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Ramón Cerero

El segundo círculo (III)

Pobre Fernando, no sabía que había roto con la otra por mi culpa. Si lo hubiese sabido en aquel momento, quizá no hubiese sido tan dura con él. Pero lo que hice era necesario. Tenía que llevarlo al extremo. Tenía que ponerlo ante su propia imagen. ¿Me quería lo suficientemente como para rescatarme de mi fallido matrimonio? Ustedes pensarán que soy una mujer cruel. Pero yo sólo quería que ambos estuviésemos juntos. No podíamos seguir engañando a Ramón toda la vida. Además yo sospechaba que mi marido estaba al corriente de todo. Si él no era capaz de ayudarme, eran mejor que me abandonara. Yo sufriría, pero era lo mejor para ambos…

   Ustedes también me acusarán de avariciosa, de querer deshacerme de Ramón por ese asqueroso seguro de vida. Ramón había hecho ese seguro de vida al principio de nuestro matrimonio. Un compañero suyo había muerto en acto de servicio y había dejado viuda y dos hijos con una mísera pensión. Eso le hizo contratar ese seguro millonario. No quería que me pasara lo mismo si él faltaba. Pero yo sólo quería mi libertad y el dinero no significaba nada para mí. Aunque he de reconocer que la idea de tener ese dinero no me desagradaba. Con todo ese dinero Fernando y yo podríamos iniciar otra vida lejos de aquí. Podríamos comprar una casa en el campo o hacer un viaje alrededor del mundo. Podríamos hacer cualquier cosa que quisiéramos. Todo es más fácil con el maldito dinero. Aunque en mi caso, para mi plan, el dinero de ese seguro de vida complicaba las cosas.

   Algunas de las tardes que empleaba antes con Fernando las pasaba ahora con Susana. Me acompañó a hacer compras, fuimos al cine varias veces, e incluso una vez me acompañó a la piscina. Eso me ayudó a soportar estar lejos de Fernando. Era necesario que él sufriera, que comprendiera que me podía perder para siempre en cualquier momento.

 

A situaciones desesperadas medidas desesperadas, pensé entonces. No había otra salida. Visto ahora, desde este asqueroso sitio donde no hay forma de ver lo que tiene uno delante de las narices, está claro que fue un error, una estupidez de marca mayor. Pero las decisiones se toman en el momento, con las circunstancias de ese momento. Y yo esos días no estaba en mis cabales.

   No sé si han visto ustedes Extraños en un tren. Nuestro problema se resolvía si otra persona se ocupaba de Ramón mientras Laura tenía una cuartada. Nadie podría relacionarla con la muerte de su marido. Hasta aquí el paralelismo con la película.

   La cuestión era que si metíamos a otra persona en el asunto nuestras probabilidades de acabar en la cárcel crecerían exponencialmente. Así que no tuve más remedio que ofrecerme yo para el trabajo.

 

Al final Fernando encontró una salida, o llegó a la misma conclusión a la que yo había llegado unas semanas antes. Él se ofreció a encargarse de Ramón. No me digan que no se comportó como un caballero. Ofrecerse a hacer eso por mí, para salvarme. Muchos de ustedes pensarán que es horrible que alguien se ofrezca a hacer eso por una. Pero Fernando y yo, en esos días, despreciábamos la moral del esclavo, la moral del débil. Nosotros éramos ahora unos seres fuertes, poderosos, con un deseo que nadie podía negarnos. Nuestra moral era la del fuerte. Habíamos tomado una resolución y nada nos iba a parar. O al menos eso pensaba yo.

 

   La pobre Laura puso cara de terror cuando le sugerí lo que había pensado. Un rubor cubrió su cara y después se puso pálida. Tuve  miedo de que se desmayara en ese momento por la impresión tan fuerte de mis palabras. Por suerte estábamos sobre la cama. Cuando se recuperó hicimos nuevamente el amor. Esa tarde fue maravillosa. Estaba como poseída de una furia animal que reverdeció los laureles de nuestras mejores tardes juntos.

 

Llegué a pensar que nunca se decidiría. ¡Qué emoción cuando me lo dijo! No podía creer que todo lo que había planeado estuviese sucediendo justo como lo había pensado. Claro que aún faltaban los detalles de nuestro plan, pero la suerte estaba echada. Durante varios días, desde el borde del abismo en el que nos encontrábamos, mi deseo por Fernando creció como una gran ola que nos arrastró a ambos a un nuevo paraíso de placer.

   Sobre las cálidas sábanas, dimos los últimos toques a nuestro plan, o a mi plan, si lo prefieren. Debíamos ser cuidadosos, minuciosos en todo. El cielo o el infierno está en los detalles.

 

Lo mejor era que a Ramón le sucediese algo en acto de servicio o durante su jornada de trabajo. Se podría incluso considerar un accidente laboral. Desde luego era uno de los pocos empleos en los que un disparo en la cabeza tendría ese tipo de consideración. La idea no era mala en sí. El problema estaba en cómo organizarlo todo.

   Además había que fijar la cuartada de Laura. A ella se le ocurrió que podría estar con esa amiga suya cuando todo sucediese. Podía invitarla a comer o a tomar un café. Esa parecía la parte más sencilla.

 

Lo de que ocurriera en acto de servicio fue idea mía. El seguro de vida era muy explícito en algunas clausulas. Que Ramón sufriera un accidente relacionado con su trabajo facilitaría las cosas y anularía toda posibilidad de investigación por parte de la compañía. Ya les he dicho antes que el dinero no era lo más importante. Pero sería una tontería no aprovechar las circunstancias favorables.

 

No les quiero aburrir con los detalles. Primero había que conseguir una pistola. Después había que pensar en el escenario.

 

Y también había que fijar una fecha. Era importante que todo se produjera con la máxima exactitud. En el momento en el que la bala saliera de esa pistola que Fernando había conseguido, Susana y yo debíamos encontrarnos juntas. Lo ideal era que ambas estuviésemos en un restaurante lleno de personas.

   Hice una  reserva para el día señalado. Fue una lástima que Susana cancelara a última hora nuestra comida. Llamó por la mañana del día fijado  para decir que se encontraba delicada del estómago. No le apetecía comer fuera. Tuve que rogarle que acudiera a casa. Por momentos temí que, sin tiempo para cancelar lo planeado para ese día, me fallara la cuartada. Sentí un tremendo alivio cuando a eso de la una y media Susana tocó el timbre de la puerta de casa. Se presentó vestida con un traje rojo muy elegante y con muy buen aspecto. Parecía bastante repuesta. Traía un vino blanco bajo el brazo. Era un Fendant de Sion. Tienes que probarlo, es un néctar de dioses.

 

Laura sabía donde comía Ramón todos los días. Se trataba de una tasca asturiana que no quedaba muy lejos de la comisaría. Yo merodeé por el lugar durante varios días. El tal Ramón solía llegar sólo y después podía salir acompañado de algún compañero que compartía con él el gusto por la cocina asturiana. Lo más correcto era asaltarlo antes de entrar al restaurante. Habría alguna posibilidad de que el asesinato se interpretara en relación con alguno de los casos que estaba llevando nuestro hombre aquellos días. No creo que le faltaran enemigos. La idea era alejar lo más posible la motivación personal, aunque esto último no había que descartarlo, de ahí lo importante de la cuartada de Laura.

   Yo no había manejado nunca un arma de fuego. Así que cuando compré aquella vieja pistola en el Rastro tuve que entrenarme en su manejo. Además había que comprobar que ese trasto funcionara. Laura me acompañó algunas tardes a nuestra galería de tiro improvisada en un descampado en las afueras.  Nos sentíamos como Bonnie y Clyde,  disparando a esas latas de refrescos. Laura se encargaba de ponerlas en pie y de informarme de los blancos que había logrado. Tras unos días de prácticas, ambos quedamos bastante satisfechos de mi puntería. Aunque una cosa era disparar a unas latas de refrescos y otra disparar a una persona en plena calle, a plena luz del día. Pero ya no había marcha atrás.

 

Susana parecía estar bastante contenta. Su excesivo buen humor me irritaba. Yo me encontraba inquieta. Casi no probé la ensalada. Comí un poco de la merluza que había preparado, aunque no tenía apetito. No podía apartar la vista del reloj de la cocina. Las dos. Dentro de medía hora todo habría terminado. Habíamos quedado en que Fernando no se pondría en contacto conmigo hasta que hubiese pasado un mes. No había que dar pistas. Si todo había ido bien, pronto recibiría una llamada de comisaría. Había dado muchas vueltas a cómo tendría que reaccionar ante esa inesperada llamada. Lo mejor era no preparar nada. Susana estaría junto a mí cuando sonara el teléfono. Podría ver mi consternación cuando me comunicaran el incidente. Podría, incluso, desmayarme si lo creía necesario. Susana me ayudaría a pasar ese trago, me ayudaría a digerir la terrible noticia. Sí, quizá era mejor que cuando todo ocurriese estuviésemos en casa y no en un restaurante.

 

A la una y media, yo ya había aparcado mi coche unas manzanas antes del lugar designado. La idea era esperar a Ramón en un parque cercano al restaurante. Era un sitio bastante tranquilo. Resguardado de la lluvia bajo un castaño de Indias, me coloqué en la posición adecuada para controlar la calle que daba acceso al restaurante. Para esa ocasión me había hecho con unas enormes gafas de sol con las que me sentía bastante ridículo. Hacía varios días que no habíamos visto el sol en Madrid. También llevaba un gran chaquetón y un sombrero que había comprado en una tienda de ropa usada y que había pagado en metálico. Debajo de esas ropas llevaba otra chaqueta. Mi intención era deshacerme de esas ropas en cualquier contenedor de basura y volver al coche a pie. Tendría que deshacerme del arma en algún otro lugar.

   El barrio era bastante tranquilo y el mal tiempo, lluvía y frío decían todas las predicciones meteorológicas que Laura y yo habíamos consultado los días anteriores, reduciría el número de testigos al mínimo. Con el paso de los minutos mis nervios aumentaron. Logré tranquilizarme metiendo mi mano derecha en el bolsillo y apretando el frío metal en la palma de mi mano. Supongo que fue una suerte que no me descerrajara por accidente un tiro en el pie en aquellos momentos.

 

Susana se puso muy pesada con lo de que probara su vino blanco. La verdad es que no me apetecía mucho, pero no me dejó en paz hasta que no me bebí una copa. Tenía un sabor ácido y un punto amargo. Yo no soy experta en vinos, pero a mí me pareció bastante malo. Ella ni siquiera tocó su copa. Aún tenía la tripa revuelta. No quería arriesgarse a ponerse mala otra vez. Sí que probó un poco de merluza y picoteó la ensalada. Fue una comida triste. Yo estaba intranquila y ella parecía haberse contagiado de mi pésimo humor.

 

No se por qué me di la vuelta. Ahora no recuerdo muy bien. Quizá oí pasos a mi espalda, o tuve la sensación de que alguien se acercaba. No estoy seguro. Lo último que recuerdo fue un fogonazo de luz y un estruendo terrible.

   Después desperté en este sitio tan raro donde sólo hay niebla y corrientes de viento. Además de esas voces que se quejan continuamente, me parece oír como el aletear de unas alas que no paran de moverse y que se desplazan de aquí para allá, sin estar ni un momento en reposo. Quizá alguna de esas voces me pueda explicar qué hago aquí.

 

¡Ay, mi pobre Fernando! Si me oyeras ahí donde estás, yo te podría decir que estás muerto, que te mataron. Pero no me oyes, ni me ves. ¿Qué puedo hacer?

   Ahora entiendo que no sonara el teléfono en el momento esperado. Me puse malísima por la espera. La tensión nerviosa me dejó fuera de juego en esos momentos. Susana me ayudó a tumbarme en el sofá, cuando comencé a sentirme mal. Estaba tan cansada que se me cerraban los ojos.

   De repente sonó el teléfono. Por un momento tuve esperanzas de que todo había salido bien. Susana lo descolgó y habló con alguien. Asintió varias veces y después colgó. Ella me contemplaba en silencio. Mientras yo, desde el estado semiinconsciente en el que me encontraba, la interrogaba con una mirada ansiosa. No estoy muy segura, pero me pareció que sus ojos verdes se humedecían y que comenzaba a llorar. Lo último que recuerdo fueron sus palabras en voz baja, unas palabras que me arrullaban como en un susurro, unas palabras tiernas que repetían entre lágrimas una y otra vez: Ya está Laura, todo ha terminado, duérmete tranquila, todo ha terminado, todo ha terminado, duérmete tranquila...

Y después este sitio.

Publicado la semana 19. 10/05/2021
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