01
Ramón Cerero

Latín y griego

— Me gustaría poder quedarme toda la tarde, pero a las siete tengo que estar en la parada de autobús — dijo ella.

 —¿Hasta cuándo vamos a estar escondiéndonos de este modo? — dijo el hombre—. No me gusta que siempre nos veamos así.

 —Sabes perfectamente que no podemos hacer otra cosa. A mí también me gustaría que fuera de otra forma. Pero por ahora debemos continuar así — dijo la mujer, levantándose y sacando los pies de la cama—. Tenemos que tener más cuidado. Esta mañana tu vecino me ha visto subir.

   Hablaba sentada en la cama, de espaldas al hombre. Él, tumbado boca arriba, se giró para mirar su espalda desnuda.

 —¿El vecino del cuarto?

 —Sí, el vecino del cuarto. Ese hombre tiene un aspecto muy desagradable. Además, huele fatal. Lleva la ropa sucia. Cuando esta mañana me lo crucé en el portal casi me mareo… ¿Está bien ese hombre? Ya me entiendes… de la cabeza, ¿está bien?

   La mujer giró la cabeza para mirar al hombre que contemplaba el techo pensativo.

 —¿Sabes lo que me apetecería ahora? Me muero por un pitillo…

   En la cara del hombre se dibujó una sonrisa de anticipación.

 —Debe de haber por ahí algún cigarrillo suelto; quizá en alguno de los cajones de la cocina… —dijo sin quitar los ojos del techo.

 —Recuerda que me prometiste que lo dejarías.

   La mujer se volvió completamente. Ahora el hombre podía contemplarla de frente. Fijó sus ojos en los hermosos pechos de ella. La mujer tenía el pelo revuelto. Unos mechones rubios le tapaban parte de la cara.

 —Me lo prometiste. Además, ahora el apartamento no huele tan mal como antes. Es un vicio asqueroso.

   Se tumbó a lado del hombre y puso la mano izquierda sobre su pecho. A ella le gustaba tocar el vello suave de su torso.   

 —Pero si tú también fumabas antes. Dios nos libre de los conversos… Recuerdo que al principio incluso me pedías cigarrillos en la oficina. Seguro que mi vecino huele a tabaco y por eso te parece que huele tan mal.

   El hombre forzó el cuello para dar un beso a la mujer que ahora tenía la cabeza apoyada en la almohada. Los labios del hombre rozaron también parte del pelo que le cubría la boca.

 —No tiene gracia. A mí me da miedo cada vez que me cruzo con él.

    La mujer se estremeció como si de repente hubiese entrado por la ventana una corriente de aire frío. Pero la ventana estaba cerrada. Desde la cama se podía ver un cielo completamente azul. Del exterior llegaba el sonido amortiguado del graznido de las gaviotas.

 —Te aseguro que es inofensivo. Sólo es un pobre diablo que está pasando una mala racha —la tranquilizó él.

   Se giró de lado para poder contemplarla más a su gusto. Nunca se cansaba de mirarla.

 —¿Cómo sabes que es inofensivo? Nunca se sabe lo que es capaz de hacer la gente. Incluso las personas que tienen buena apariencia a veces nos engañan. Imagínate además si tienen un aspecto tan horrible como el de tu vecino…

    La mujer hizo una pausa para pensar. Reflexionaba en voz alta.

  —Puede que guarde en su armario un cadáver, o algo aún peor. No me sorprendería si mañana apareciese en las noticias.

   El hombre no prestó atención a lo que decía la mujer. Pensaba en otra cosa.

 —¿Cuándo podremos volver a vernos? —preguntó colocando la mano derecha sobre el muslo izquierdo de la mujer —. El próximo viernes podrías venir a cenar. Te prepararé unos tallarines a la boloñesa. Tú puedes traer el vino

 —El fin de semana que viene vamos a Soria, a casa de su hermana. Te lo dije la semana pasada.

   La mujer se tumbó boca arriba. Siguieron unos segundos de un silencio cargado.

 —¿Cuándo se lo dirás? Ya llevamos así seis meses…

 —No estoy lista para decírselo aún. Aún no… Tú lo conoces. Sabes como es… Algo así lo destrozaría — dijo la mujer, que hablaba ahora con los ojos cerrados.

   Después volvió el silencio. El hombre y la mujer reflexionaron unos instantes, como buscando la solución a un acertijo. El hombre rompió el silencio:

 —Se llama Claudio. Me refiero al vecino del cuarto. Y puedes estar tranquila que no dirá nada a nadie. Bastante tiene con sus problemas.

 —Estoy tranquila. Sólo he dicho que tenemos que tener más cuidado. Quiero que él se entere de lo nuestro por nosotros, no por un tercero. Al menos le debemos eso…

   La mujer se incorporó y se sentó de nuevo al borde de la cama, de espaldas al hombre.

 —Tú eres su amigo. Lo conoces bien. No quiero hacerle daño…

   La mujer miraba a través de la ventana un cielo azul que comenzaba a oscurecerse.

 —Un poco tarde para eso. ¿No te parece?

   En la voz del hombre había un tono de fastidio.

   La mujer no contestó. Una leve sacudida de hombros fue lo único que delató que había comenzado a llorar. El hombre se incorporó y fue a abrazarla.

 —Lo siento. He sido un idiota.

   Ella continuó llorando en silencio. El hombre la abrazó aún más fuerte. Él le beso el hombro izquierdo y apoyó la cabeza en su espalda. La mujer cesó de llorar y se secó los ojos con el dorso de las manos.

 —¿Y qué le pasa a tu vecino? —preguntó ella con la voz aún cogida por el llanto reciente.

—Tenías que haberle visto cuando llegué aquí hace dos años. Es profesor de la Universidad, aunque ahora creo que no da clases. Está de baja o algo por el estilo.

   Al hombre no le importaba hablar de otra cosa. Era buena idea cambiar el tema de la conversación.

 —Vaya, profesor de Universidad. ¿Quién lo diría con esa pinta? —dijo la mujer, a la que también le apetecía hablar de otro asunto.

 —De Filología Clásica. Creo que daba clases de latín.

 —Bueno, eso explicaría su aspecto —bromeó la mujer que aún miraba hacia la ventana.

   Ambos rieron sin saber muy bien por qué. Hablar del extraño vecino les aliviaba.

 —Cuando me mudé aquí él y su mujer me invitaron a cenar una noche. Fueron muy amables. Ellos bromeaban diciendo que eran el comité de bienvenida del edificio. Tenías que haber visto a Claudio hace unos meses. Vestía como un dandi y siempre dejaba en el ascensor un aire perfumado que delataba que Claudio acababa de salir… Y su mujer también vestía de forma muy elegante. Ella también era profesora en la Universidad. Tenías que haberlos visto entonces.

   Ambos volvieron a reír como tontos. Parecían haber olvidado el mal momento de hacía unos instantes.

 —¿Y qué pasó para que tu vecino Claudio se convirtiera en un zarrapastroso?  —preguntó la mujer.

   Ella se giró para mirar al hombre tumbado en la cama. El rostro de la mujer estaba ahora despejado. Los ojos aún estaban húmedos, pero en su cara había ahora una sonrisa.

   El hombre se sentó en la cama. Reflexionó unos segundos. Pareció dudar un instante. La mujer lo miró inquisitivamente y repitió la pregunta.

 —¿Qué le pasó a tu vecino?

    El contestó en voz baja, de forma casi inaudible, con los ojos fijos en las sabanas revueltas.

 —Su mujer le abandonó hace un mes por un compañero, el catedrático de griego del departamento.

Publicado la semana 1. 05/01/2021
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