07
Néstor Garrido

EL BARREÑO EN EL PASILLO

   ‒ Buenos días, caballero. ¿Qué hace usted aquí?

   ‒ Voy a la compra. ‒ El anciano, si no nonagenario, ya muy cerca de serlo, me enseña las manos con los guantes de plástico de frutería del supermercado. ‒ Al Mercadona.

   ‒ Ya veo. ‒ Asentí, con una sonrisa. ‒ ¿Y de dónde viene?

   ‒ Del Mercadona. ‒ Paré de escribir, y le miré sorprendido. ¿Va a la compra… pero viene de la compra? ¿Y lleva los guantes puestos?

   ‒ Ya veo… ¿Y dónde vive?

   ‒ Aquí al lado. ‒ Se encogió de hombros.

   ‒ Y viene del Mercadona de hacer la compra.

   ‒ Vengo del Mercadona de hacer la compra.

   ‒ Sin compra. ‒ Maticé. Con gesto de sorpresa, se mira las manos. ‒ ¿Ha olvidado la compra en el supermercado?

   ‒ Eso creo… - Dudó.

   ‒ ¿Quiere que le acompañe a buscarla?

   ‒ Sí. No. Vale. Es que yo… Vale, no he ido a hacer la compra. ‒ Reconoció. ‒ He salido a dar un paseo por el supermercado.

   ‒ ¿Ha salido a pasear por el supermercado? ‒ Me sorprendí. ‒ ¿Y por qué no por la calle?

   ‒ Porque en el supermercado no ponen multas, ¿No? ‒ Pestañee. ‒ Pero es la primera vez que salgo, de verdad.

   ‒ Pero caballero… Entiende usted que le tengo que multar, ¿No? Ya llevamos veinte días de estado de alarma, y usted ha ido a pasear a un lugar donde la gente acude en masa a comprar bienes de primera necesidad… se está poniendo en riesgo a usted mismo, y también a los demás…

   ‒ ¿Y qué quiere que le haga? ‒ Se encogió de hombros. ‒ Múlteme. Más caro me resulta ver el sol.

 

   Alicaído de ánimo, y con los hombros parejos al estado del mismo, retornaba a mi hogar aquella noche, tras desinfectarme las manos y poner a lavar el uniforme de policía local. Mientras recorría las calles, me volvió a la memoria aquél anciano, al cual al final me vi obligado a multar, pues se encontraba a casi dos kilómetros de su domicilio…

   Seiscientos un euros de multa, trescientos euros con cincuenta céntimos por pronto pago… A un señor mayor que depende de su pensión, le estaba jodiendo el mes. Y lo sabía. Y me comía por dentro… Pero, ¿Qué más podía hacer? No podía dejarle ir a casa, porque al final acaban volviéndolo a hacer, la multa tenía una finalidad disuasoria. Tenía que creerlo. Necesitaba creérmelo.

   Aún le daba vueltas en la cabeza a toda la situación cuando llegué a la puerta de mi casa. El desaliento había ido avanzando en mi interior de igual manera que yo avanzaba camino de vuelta al hogar. Un señor mayor, que había sufrido su infancia en vez de disfrutarla, al vivirla en la guerra civil y la posguerra. Un señor mayor, que ya ha vivido toda la mierda que tenía que aguantar. Alguien que ya ha luchado todas las batallas que tenía que luchar, a estas alturas de su vida se merece, cuanto menos, que le dejen dar un paseo sin que nadie le amargue la existencia. Un hombre que, después del fallecimiento de su mujer, acogió en su casa a su hija y su nieto en el año 2007… y no le dejamos salir ni a dar un puto paseo. Que no puede hacerlo. Que no debe hacerlo. Es así. Pero no es justo. Nada en esta situación lo es.

   Entré en mi casa desnudo, pues me había desprendido de toda vestimenta en el portal. Por ellas, toda es precaución es poca. Por ellas, no hay vergüenza lo suficientemente grande. En el pasillo me está esperando ya mi marido, con una sonrisa en la boca pero con unos ojos enormemente tristes. Frente a mí, tiene preparados ya un balde con agua enjabonada y a su lado varios productos de limpieza.

   Con cuidado de no salpicar, meto la ropa en el balde. Aparecen entonces mis dos niñas, mis dos salvaciones, mis dos esperanzas, mis dos motivos para levantarme cada mañana a intentar superar a este virus, a intentar salir hacia delante todos juntos y entre todos.

   La más pequeña, al verme, se acerca corriendo con la sonrisa más cantarina del mundo entero, pero la más mayor, más consciente de la situación que estamos viviendo, y más adulta de lo que debería ser la agarra del brazo.

   ‒ No vengas, peque. No vengas. ‒ Le dijo con una sonrisa y el pecho vacío. ‒ Recuerda que papá te puede contagiar.

   ‒ ¿Mañana? ‒ Pregunta, con un mohín.

   ‒ Mañana. ‒ Le miento como un canalla y con una sonrisa que me rompe entero.

   ‒ ¡Mañana! ‒ Las dos niñas se van corriendo a la habitación tras lanzarme besos por el aire.

   ‒ Prometido. ‒ Asiento, ya casi ahogado, mientras mi marido se sienta en una silla y me deja a un metro de distancia un café. Hablamos un poco, de todo y nada, hasta que se levanta y coge una almohada y una manta de la habitación para ir a dormir al sofá. Mañana madruga, es maestro y tiene que teletrabajar, doce horas al día, como dice él. Por los niños. ‒ Buenas noches. ‒ Me despido mientras me quedo solo en el pasillo. Comienzo a frotar el uniforme, permitiéndome, al fin llorar.

Publicado la semana 7. 18/02/2021
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