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Pluma de ganso

Primavera en el parque

Para los mendigos, gente que hemos acabado por hacer de la calle nuestro domicilio permanente, la llegada de la primavera es como para los enamorados, un soplo de alegría que nos alivia de la tristeza del otoño y el rigor del invierno.  Es fantástico dejar de dormir en los duros bancos del paseo o dentro de los gélidos cajeros automáticos de los bancos, y hacerlo en el Jardín Botánico, bajo el dosel de los fresnos, sobre muelles lechos de hojas de plátano y, cuando hay brisa, arrullados por los sauces.

      Pero si alguien solucionara además el drama de la seguridad ciudadana el cambio sería maravilloso. Esta ciudad se despierta cada día con un sobresalto. La seguridad ciudadana es una batalla perdida.  En el centro de la ciudad, los bancos se han transformado en fortalezas inexpugnables celosamente vigiladas por hombres armados de mirada desconfiada y los viejos atracadores de pasamontañas y gafas oscuras han acabado reconvertidos en vulgares salteadores callejeros, en competidores de los perversos navajeros de toda la vida.

    En los barrios pobres, ni patrullas, ni redadas en las calles oscuras lograrán remediar la situación.  Nada parece poder proteger a la gente modesta de estas cuadrillas de maleantes.  Las víctimas son siempre los vagabundos, los inmigrantes irregulares, los noctámbulos demasiado confiados y, a veces, las ancianas que vuelven tardías a casa tras una tarde de tertulia en el club de jubilados.

    Para colmo de desgracias, alguien ha tomado la inútil medida de cerrar al público los parques a las diez en punto de la noche. Una decisión estúpida más.

    Mañana, con toda seguridad, la sección de sucesos de los periódicos aparecerá en la sección de sucesos entre asaltos, peleas callejeras y algún que otro desenlace fatal una espeluznante noticia. El guarda del Botánico habrá descubierto, al abrir la cancela por la mañana, los cuerpos de dos jóvenes gamberros víctimas de sendas cuchilladas.

    Yo, que conozco la historia mejor que nadie, se la contaré fielmente y sin digresiones innecesarias.

     Ayer eran más de las diez, ya noche cerrada.  El portero del Botánico cerró el parque con mucha fanfarria de hierros y cerrojos, se marchó a casa presuroso.

    Yo estaba ya dentro, entre sombras, buscando un lugar resguardado. Un sitio tranquilo y recoleto, como el suelo seco bajo los tejos, donde dormir envuelto en el aroma de los laureles.  Yo, que soy de gustos poco exigentes, tardé poco en decidirme y cuando empezaba a acomodarme, escuché el ruido de pasos entre la hojarasca del suelo. Eran cuatro pies que se arrastraban distendidos, sin preocuparse demasiado en ser descubiertos. Adiviné que eran jóvenes. Solo los jóvenes se mueven así, altaneros y despreocupados, casi desafiantes.  

    De pronto, algo pareció alertarles de mi presencia. Dos de los pies, los más torpes se separaron y, siguiendo el camino de gravilla, iniciaron un rodeo.  El dueño de los otros dos, más cauteloso pero más decidido, prosiguió hacia mí de forma frontal. Caminaba despacio siguiendo el bordillo de los parterres y azotaba sin querer los pequeños arces japoneses del paseo central.

    No había una gota de luz como corresponde a una noche de luna nueva. El que había elegido dar el rodeo, alguien joven, hacía crujir la gravilla como si se tratara de cáscaras de huevo abandonadas. Por el sonido de las pisadas, llevaba calzado duro y ser un joven grande y pesado. 

    Del pasillo central, una leve brisa nocturna que acababa de levantarse casi imperceptible, me trajo el sonido apagado de un jadeo. Era del más cauteloso. Los pasitos cortos, el sofoco y tanto tropezar con los parterres me revelaron que se trataba de una persona vacilante, de más edad que su impulsivo compañero.

    Un mendigo no tiene por qué ser estúpido. Para los intrusos, en aquella hora y circunstancia, yo era una víctima perfecta aunque el botín fuera magro. Unos minutos más tarde, noté ya, a un par escaso de metros, las dos respiraciones entrecortadas, aproximándose poco a poco hacia mí. Un instante después llegué a distinguir hasta el latir acelerado de sus propios corazones. Moviéndome en silencio me incorporé protegiéndome tras el tronco de un tejo.

    Para mí, fue casi un juego de niños. Un golpe fuerte de frente a media altura y otro al volapié y los dos cuerpos se derrumbaron sin un mal quejido.

    Eran jovenzuelos, gente todavía inexperta. Los pobrecillos nunca tuvieron la mínima posibilidad de salvarse.  Desconocían, los infelices, que en las noches oscuras sin luna, en esta jungla, los mendigos ciegos contamos con una holgada ventaja sobre los que solo tienen ojos.

Publicado la semana 7. 20/02/2021
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