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Pluma de ganso

Una anciana encantadora

 

Aquella era la esperada noche de Navidad. Una noche señalada en que todo el mundo reunía a la familia en torno a una mesa bien surtida de pavo, dulces y mazapanes.  Todo el mundo, a excepción de aquellas personas, sobre todo de edad avanzada, que vivían en soledad para las que se avecinaba una noche triste como tantas otras.

     Para esta gente desdichada, abrían durante unas horas contados restaurantes de lujo y para los más desafortunados lo hacían una legión de pequeños establecimientos de comida rápida cuyas modestas pitanzas distribuían frenéticos sus propios repartidores motorizados.

    Todos los recaderos parecían afectados por una extraña locura por terminar pronto su jornada y recogerse con los suyos.  Bruno, nuestro repartidor recogió en el mostrador de la cocina un voluminoso pedido y encaró su motocicleta hacia las afueras de la ciudad.   El destino era una cabaña en el cercano bosque donde ya había entregado noches atrás pedidos similares.

    Minutos después de llamar impaciente, una anciana apareció en el umbral, recogió el paquete y depositó en la mano de Bruno el importe del encargo y unos amorosos céntimos de propina.  Llevar un paquete de hamburguesas la noche de Navidad, hasta aquella cabaña perdida en el bosque, aunque llegaran tibias bien merecía un pequeño premio.

    Bruno se creyó obligado a corresponder con un consejo. A fin de cuentas era una anciana pobre pero encantadora que respiraba bondad por todos sus poros y que nunca olvidaba su modesta propina.

      —No sé, señora —advirtió Bruno—, si a su edad son buenas tantas hamburguesas. Creo que abusa usted un poco de la carne roja. Demasiada proteína.

    La encantadora anciana demudó el semblante y los ojillos, antes mansos y amorosos, centellearon de ira.

      —Ocúpate de tus asuntos, mentecato —cloqueó por sorpresa, como una gallina vieja, cerrando la puerta bruscamente.

      —¡Qué modales! —protestó para sí Bruno—. ¡Si parecía un encanto de abuela!

    El chico se caló la gorra con el nombre del teleburger, encendió el motor del ciclomotor y se colocó los guantes de conducir en invierno. Mientras se desentumecía los dedos antes de arrancar, repitió.

      —Vaya modales ¡Quién lo iba a decir!

    Dentro de aquella cabaña perdida en la soledad del bosque, la anciana de desembarazó del mantón de lana, tiró la cofia a un rincón y se desprendió de sus anteojos.  Bajo el chal apareció una pelambrera de cerdas entrecanas, de la cofia surgieron unas orejas puntiagudas y tras los anteojos dos ascuas del color de las que aún ardientes se resisten a ser apagadas apagar. Luego sin apartar la vista de la docena de hamburguesas posadas sobre la mesa, se despojó despacio los guantes, que ocultaban unas manos, velludas armadas de uñas aceradas. 

    Así, transformada y sin el estorbo de tanta ropa de abrigo, la anciana quedó en las mejores condiciones para devorar, ansiosa, la docena de hamburguesas recibidas.

 

 

    La vida moderna tiene a veces sorpresas maravillosas. Por ejemplo que abran tan cerca de la casa de uno un burger, con servicio a domicilio, una inteligente política de descuentos por cantidad y que no cierre ni siquiera en Nochebuena.

    Y sobre todo, amigos lectores, eso lo mejor que puede sucederle a un lobo viejo, aficionado al transformismo, cuando por la edad, ha perdido los últimos dientes.

 

Publicado la semana 2. 16/01/2021
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