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Ramón Cerero

El incidente del hombre en albornoz amarillo

Cuando despertó, estaba tumbado boca arriba, encima de la alfombra. Sentía un dolor de cabeza terrible, como si alguien estuviese intentando agujerearle el cráneo con un taladro. Notó el pantalón empapado de orina. Tenía en la boca un sabor agrío. Sus labios estaban manchados de un líquido viscoso. Giró la cabeza lo suficiente como para ver sobre la alfombra, junto a su cabeza, una masa amarillenta, perlada por restos de patata sin digerir. A todas estas sensaciones desagradables se sumó un dolor punzante en la sien izquierda. Con trabajo, alcanzó con su mano derecha hasta el punto dolorido y lo tocó con la punta de los dedos. Un dolor intenso le hizo retirarlos al instante. Comprobó que estaban manchados de sangre. Un gruñido lastimero salió de su garganta.

   Consiguió arrastrarse penosamente hasta la ducha. Pasó un buen rato bajo el agua caliente, resoplando bajo esa lluvia cálida y revitalizante, apoyado con las palmas de las manos en los fríos azulejos blancos del baño. Aún aturdido por el dolor de cabeza, se animó a mirarse en el espejo para hacer una estimación de daños. Comprobó que tenía una brecha en la sien izquierda y otra encima de la ceja derecha. Pero lo peor era el aspecto de su cara. Tenía la cara hinchada y su ojo derecho estaba completamente morado. Se había metido en alguna pelea. Eso explicaría el estado de su camisa, que estaba completamente desgarrada y perdida de sangre seca. Pero no recordaba nada de lo que había sucedido la noche anterior. Tuvo que interrumpir sus reflexiones porque le sobrevino un mareo que le obligó a sentarse sobre el inodoro y sujetarse la cabeza con las dos manos. No se encontraba bien. Lo mejor era echarse un rato en la cama.

   Sobre la cama, en albornoz, se esforzó por traer del recuerdo alguna cosa de lo ocurrido unas horas antes. Recordaba que la tarde del día anterior había salido a tomar unas cervezas para celebrar el aniversario de su divorcio, pues ayer había sido veintiocho de febrero. Había entrado en un bar que no conocía. Al principio se había aburrido bastante, sentado solo en una mesa cerca de la ventana. No había podido sacudirse esa tristeza que se había apoderado de él desde unos días antes de que llegara aquella fecha. Sí, ahora recordaba que había comenzado a tomar algo más fuerte, vodka con limón. Sabía de sobra que no era bueno mezclar, pero necesitaba alegrarse un poco. A partir de aquel momento las cosas habían mejorado. Animado por el vodka, se había presentado a los parroquianos que bebían en la mesa cercana. Los había invitado a una ronda. Después había conocido a más gente, también a alguna de las mujeres que había en las otras mesas. Había olvidado sus nombres, pero estaba seguro de que se los habían dicho en aquel momento. Recordaba haber invitado a todos los clientes a varias rondas. A partir de aquel momento había comenzado a divertirse. El ambiente en el bar había mejorado tanto que algunas personas habían comenzado a cantar. Se había emocionado hasta las lágrimas escuchando a aquella mujer negra cantando Swing Low, Sweet Chariot. Pero a partir de ese momento su mente se quedaba en blanco.

   Le asaltó un mal presentimiento. Caminó tambaleándose hasta el baño y recuperó el pantalón que había dejado tirado en el suelo, junto a la camisa desgarrada. Comprobó con alivio que su cartera estaba en el bolsillo derecho. Pero cuando abrió su billetera vio que estaba vacía. Emitió un juramento. “Estúpido, te has gastado el dinero de la paga en una sola noche” se gritó a sí mismo. ¿Cómo iba ahora a pagar el alquiler? ¿Dónde coño iba a conseguir el dinero? Estaba sin trabajo. Esa paga era lo último que recibía de la empresa de construcción en la que había trabajado hasta la semana pasada. Lo habían despedido por presentarse borracho varias mañanas. Sí, ahora recordaba que ayer también celebraba que iba a perder de vista a Jonathan, el encargado, ese estúpido de culo apretado que estaba siempre vigilándolo.

   Quizá podría pedirle algo de dinero a Jenny, su ex, pero aún no le había pagado lo que le debía y ella le había dejado muy bien claro que era la última vez que le dejaba dinero. Pensar en Jenny le hizo emocionarse. Aún la quería tanto... Pero él lo había jodido todo. Sí, lo había jodido todo a base de bien y ahora ella no quería saber nada de ese borracho fracasado en el que se había convertido. ¿Cómo podía ser tan estúpido? ¿Cómo se había apañado para cagarla tantas veces? Se lo había hecho pasar tan mal a Jenny… Había convertido su vida en un infierno. Él mismo la había ahuyentado de su lado. ¿Qué coño le pasaba? Algo malo había en él. Su cabeza no funcionaba bien. Pero si Jenny pudiera perdonarle, como las otras veces. Si le diese otra oportunidad… Pero ella llevaba seis meses con otro tipo y no quería saber nada de él.

   Tendría que buscar un nuevo trabajo, pensó. Pero con esa cara era mejor permanecer algunos días sin salir a la calle. Faltaban pocos días para su cuadragésimo séptimo cumpleaños y no tenía dinero ni trabajo. Estaba solo, sin familia, sin amigos... Casi cincuenta años y su vida era una mierda. Se sentó en la cama y reflexionó sobre su vida. Siempre había sido así, pensó. Sus padres habían muerto jóvenes y había acabado en un hospicio, pues ningún familiar se había hecho cargo del huérfano. Había sido trasladado más tarde a una especie de internado católico en el que habían pasado cosas que no quería recordar. Cosas que tenían que ver con ese malestar que sentía siempre en su interior. Se esforzó por buscar algún motivo para continuar. Lloró un buen rato. Llorar le hizo sentirse mejor. Pero continuaba inquieto, como si una sombra se hubiese posado sobre el cabecero de la cama. Algo le oprimía el pecho. Se recogió sobre sí mismo encima de la colcha y comenzó nuevamente a llorar. Después se quedó dormido.

   Como una media hora después se despertó agitado y tuvo nuevamente conciencia de la situación en la que se encontraba. Se levantó de la cama con esfuerzo y se ajustó el viejo albornoz amarillo que se abría siempre porque el cinturón se había roto hacía tiempo. Tenía que comprarse un albornoz nuevo. Pero era un regalo de Jenny. Un día de estos compraría un cinturón nuevo para ese albornoz, del mismo color. Se acercó a la ventana y contempló el cielo azul a través del cristal. Estaba en un octavo piso y la altura era considerable. Había jugueteado en varias ocasiones con la idea de tirarse desde esa ventana, sobre todo aquellos días en los que  Jenny lo había dejado definitivamente. Sí, había abierto la ventana y había contemplado el suelo de cemento muchas veces. Pero siempre había encontrado un motivo para no hacerlo. Ese gesto de mirar el vacío desde esa ventana se había convertido en algo que le producía cierto alivio. Después había tomado nota de esos momentos y se había obligado a recordarlos. Quería saber si su vida después de aquellos instantes había merecido la pena. Esa era la prueba. ¿Había merecido la pena vivir después de aquello? ¿Se había perdido algo importante por no haberse lanzado por la ventana en aquellos días?

   Apoyó la frente en el cristal y comenzó a gimotear. Las babas cayeron de su boca y el albornoz se volvió a abrir, dejando al descubierto sus sexo flácido. Se ajustó nuevamente el albornoz y se limpió la boca con la manga derecha. Abrió la ventana y acercó una silla para poder subirse con más facilidad. Torpemente, se encaramó al marco de la ventana y se sentó con precaución en el alféizar, con los pies fuera y con las dos manos agarradas a la parte baja del marco.

   Al principio, sentado a aquella altura, no pudo evitar sentir un escalofrío. ¿Se atrevería esta vez? Cuando llevaba unos minutos en aquella postura se sintió un poco ridículo, con los pies colgando en el vacío y vestido únicamente con ese viejo albornoz amarillo. Se imaginó que tendría el aspecto de un monstruoso y grotesco canario. ¿Lo vería alguien a esa hora de la mañana? ¿Qué pensarían? Seguro que lo considerarían un chiflado. No le importaba lo más mínimo. Que pensaran lo que quisiesen. Nunca antes se había sentido tan cuerdo. Su mente estaba en calma en esos momentos. Se sintió invadido de una extraña tranquilidad. Dejó que el sol acariciara su rostro, aún dolorido por los golpes recibidos la noche anterior. De repente, un gorrión revoloteó delante y se posó en el alféizar de la ventana, a unos centímetros de donde se encontraba sentado. Animado por esa inesperada acción del pájaro, soltó su mano derecha y la acercó al pájaro para tocarlo. Pero el pájaro, asustado por ese gesto inesperado, saltó al vacío y emprendió el vuelo unos metros más abajo. Él perdió el precario equilibrio en el que se había mantenido y se inclinó al vacío.

   En un gesto desesperado, en el último momento, pudo agarrarse al borde de la ventana. Aferrado a aquella ventana notó como los brazos comenzaban a dolerle por el esfuerzo físico al que estaban siendo sometidos. Ayudado por una descarga de adrenalina, logró que sus brazos se flexionaran y elevaran su cuerpo unos centímetros. Con la ayuda de los pies, que se apoyaban en la fachada, intentó sin éxito alcanzar nuevamente el alféizar. Derrotado, permaneció agarrado a la ventana, con su cuerpo flotando en el vació. Sus pies buscaban desesperadamente algún sitio donde apoyarse y por momentos encontraban apoyo en la superficie rugosa del exterior, pero pronto volvían a resbalar. La fuerza de sus brazos comenzaba a flaquear. Cerró los ojos y pensó en Jenny. Por su mente pasaron los pocos instantes felices de su vida. Jenny estaba en todos ellos. Jenny, siempre Jenny… Hizo acopio de todas sus fuerzas y, encontrando con sus pies apoyo en uno de los resaltes de la fachada, lo intentó nuevamente.

   Cuando abrió los ojos se encontró sobre la alfombra del dormitorio, conmocionado. No recordaba muy bien cómo había llegado a trepar por la ventana, pero los brazos le seguían doliendo terriblemente. Una sensación de irrealidad se apoderó de él, aún consternado por lo que le acababa de suceder. Otra vez le vino a la mente Jenny. Tenía que verla urgentemente. Necesitaba contarle lo que le acababa de ocurrir. Tenía que decirle que la amaba. Necesitaba decírselo.

   Sin saber muy bien cómo, se encontró vestido en la calle, caminando apresuradamente hacia el apartamento de Jenny. Con un poco de suerte la encontraría en casa, pues su turno en la cafetería comenzaba a las tres de la tarde. Caminaba con dificultad, pues el dolor de sus brazos no disminuía. Aunque el apartamento de Jenny estaba a unos tres kilómetros, decidió caminar hasta su calle. Ya lo había hecho otras veces. Pero esta vez le pareció que tardaba demasiado en llegar. En un determinado momento se encontró en un barrio que no conocía y se dio cuenta de que se había perdido. Intentó correr, pero le faltaban las fuerzas para hacerlo. Además, ese terrible dolor de brazos aumentaba cada vez más, como si alguien estuviese intentando arrancarle ambos brazos de cuajo. Un dolor intenso le hizo perder el conocimiento un instante, aunque continuó caminando por aquellas calles desconocidas como un autómata. Tenía que hablar con Jenny, necesitaba hablar con ella… No podía pararse ahora a descansar.

   De repente, al girar una esquina, vio que se encontraba delante de la calle en la que vivía Jenny. Se apresuró hacía el portal del edificio. Desde lejos vio que alguien salía de ese edificio. Tenía que ser Jenny. Sí, era ella. Estaba increíblemente guapa. Nunca antes la había visto tan radiante. Dios mío, como había podido olvidar lo hermosa que era…

   Jenny parecía sorprendida de verlo. Le sonreía y le preguntaba algo, aunque él estaba aún demasiado lejos para oírla. Ella continuó haciéndole preguntas, aunque él no lograba entender lo que le decía. Transido de dolor, en un último esfuerzo, corrió para abrazarla. Pero sus brazos le pesaban terriblemente y se sentía incapaz de levantarlos. Cuando ya se encontraba a unos metros de Jenny, cuando ya ella extendía sus brazos para acogerlo en su seno, sufrió un violento desfallecimiento.

   Alguien del edificio, alguno de los vecinos probablemente, debió de llamar por teléfono a emergencias pidiendo ayuda. Pero cuando la ambulancia llegó, nada se pudo hacer. El hombre había expirado su último aliento. Al médico de emergencias le sorprendió que aquella figura que yacía boca arriba en un charco de sangre, envuelta en un albornoz amarillo, presentara numerosas heridas en el rostro. No lograba entender cómo podían haberse producido esas lesiones en una caída desde un octavo piso.

Publicado la semana 11. 15/03/2021
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