05
Néstor Garrido

La señora de al lado ya no se mueve

 «Día 10

   Ya llevo 10 días en casa y reconozco que la situación me comienza a afectar. La cuenta baja y las deudas suben. Los cigarrillos bajan y los humos suben. Mi cabeza se satura y algunos comienzan a hacérseme cada vez más inaguantables.

   Salgo al balcón. Toca cantar resistiré. No conozco la letra ni tengo un teléfono móvil con buen altavoz. Pero ahí estoy, con mi perro encaramado a la barandilla metálica que nos separa de la calle. La puta calle.

   Mi vecina de la derecha (¿Qué piso sería? ¿2ºB? ¿2ºC? … la de la derecha) sale también, sonriente, y me saluda casi con candor: “Buenas tardes, Hugo”. Inclino la cabeza y sonrío. Para una persona que veo al día, habrá que ser amable.

   Vuelvo a entrar, y observo mi piso. Desnudo. Un piso vacío para un hombre vacío cuya única consistencia dentro de una levedad etérea es su perro. Y después de 10 días encerrados, comienza a hacérseme inaguantable. Huele mal.

Y es un perro.

Día 20

   Joder.

   No llego a tiempo a los aplausos. Esos aplausos de mierda, superficiales y de pacotilla, que nos podríamos haber ahorrado si hubiésemos respetado y apoyado más a nuestros profesionales sanitarios, si hubiésemos ido a manifestaciones, si no hubiésemos votado en los últimos años a políticos sin escrúpulos. Pero dan la cara, y son los únicos momentos del día en los que veo a otro ser humano.

   Mi perro se me queda mirando en el balcón mientras aplaudo sudoroso y sucio, con la misma ropa de hace cinco días, con un fervor inusitado. Incluso yo mismo soy capaz de ver como mi mirada parece desencajarse de mi rostro y vagar entre la luz de las farolas. Mi perro no me reconoce. Y yo tampoco. Ni a él, dicho sea de paso.

   ¿Cómo coño se llamaba? Perro, supongo. Sí. Le llamaré perro.

Día 30

   Golpeaba con fuerza la cacerola. Con mi cuchara. Todo el barrio repetíamos arrítmicamente y sin gracia alguna el mismo fervor percusionista, encaramados en nuestro balcón cual monos de feria gratuitos para diversión del animado transeúnte. Ni cacahuetes nos tiraban, los hijos de puta.

   Terminamos nuestro metálico solo de batería, y la vecina de la derecha, como siempre, me saluda antes de irse, pero esta vez tiene los huevos de soltarme “Parece que estuviéramos más vivos ahora que antes, ¿Verdad?”.

   No sé qué me ocurre, pero no soy capaz de controlarme, y le arrojo mi cacerola con todas mis fuerzas al rostro. Mi perro levanta las orejas y yo me sorprendo al escuchar el sonido sordo, primero del golpe de mi improvisado proyectil, y después de la señora al caer cuan larga era en el balcón.

   Eché un vistazo y comprobé que ningún vecino en el barrio se había percatado de ello. Como siempre, esa falsa ilusión de comunidad y solidaridad que nos estábamos montando a raíz del virus de las narices había desaparecido finalizado el horario de contacto obligatorio establecido a través de redes sociales.

   Encogiéndome de hombros, salté al balcón de la señora. No iba a dejar allí la cacerola. Tendría que cocinar en algún cacharro mis tropecientos paquetes de arroz. Se me ocurrió mirar dentro de la casa, y comprobé que la tenía más ordenada y recogida que la mía. Una casa llena, para una persona con vida. Me gustaba la idea de estar lleno.

   Entré al baño para, ya de paso, comprobar si le quedaba papel higiénico.

Día 40

   Como todos los días, salí a cantar el resistiré. La radio, la gente, la televisión… entre todos habían conseguido que acabase por aprenderme la letra. El hastío me devoraba por dentro. El perro del vecino de la izquierda comienza a ladrarme, como lleva haciendo los últimos días. Hasta los huevos me tiene ya. Cuando salimos con las cacerolas me quedo con ganas de estrellársela en el hocico, pero él parece darse cuenta, porque nunca se asoma al balcón a la hora de las caceroladas.

   Puto perro.

   Me tiene tan cansado como la señora con la que comparto piso. Lleva ya más de una puta semana en el mismo sillón, sin moverse. No cocina, no ayuda a limpiar, no hace nada en la casa, ¡Joder!

   Bastante malo es que tengamos que convivir en esta cuarentena de mierda, ¿Por qué no podemos ser un poco más sociables? Qué asco.

   Qué asco todo».

 

   Dejando salir el humo, muy despacio, entre mis dientes, ahogué un hondo suspiro. Casi un sollozo. La pantalla me iluminaba el rostro, pero oscurecía todo lo demás. No me sentí con fuerzas para releer aquél diario que me habían remitido por correo electrónico. No podíamos llegar a todos. No llegábamos.

   Cuando me enteré de que el Colegio Oficial de Psicología de mi comunidad autónoma había dado inicio a un servicio gratuito de atención psicológica vía telemática frente al Covid-19, no había dudado en comunicarles mi deseo de colaborar. No imaginé que podría ayudar tanto. No sabía que iba a afectarme tanto; también yo tengo un padre enfermo al que no puedo visitar. También tengo seres queridos afectados.

   El horario era de diez de la mañana a nueve de la noche, pero ahí estaba yo, con un café y un cigarro, leyendo los emails que me habían redirigido de personas que solicitaban nuestra ayuda. Aquel hombre, en concreto, tenía todos los días la misma pesadilla: Escribía un diario con sucesos terribles y se despertaba creyendo que habían ocurrido de verdad. El miedo, a que algún sueño resultase cierto, era patente en sus palabras, y cada mañana se despertaba con verdadero pánico.

   Siempre nos hablan de la importancia de la prevención, pero la realidad es que cuando la persona nos llega a la consulta, ya se encuentra totalmente desbordada. Y ahora…

   Ahogando la agonía del pecho, descolgué el teléfono y marqué el número de contacto. Hoy no me pertenecía ninguna de las horas de mi día. Ni nunca. No hasta que saliésemos todos juntos de esta mierda.

   ‒ Buenas noches, Hugo. ‒ Saludé al hombre al otro lado de la línea. ‒ ¿Cómo está tu perro?

Publicado la semana 5. 01/02/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
05
Ranking
1 230 0