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Ramón Cerero

Futuros escritores IV

"Errare humanum est, sed perseverare diabolicum.”

San Agustín

 

Los genios no cometen errores. Sus errores son siempre voluntarios y originan algún descubrimiento.”

James Joyce

 

 

 

 

Las cosas han mejorado tanto que he decidido retomar nuestra agradable relación epistolar. Los fundamentalistas parecen haberse olvidado completamente de mí. No es que me haya abandonado el miedo, pero me encuentro con la suficiente valentía como para continuar dándoles algunos consejos. Me han de permitir, no obstante, que siga refugiándome en el anonimato. Por si las moscas… ¡Cómo comprendo ahora al pobre Salman Rushdie! Pero como diría Freddie Mercury, el espectáculo debe continuar.

Déjenme decirles, antes de meternos en faena, que siento mucha alegría al estar otra vez con ustedes. Me he aburrido tanto en los últimos meses, escondido en ese pisito junto al mar. He de confesarles que me siento en estos momentos lleno de vida, resucitado de entre los muertos, como si fuese el mismísimo Sherlock Holmes revivido tras caer a las cataratas de Reichenbach. Supongo que el que escribe esta líneas se debe sentir tan mal como Conan Doyle cuando trajo de nuevo a la vida a su personaje, condenado a repetir formulas usadas, cansado de transitar por los caminos conocidos. Pues que se fastidie… Yo quiero vivir. Es tan bonita la vida, aunque solo sea, como en mi caso, una sombra de vida, una vida sobre el papel, una vida en esas pantallitas parpadeantes que ustedes miran continuamente, a riesgo de fastidiarse la vista sin remedio. Es tan valioso eso de lo que disfrutan ustedes sin saberlo. Por ese motivo nunca entenderé a esas personas que abandonan el barco tan alegremente, esas personas que saltan desde un octavo piso por la más nimia razón, que meten la cabeza en el horno con el gas abierto porque han tenido un mal día, o que se tragan sin pensarlo cinco botes de comprimidos para dormir porque deben un mes de alquiler. Si yo estuviese en su lugar no me echaban de la vida ni a trompicones. No señor. A mí nadie me iba a sacar de la vida vivo. Pero vayamos al asunto.

Lo primero que les quiero contar es que nuestro muchacho ha progresado mucho desde que interrumpí la comunicación con ustedes. Estoy muy orgulloso de contarles que al fin ha encontrado su vocación. Se nos ha hecho influencer. Suena a cosa de importantes conocimientos y de mucha exigencia intelectual, aunque he de confesarles que no sé muy bien en qué consiste lo que hace. Pero él es feliz, y eso es lo más importante para sus padres. Se pasa el día encerrado en su cuarto, hablando consigo mismo, o con su ordenador. A veces tocan al timbre y un repartidor trae un envío. Yo le ayudo a desempaquetarlo mientras su madre lo graba con el teléfono móvil. Después vuelve a encerrarse en su cuarto. Y así se pasa las semanas, el pobre muchacho. Lo más sorprendente es que el chico gana unas cantidades de dinero terribles. Como no dijo Cervantes, cosas veredes, amigo Sancho.

He meditado mucho estos días en el trabajo que tengo entre manos. Me he dado cuenta de que no les he hablado lo suficiente de algunos aspectos básicos que ha de conocer todo futuro escritor. Así que hoy les hablaré de la postura del escritor. No me refiero en este punto a si ustedes, cuando escriben, se han de inclinar a la derecha o a la izquierda. Éste es un terreno pantanoso y difícil en el que poco consejo les puedo dar. Además, a mí, desde pequeñito, me ha costado diferenciar la derecha de la izquierda. Un día tenía dos manos derechas y al día siguiente dos pies izquierdos. Aún hoy, ya convertido en un hombrecito respetable, las confundo continuamente. Veo en la extrema derecha una vena radical anarcosindicalista que encandilaría a los viejos comunistas. Al mismo tiempo percibo en la extrema izquierda algunos comportamientos que envidiaría el mismísimo Führer. Por tanto dejemos este espinoso punto en el que lo único que conseguiría sería desorientarlos. Mezclemos en nuestra baraja a Louise-Ferdinand Céline con Rafael Alberti, a Ezra Pound con Gabriel García Márquez y Agustín de Foxá.

Cuando les decía que les iba hablar de la postura del escritor, me refería literalmente a la postura en la que es más recomendable escribir. A veces las palabras, aunque no sea algo muy habitual, dicen sencillamente lo que quieren decir. La mayoría de ustedes pensarán que lo mejor para escribir es sentarse en una silla, frente a una mesa. Lamento decirles que están en un error. Como ya hay una cierta relación de confianza entre nosotros, les puedo decir abiertamente que son unos acomodados. Poco sacarán de provecho en seguir haciendo lo que se ha hecho durante siglos. Si pretenden ser los escritores del futuro han de innovar. Si hacen lo mismo, lograrán lo mismo que los que les precedieron. Además, no nos engañemos, los que lo hicieron antes también lo hicieron muchísimo mejor. Así que les prohíbo la escritura sedente. Ustedes están obligados a cambiar de perspectiva. Para convencer a los escépticos, esa especie tan difícil de extinguir como las erratas de los manuscritos, les nombraré egregios ejemplos de escritura no sedente.

Comenzaremos con los apóstoles de la escritura vertical, o de pie, si lo prefieren (o parada, como dirían nuestros colegas de América). Dentro de esta prestigiosa escuela encontrarán ustedes numerosas personas, siendo sus autores más reconocidos Philip Roth, Ernest Hemingway, Vladimir Nabókov, Virginia Woolf y Fernando Pessoa. Esta escuela pone el acento en el sufrimiento y la incomodidad. Aquí el arte nace del dolor y la molestia. Se podría decir que viven en el pensamiento trágico de la vida del que hablaba Unamuno. Esta corriente no está recomendada a los que tienen problemas circulatorios en miembros inferiores.

Enfrentados a éstos están los autores que prefieren escribir cómodos, echados sobre la cama. La escritura para ellos es algo placentero. El pope de la escuela horizontal o yaciente sería Juan Carlos Onetti, pero también fueron fervientes seguidores de esta tendencia artística Valle Inclán, Marcel Proust, y Edith Wharton.

Entre mis corrientes favoritas está la escuela peripatética. Las personas que comulgan con esta corriente filosófica caminan durante horas por las calles de las ciudades, o por los caminos vecinales de los pueblos, dando forma en sus cabezas a lo que después reflejarán sobre el papel. Quizá influenciados por su método de escritura, estos autores son fundamentalmente realistas, ya que ven mucha realidad en sus largos paseos. Los campeones olímpicos de esta escuela son Charles Dickens y Benito Pérez Galdós. Las personas de esta escuela cuantifican lo escrito durante la jornada no en páginas o número de palabras, sino en millas o kilómetros. Como comprenderán, el ejemplo de esta última escuela de escritura refuta el concepto habitual de escritura que muchas personas tienen en mente. Julio Cortázar decía que solo se ponía a trabajar con su máquina de escribir cuando ya había escrito totalmente en su cabeza lo que quería contar. Por tanto, la escritura se ha de hacer siempre en las hermosas cabecitas de los que leen estas sabias líneas. Ustedes han de escribir mientras se afeitan (me dirijo aquí también a nuestras aspirantes femeninas a escritoras futuras), mientras se depilan (tampoco excluyo aquí a nuestros aspirantes masculinos), mientras se duchan, mientras hacen la comida, o mientras sacan a pasear al perro. Los escritores, como los cerrajeros de urgencia, trabajan las 24 horas, los 365 días del año.

En resumen, ustedes han de evitar acomodarse demasiado y huir de la escuela sedente, error garrafal para cualquier creador que se precie. Sigan alguna de las otras muchas escuelas existentes, o mejor aún, funden una nueva. ¿Por qué no crear una escuela acuática de escritura? ¿Por qué no escribir dormidos? ¿Quién dice que no se puede establecer con garantías una escuela de escritura paracaidista? Abran sus mentes y cierren sus bolsillos.

Terminaré mi carta hablándoles de una de las herramientas fundamentales que ha de conocer todo escritor. Ustedes, con estos instrumentos básicos que irán conociendo en estas nunca suficientemente ponderadas cartas, han de completar una caja de herramientas adecuada para ejercitar su oficio. ¿Han visto alguna vez a un fontanero o un mecánico sin su llave inglesa o martillo? Pues ustedes han de imitar a estos modestos profesionales que nos castigan con sus elevadas tarifas cada vez que requerimos sus servicios.

Hoy les hablaré de la navaja de afeitar de Chéjov. Muchos de ustedes habrán oído hablar del arma de Chéjov, esa que si aparece en el primer acto, ha de ser disparada en el segundo. Pero creo que menos de ustedes habrán oído mencionar la navaja. Lo primero que extraña es que nuestro querido Antón escogiese una navaja de afeitar para hablarnos sobre su técnica de escritura. ¿Por qué no escogió otro objeto de más prestigio, por ejemplo un bisturí? Al fin y al cabo Antón Pávlovich era médico. ¿Por qué degradar nuestro sagrado oficio al unirlo a una navaja de barbero? Más tarde he comprendido, al ver los retratos de nuestro querido Chéjov y contemplar en todos ellos esa perilla perfectamente recortada, que la navaja de barbero debió de ser un objeto de suma importancia para nuestro hombre.

Chejov recomendaba siempre recortar con esa navaja las primeras páginas de lo escrito. Argumentaba que estas páginas iniciales, aunque eran necesarias para el escritor, no interesaban al lector. En este punto acertaba y se quedaba corto. Por tanto no hay que tener miedo a utilizar la navaja. Si escriben diez páginas, recorten las cinco del principio. Incluso pueden animarse y dar un tajo a las tres del final. Ya sé que entonces sólo les quedarán dos páginas, pero ¡qué dos páginas maravillosas! A los que realmente buscan el arte, a los que desean lo sublime, les recomiendo continuar con la navaja de barbero hasta que solo les quede un párrafo, una frase, o una palabra. Poden y poden sin miedo. Saneen sus escritos. Corten y corten hasta que fluya la sangre purificada de su arte. Sean sádicos. Todo es bueno cuando es excesivo, decía el Marqués de Sade. Contemplen con delectación los restos mutilados de su deforme prosa. ¿Hay placer más excelso?

Este método de trabajo sólo tiene ventajas. Es ecológico y ahorra tiempo al lector (aunque no al escritor). Con menos logramos más. Se obtiene concentrado de escritura de alta calidad. Además, la escritura reducida está rabiosamente de moda y es la más apropiada para la lectura en teléfonos móviles, y facilita la lectura entre parada y parada de metro, incluso en aquellos desplazamientos que duran menos de cinco minutos. No teman transformar sus manuscritos de novecientas páginas en un microrelato, o en una microfrase, o incluso en una micropalabra, si realmente quieren escribir algo bueno. Tienen que recordar que ustedes escriben en la era del microchip.

Los escritores que no emplean este método aburren y malogran sus trabajos. Por ejemplo, ¿han oído alguna vez ustedes la frase mi reino por un caballo del Ricardo III de Sakespeare? No me negaran que es una cosa excelsa y grandiosa. Pues si el autor inglés hubiese conocido la navaja del barbero se hubiese ahorrado mucha de la paja que escribió y nos hubiese dejado solamente el grano. Pues todo su Ricardo III se podría haber obviado a excepción de esa frase. Que digo su Ricardo III, todo su teatro, incluso sus poemas. Es más, yo diría que todo lo que escribió lo hizo solamente para arropar esa grandiosa frase que resuena en todos los contornos del globo: mi reino por un caballo. Pero nuestro hombre nació antes de Chéjov y el pobre no conoció su excelente navaja de barbero. Nosotros debemos considerarnos más afortunados.

Me he extendido más de lo que quisiera. Ya ven que soy tan mal maestro como esos que predican más con la teoría que con el ejemplo. Así que me toca despedirme apresuradamente de todos ustedes, escritores futuros. Hagan caso a nuestros amigos los romanos, que no estaban tan locos como decía Astérix, y recuerden: nulla dies sine linea; y después agarren la navaja y a cortar por lo sano.

Un afectuosísimo saludo, de su servilísimo amigo y humildísimo colega.

 

 

Xxxxx Yyyyyyyy Zzzzz1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estos complicados e ingeniosos signos matemáticos representan el nombre y apellidos del brillante autor que suscribe estos valiosísimos consejos y que desea alcanzar la fama que merece, pero que al mismo tiempo, por las razones que todos ustedes conocen, desea mantenerse en el más estricto anonimato. Nuestro hombre es una marioneta zarandeada por estas dos contrarias pasiones. ¿Cómo se pueden desear dos cosas que son contrarias? ¡Pobrecillo!

Publicado la semana 20. 18/05/2021
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