03
Pluma de Ícaro

Olímpicas

Su arco, sintiéndose asqueado hasta lo más profundo de su ser, apretó los dientes y vomitó una última flecha.

El aire era nítido, algo habitual en el Olimpo, pero el ambiente se sentía con el mismo frío que cala los huesos cuando cae una tormenta y el calor de un grito que partiría el mundo en dos. De hecho, algunos de los que aquel día se lanzaron hicieron temblar la tierra que los humanos pisaban.

El proyectil pasó en el pequeño espacio que dejaba el combate entre Ares y Atenea. Él, con su fuerza bruta, su mala sangre, su lealtad; ella, con su inteligencia, su destreza, su maquiavelismo. Dos caras de una misma moneda que se había tirado aquel día en el hogar de los Dioses para decidir quién perdurará y quién será recluido como fueron los Titanes años atrás. Una nueva guerra, la Olimpomaquia. 

Hermes la esquivó sin problemas, y movió a Poseidón para evitar que le diera a él, pues estaba concentrado atrayendo la fuerza de los siete mares para anegar la primavera de la que Deméter extraía sus fuerzas. Afrodita también apoyaba a su compañera usando como podía el arco de su hijo, pero el dios de 1os viajeros evitaba todo lo que se le enviaba. Los cuatro estaban concentrados tratando de luchar por sus gobernantes, creyendo que hacían lo correcto y lo que debían. Ninguno miró qué pasaba más allá.

La flecha hubiera atravesado el cráneo de Perséfone, quien, incitada por su madre, disparaba semillas de granada envenenadas por una caña de bambú, con toda la fuerza de sus pulmones. Una sombra con yelmo le apartó en el último instante, la abrazó, la rodeó. La sombra tenía las manos de quien la había hecho su reina con las semillas de granada con las que entonces sembraba caos; tenía los ojos que la habían observado, tímidos, tras arbustos mientras ella crecía y se preguntaba qué era el amor; sus labios eran los mismos que los de quien le había dado su primer beso, y quizá hubiera sido el último. Hades y ella se quedaron tumbados en el suelo unos segundos.

La flecha llegó a un destino. Cuando Artemisa vio lo que había hecho tiró el arco al suelo, pestañeó y cerró los ojos con fuerza. Abrió la boca, pero nada salió de ella. Todo el mundo paró, como si alguien hubiera gritado alto el fuego, como si la batalla hubiera terminado (y todos desearon que la batalla hubiera terminado antes). Guardaron silencio.

Apolo se arrancó la flecha del pecho. Le temblaban las manos, le fallaba el pulso. Por el icor, la sangre divina, que había bañado la flecha, se le resbaló. Alzó una mano, balbuceó sinsentidos. Trataba de pedir ayuda. 

Cayó de rodillas. Luego, de cara.

Artemisa gritó su nombre. No contestó. Nadie se movió.

Hera, quien había estado al margen observando la contienda de su pequeño ejército, miró a su marido a sus ojos, y vio algo que no creyó que el Todopoderoso pudiera sentir: miedo.

-Tu reinado ha acabado, Zeus -clamó , segura de sí misma- Tu hijo Apolo ha caído en combate, y tal como dictan las normas de esta contienda, aquel que lograra acabar con alguien del bando enemigo ganaría el derecho a gobernar. Artemisa ha sido la primera en acabar con un Dios. Ella podrá elegir vuestro destino.

A Artemisa poco le importaba el destino de ninguno de los presentes. Le pitaban los oídos y le sudaban las manos. Trataba a duras penas de levantar a su hermano, de tapar la herida, de intentar enmendar un error que sabía que no podía esconder, y que la perseguiría toda su vida.

-Respecto a nosotras, olímpicas, -prosiguió Hera- hemos ganado. ¡Atenea será la nueva gobernante del Olimpo!

La diosa de la sabiduría arrancó el rayo de las manos de un Zeus incrédulo, inmóvil, estoico. Alzando su puño, pareció que diría algo en voz alta, pero nada de eso pasó. En su lugar, se acercó a su padre y le habló en voz tan baja que solo él podría escucharle.

-Una nueva etapa da comienzo. -Atenea sonrió con malicia- Y tú no vas a estar aquí para verla.

 

Publicado la semana 3. 20/01/2021
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