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Ramón Cerero

Segundo primer encuentro

 

                                                         A la memoria de Jack Gilber

 

Hoy te he vuelto a ver, cinco años después de tu muerte.  Cuando ya no esperaba nada de esta vida miserable, de esta existencia en la que es difícil encontrar razones para continuar viviendo. De nuevo tú me has encontrado.

      ¿Recuerdas nuestro primer encuentro, hace ya casi cincuenta años? Yo salía de la clase de violonchelo del señor Zientalski. Tú esperabas fuera… “Desde el principio me gustaste”, me confesarías meses después. Yo también te confiaría, en uno de aquellos paseos de abril, en los primeros meses de nuestro noviazgo, que aquella chica de largo pelo negro me había hechizado también desde el primer momento. Tus ojos rasgados, tu figura menuda y delicada, contrastaban de tal forma con aquel enorme instrumento que soportabas con elegancia. Sí, también te contaría, aunque tú ya lo sabías, que esa misma tarde me quedé en el pasillo para espiarte, para mirar por el recuadro acristalado que había en el centro de la puerta. Tus ojos se encontraron con los míos y sonreíste. Fue un flechazo. Después llegaron los saludos apresurados en el pasillo del conservatorio, entre clase y clase. Tú me dijiste que tu nombre era Masako, yo te dije que el mío era Jorge. Más tarde nuestra primera cita, en el café que había cerca del conservatorio, creo que se llamaba Florida, pero eso no importa. Te esperé aquella tarde hasta que terminaras tu clase con el viejo. Aún puedo recordar como te vi, desde la mesa que había cerca de la ventana, acercarte por la acera, con aquella boina azul que te sentaba tan bien y que te hacía tan cosmopolita. Nosotros sentados en la mesa, con dos cafés con leche en frente, los violonchelos apoyados en la pared, el uno junto al otro, como si fueran nuestras almas conociéndose. Hay ciertos momentos en la vida que no se pueden olvidar, que se quedan grabados para siempre, como aquella tarde de nuestra primera cita. ¿Lo recordarás tú también ahora?

     Y luego el placer de conocernos, de que tú me contaras tu vida. Tu padre diplomático de la embajada de Japón, recién trasladado a Madrid desde Roma. Tu infancia romana, tus viajes a Osaka en las vacaciones para pasar un tiempo con la familia de tu madre, todas esas cosa que me avergonzaban un poco en comparación con mi vida provinciana y que me impresionaban tanto. Y yo qué poco podía contarte, mi vida siempre en Madrid, algunos viajes al pueblo de mi madre en Ávila durante los veranos, poca cosa frente a tu azarosa infancia llena de palabras en otro idioma y de gentes de otros países. Pero si yo era para ti algo tan exótico, era como conocer a un autentico aborigen, me decías en broma. Y los dos reíamos y luego nos burlábamos del viejo Zientalski y de sus maneras un poco torpes, de su forma extravagante de vestir con aquel traje de corte tan antiguo cada vez que se organizaba alguna audición en el conservatorio. Entonces teníamos apenas veinte años y no sabíamos que pasaríamos el resto de nuestra vida juntos.

     El hombre que vive ahora contigo parece amable. Es joven, aunque no tiene esas maneras bruscas y esa impaciencia que parecen tener todos los de su edad. Nos saludamos cuando nos encontramos en la escalera. Cruzamos algunas palabras sobre el tiempo. Parece que te trata bien y estoy seguro de que te quiere tanto como yo te quise. Cuando te veo con él pareces feliz...

     Yo abandoné la música. Después de conocerte comprendí que no era aquello lo que quería hacer en la vida. Veía la pasión que tu ponías en tus estudios, el rigor con el que ensayabas, la alegría que te producía una buena actuación, y eso me hizo pensar en mí. Hasta ese momento yo me había dejado llevar, había entrado al conservatorio por expreso deseo de mi madre, estaba estudiando derecho porque mi padre era abogado. Pero entonces no pensaba en lo que me gustaba o no, simplemente hacía las cosas que me decían que tenía que hacer. Tú me despertaste, de alguna forma. Desde aquel momento, bien lo sabes, mi familia comenzó a verte de otra forma, como una influencia negativa. Tampoco comprendían que de repente yo me dedicara a la fotografía. Pero después de mucho tiempo había encontrado algo que me gustaba de verdad. Cuando me encerraba en aquel cuarto oscuro del piso que compartíamos en la calle Delicias, cuando veía surgir aquellas imágenes fantasmagóricas en la cubeta de líquido revelador, sentía que algo mágico se producía en aquel instante. Y llegaron los primeros trabajos de encargo para revistas. Después vendí algunas fotos para los periódicos. Mamá aceptó la nueva situación. A papá le costo mucho más. Me hubiera gustado que hubiese vivido para ver mi primera exposición fotográfica y que no hubiese muerto de un infarto años antes. Ahora tengo setenta y cinco años, veinte años más que mi padre cuando murió.

     Desearía enseñarle a ese hombre con el que vives alguna de mis colecciones de fotos. Estoy seguro de que apreciaría mi trabajo. Además, me gustaría enseñarle algunas fotos de ti, para que viera lo hermosa que eras cuando vivías conmigo. No quisiera ser uno de esos ancianos que aburren a los jóvenes con los cuentos de su vida pasada. Pero es de buen vecino mostrarse hospitalario con los recién llegados al edificio. Incluso os prepararía una tarta de queso como las que tú hacías cuando teníamos invitados en casa, pero a mí no se me da bien la repostería, ya lo sabes. ¿Recuerdas que siempre se me quemaban las cosas en el horno? Además, la receta se fue contigo. Me gustaría invitarle sobre todo para que te trajera con él, para que estuvieras de nuevo en nuestro piso. Me gustaría ver cómo te comportas al estar de nuevo en nuestra casa, después de tanto tiempo. Verías que pocas cosas han cambiado desde tu muerte. Me ha sido imposible sacar tu ropa del armario. Tus libros siguen en su sitio. Tus instrumento en sus funda espera a que alguien lo haga sonar como lo hacías tú.

     Porque nadie tocaba como tú. Al principio no fue fácil vivir con una música profesional. Pero fuimos muy felices. La vida es tan bonita si se encuentra a alguien como tú. Yo aprovechaba las giras de la orquesta para hacer fotos de los lugares que visitábamos. Berlín, París, Estocolmo, Nueva York, Tokio… eran para ti lugares conocidos, pero yo nunca antes había viajado tanto, así que en cierto modo también me enseñaste el mundo, un mundo que sólo puedo contemplar contigo y que está vacío desde que te marchaste. Durante muchos años fuimos aves migratorias que volvían a casa para un descanso de unos meses, cuando terminaba la temporada. No tuvimos tiempo para los hijos.

     Nunca pensé que regresarías después de tu muerte. Cuando ocurrió, sentí tu muerte como algo definitivo, como una puerta que se cerraba para siempre. Recuerdo el día en el que nos dijeron lo de tu enfermedad, el silencio en el coche cuando regresábamos al apartamento. Llevábamos tan sólo un par de años en este apartamento que te gustaba tanto. Resuena aún el dolor de tu ausencia en este apartamento vacío sin ti. Decías que era un lugar precioso para retirarse, un edificio con pocos vecinos, con un pequeño jardín compartido, con un balcón amplío en el que se podía tomar el sol los días soleados. Te gustaba sobre todo porque era luminoso. Desde primera hora el sol entra por las ventanas. Y entonces tu enfermedad y los meses de sufrimiento. Tu cara, los últimos meses, una máscara de dolor; tus ojos, una sombra de desesperación. Aún puedo rememorar el dolor de mi hombro bajo el peso del ataúd el día que te bajamos del apartamento. Todos nuestro amigos estaban ahí. Te hubiese gustado saber que no faltó ninguno. Fueron tan amables conmigo después de tu muerte. Cuando volví a casa lloré como un niño. Desesperado busqué por la casa rastros de tu presencia. Intenté recoger restos de tu pelo en el baño, en el sofá, en tu ropa. Pero estos últimos días había pasado tanta gente por nuestra casa. ¿Cómo saber si realmente eran tuyos los cabellos que encontré por toda la casa?

     Algunas veces, cuando bajo al jardín, te veo echada sobre la hierba. Ese hombre que vive contigo te vigila desde su balcón del primer piso. Otras veces, si el hombre no mira, me acerco a ti y me siento en la hierba contigo. Te acaricio y tú dejas reposar tu cabeza sobre mi regazo. Me miras agradecida por esas caricias furtivas. No te preocupa el misterio de nuestro segundo encuentro. Yo te hablo de mi vida sin ti y te cuento pequeñas historias de como les va a nuestros amigos. Eso parece gustarte tanto como antes.

     Es extraño, Masako, nunca pensé que volverías. Si alguna vez pensaba en ello, siempre imaginaba que volverías en forma de mujer misteriosa, envuelta en un largo vestido blanco. ¿Quién hubiese imaginado que lo harías como la hermosa perra dálmata del nuevo vecino?

 

 

 

Publicado la semana 2. 11/01/2021
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