13
Ramón Cerero

Una mañana cualquiera

Sala de estudio completa. Eso es lo que reza el cartel que el celador acaba de poner en la entrada de la biblioteca del barrio. Adiós a mis esperanzas de encontrar un sitio cerca para escribir con tranquilidad esta mañana. En casa es imposible escribir. No poseo esa habitación propia de la que tanto hablaba Virginia Woolf. Y son sólo las nueve y cuarto. Si no me hubiese tomado ese café con leche después de dejar al pequeño en el colegio… Pero imposible escribir sin café. Torciendo un poco la frase de Sócrates, se podría decir que la vida sin café no merece la pena ser vivida.

   Estoy algo contrariado por comenzar el día así, con el pie izquierdo. Y ahora que lo pienso… ¿Qué culpa tiene el pie izquierdo? ¿Por qué es mejor el pie derecho que el pie izquierdo? Si alguien lo sabe, agradecería que me lo explicara.

   De verdad que estaba preparado para disfrutar de un gran día. Hoy el cielo es azul y la temperatura es cálida. Hay un anticipo de la primavera en este primer día de marzo. Tenía grandes esperanzas puestas en este día. Hace un momento, cuando caminaba hacía la biblioteca, he leído en una furgoneta de reparto el siguiente mensaje: «Por fin es lunes». Me ha parecido un buen augurio, un mensaje positivo y, además, muy oportuno, pues hoy es lunes. Los dioses no cesan de enviar mensajes que se ocultan en nuestra realidad cotidiana. Estos mensajes están lo suficientemente visibles para ser vistos por los que los buscan, y los suficientemente ocultos para que pasen inadvertidos a aquellos que desconocen su existencia. Algo parecido a lo que pensaba Pascal sobre la presencia de Dios en nuestro mundo. Por ese motivo procuro siempre caminar por la calle con los ojos y oídos bien abiertos. Busco los mensajes ocultos a plena luz del día.

   Tendré que buscar otro sitio para escribir. Hoy, con este buen tiempo, podría hacerlo incluso en un banco del parque, mientras escucho el trinar de los pájaros allá arriba en las copas de los álamos. Pero en otras ocasiones, cuando he decidido tomar posesión de un banco en un rincón tranquilo del parque, al abrir el portátil sobre mis rodillas ha aparecido ese hombre con el soplador de hojas y adiós al canto de los pájaros. Otras veces ha sido exclusivamente culpa mía que la mañana se haya echado a perder. Reconozco haber perdido el tiempo contando las veces que ha pasado delante de mi banco esa abuela con el carrito de bebé, intentando dormir a su nieto. Por eso será mejor buscar otra biblioteca y evitar distracciones.

   Llego a la Mediateca del centro de la ciudad a eso de las nueve y media. Para mi sorpresa está cerrada. Abre a las diez. Se prolonga mi funesta suerte. ¿Hasta cuándo he de soportar este contrario fatum? ¿Qué hago en la media hora que resta hasta que abran? He aquí el miedo a la vida sin propósito, el miedo al tiempo que no se emplea en un fin, el miedo al más completo de los vacíos. Decido que lo mejor será tomar otro café; esta vez pido uno solo. Además, así aprovecho para hacer otra visita al baño. ¿Qué haría yo sin mis cafés? La vida no merece la pena ser vivida sin… Pero eso ya lo he dicho antes.

   A las diez en punto estoy sentado en mi mesa de la Mediateca. Esta vez se han cumplido mis buenos augurios, pues he ocupado una de las últimas mesas disponibles. Parece que comienzo a enderezar mi destino.

   Tengo en la cabeza desde hace unos días varias ideas para unos relatos. Una es bastante curiosa y relataría las dificultades de unos astronautas en órbita sobre la tierra. La otra idea trataría sobre un suicidio. Reconozco que esta última no es nada original, pero nada nos atrae más que eso de juguetear con la muerte, aunque sea en la ficción. Nos pasamos la vida pensando en la muerte. ¿Nos sirve de algo pensar en una cosa tan contraria a nuestra naturaleza? Decía Epicuro que mientras somos la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta ya no existimos. Por tanto, escojamos la vida como tema, pues poco podemos conocer sobre la muerte.

   Frente a mí tengo un excepcional ejemplo de la vida. Uno de sus más exuberantes ejemplos. Creo que esta mañana me será imposible escribir nada con esa chica que hay sentada delante de mi mesa. No creo que sea capaz de concentrarme en nada con ella ahí.

   Siempre me ha aturdido la belleza excesiva. Recuerdo que una vez, viajando en el tren, se sentó frente a mí una mujer muy hermosa. ¿Produce horror la belleza? ¿Da miedo encontrarse de repente con alguien así, tan cerca? Yo sólo les puedo decir que fui incapaz de mirarla abiertamente. Había algo de espanto en una belleza tan perfecta. Era la mismísima Medusa, antes de toparse con Poseidón y Atenea. Solo me atreví a espiar el reflejo de su imagen en la ventana. Cuando se bajó del tren sentí un profundo alivio.

  No me siento cómodo hablándoles de esto. Un hombre casado no debería escribir sobre ciertas cosas. ¡Qué diablos! Un hombre casado ni siquiera debería pensar en ciertas cosas. O podría pensarlas, pero nunca debería escribirlas. ¿Qué pensará mi mujer cuando lea esto? ¿Pero cómo escribir sin plena libertad? La única cosa que se nos puede exigir es honestidad. Esto que escribo es simplemente una ficción. Algunos lo llamarían una autoficción, pero no me gustan los términos excesivamente técnicos. En esto que escribo ahora hay ciertos elementos personales, pero casi todo es ficticio. Lo que cuento aquí sólo ha pasado en mi cabeza, mientras lo escribía. ¿Pero qué dice de nosotros la ficción que escribimos? Lo mejor es no pensar demasiado cuando se escribe. Pensar demasiado paraliza. Pero escribir sin pensar es una estupidez, o un ejemplo de escritura automática, que es algo bastante parecido.

   La chica que se encuentra a unos centímetros de mí es realmente hermosa. Es de tez morena y tiene el pelo largo y rizado. Unas perlas blancas adornan sus orejas. Tomo nota de todo esto mientras ella mira su ordenador portátil. Delante, sobre su mesa, tiene una gran libreta y su teléfono móvil. Procuro no mirar demasiado. No quiero levantar suspicacias. No sé que decir sobre su boca. Imagino unos labios carnosos, unos dientes blancos, quizá un suave bozo cubra su labio superior. Puede que también tenga un gracioso lunar en la comisura izquierda. Pero todo esto no lo puedo confirmar porque ella, como el resto de los que nos sentamos en esta mesa, lleva mascarilla. No sé por qué, pero la mascarilla hace más hermosos los rostros. Deja abierta a nuestra imaginación la configuración definitiva de la cara. La boca real suele ser inferior a la boca imaginada. En mi caso tengo la certeza de que ocurre lo contrario. Lo mejor de mi cara es lo que permanece oculto. O al menos así me lo decía aquella primera novia que tuve hace años y que nunca se cansaba de alabar mi boca y mi mentón. ¡Qué vergüenza da hablar de uno mismo! Sobre todo, cuando se habla para alabar una parte de nuestro cuerpo. Onanismo infantil. Pero yo siempre me perdono a mí mismo. Como dice el Papa Francisco, Dios perdona siempre, nosotros a veces y la naturaleza nunca. Yo soy mi propio dios.

   Esa chica lleva un jersey blanco, muy fino. Sus pechos son proporcionados y delicados. Sus ojos negros continúan fijos en su portátil. Ahora puedo detenerme en su contemplación sin que ella lo advierta. Desde donde me encuentro puedo oler su perfume, una mezcla de canela y mandarina. Puede que este equivocado en esto, mi olfato no es muy bueno, aunque no se puede decir que no tenga una gran nariz. El tamaño de un órgano no significa nada. No todos los que tienen un gran corazón aman más o mejor que los que encierran en su pecho un corazón menudo. Esos pajarillos enjaulados muchas veces aletean alegres como un colibrí y elevan el espíritu como ningún corazón robusto podría.

   Sus manos son delicadas. En el dedo anular lleva una anillo con un pequeño diamante. ¿Un anillo de compromiso? Puede ser… Me pierdo en ensoñaciones.

   Me levanto, recojo mis cosas y salgo a la calle. Me apresuro hacía la boca de metro. Alguien me grita. Me giro y veo que se trata de la chica que había sentada enfrente de mí en la Mediateca. Lleva en sus manos la funda de mis gafas. “Te has olvidado de esto”. Le doy las gracias y lamento que se haya tenido que molestar por mi despiste. Ella me dice que ya tenía que marcharse de todas formas. “Me recuerdas a un amigo muy querido” me confiesa. Yo no se qué decir. “Te invito a un café” me dice a continuación. Debería rechazar la invitación. Primero porque ya he tomado dos cafés antes, aunque los médicos dicen que se pueden tomar hasta tres cafés al día, y segundo porque nunca se deben aceptar invitaciones de una desconocida, sobre todo si es tan atractiva como ella. No hace falta tener un sentido arácnido para saber que algo peligroso hay en ese inofensivo café. “Vivo cerca, a la vuelta de esa calle”. Un café en su apartamento, no en una cafetería. Es extraña esa invitación para alguien con mi aspecto. No dudo de que existan hombres a los que les puedan ocurrir este tipo de cosas. Ahora sé con certeza que debo rechazar la invitación. Pero una cosa es saber qué es lo correcto y otra hacer lo correcto.

   Mientras subimos en el ascensor se me mete en la cabeza la idea de que todo esto es algún tipo de broma. Dentro de unos minutos estaré expuesto al mayor de los ridículos. O puede que se trate de una trampa para robarme o someterme a chantaje, lo que sería algo aún peor. Cuando ella abre la puerta de su apartamento dudo y no me atrevo a entrar, pero ella me agarra de la mano y tira suavemente de ella. Una vez en el interior ella cierra la puerta y se baja la mascarilla. Increíblemente, su boca y sus labios son exactamente como me los había imaginado. Incluso tiene un lunar en la comisura izquierda. Yo también me bajo la mascarilla. Ella asiente. “Eres igual que él”. Me abraza con fuerza.

   Desde el dormitorio, desnudo en la cama, oigo el sonido de la cerradura de la puerta de la calle que se abre. Una voz masculina grita. “Cariño, ya estoy en casa”. Ella salta de la cama y me urge a que me esconda en el gran armario que hay en el dormitorio. Antes de cerrar la puerta apresuradamente me lanza la ropa. No puedo ver nada en esta oscuridad profunda. Me siento como si estuviese dentro de una película de Fritz Lang. Oigo la voz del hombre. “¿Pero que haces tan tarde en la cama?”. El hombre ahora está en el dormitorio. “Aquí pasa algo raro”. Oigo unos pasos que se acercan. Alguien está a punto de abrir las puertas de ese armario en el que estoy escondido.

   Me levanto y recojo mis cosas. La chica que hay delante continúa mirando su portátil.

Salgo a la calle y me apresuro hacia la boca de metro. Son más de la doce y media, y llego justo a la hora en la que el pequeño sale del colegio. Otra mañana perdida en ensoñaciones. Sin ideas.

 

Publicado la semana 13. 29/03/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
13
Ranking
0 152 0