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Ramón Cerero

Quince pesetas

A mí me ofrecieron quince pesetas. Ya sabe usted que quince pesetas es mucho. Con quince pesetas podía comer bien toda una familia un mes. O se podían comprar varias cabras y tener leche. Luego se podía vender la leche y hacerse con un pequeño capital. Las quince pesetas  me las daba ese señor con cara de loco, por nada. Yo no tenía que hacer nada. Ni mi hijito tampoco. Rafaelillo tenía que quedarse quieto hasta dormirse. Luego, cuando ya estuviese dormido, vendrían algunas mujeres del cortijo del Aceituno para sentarse a llorarlo. Ya ves, llorarlo a mi hijito que estaba dormido. Teníamos que hacer como si fuese un velatorio. De mentira, se entiende. El señor del cine vendría con su equipo de grabar, con su gente y con el dinero. Las del Aceituno sólo tenían que llorar y gemir un poco, como cuando se murió mi marido, el Nicasio, el padre del niño. Pero esta vez tenían que llorar de mentira porque mi hijo solo dormía.

Los señores de Madrid grabarían las imágenes y se las llevarían para hacer una película. Las imágenes del velatorio las vería mucha gente, me dijeron los señores de la ciudad. Pero ellos no sabrían que todo era mentira, pensé. Imagine usted, los de la ciudad se figurarían ver a un niño muerto y lo que estarían viendo sería a mi niño echando una siesta, tan tranquilo y tan en paz, con esa cara de angelito que pone cuando se duerme. Y nosotras a llorar y a llorar, de mentira, entiéndase. Los de la ciudad, tan listos, pensarían que el señor del cine les enseñaba un velatorio de estas tierras. Yo no tenía que hacer nada, sólo llorar como acordándome de lo del Nicasio.

Comprenda usted que sólo eran tonterías que quería grabar el señor Luís. Pero no me gustaba. Reírse así de la muerte sólo lo puede hacer un hereje, uno que no cree en Dios. Pero en el pueblo no hay mucho de sobra y quince pesetas son quince pesetas, eso ya se lo he dicho antes a usted. Allá el señor director de cine si se iba al infierno por hereje. Teníamos que comer. Así que le dije que sí al señorito Luís, que sí que aceptaba las quince pesetas. Me dijo entonces que lo haríamos mañana mismo, así, de repente. Que tenía prisa, que tenía que hacer otras cosas en el pueblo de al lado, la otra semana. Yo le dije que bien, pero que primero tenía que hablar con algunas personas, preparar la casa. Mañana estoy aquí, me dijo. Yo le dije que podría venir después de comer, si le parecía bien. A esa hora el niño siempre se caía de sueño. El pobrecico tenía tres años en aquel tiempo y siempre se quedaba traspuesto a esas horas. Esa misma tarde hablé con la Milagros, la del cortijo del Aceituno, y le conté todo. Le dije que se trajera a su madre y a su hermana para el velatorio falso. ¡Cómo se reía la Milagros! Qué raros son los señoritos de la ciudad, decía.

Al día siguiente el señor Luís ya estaba allí antes de la hora, fumando sin parar, mirando el dormitorio y pensando dónde iba a poner la máquina de grabar. Le juro a usted que desde que me levanté ese día tenía mal cuerpo, pero no me podía echar para atrás. Además con esas quince pesetas, o con lo que me quedara después de darles algo a las del Aceituno, ya tenía pensado comprar un par de cabras. No le iba a faltar leche a mi Rafaelillo. Le prometo a usted que esa tarde lloré de verdad, como si echara hacia afuera una angustia muy grande que me oprimía el corazón.

Todo salió muy bien, dijo el señorito. Quedó muy contento y me dio las quince pesetas prometidas. Les di a las del Aceituno una peseta a cada una, por venir al velatorio para el cine. Pero aún me quedaban doce pesetas para mí y para el niño.

El señor Luis se fue a otro pueblo, a continuar con su película. Creo que se fue a Meruelos. Ya ves, una película en la sierra, donde no hay ni indios ni vaqueros, ni nada que sirva para entretener a los de la ciudad. Bonita película iba a hacer, llena de montes y campesinos y niños muertos. Como si la gente fuera al cine a ver desgracias. Pero cada loco con su tema, como dice el refrán. Yo, como le dije antes, con los dineros compré, como tenía pensado, dos cabras y en varios meses no pasamos falta.

Pero la alegría dura poco en la casa del pobre. Unos seis meses después de comprar las cabras una de ellas se escapó al monte y se mató al despeñarse. Pudimos aprovechar algo de la cabra porque mi hermano Juan recogió el animal muerto y tuvimos unos días buenos en los que no faltó la carne. La otra cabra que nos quedó era muy buena y daba mucha leche. Aún nos dura. Pero yo no quiero ni mirarla. Maldita sea la cabra y las quince pesetas.

Pasado el invierno de aquel año al niño le entraron unas fiebres muy fuertes que lo tuvieron en cama una semana. Daba pena verlo a la criatura. El pobre se me consumía por el calor de las fiebres. Me dolía el corazón verlo cada día agitarse en la cama, con su carita todo coloradita. Las fiebres parece que le habían agrandado los ojos, tenía los ojos como los de un pez fuera del agua, una mirada como perdida… Agua mamá, pedía todo el día. La segunda semana de las fiebres parece que mejoró un poco. Pero era vana esperanza porque el señor me lo quitó esa misma semana. No había cumplido los cinco años mi Rafaelillo.

Allá abajo en el pueblo dijeron que fueron las fiebres tifoideas. Que ya había pasado el médico hacía un mes y les había dicho que había epidemia en la región, que había que andarse con cuidado. Pero yo sé porque se me llevó Dios a mi niño y la tía Herminia también lo dice. ¿No me había reído yo del Todopoderoso con el señorito Luís? ¿No me había prestado yo a la herejía y al sacrilegio?

Y ahora pienso en las quince pesetas que me dieron por aquello. Y pienso que maldita la hora en la que dije que sí. Ahora veo a mi Rafaelillo en el féretro, como aquel día. Pero ahora no duerme, o si duerme ya no se despertará nunca. Y pienso que Dios me ha castigado justamente, como castigará al señorito de Madrid. Y pienso que me lo merezco, por tonta y por pecadora. Ahora en el velatorio veo también llorar a las del Aceituno y estoy seguro de que a ellas el Señor también las castigara por herejes. Ellas me rehúyen, me apartan los ojos porque también lo saben. Y puede que el Señor también castigue a todo el pueblo por prestarse a las mentiras de los señores del cine. Todos somos cómplices. Y le digo a usted señor que maldigo las quince pesetas y el día en que el director de cine apareció en el pueblo. En mala hora acepté yo ese dinero. Porque si éramos pobres, al menos éramos felices y mi hijo estaba conmigo. Pero hay una cosa que no se me quita de la cabeza al ver a mi Rafaelillo en la caja, y se la tengo que decir a usted, aunque suene a sacrilegio. Mi niño no tenía culpa de los pecados de los mayores, ¿no le parece a usted? ¿Qué culpa tenía mi niño? ¿Por qué tenía que castigarlo Dios a él también?

 

Publicado la semana 14. 05/04/2021
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