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Ramón Cerero

Asquerosas moscas

La casa siempre estaba llena de moscas. Había cagadas de mosca en las bombillas y en los marcos de las fotografías. Las moscas eran lo que más molestaba a la abuela cuando nos visitaba.

   Nuestra abuela vivía en un pueblo en el otro extremo de la provincia. Para visitarnos tenía que madrugar mucho y coger en su pueblo uno de los primeros autobuses a la ciudad. Después tenía que caminar quince minutos hasta otra parada de autobús y esperar el autobús de color amarillo crema que iba a nuestro pueblo. Una vez en nuestro pueblo, tenía que caminar otros quince o veinte minutos hasta nuestra casa. Por este motivo la abuela solo nos visitaba una vez a la semana, o cada quince días, casi siempre en sábado.

   A nosotros no nos gustaba que viniese la abuela. Nos fastidiaba que siempre protestara por el estado lamentable de la casa. Cuando el sábado por la mañana descubríamos que la abuela iba a venir ese día, todos nos quejábamos amargamente a nuestra madre, pues ella era su hija y la principal causa de esas visitas. Los mayores hacían planes para escaparse de las filípicas de la abuela, pero nosotros, los pequeños, no teníamos escapatoria.

   La abuela llegaba a eso de las diez. Saludaba a mamá y nos daba un beso a todos, aunque nosotros nos resistíamos e intentábamos escabullirnos de sus abrazos y de ese olor tan peculiar que tienen las personas mayores. Papá se había esfumado un buen rato antes y solo coincidía con la abuela a la hora de la comida. Después la abuela y mamá hablaban y hablaban, o discutían y discutían. Mamá decía “ya sé… ya sé…” y la abuela, cada vez más acalorada, repetía una y otra vez “tienes que arreglar todo esto…”.

   Pero lo que más enfadaba a la abuela era que cuando llegaba se encontraba la casa llena de moscas. No le molestaba tanto el desorden de la terraza, llena de jaulas de pájaros que derramaban alpiste y manchaban de cagadas de pájaro el suelo. Tampoco se enfadaba por el lío de la cocina, ni por el aspecto lamentable de la fachada de la casa, que quedó a medio terminar hace mucho tiempo y en la que aún se podían ver las filas de bloques grises sin recubrir de cemento. Sobre todo, protestaba por las moscas. “¿De dónde sale tanta mosca asquerosa?” nos preguntaba siempre. La verdad es que a nosotros no nos molestaban las moscas. Se podría decir que formaban parte de nuestra casa. Las cazábamos cuando nos aburríamos. A veces les arrancábamos una de las patas. Otras veces las soltábamos sin hacerles ningún daño, para intentar atraparlas de nuevo unos minutos más tarde. El zumbido de su vuelo se podía oír todas las tardes, cuando nos tumbábamos después de comer. Nos entreteníamos observando su vuelo durante las largas y aburridas siestas de verano.

   La mañana del sábado la abuela nos perseguía y no paraba de soltar palabrotas cuando se tropezaba con una de esas “asquerosas moscas”. Esto último nos hacia reír mucho, pero lo hacíamos con discreción para que no se enfadara aún más. Se pasaba la mañana diciendonos que teníamos que ayudar a nuestra madre, que teníamos que ser buenos con ella, y, sobre todo, que teníamos que mantener cerradas cortinas y ventanas para que no entraran las moscas.

   Mamá y la abuela daban un meneo terrible a la casa. La sacudían de arriba abajo, asustando a las moscas que como locas revoloteaban de aquí para allá. Golpeaban los colchones, cambiaban las sábanas de las camas, ordenaban la cocina llena de cazuelas y sartenes, limpiaban el polvo, y barrían y fregaban la casa de arriba a abajo. Después preparaban la comida, que casi siempre era arroz con conejo.

  La abuela, a media mañana, solía interrumpir todo este trajín para mandarnos a uno de nosotros a comprar un insecticida. Muchas veces me tocaba a mí. “Tráeme un Flip o lo que tengan”. Yo corría hasta la tienda de Joaquín y luego volvía a toda prisa para que la abuela dijera sorprendida: “¡Qué rápido has vuelto!”. Después uno de nosotros rociaba con insecticida las habitaciones y cerraba las puertas. Primero el dormitorio de los hermanos mayores. Después nuestro dormitorio. Las últimas habitaciones rociadas de insecticida eran el dormitorio de nuestros padres y el comedor. Bajábamos las persianas y cerrábamos todas las cortinas de la casa para que el aire cargado de insecticida y las moscas atrapadas no escaparan. Nosotros, mientras, esperábamos sentados en la acera.

   Por la tarde, los suelos de las habitaciones estaban llenos de moscas muertas y un profundo silencio reinaba a la hora de la siesta. A partir de ese momento, con la casa ya libre de moscas, la abuela estaba de mejor humor. Después de tomar un café con leche en un gran vaso de cristal, se encerraba de nuevo con mamá en la cocina y preparaban una receta familiar de roscos de limón. A veces faltaba limón y entonces yo era el encargado de ir a la casa de alguna vecina a pedir prestados varios limones. Yo iba y venía a la carrera. Y la abuela decía nuevamente: “¡Qué rápido has vuelto!”. Cuando sacaban los roscos ya fritos de la sartén los rociaban con gran cantidad de azúcar y los guardaban en una enorme cazuela de color rojo. Nosotros esperábamos impacientes a que se enfriaran para probar los primeros. Una vez frita toda la masa, mamá tapaba la cazuela con un paño de cocina de cuadros rojos y blancos. Durante la semana metíamos las manos de forma delicada debajo de ese trapo de cocina y, poco a poco, los roscos iban desapareciendo. Pasaran los días que pasaran, aquellos roscos nunca parecían ponerse duros. Después de comerlos no chupábamos los dedos manchados de azúcar.

   Cuando terminaban en la cocina, la abuela se preparaba para coger uno de los últimos autobuses de vuelta. Otra vez nos daba un beso, esta vez de despedida, y nos repetía, muy seria, que teníamos que ayudar a mamá. Un rato después de que marchara la abuela llegaba papá. Me daba unas monedas y me mandaba al bar a rellenar de vino tinto su botella de cristal verde. Yo corría a la taberna y volvía rápidamente. Sin palabras, papá recogía la botella de vino y el cambio.

   Después llegaba el domingo, el día de la semana en el que nos bañábamos todos. Como sólo había un cuarto de baño en la casa la operación duraba toda la tarde. Los pequeños a veces utilizábamos una gran palangana que mamá llenaba de agua que había calentado antes en el hornillo. El anochecer del domingo era siempre algo triste. En la casa, aparecían de nuevo algunas moscas, atraídas sobre todo por la gran cacerola de roscos de azúcar y limón. Esa gran cazuela llena de roscos de limón nos recordaba durante toda la semana la visita de la abuela. Poco a poco, conforme pasaban los días de la semana, las moscas regresaban a nuestra casa y revoloteaban alegremente por todas las habitaciones de la casa.

Publicado la semana 10. 08/03/2021
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