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Ramón Cerero

El segundo círculo (II)

Yo por aquel entonces tenía novia formal. Incluso nos habíamos prometido hacía unos meses. Claro que a Laura no le conté nada sobre ella. No creo que tuviese que darle demasiados detalles de mi vida a Laura. Al principio pensé que sólo se trataba de una aventura más. La típica historia entre secretaria y abogado. Nada original. Una de esas historias que terminan antes de que comiencen los problemas. En este tipo de relaciones, una retirada a tiempo es una victoria. Nunca hay que agotar el amor. Pero con Laura nunca tenía suficiente y no veía el momento de terminar aquella relación. Al contrario, cada vez la deseaba más.

   Al principio me costó compaginar a mi prometida y a Laura. Pero pronto me di cuenta de que la cosa no era tan difícil. Me entregaba a Laura durante la semana y reservaba los fines de semana a mi novia, ya que Laura pasaba esos días con su marido. Mi prometida era una chica demasiado ingenua para notar nada. Todos los miércoles comíamos juntos y parecía no sospechar nada.

   Un hombre joven como yo podía con todo, aunque mi trabajo en la oficina se resintió por tanto esfuerzo físico. Varios días tuve que fingir que estaba enfermo para dormir unas horas más y recuperarme de todo aquel bendito desenfreno.

   Como ven yo era un hombre afortunado entonces. Lo era, verdaderamente, hasta que Laura me contó aquello de que su marido era policía. Aquello no me gustó, pero qué le podía hacer entonces. No podía o no quería renunciar a Laura. Cualquier cosa antes que dejar de vernos.

 

¡Vaya con Fernandito! Resulta que no era yo la única que jugaba a dos bandas. Si va a resultar que al final sí que era un don Juan. Pero se lo perdono. Lo quiero tanto. Además, el hecho de que no saliera corriendo aquella tarde que le hablé de mi marido demuestra que él también me quería.

   Creo que ha llegado el momento de que les hable un poco más en detalle de Ramón y de mí. Sé que muchos de ustedes ya me han puesto la cruz y me han tachado de adúltera. ¡Cómo nos gusta condenar a los demás! Pero las cosas no son tan sencillas. Para comenzar les diré que yo quise mucho a Ramón.  Al principio fuimos felices. ¿No somos todos felices al principio? Pero cuando lo trasladaron a Madrid las cosas cambiaron. Supongo que si nos hubiésemos quedado en Ávila nuestra vida hubiese sido diferente. O puede que hubiese sucedido lo mismo y sólo hubiesen cambiado algunos nombres y algunas fechas.

 

A eso se sumó que mi prometida empezó a detectar en mí que alguna cosa no andaba bien. Me notaba con la cabeza en otra parte. Yo le contaba que tenía bastante trabajo en el despacho, que estaba preocupado por un caso muy importante. La muy pilla debía de olerse algo porque me preguntaba mucho sobre ese caso que me tenía tan en vilo. ¡Qué sentido tienen las mujeres para algunas cosas! A veces, cuando me miraba con sus hermosos ojos verdes, me daba la impresión de que adivinaba lo que estaba pasando por mi cabeza en ese momento y me asustaba. Pero todo eran imaginaciones mías. Ella era más buena que el pan. Como me veía en tal estado decidió que dejáramos de comer juntos los miércoles, para que me concentrara en ese caso tan importante. Te prefiero entero para mí el fin de semana que compartido con ese dichoso caso los miércoles.

 

Cuando nos mudamos a Madrid por el ascenso de Ramón, él comenzó a pasar demasiado tiempo fuera. El trabajo fue lo primero que nos fue separando. No me contaba nada. No quería que yo conociera lo ruin que era el mundo en el que se movía. La gente es capaz de hacer unas cosas terribles. Ni te imaginas, me repetía. Ahora se enfrentaba a casos que ni de lejos hubiesen pasado por sus manos en Ávila. Yo sabía, por la mujer de algún compañero, que se las habían tenido que ver con asesinatos, con agresiones brutales, e incluso con algún secuestro. El sufría mucho, pero no me contaba nada. Se fue encerrando en sí mismo. Se le hizo la piel más dura. Día tras día veía como poco a poco se convertía en un ser insensible. Si hubiésemos tenido hijos quizá la cosa hubiese funcionado. Yo busqué un trabajo. No necesitábamos el dinero, pero quería mantenerme ocupada. Pasaba demasiado tiempo sola. Fue una suerte encontrar ese puesto de secretaria en la notaría. Al principio, el trabajo me ayudó a soportar la vida, pero con el paso de los meses comencé a notar que cada vez me costaba más trabajo levantarme de la cama. Ramón estaba, pero no estaba. Y yo vivía, pero no vivía.

   Una mañana llegó a la notaría un cliente llamado Alonso Ruíz. No era un hombre muy guapo, pero la forma en la que me miraba me hizo sentirme como cuando era una adolescente. Y aquello que sentí en aquel primer desliz se me hizo tan necesario para continuar viviendo que me fue imposible renunciar a otras aventuras.

 

Ni que decirles que Laura y yo comenzamos a comer juntos también los miércoles. No sé si fue por aquellas fechas cuando comencé a sospechar que alguien nos vigilaba. Tenía una sensación extraña, pero nunca vimos a nadie que siguiera nuestros pasos. Supongo que el saber que andaba poniéndole los cuernos a un policía me intranquilizó bastante. Reforzamos nuestra discreción y cambiamos nuestros lugares de encuentro. A veces incluso caminábamos separados por la calle. Pero en unas semanas nos cansamos de todos esos penosos procedimientos. Yo comencé a ponerme paranoico. Veía al tal Ramón por todas partes. Laura tampoco estaba en su mejor momento. Lloraba en la cama y se lamentaba de no haberme conocido antes. Me confesaba que vivía en un infierno. Nunca me dijo directamente que la maltratara, pero en sus silencios se podían entender muchas cosas. Recuerdo que una vez vino a una de nuestras citas con un ojo morado. Me contó una tontería de que la habían golpeado accidentalmente al abrir una puerta. Ya saben, la típica mentira. La verdad es que poco a poco comencé a odiar a ese pies planos que trataba así a una mujer como Laura. No es que yo quisiera que se divorciara de ese bruto para después casarme con ella. Estaba prometido. La verdad es que estaba echo un lío. A ratos, sobre todo cuando no estaba con Laura, volvía a razonar como una persona cuerda y me daba cuenta de que me estaba metiendo en un buen lío. Pero cuando estaba junto a Laura, razonaba con otras partes del cuerpo que no eran las más indicadas para resolver cuestiones importantes.

 

La pura verdad es que Ramón nunca me puso la mano encima. Y lo del ojo morado fue un estúpido accidente que tuve el día anterior a nuestra cita. Yo volvía  esa tarde a casa embobada buscando una solución al enigma en el que se había convertido mi vida, cuando Cecilia, la vecina del cuarto, me golpeó accidentalmente en el rostro al abrir la puerta del ascensor. La pobre se llevó un disgusto terrible. Pobre mujer, por momentos temí que le diera un infarto, pues Cecilia tiene ya una edad. En casa intenté rebajar el hinchazón del ojo con una bolsa de guisantes congelados. A Ramón le chiflan los guisantes con jamón. Ramón se asustó mucho cuando llegó a casa y me vio con ese aspecto. Se tranquilizó cuando le conté lo del accidente en el portal.

   Pero la reacción de Fernando al ver aquel ojo morado al día siguiente me dio mucho que pensar. No sé por qué, en aquel momento, no insistí más cuando le conté lo que me había pasado. Estaba claro que él no daba mucho crédito a mi historia. Quizá yo ya había comenzado a vislumbrar una solución al callejón sin salida en el que me encontraba.

 

Me ofusqué con Laura. No me imaginaba una vida sin ella. La necesitaba cada vez más. Estaba dispuesto a dejar a mi prometida y a mandar todo a la mierda. Laura también había tomado una decisión, pero en su caso la cosa no era tan sencilla. Ramón nunca dejaría que se marchara con otro hombre. Laura me explicó que era un hombre chapado a la antigua. Cuando te casas con un policía te casas para siempre, me había dicho un día en un tono ominoso.

 

Intenté quitarme esa idea de la cabeza. Les prometo que lo intenté. Pero no había forma. Además Ramón comenzó a prestar más atención a mi vida, como si sospechara que estaba a punto de perderme. Y a los hombres como él no se les puede abandonar y ya está. No señor.

   Comenzó a insistir en recogerme en el trabajo. Incluso comíamos juntos varias veces a la semana. Eso hizo la situación más penosa aún. Fernando empezó a impacientarse. Pero Ramón nunca me dejaría marchar con otro hombre. ¿Qué hacer? No podía perder a Fernando. La idea me venía una y otra vez a la cabeza. Me estaba volviendo loca.

   Por suerte aquellos días me distrajo un poco de todo aquello una clienta que conocí una mañana. Era una chica joven, muy simpática. Se llamaba Susana y sólo quería un poder notarial para un hermano que vivía fuera. Por algún motivo conectamos enseguida. Vivía cerca y como el papeleo se alargó porque el notario había salido, tuvimos ocasión de tomar un café juntas. Era una muchacha divertida, algo descarada. Me contaba historias picantes. Consideraba a los hombres unos seres fascinantes y ridículos al mismo tiempo. No me atreví a abrirle mi corazón. Pero me hizo mucho bien conocerla. Incluso se la presenté una vez a Ramón, lo que sirvió para que él rebajara un poco las sospechas que había puesto en mí. Ramón llegó a tener cierto aprecio por ella. Cenamos los tres juntos en varias ocasiones y Ramón la aceptó en nuestro círculo. Incluso diría que se estableció entre ellos cierta complicidad. Susana era realmente un cielo. ¿Quién sabe lo que hubiese pasado si Susana hubiese entrado en nuestras vidas unos meses antes? Puede que no me hubiese metido en toda esta historia con Fernando, o puede que sí. ¡Las razones del corazón son tan misteriosas!

 

Una tarde Laura me habló de una idea que se le había metido en la cabeza. Quería ser mía. Enteramente. Se acabó Ramón, me dijo muy sería. Lo había pensado mucho tiempo. Lo había meditado bien. Había dado una y mil vueltas a las posibilidades. Había valorado todas las opciones y sólo había un camino. No le importaba acabar en la cárcel. No podíamos seguir así. Incluso había estado buscando en Internet algún tipo de veneno indetectable en una autopsia al uso. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal de arriba abajo. ¿Cómo podía contarme algo así? ¿De verdad pensaba hacerlo? ¿Conocía yo verdaderamente a esa mujer que era capaz de cometer un asesinato a sangre fría?

   Afortunadamente no estaba tan confundida como para que no pudiese disuadirla de la idea. Eso era una estupidez. Además ella hubiese sido la primera sospechosa. Seguro que también habría un seguro de vida de por medio. La convencí de que lo único que conseguiría sería acabar en la cárcel el resto de sus días. Y entonces lo nuestro terminaría. Le prometí que pensaríamos en alguna cosa. La tranquilicé como pude. Algo se nos ocurriría…

 

La idea que tenía en la cabeza y que no paraba de torturarme no era la de envenenar a mi marido. Pero no podía contarle a Fernando mi plan. Era precisamente él el que terminaría haciéndome la propuesta que yo deseaba. Tenía que ser él el que lo propusiera. Tenía que pensar que el plan había nacido exclusivamente de su mente. Esa tarde, yo sólo puse en su cabeza el germen de ese plan que no paraba de rondarme la cabeza. Ahora sólo restaba esperar a que madurara. Fernando era lo suficientemente inteligente. Sabía que yo no podía hacerlo. Había acertado también en lo del seguro de vida de Ramón. Aunque él no se imaginaba la cuantía. Se habría asustado si llega a conocer la cantidad exacta.

 

Esos días fueron terribles. Primero me decidí a romper definitivamente mi compromiso con mi prometida. Ella pareció no sorprenderse mucho de mi decisión. Supongo que ya había sospechado algo debido a mi comportamiento errático las últimas semanas. Esto no le impidió caer en un llanto inconsolable. Me sentí como un miserable en aquel momento. Algo se revolvía en mi interior. ¿Cómo podía ser tan ingrato con aquella muchacha que me había querido tanto? Intenté consolarla pero ella se aparto de mí, llegando a insultarme como nunca antes hubiese imaginado. Me lo tenía bien merecido. Durante unos días me refugié en el trabajo. Al menos aún conservaba a Laura. Eso era lo único que me importaba. Pero con el paso de los días nuestras citas se hicieron más escasas. Había conseguido disuadirla del asesinato pero a costa de aumentar el riesgo de perderla. Se quejaba continuamente de que lo nuestro no tenía futuro. Ella nunca sería libre.

Publicado la semana 18. 03/05/2021
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