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Pluma de Ícaro

Glaciares en erupción

De pequeño no entendía por qué el hielo quemaba.

Por pura curiosidad, me dedicaba a coger con pinzas trozos de carbón y meterlos en agua fría, hasta que un día se me olvidaron las pinzas, me quemé la piel y tuve que tener la mano largas horas metidas en hielo. Escoció durante días, pero en el momento no me importó mucho.

Con una sola mano jugaba a cartas como podía con mi familia. Ellos, pacientes, esperaban a que volviera a mirar mis cartas y eligiera qué tirar incluso en los juegos más frenéticos. Supongo que muchas de las partidas que echamos aquella tarde de agosto me dejaron ganar, aunque en otras recuerdo que perdí y yo me reía y empezaba a mezclar las cartas de nuevo. Como cuando íbamos a buscar setas y no encontrábamos más que un puñado, pero nosotros nos habíamos comido un bocata, visto vacas y trepado árboles.

Con el tiempo aprendes a disfrutar más de la partida que de la victoria, porque lo que más vale es aquello que no puedes obligar a quedarse con las manos. Una onza de chocolate se va, pero una sonrisa siempre queda en alguna parte. Yo aún tengo la mía.

Entonces dejé de jugar a cartas con ellos. No porque yo quisiera, sino porque ya no había risas, ni tiempo, ni esfuerzo, ni ganas. Me empecé a quedar recluido en mi cuarto aunque la temperatura fuera negativa y todo el calor de la casa estuviera con la chimenea del comedor, y no porque no quisiera estar con ellos, sino que estar reunidos evocaba recuerdos que yo ya no quería revisitar. No habría más partidas de cartas, no saldríamos nunca juntos al bosque de nuevo, no habría más fines de semana en la playa. Estaba solo siempre, solo que con ellos me quemaba más un fuego que hacía tiempo que estaba apagado, y cuyas ascuas venían a perseguirme por las noches.

Cuando crecí aprendí por qué el hielo quema. No lo podría haber adivinado antes porque, aunque quemara, alguien había allí que hacía que no pensara en ello. Era un polluelo que esperaba que sanaran sus alas mientras le prometían que algún día volaría alto, pero acabé siendo un gato que se lamía sus heridas y asustaba a aquellos que esperaban batir las alas.

Aunque no lo parezca por fuera, ha pasado tiempo desde que era un crío, y es que lo que fueron segundos los recuerdo como siglos, y en pocos meses siento haber vivido años. Asumí que el mundo no tiene mucho sentido, que el hielo quema, que la gente miente, que las promesas se rompen.

Cuando tuve frío pensé que somos una insignificante mota de polvo en una galaxia infinita.

Ahora creo que somos pigmentos que forman parte de la mayor obra de arte que habrá jamás, y estoy orgulloso de ello.

Conservo colmillos, alas y cicatrices, pero sobre todo sueños, muchos sueños, y ni volcanes de invierno ni glaciares en erupción podrán quitarme eso nunca.

Publicado la semana 2. 13/01/2021
Etiquetas
Donde solíamos gritar , Todo lo vivido, Catarsis
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