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Ramón Cerero

El anillo

En el sueño caminaba en plena noche por una calle estrecha y oscura. De repente, una figura extraña había salido a su paso. A la luz de una de las lámparas de la calle pudo reconocer en esa figura la cara de su hermano Giovanni, muerto hacía ya muchos años. “Te espero muy pronto hermano” le había dicho la figura del sueño. “No creas que tú no vendrás al sitio en el que yo pago mis pecados”. Él había gritado, había negado con la cabeza lo que oía, incluso había llorado mientras huía hacía una calle más amplia e iluminada. Había despertado de repente, lleno de sudor y con la respiración agitada. Tenía un sabor amargo en la boca y notaba un ligero dolor de cabeza.

   Aliviado al ver la luz del día, se tranquilizó. Apartó las ropas de la cama y se fijó en los objetos que había en la habitación,  intentando asegurarse del sitio en el que se encontraba. La pesadilla había sido tan real. Sus ojos se posaron  en el crucifijo de madera que colgaba en la pared frente a la cama. Su respiración se fue pausando poco a poco. Menos agitado, se levantó y se puso de rodillas sobre la alfombra marrón que había a un lado de la cama. Con los codos apoyados en la colcha rezó un padrenuestro. Sin cambiar de posición recordó la última vez que había visto a su hermano Giovanni.

   Era extraño los muchos años pasados en los que ni una vez había pensado en el pobre Giovanni desde aquella última vez. Esto había ocurrido hacía ya casi veinte años. Él  había sido ordenado obispo unos meses antes y ya era una figura importante en la ciudad. Tenía más hermanos, pero siempre había estado muy unido a Giovanni, quizá por ser éste sólo un año menor que él y haber compartido ambos muchas horas de juegos infantiles. Pero se habían separado hacía mucho tiempo. Él abandonó el hogar familiar para entrar en el monasterio e iniciar su vida religiosa. No supo nada del hermano durante mucho tiempo. Se podría decir que casi llegó a olvidarlo. Cuando se ordenó sacerdote sus padres le contaron que llevaba una vida disipada. Después durante muchos años no supo nada de él.

   Una tarde lejana su criado le había traído un mensaje en el que una mujer le escribía contándole que su hermano estaba muy enfermo y le pedía que fuera a despedirse de él. Sin tiempo que perder se dirigió a la dirección que había escrita en la nota. Recordaba muy bien aquella tarde de hacía veinte años. Una mujer de aspecto desagradable le había abierto la puerta y le había hecho pasar a un piso pequeño, sucio y casi sin muebles. La estancia estaba dividida por una cortina azul que colgaba hasta el suelo. Giovanni estaba en la parte posterior, tirado en un camastro cerca de la pared, en plena oscuridad. La mujer encendió una vela. Él se acercó con desagrado y contempló el rostro flaco y descolorido del moribundo. Casi no se parecía al rostro que recordaba de su niñez. En la cara del hermano sobresalían unos ojos grandes y vidriosos que tenían un ligero color amarillento. “Hermano, acércate” le había pedido casi entre susurros . Él se había acercado y le había tendido tímidamente la mano que le pedía. Giovanni, con evidente esfuerzo, pues parecía muy débil,  le había agarrado la mano y se la había llenado de besos. Le había besado también ese anillo grande y aparatoso que aún no se había acostumbrado a llevar en su mano derecha. Después Giovanni había comenzado a sollozar de forma entrecortada. “Reza por mi y pide el perdón de mis pecados”. Éstas habían sido las últimas palabras de Giovanni antes de perder el conocimiento. La mujer que le abrió la puerta apartó un poco la cortina y se arrodilló para arroparlo. Después se levantó y le explicó que su hermano Giovanni llevaba varios días al borde de la muerte. Los médicos sólo podían aliviarle las fiebres altas que padecía, pero nada más se podía hacer. A continuación, de forma descarada, le había pedido dinero. “Debemos al casero tres meses y el hermano de su excelencia también debe mucho al comerciante Goldoni” le dijo, mirándolo de una forma desagradable, como recriminándole la miseria en que ellos vivían mientras el vestía con ropas tan elegantes y caras. En la mirada de aquella mujer había algo grosero y desagradable. En aquel momento no pudo evitar un sentimiento de profunda repugnancia por la mujer, por su hermano y por todo lo que le rodeaba. Todo aquello, el sombrío cuarto alumbrado por una triste vela, la cortina sucia que separaba la estancia, el olor desagradable que procedía del camastro, le produjeron en ese momento un profundo rechazo. ¿Cómo había podido su hermano Giovanni acabar así? Sintió un intenso deseo de abandonar la casa, de olvidar a su hermano y a la horrible mujer que le acompañaba. Le entregó algo de dinero que llevaba encima y le pidió que le mantuviese informado. Cuando salió a la calle experimentó un gran alivio al aspirar el aire fresco y limpio de la tarde. Aquella misma noche, de madrugada,  llegó otra nota que anunciaba la muerte de su hermano y en la que nuevamente la mujer le pedía dinero para el funeral. Pero esta vez sólo envío al criado con el dinero y no quiso saber nada más de ese asunto que le resultaba tan desagradable.

   Aún de rodillas, intentó espantar los recuerdos tristes de aquellos días. Se levantó y se frotó las rodillas doloridas. Ya hacía meses que sufría un molesto dolor en las articulaciones. Los años no pasaban en balde. Ese dolor de rodillas era uno más de los muchos memento mori que le asaltaban cada vez con más frecuencia al pasar los años. Aunque  había empleado su vida de forma provechosa y había llevado una vida cristiana. Al menos eso pensaba. Quizá últimamente se había relajado un poco en sus costumbres. Sí, ciertamente con el paso de los años su fortaleza moral se había debilitado y en su vejez disfrutaba demasiado de los bienes terrenales. Ya no se levantaba de madrugada a rezar. Incluso, hace ya unos años, había caído varias veces en pecado mortal por causa de una mujer noble de la ciudad. Aunque después se había confesado y obtenido el perdón. Mientras se lavaba la cara recordó la cena de la noche anterior en el palacio del duque Rinaldi. Había sido una cena excelente y quizá había bebido demasiado de ese vino de Montepulciano que el duque le había ofrecido insistentemente para agasajarlo. Había comido excesivamente, pero las codornices estaban tan sabrosas. Quizá eso explicara la pesadilla de la noche y el ligero dolor de cabeza que comenzó a notar al levantarse esa mañana. Volvió a pensar en su hermano Giovanni, en la muerte de éste. La muerte del hermano le hizo reflexionar en la proximidad de su propia muerte, en la inevitable llegada de su propio final. Estos pensamientos tristes agravaron aún más el estado melancólico en el que se encontraba desde hacía unos días.

   Después de un ligero desayuno y aún ocupado con esos pensamientos fúnebres, salió a la calle y se dirigió a la catedral. Siempre que podía hacía el recorrido a pie. Le gustaba caminar para despejarse y aclarar la mente. Además, el paseo matutino le ponía en una disposición apropiada para afrontar el resto del día. Pero aquella mañana el recuerdo del hermano fallecido y el extraño sueño de la noche lo inquietaban. Imágenes del sueño volvían a su cabeza mezcladas con los últimos recuerdos del hermano. En alguna de las ancianas con las que se cruzaba en la calle creía ver detalles del rostro de aquella horrible mujer que vivía en aquel entonces con su hermano. Los ojos, la barbilla o la frente de las mujeres con las que se encontraba se confundían con el rostro de aquella mujer. Angustiado, decidió evitar la mirada de la gente con la que se cruzaba. El crucifijo que llevaba sobre el pecho le pesaba como si fuese de plomo. Notaba la boca seca. Algo en su interior luchaba por salir a la luz. Le torturaba una vaga angustia que le recordaba a aquella que sintió en el momento en el que viera a su hermano en el lecho de muerte. Recordó como éste le había besado el anillo, como, al borde de la muerte, se había aferrado a su mano como lo hace un náufrago a un trozo de madera que flota en el mar.

   En ese estado agitado llegó a la plaza que había antes de la catedral. En una de las esquinas vio a una mendiga que pedía limosna arrodillada sobre una vieja manta. Era una mujer joven, que llevaba un pañuelo rojo sobre la cabeza. Sintió, de repente, un calor agradable en su interior y gran necesidad de acercarse a ella y hablarle para darle algo de consuelo. “Hija, bendita seas. El reino de Dios será para los pobres”. La mujer, sorprendida al ver los hábitos del obispo, se turbó y agachó la cabeza. El obispo rebuscó en su bolsillo algunas monedas y se las ofreció. La mendiga las aceptó con timidez y comenzó a sollozar. Después agarró violentamente la mano derecha del obispo y comenzó a besarla fervientemente en señal de agradecimiento. “No por favor…” dijo el obispo avergonzado. Podía sentir en la mano la humedad fría de las lágrimas de la joven mendiga. Cuando consiguió recuperar la mano le hizo la señal de la cruz y continuó su camino.

   El acto de caridad que acababa de ejecutar le hizo sentirse mejor. Quizá había aún oportunidad de salvación para él. Dios en su gran misericordia le había hablado a través de los sueños. Le había advertido que el camino que llevaba no era el de un buen cristiano. ¿Qué eran los sueños sino palabras de Dios que se presentaban oscuras a nuestro entendimiento? Esa mendiga, a la que había dado limosna y que le había recordado a su pobre hermano, le confirmaba que él aún podía hacer el bien en la tierra, que no todo estaba perdido. Para ello debía renacer, pensó. Debía limpiar su alma y ofrecer a escrutinio su vida actual llena de flaquezas. En ese momento sintió renacer en él una nueva esperanza. En lo más profundo de su ser se alegró de haberse encontrado con la joven mendiga. Quizá Dios también había puesto esa mendiga en su camino, al igual que la pesadilla de la noche anterior, para recordarle que aún podía salvar su alma.

   La catedral ya se veía al fondo de la calle. En la puerta saludó a varios mendigos con el signo de la cruz. Al entrar notó el agradable olor del incienso y sintió que esa mañana había vuelto a casa después de un paseo por el purgatorio. El párroco se acercó a saludarle. Él, como todas las mañanas, le ofreció su mano derecha para que le besara el anillo. Pero su mano derecha estaba desnuda. En su dedo anular solo había una línea de piel pálida que contrastaba con el resto del color de la mano. El párroco, dubitativo, le besó la mano. Él la retiró de los labios del párroco y se giró hacia la puerta. Corrió hacia la calle y se dirigió hacia la esquina donde había dado limosna a la mujer. Agitado y casi sin aliento llegó al lugar, pero allí solo quedaba la manta raída en la que ella se había arrodillado. Paralizado, recuperando el aliento, contempló el espacio donde había estado la mujer. En ese momento, quizá a consecuencia de la apresurada carrera, comenzó a notar ese dolor en sus viejas rodillas que tanto le había torturado en los últimos meses.

Publicado la semana 16. 19/04/2021
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