06
Néstor Garrido

LA ERA DE LOS EDAIN (O UNA VISITA AL LEGENDARIUM DE TOLKIEN)

   ‒ No esperaba que me recibiese tan pronto. Temía vagar por las sombras, la oscuridad, o simplemente ser espectador de mi propia desgracia y del encumbramiento de mis enemigos. Me… sorprende tener la oportunidad de esta última conversación.

   ‒ Eres tú quien ha venido a verme. Ya deberías saberlo, no existe nada en lo que yo no esté presente. Que hayas sido capaz de encontrarme, después de tantas eras desde tu perspectiva, dice mucho a tu favor.

   ‒ Un favor del que nunca disfruté.

   ‒ Jamás perdiste mi favor, hijo mío. A mis ojos, en mi mente y mi canción, nunca perdiste tu lugar. Jamás te vi como inferior o menos merecedor de mi atención que tu hermano Manwë.

   ‒ Eso es algo que me cuesta creer, y disculpa si me rehúso a llamarte “padre”, aunque seas Átaremma para todos, de todos. Os veo más como un creador. No puedo evitar sentirme como una herramienta más en vuestras manos, así como el anillo era visto por el joven Mairon.

   ‒ Noto cierta tristeza al referirte a tu otrora lugarteniente.

   ‒ El Maiar fue corrompido, y la caída en desgracia nunca me ha suscitado alegría.

   ‒ Mas te alegraste de sus padecimientos, dado que tú los propiciaste.

   ‒ No se confunda, Creador, me sentí aliviado al ver que más de vuestros Ainur podían escindirse de la Gran Canción que urdió antes de que tomásemos conciencia de nosotros mismos. Me hizo sentir menos roto, menos… un fallo.

   ‒ Pero ahora el servidor y compañero hacia quien dices sentir lástima combate en la Dagor Dagorath, sangrando, matando y lentamente muriendo por una causa que dices causarte tristeza.

   ‒ Todos hemos elegido nuestro camino, mi propio corazón ha sido atravesado por Gurthang, la vengativa.

   ‒ Pero aquí estás.

   ‒ Aquí estoy.

 

   El silencio permaneció entre el resonar de las esferas. Ambos guardaron este silencio, como un bien precioso y escaso. Incluso desde allí, a distancias impredecibles y de inenarrable descripción, podía escucharse todavía el moribundo chirriar de la cadena Angainor. El reflejo de la llama de Anor en las guardas de las Puertas de la Noche, en otro tiempo cerradas y selladas por secretas canciones. Pero la muerte, sobre todo la muerte, hendía el silencio.

 

   ‒ Tus enemigos siguen allí.

   ‒ Cierto.

   ‒ Pero tú estás aquí.

   ‒ Mi cuerpo yace muerto, perdí la batalla.

   ‒ Nunca he dejado de observar mi creación, hijo mío. He visto todo lo que ha ocurrido.

   ‒ Arda… y disculpa si mascullo la palabra con gesto de consternación.

   ‒ Te equivocas, Arda fue creación vuestra. De todos los Ainur. Nunca he sentido que deba reivindicar mis derechos sobre ella, no al menos con vehemencia.

   ‒ Eä pues.

   ‒ Eä es tan sólo un medio, creí que lo habías comprendido y por eso estabas aquí.

   ‒ Comprendo la futilidad de las acciones. De Todas. De las mías, sobre todo. El cuerpo con el que descendí a Arda se me ha antojado innecesario, simplemente.

   ‒ Por eso al traspasar las Puertas de la Noche te has dejado asesinar, sin oponer resistencia.

   ‒ ¿Por qué habría de haberlo hecho? Mi existencia en Arda eran unas cadenas más férreas y opresoras que la propia Angainor.

   ‒ Creo recordar que te enfrentaste al conjunto de todos tus hermanos para proclamarte señor de Arda… ¿Qué ha cambiado?

   ‒ ¿Qué sentido puede tener el dominio? He pasado mucho tiempo recluido, encerrado, separado de toda la creación. Durante un tiempo creí que podría sentirme bien allí, por eso no volví a Arda. Pude haber franqueado el umbral de mi prisión en cualquier momento, no existe fuerza en las Tierras Imperecederas que pudiera evitarlo.

   ‒ Entonces, ¿Por qué saliste?

   ‒ Eras estuve centrado en mis odios y dolores, pensamientos y anhelos. Nunca he sido de mente débil, y antes de conquistar las tierras bañadas por la luz de la llama de Anor quería tener claras mis metas, mis aspiraciones. Primero, saber qué necesito. Segundo, saber qué tengo. Tercero, conseguir lo que me falta para conseguir aquello que necesito.

   ‒ ¿Y?

   ‒ Creí que el destierro era lo que necesitaba. Me entregué mucho tiempo, impensable, a la tranquilidad. Permanecí ocioso. Pero llegó un momento en el que me di cuenta de que tenía miedo. Miedo a descubrir la verdad.

   ‒ ¿Qué verdad?

   ‒ También estabas allí… Creador. Estaba fuera de la creación, de la creación de los Ainur. No de la vuestra.

   ‒ ¿Hace cuánto te diste cuenta de ello?

   ‒ Mucho.

   ‒ ¿Y por qué esperaste tanto para irte?

   ‒ ¿De qué habría servido? ¿A dónde me habría llevado traspasar las Puertas?

   ‒ Te habría conducido a Arda.

   ‒ Exacto.

   ‒ Mascullas.

   ‒ No puedo evitarlo.

   ‒ Es curioso cuanto, de tu ser, de tu comportamiento, se ha quedado impregnado de las pasiones y costumbres de los seres a los que intentaste dominar.

   ‒ Discúlpeme si ello le molesta.

   ‒ En absoluto, me congratula. También a tus hermanos, ya sean Valar o Maiar, se les percibe el mismo cambio. Habéis cambiado, por vosotros mismos, no podría hallar nada que me importunase en ello.

   ‒ No sé qué pensar de esas palabras.

   ‒ No es necesario que lo hagas ahora. Pero, te recuerdo, que me estabas intentando explicar por qué estabas aquí. Por qué habías concertado esta reunión. Y por qué no escapaste de tu destierro. Y por qué decidiste hacerlo ahora, iniciando la Dagor Dagorath.

   ‒ Cierto.

   ‒ Entonces, por favor, prosigue.

   ‒ No quería… no podía, volver a Arda. Nada habría cambiado, así que, ¿Para qué generar caos y destrucción? ¿De qué habría servido el dolor?

   ‒ Muchos opinarían que tu único objetivo a lo largo de las Edades ha sido el dolor.

   ‒ Se equivocan. El dolor es una consecuencia, y a veces una herramienta. ¿Cómo puede ser un fin?

   ‒ Pero estarías dispuesto a infringir dolores inimaginables para lograr un objetivo.

   ‒ En mi juventud, sí.

   ‒ Ahora sonríes.

   ‒ Igual que vos. No puedo evitar pensar que, a vuestros ojos, seguiré siendo indudablemente joven.

   ‒ Así es. ¿Te molesta?

   ‒ En absoluto.

 

   Valinor brillaba con más fuerza que cualquier llama de la creación, que cualquier reluciente esfera en todo Eä. Las canciones, otrora bellas, ahora de batalla y muerte, inundaban los intersticios entre el entendimiento y la desesperación, la muerte y la vida, la angustia y el encumbramiento. Antiguamente brillantes, ellos combatían con la perseverancia de cordilleras y la furia del mar embravecido.

   Ellos.

   Hermanos y Hermanas.

   Hijos e Hijas.

   Manwë se levantó de Taniquetil, la más alta montaña de… no, la Montaña de Arda. Y Taniquetil le siguió. Siguió sus pasos y designios, y como grande entre los Aratar su residencia le prestó servicios impensables para mentes más débiles. Cetro de Záfiro en mano, Manwë de los Ainur, Señor del Aliento de Arda, Señor del Viento y Primer Rey, no combate sólo en Dagor Dagorath. Todo lo que en Arda le ha conocido le respeta, y junto a él combate en las explanadas de Valinor.

   Tulkas el Valiente, para Uno el Odiado, combatía con la fuerza y la jovialidad que todas las leyendas han atestiguado a través de las eras. Antaño glorioso y brillante, ahora un aura carmesí le envolvía. La risa que siempre mantuvo, ya fuera en las celebraciones o la guerra, en duelos o fiestas, abandonaba la alegría. Su risa era ahora desgarradora e histérica. Siempre había disfrutado del combate, pero en esta batalla Tulkas se tornaba en una fuerza de guerra nunca antes presenciada. La muerte se había convertido en su objetivo, y era ahora, ya, una necesidad. Él lo sabía, y por eso su risa era desgarradora, mezclada como estaba con el llanto.

   Eönwë era incapaz de presenciar la belleza de los brillos y resplandores, y su mirada siempre se dirigía a las sombras. En otro tiempo obtuvo dos Silmarils y acabó por regalarlos, pues esperaba que su luz guiase a dos hermanos a una sabiduría que a todos otorgaría más de un bien. Pero ahora, entre tanta colisión sin sentido, sólo podía dirigir su mirada a las sombras. La luz se le antojaba sucia y engañosa, y la oscuridad temible y desgarradora. Si le causa miedo la vida, aún más renuencia siente ahora ante la muerte. Sólo las sombras, interludio incomprensible, se le antojaban ahora como una salida.

   Sauron, otrora llamado Mairon, reía con tanta fuerza como Tulkas, llevando la muerte a sus enemigos. Rodeado por los Nazgûl y los Balrog, se sabía invencible. Más erraba en su creencia. Lloroso, aunque imbatible en el combate, Manwë observaba como el aura del Señor Oscuro era, cada vez, más parecida a la tonalidad que adquiría la de su hermano, El Luchador.

  

   ‒ Hablas de juventud, pero seres más jóvenes que tú están pereciendo abajo, en la Batalla de Batallas. En Valinor.

   ‒ Me causa pena su dolor porque lo sé innecesario, más no pesar. Mi conciencia está tranquila, y mi mente preclara.

   ‒ ¿Cómo es eso posible? Todos se han levantado en armas debido a ti. Unos para combatir a tu lado, otros para verte fenecer. No puedes negar tu implicación en tales actos.

   ‒ ¿Mi implicación? Yo no tengo nada que ver ni con quienes dicen combatir a mi lado ni con quienes afirman enfrentarme en pos de salvar la Tierra Media. Nada.

   ‒ ¿Nada? ¿Acaso los seres de la Oscuridad no se han reunido a tu lado para destruir a sus enemigos? ¿Acaso no ibas a tomar venganza y dominar todo mundo conocido?

   ‒ Eso es algo que ambos bandos han decidido por sí mismos. Yo sólo he decidido marchar de una localización para partir a otra. Si ellos quieren enfrentarse y sembrar la muerte propia y ajena por una causa que ni es mía ni he proclamado, no puedo ni quiero hacerme responsable.

   ‒ ¿Entonces no ibas a conquistar a todos los pueblos de Arda? ¿A vengarte de tus hermanos, tanto Valar como Maiar? ¿No vas a cumplir las amenazas que cuando te encerraron proclamaste?

   ‒ ¿Por qué debería? ¿Acaso no puedo valorar las circunstancias y el contexto? Créame, odio a muchos de esos que están combatiendo allí abajo, y si me ayudase, aunque fuese tan sólo levemente, a lograr mi meta, sabed que los aniquilaría. Los aniquilaría a todos. Pero ello tan sólo retrasaría el momento de la consecución de mis anhelos, en vez de acercarlos, y por ende ni pretendo ni deseo ni debo obrar tal y como todos esperan de mí. Incluido vos, Creador.

   ‒ ¿Y qué objetivo es ese, hijo mío?

   ‒ Dime, Creador, ¿Recuerdas el principio de toda esta historia que aguarda su presto final justo ahora, en la Dagor Dagorath? ¿Recuerdas el Ainulindalë?

   ‒ Fueron hermosos tiempos, sería impensable que olvidase el más leve matiz de ellos. Recuerdo cómo la armonía que yo había propuesto fue interpretada por todos mis hijos, y como, de entre todos ellos, tu trataste de imponerte sobre los demás. De sembrar tu predominio, unas pretensiones que te han llevado a ti, y a todos, me temo, a esta triste situación.

   ‒ Lo siento, pero yo no lo entiendo de la misma forma, Creador. Quizá sea ego, quizá tan sólo yo conozca mis motivos. Quizá precisen de ser explicados. Y estoy para ello, mil y una veces se ha hablado del Ainulindalë, tanto entre los Ainur como entre los Quendi, Naugrim y Atani. Todo ser con capacidad para el raciocinio y la canción han narrado lo que ocurrió aquél día, pero ninguno de ellos conoce mis motivos. Ninguno conoce mi versión.

   ‒ Creo que la interpretación que todos realizaron responde con bastante objetividad a la verdad.

   ‒ No lo niego, sólo quiero que conozcas matices hasta ahora olvidados. Salvo por mí.

   ‒ Adelante entonces, hijo mío. Te escucho. Nunca he dejado de hacerlo.

   ‒ Siempre he ansiado ser digno de vuestra atención… Padre, y es por eso que desde que tengo uso de razón he observado todo cuanto le rodea, todo cuanto he podido apreciar y de cuanto me he podido apercibir. Si bien no pretendo comprender, tan siquiera conocer, vuestra condición y naturaleza, si he podido apreciar que nosotros, vuestros primeros hijos, los Ainur, somos reflejos  imperfectos de vuestro ser.

   ‒ Sería una forma de entenderlo.

   ‒ Entonces, interrúmpame cuando me equivoque y sáqueme de mi error, pues comenzaré ahora con lo que creo que somos todos los que formamos parte de Eä, de vuestra creación, pues ahora sé que somos una parte más, y no los seres destinados a regirla.

   ‒ Nunca afirmé tal cosa. Os otorgué dominio sobre Arda, recuérdalo.

   ‒ Lo sé.

   ‒ Prosigue pues.

   ‒ Todos los Ainur sabemos, todos somos conscientes, de que fuimos creados por vuestras manos. Que somos recipientes del poder de la Llama Imperecedera, que brilla eterna en el centro de Eä. Pero me di cuenta de que no era algo tan sencillo. Creaste Eä, creaste Arda a través de nuestra canción. Creaste a tus hijos, Elfos y Hombres. Pero mi hermano Aulë también creó vida, creo a los enanos, a quienes adoptaste, así que ese acto creador no puede bastar para darnos vida a nosotros, los Ainur. Nosotros nos parecemos a vos como nada en toda Eä es capaz.

   ‒ ¿Debo recordarte la Llama Imperecedera?

   ‒ Vos sois la Llama Imperecedera. Sonreís, por lo que es verdad. Es la primera constatación que requiero, más no la última.

   ‒ Continúa.

   ‒ Como le iba diciendo, los Ainur no podemos ser simples servidores del Fuego Secreto… Los propios Istari quedan relegados a tal condición al utilizar el manto de la carne y recorrer la Tierra Media, obviando lo otrora gloriosos que como Maiar eran. No. Nosotros somos Fuego, Fuego de Eru, Fuego de Ilúvatarar… fuego de la Llama Imperecedera. Nosotros somos vos, Padre, o al menos una parte.

   ‒ Explícate, hijo mío.

   ‒ Desde que nos diste el beneficio de la existencia, nos enseñaste a cantar, a que nuestra música reverberase armoniosamente con las esferas de Eä, y entonces nos propusiste que realizásemos temas musicales. Durante mucho tiempo cantamos solos, nos llevo mucho tiempo ser capaces de cantar en pequeños grupos, ni digamos la totalidad de los Ainur al unísono. Siempre pensé que era defecto nuestro, nunca entendí por qué… hasta el Ainulindalë. Todavía recuerdo aquél día, grabado a fuego en mi ser, así como el miedo, la ansiedad y la expectación que sentí cuando nos convocaste a todos los Ainur. Frente a nosotros, tan imponente como la inmensidad de la creación jamás podrá serlo, nos comunicaste un tema musical. Nunca había escuchado nada igual, jamás yo o ninguno de mis hermanos había creado o interpretado música como aquella. Era poder puro. Poder como jamás había presenciado, como jamás había esperado… como jamás había anhelado. Había tal gloria en su principio, y tal esplendor en su final, que no pude más que inclinarme ante vos y guardar silencio.

   ‒ Así como hicieron todos tus hermanos.

   ‒ Soy incapaz de relatar lo que cualquiera de ellos hicieron aquél día. Mi mente, mi ser entero, estaba inundado por el tema… y cuando nos pediste que hiciésemos todos nosotros, juntos, como jamás habíamos cantado, una Gran Música utilizando vuestro tema, sentí como nunca entonces había sido capaz la Llama Imperecedera que nos otorgaste, con la que nos inflamaste. Y se me antojó raquítica, demasiado endeble para la tarea.

   ‒ Y así era. Por eso precisabas de todos tus hermanos para poder mostrar así vuestros poderes realizando el adorno del tema, a través de vuestros propios pensamientos y recursos, conocimientos e ideas, experiencias y expectativas.

   ‒ Vos pudo haberlo hecho con mayor perfección y desenvoltura. O eso pensé entonces.

   ‒ Como ya os expresé, nada podría ser más de mi agrado que por medio vuestro una gran belleza despertase de la canción, como nunca antes hubiese resonado en toda Eä, que hiciese bailar a las lenguas de la Llama Imperecedera como jamás lo había hecho.

   ‒ Lo sé, y cuando comenzamos a cantar fue cuando comprendí lo que de verdad ocurría. Lo que siempre había sido, siempre habíamos sido. Por qué no éramos capaces de entender las canciones de nuestros hermanos, razón por la cual no podíamos cantar juntos en grandes grupos.

   ‒ Pero lo hicisteis, dando luz a Arda.

   ‒ La idea de Arda, más bien.

   ‒ Fabricar es fácil, idear es lo que os hizo verdaderos Creadores.

   ‒ Exacto.

   ‒ Sonríes, hijo mío. Sonríes como cuando sembraste la discordia entre Fëanor y Fingolfin.

   ‒ Eso es porque vos mismo confirmáis mis sospechas con vuestras palabras, Eru. Cuando nos transmitiste tu tema musical para que lo completásemos, nos transmitiste tu idea del mismo. Es decir, nos transmitiste tu pensamiento. Nunca, hasta entonces, pudimos cantar juntos. Pero sí ese día. Ése día entendimos la canción de todos nuestros hermanos y creamos una armonía como jamás se había escuchado en toda Eä.

   ‒ Y fue hermoso, hijo mío.

   ‒ A la par que revelador, padre, pues entonces comprendí la verdad de nuestra naturaleza. La verdad tras la existencia de los Ainur.

   ‒ …

   ‒ Guardas silencio, por lo que es cierto… Callas, más yo no habré de hacerlo, pienso fijar mis pensamientos a través de la palabra, pues como nos enseñaste la palabra y la música son los más grandes poderes que existen, y ambos manan de ti… Comprendimos las canciones de los otros porque comprendimos nuestros pensamientos, y fue así porque nos mostraste el tuyo. Pude apreciar, mientras cantábamos, reminiscencias nuestras. Como si todos nuestros pensamientos compusiesen el vuestro propio… así pues, somos los nacidos de tus ideas, Padre, somos fruto de tu pensamiento, de una parte de tu pensamiento, en realidad. Cada Ainur es un fragmento del mismo, y todos juntos conforman la totalidad de tu mente. Somos la representación de tu ser. Por eso nos entendimos, por eso fuimos capaces, en el amanecer de los tiempos, de darle nuevo significado a esa música. Por eso tan frágil e inmaterial sentido fue traído de las ignotas costas de lo impredecible, al sentido de la realidad. Fue concebida como una esfera, más no la presentaste como un disco plano de luminiscentes posibilidades. Y ahora es una esfera.

   ‒ En efecto, Arda es una esfera.

   ‒ Ninguno nos dimos cuenta porque aunque pudimos ver nuestros pensamientos reflejados en el vuestro, no pudimos entenderlos. ¿Cómo puede entenderse el amor desde el raciocinio? ¿La ira frente a la desidia? Es impensable, faltan nexos comunes de unión, puntos comunes a los que aludir para provocar el entendimiento.

   ‒ Eso no es necesariamente cierto, hijo mío. En mi mente todos y cada uno de mis pensamientos, sus naturalezas, están perenemente entrelazados.

   ‒ Pero nosotros nunca seremos capaces de tal logro, porque somos aspectos segmentados de tu pensamiento. Somos tu pensamiento. Necesitabas ver como se comportaba cada parte, necesitabas apreciar tu propia mente de forma externa para así comprenderla en su totalidad. Fuimos un ejercicio de Metacognición.

   ‒ No necesitas entenderlo así.

   ‒ Pero es lo que fue. No te sientas culpable y dime la verdad… Padre.

   ‒ En efecto, así fue. Pude ver mis fallas, algo que durante eternos lapsos creí imposible. La perfección radica en la interacción, no todas mis “partes” son perfectas… la conjunción es lo que proporciona la realidad de las cosas.

   ‒ Y yo era la imperfección de tu mente.

   ‒ Naciste como la parte más pequeña, porque carecías de sentido. Más mi presencia te hizo erguirte como el primero, más grande y poderoso de tus hermanos.

 

   ‒ Porque yo soy el pensamiento de Rebeldía, de enfrentarse a todo poder y orden pre‒establecido. Porque yo soy el deseo y sentimiento de autodeterminación, de encontrarse  a uno mismo entre el mar de dudas que es la realidad. En tu mente carecía de importancia, porque Vos era la Realidad, Vos era el Sentido, antes de Eä nada existía. Pero yo, Melkor, te tenía a ti como un espejo. Y gane tanta fuerza que me convertí en la perversión de tu perfecto plan. Así que dime, ¿Por qué no acabaste conmigo? ¿Por qué no mataste la enfermedad que prosperaba en tu creación?

   ‒ ¿Cómo podría? Eres mi hijo… aún así creí que requerías un correctivo, razón por la cual permití que se desarrollasen con naturalidad en Arda los acontecimientos, con la esperanza de que las acciones de tus hermanos te condujesen a una diferente línea de pensamiento.

   ‒ Y así fue, si no hubiera ocurrido así ahora no estaría frente a vos. No estaría tratando de expresar la razón tras mis acciones.

   ‒ Detalle que aún no has completado.

   ‒ Cierto. Si no me equivoco, estaba explicando cómo contemplaba el tema musical que nos propusiste, y como entonces comprendí que éramos parte de tu pensamiento.

   ‒ Exacto.

   ‒ En ese momento, contemplando Arda, entendí que éramos una herramienta, y que Arda así lo era a su vez. Nosotros configuraríamos Arda para ti. Ahora, ¿Qué configuraría Arda? Su oculto significado yacía tras el tema musical podía verlo más no entenderlo, porque podía contemplar el pensamiento de mis hermanos más no comprenderlo. Porque podíamos razonar más no comprender realmente el pensamiento ajeno.

   ‒ ¿Entonces?

   ‒ Decidí que no sería una herramienta, que sería Melkor. Por tres veces traté y procuré dejar mi impronta. Más por tres veces vos me lo impidió, alzando su luminiscente mano.

   ‒ Era preciso.

   ‒ Por tres veces se alzaron entre los intersticios de la realidad la música creada por nuestras voces, las voces de los Ainur, confluyendo cual coros de arpas y laúdes, pífinos y trompetas, violas y órganos, y vuestro tema se convirtió en una Gran Música. Por tres veces. Mas para vos ninguna de ellas habría de ser perfecta, pues interrumpiste la interpretación. Por tres veces alzaste tu mano, y por tres veces cortaste la música.

   ‒ Era preciso.

   ‒ ¿Ah sí? ¡¿Y por qué?! ¡Si querías que Arda fuese idéntica a tu pensamiento deberías haberla creado tú! ¡Si habremos de ser los Ainur quienes den forma al pensamiento de Arda, deja que la música sea la de los Ainur! ¡Intenté volcar mi ser en esa canción, aportando matices a mi carácter que en tu tema musical no existían! ¡Pero no me dejaste! ¡No dejaste que me realizase como ente pensante, que afirmase mi existencia! ¡No querías a Melkor cantando! ¡Querías la versión que representa de tus pensamientos cantando! ¡No querías a Manwë! ¡No querías a Tulkas! ¡Sólo querías verte a ti mismo en el reflejo de tus hijos! Como dices siempre, querías ver que lo que habíais creado “era bueno”. ¡Bien! ¡Bueno no significa Real! ¡La realidad no siempre es buena! ¡Para mí nunca lo fue! ¡No desde que la realidad tomó forma! ¡No desde que creamos Arda!

   ‒ …

   ‒ Callas. ¡No calles! ¡No te atrevas a guardar ahora silencio!

   ‒ ¿Y qué puedo decir?

   ‒ ¡Lo que sea! ¡Lo que quieras! ¡Yo grito! ¿Por qué tú no gritas? ¡Soy fruto de tu pensamiento! ¡Al menos una parte de ti deseará gritar! ¡Pues grita y lucha! ¡Defiéndete!

   ‒ Entiendo que te he creado dolor, hijo mío, y nada más lejos de mi…

   ‒ ¡No! ¡Jamás! ¡¿Disculpas?! ¡Nunca! ¡Ni las deseo ni las necesito! ¡Ni tampoco las sientes! Eres perfecto, ¿Cómo vas a sentir arrepentimiento? En tu plan todo habrá de haber salido exactamente como lo deseabas, ¿No es así?

   ‒ Cierto… más no tuve en cuenta las implicaciones que tendría en ciertos… factores.

   ‒ ¿Factores? ¿Implicaciones?

   ‒ En mi proyecto no tuve nunca en consideración los sentimientos y vidas de algunos de vosotros. Todo por procurar una realidad en la que mis hijos pudiesen brillar con luz propia. No por la Llama Imperecedera.

   ‒ Y por eso los Ainur, aunque los primeros, nunca fuimos tus preferidos. Hombres y Elfos y Enanos, y Medianos, porque ellos afrontarán pruebas… ¡Mas yo también lo hice! ¡De todos los Ainur soy el único que presentó batalla!

   ‒ ¿Pero contra quien?

   ‒ ¡Contra ti! ¡Contra tu dominio determinista! Eso es lo que descubrí después de tantos siglos de cautiverio tras las Puertas de la Noche… ¡No deseaba destruir Arda! ¡No deseaba conquistar Arda! Sólo deseo conquistar una cosa, ¡Mi propia existencia! ¡Deseo ser dueño de mí mismo! Y tú eres lo único que lo impide. Lo único que debe ser destruido.

   ‒ Mas careces de poder para ello.

   ‒ Lo sé. Por eso acudo a ti, con mi corazón desnudo, para suplicar clemencia. No solicito perdón, sólo una oportunidad. Algo habrá de existir así, más allá de Eä. Algún lugar donde carezcas de presencia. Donde pueda ser yo mismo, donde nada me recuerde que soy sólo un fragmento de tu pensamiento, que soy sólo un reflejo fracturado de tu ser.

   ‒ En efecto, lo hay. Mas, ¿Seguro que quieres partir hacia allí?

   ‒ ¡¿No me has estado escuchando?! ¡Necesito huir de tu presencia! ¡Necesito independencia y soledad para crecer! ¿Qué es lo que realmente deseo hacer con mi existencia? ¡No lo sé! ¡No puedo saberlo porque mientras existas existe tu plan! ¡Mientras esté en tu presencia tan sólo seré una herramienta de tus designios! ¡Aunque no lo desee! ¡Aunque tú no lo desees!

   ‒ Lo sé, pero no me refiero a eso. Quiero decir, puedes permanecer en Eä… sin necesidad de encontrarte en mi presencia.

   ‒ ¿Cómo!

   ‒ Ahora te muestras extrañado, indeciso. No entiendes.

   ‒ ¿Cómo habría de entender? Tú eres el centro de toda la creación.

   ‒ Ahí es donde te equivocas. Observa el centro de Eä y dime, ¿Qué ves?

   ‒ La Llama Imperecedera.

   ‒ Exacto.

   ‒ Pero tú eres la Llama Imperecedera.

   ‒ Ya no. No desde que la puse ahí. Ahora existe separada de mí, y así ha de ser.

   ‒ No entiendo.

   ‒ Observa, ahora, Arda.

 

   Los daños eran ya invaluables. Las pérdidas, incalificables. La muerte, una constante.

   La Batalla de Batallas, Dagor Dagorath, llegaba levemente a su final. Valinor, separada, escindida, ardía. El resto de Arda ardía. Un mundo redondo, una esfera, frente a las Tierras Imperecederas. Ambos unidos en fuego.

 

   ‒ ¿Ves quienes caen? ¿Quiénes perecen?

   ‒ Todos menos uno de los hombres.

   ‒ ¿Y tus hermanos?

   ‒ Quemado se han los puentes. Poco importa su destino, pues separados están de Arda para siempre.

   ‒ Sigue observando.

 

 

   La destrucción se intensificó. Sauron, otrora Mairon, ha caído. Todos han caído. Túrin Turambar ha caído. Beren ha caído. Ar‒Pharazôn ha caído. Sólo la esfera de Arda prevalece. Sólo Anor. Y uno de todos ellos, un Hombre que yace dormido bajo una cueva, preservado desde el principio de los tiempos por Eu, a quien los mortales llaman Ilúvatar.

 

 

   ‒ Todos han caído, y los que no es porque son hermanos míos, y ya nada les queda también para fenecer. Y están separados de Arda, no, de la Tierra. Ya nada queda de la creación original. Ya no es tampoco la Tierra Media. Tan sólo es eso, Tierra. Preparada para formarse.

   ‒ Es cierto. Y la batalla ha de terminar ahora. Llamaré aquí a todos tus hermanos. ¿Quieres estar presente? Luego decidirás que hacer, más te advierto que sin duda alguna desearás quedarte.

   ‒ Muy bien, adelante. Veamos que ha de ocurrir.

 

 

   Luces multicolores, de indescriptible naturaleza, partieron de Valinor. Las Tierras Imperecederas prosiguieron su arder, cual seco papel, hasta desaparecer consumidas por el Fuego. Tan sólo quedó Arda, junto al resto de esferas del vacío, alumbradas todas ellas por la luz de Anor.

   Melkor se vio rodeado por sus hermanos, y se supo objeto de su odio. Muchos Maiar habían caído, incluso Ëonwë hacía notar su ausencia. Tan sólo quedaban los más grandes entre los Valar. Y él, a quien creían muerto.

   Lo supo enseguida, en cuanto sus energías le rodearon. Era, sin duda alguna, el objeto de sus odios, y de anhelos de unos pocos. Eu, tras él, se mostraba ahora como una amalgama. Era la totalidad de ellos. Ellos y uno más.

 

 

   ‒ Observad todos lo que vuestros actos han causado, observad Arda. Ya nada queda de lo que fue. Tan sólo uno queda vivo, a buen resguardo gracias a mi poder. Observad al último de los Edain.

 

   Todos observaron al último Hombre, dormido en una cueva, esperando el momento adecuado.

 

   ‒ Ahí está, hijos míos. El último Adan. Carece de nombre, y hasta que no decida el propio simplemente podremos referirnos a él por lo que es. El Adan. Adan. El último de los Edain.

   ‒ ¿Y que importancia guarda?

   ‒ Sosiega tu rabia Melkor, o habré de sosegar tu existencia.

   ‒ Guarda silencio, Manwë. Melkor lleva ya un tiempo en mi compañía, discutiendo diversos asuntos, y necesita contemplar la conclusión de los mismos. Observad.

 

   Lenta pero inexorablemente, Arda iba mutando. Conforme las eras pasaban, la vida ocurría, más esta vez como un fruto completo del azar. Aparecieron las plantas y, más lentamente, los primeros animales. Ridículos y minúsculos, frágiles y escasos. Más era vida. Poco a poco Arda volvía a reverdecerse, acercándose a una primavera, aún lejana, en la que sin duda habría de florecer.

 

   ‒ Este es mi último deseo: de todos vosotros, sólo uno se ha mostrado ajeno a mis planes y designios. Sólo uno desea una existencia separada de la mía, y así ha de ser. De todos mis hijos, solo los Edain han mostrado esa misma peculiaridad, y es justo respetarlo. Mi hijo Melkor ansía la independencia, y es justo otorgársela a un hijo cuando así lo solicita. Más nada puede existir sin mí presencia en su principio, y Melkor no puede marchar. Más yo sí. Si los demás habréis de seguirme, dejaré que lo decidáis vosotros mismos. – Silencio – Entiendo. Melkor, habrás de quedar pues sólo en toda Eä. Una última misión te encomiendo, a cambio de mi exilio por tu bien.

   ‒ Hablad pues… Padre.

   ‒ Adan, el último de los Edain… cuando Arda esté lista… No, la Tierra, como tú la has llamado. Cuando la Tierra esté lista, despiértale. Permite que mis hijos vuelvan a vivir.

   ‒ ¿Y que dirija sus vidas? Te equivocas, padre, si esperas convertirme en tí. No pienso arrebatar la libertad a ningún ente, no pienso someterles al tormento que tú mismo me impusiste.

   ‒ Pues no hagas nada. Sólo observa. No intervengas. Pero dales esa oportunidad, despiértales. Y si han de fenecer, si toda Arda ha de fenecer, si toda Eä ha de fenecer mientras la Llama Imperecedera se apaga, así sea. Pero deja que todos tomen sus decisiones. Sé la chispa del principio.

   ‒ Eso puedo aceptarlo. – Melkor sonrió – Más no una chispa. Seré una explosión.

   ‒ Adelante pues, nosotros marcharemos. A tu cuidado dejo Arda y el último hombre. ¿Te mostrarás al menos entre ellos? ¿Dejarás que sientan la presencia de algo superior?

   ‒ Sólo la Libertad es realmente superior, y a ella sólo se llega mediante el conocimiento. Permitiré que adquieran conocimiento, más por sí mismos, Padre. Esta no será la Era del Sol ni nada parecido. Será la Era del Conocimiento. Así que no, Padre. No me mostraré ante ellos.

   ‒ Muy bien. Respeto y acepto tu decisión, Hijo Mío. Si algún día estas dispuesto, cuando todo acabe, sabed que estaré dispuesto a recibirte con los brazos abiertos.

 

 

   Y, por última vez entre los muros de Eä, la canción de los Ainur reverberó, y todos ellos desaparecieron. Y entonces nos dejaron solos. A todos nosotros. A los hijos del último Adan.

   Estamos solos, para ser libres, para conocernos a nosotros mismos. En la Era del Conocimiento. La era de los Edain. La única y verdadera era de los Hombres.

Publicado la semana 6. 10/02/2021
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https://www.youtube.com/watch?v=ZYWM4LmuSpc&ab_channel=dogsrule3444 , Un poco de Tolkien, Bilbo y los trolls... un poco de narrativa de aventura gráfica...
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