos, se repetía frente al ordenador, copiando el título de esas memorias que no había leído, pero cuyo título le gustaba tanto.

En una de las cenas en aquél hotel el conductor del autobús se había sentado cerca de un grupo de colegiales entre los que se encontraba él. El ambiente en la mesa era distendido esa noche, escribió. Quizás aquél conductor había bebido demasiado vino en la mesa. Tenía el rostro ruborizado por el alcohol y el ambiente caldeado del comedor. Aquella noche les habló sobre todo de mujeres, de sus conquistas. Sus compañeros lo escuchaban admirados, aunque él no entendía muy bien lo que les contaba ese hombre. En un determinado momento les mostró un preservativo, o lo dejó caer intencionadamente del bolsillo de su camisa sobre la mesa, no lo recuerda bien. Por suerte don Ramón no se dio cuenta de ese incidente.

Se sentía incómodo en esas situaciones. No era nada nuevo, escribió. Siempre sentía una vaga incomodidad cuando se hablaba de sexo en público. Pensaba entonces, y aún seguía pensándolo cuando escribía sobre aquello tantos años después, que ciertas cosas eran demasiado íntimas como para hablar de ellas. Permanecía mudo cuando alguno de sus compañeros de clase hablaba de sexo. La mayoría de las veces empleaban una crudeza intencionada para hablar de ese tipo de cosas. Era como si pisotearan aquel misterio que ninguno comprendía. Todos ellos caminaban entonces por el terreno deslizante de la pubertad. Se sentían inseguros, como extraños que habitan un nuevo cuerpo, un cuerpo con nuevas necesidades, sin comprender muy bien esa metamorfosis que estaban experimentando.

Quizá esa era la clave de la historia que estaba escribiendo. Pensó que quizá escribía sobre un adolescente que no puede ya fingir que no ve lo que le rodea.

En el trayecto de vuelta, había en aquel autobús cierta tristeza, recuerda. Algunos no continuarían estudiando. Otros seguirían caminos separados. Los de atrás se empeñaban en despejar esa tristeza cantando y gritando. Y entonces sí que recuerda a Lourdes, sentada en el fondo del autobús, cantando con ellos al principio. Luego cantando ella sola aquellas canciones folclóricas, jaleada por todos, que la aplauden a rabiar cada vez que termina una de esas canciones.

Cuando ya faltan pocos kilómetros para llegar, algo ocurre allí atrás. Una broma pesada, un avance no deseado, una mano que toca una zona delicada. Aún puede ver a Lourdes llorando, que huye de los asientos traseros, buscando desconsolada un lugar para sentarse en la parte delantera del autobús. Del fondo llegan las carcajadas de los chicos, que celebran algo gracioso que acaba de ocurrir. Al principio, él piensa que Lourdes se lo tiene bien merecido, por andar con esos burros en los asiento traseros. Pero cuando la vé sola, encogida en su asiento, con los ojos húmedos, no puede evitar sentir pena por ella.

Tras ese incidente, el autobús permanece en silencio. Están entrando en el pueblo. A través de las ventanas todos contemplan el paisaje familiar. Están en casa.

Un episodio confuso, un fogonazo, un recuerdo que se queda grabado en su mente sin ningún motivo. Eso es lo que ha escrito esa mañana.

 

Nota:

Demasiado pretencioso. Solo hay que fijarse en el título... Es un pecado del que se debe huir siempre. Ese tono trascendental y serio para contar que hace años le tocaron el culo a una compañera de colegio. Lamentable. Y esas reflexiones sobre la escritura, la adolescencia, el sexo, la política... ¿Cuenta una historia o da un sermón? No divagar.

Y lo peor es el empleo gratuito de trucos baratos. ¿Por qué usa la tercera persona en lugar de la primera? El efecto es un extrañamiento innecesario. Dificulta la lectura y aburre. Nada de trucos baratos; mejor nada de trucos… decía el bueno de Carver.

Por otro lado es bueno escribir este tipo de relatos malos para deshacerse de ellos. La escritura como depuración.

Pero no se ha de tirar a la papelera. Se ha de guardar en un cajón del escritorio (quiero decir en una carpeta del escritorio) y leer dentro de unos año para reírse de ciertas pretensiones.

Nota para el futuro:

Leer con benevolencia y sin rencor. Pasar un buen rato leyendo lo que escribió ese patán y entonces sí, deshacerse del texto.

Al menos, el yo del pasado que lo escribió no dio a leer estas estupideces a nadie.

Publicado la semana 22. 31/05/2021
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