04
Néstor Garrido

Las lágrimas del prosencéfalo

   El silencio me resultaba opresivo, como una losa de agua densa y oscura, como de pantano. Me sentía envuelta en un ambiente de ausencia total de señales, una tranquilidad tan irreal que cualquier leve murmullo, como el de mi propio pantalón al caminar temerosa, hacía saltar todas mis alarmas y me obligaba a mirar frenética de un lado a otro.

   Cuando decidí entrar a hurtadillas aquella noche al instituto, no esperaba que un entorno tan familiar para mí pudiese resultarme tan desagradable. Las aulas y pasillos, otrora rebosantes de actividad, ahora se mostraban vacíos y muermos, casi pálidos. Como el esqueleto de una bestia moribunda.

   En aquellas paredes que solo envolvían oscuridad, era irremediable que recordase las desapariciones de jóvenes que habían ocurrido en los últimos meses en la ciudad. En concreto, y de forma especialmente dolorosa, la de Raúl, el vecino al que había rechazado sentimentalmente poco antes de que desapareciese. La sensación de culpa me resultaba incomprensible y desgarradora.

   Con un cabeceo, deseché tales pensamientos. “Tienes un objetivo claro”, me repetía mientras me daba un par de palmadas en las mejillas para ayudarme a centrarme. Me había colado aquella noche porque me había dado cuenta de que Gabriela, una compañera de clase, se quedaba hasta tarde varias veces para ayudar al profesor de biología.

   Estaba convencida de dos cosas: la primera, de que iba a suspender biología aquel curso. La segunda, que mi compañera y mi profesor tenían alguna clase de relación. ¿Mi plan? Hacerles unas fotos y luego extorsionar al profesor para que me aprobase biología, o sino mis padres no me devolverían hasta finalizar el verano el smartphone que ayer me habían quitado como castigo.

   Sin embargo, ahora que estaba dentro del enorme edificio con forma de herradura que rodeaba al patio interior del centro, no estaba siendo capaz de encontrar ningún rastro de ambos. Quizá, me dije, para lo que sea que estuviesen haciendo no necesitasen encender ninguna luz. Pero esperaba escuchar sus voces en algún momento, estando como estaba todo en silencio. Quizá algún grito o resuello.

   Dios mío, hasta mis pasos retumbaban en mis tímpanos, cada vez que la suela de mis zapatillas entraba en contacto con el suelo parecía que mi corazón pretendía superar su propio récord de pulsaciones por minuto.

   Joder, ¡No seas estúpida Andrea! ¡Es sólo un instituto y salvo un profesor pervertido y una compañera estúpida no hay nadie aquí más que tú! ¡Céntrate! Suspiré, y me apoyé en el alfeizar de la ventana. Estaba de los nervios, y lo que más me molestaba era lo tonta que me sentía.

   Crucé mis brazos y apoyé mi rostro sobre ellos, echando un vistazo al patio interior del instituto, rodeado por el edificio. Tras echar un vistazo a los bancos y al único árbol, subí la mirada por la pared de enfrente, buscando serenarme. Y entonces me quedé bloqueada, helada, mientras mis dedos se crispaban y me clavaba las uñas en la piel hasta casi hacerme sangrar.

   Justo en la ventana de enfrente, en la pared al otro lado del patio, una figura me observaba en la oscuridad. Mi mirada quedó cautiva de la suya. Aterrada, me di cuenta de que lo único que era capaz de percibir de forma nítida eran aquellos inenarrables, verdes, grotescos y vibrantes ojos… como si fuese una sanguijuela que se arrastra dejando un rastro desagradable por la piel, su mirada me recorrió toda entera, de la cabeza a los pies, haciéndome suya.

   Mientras yo seguía petrificada, aquella figura movió la cabeza de derecha a izquierda, como contando las ventanas y los pisos, y tras mostrarme una sonrisa depredadora, se lanzó a la carrera a toda velocidad en mi dirección.

   Eché a correr, con el pecho atravesado como por mil agujas de mercurio líquido. ¡Necesitaba huir! Fuese quien fuese, ¡Iba a por mí! ¡Tenía que escapar! Aceleré el paso, frenética y con el llanto a flor de piel, sin poder sacar de mi cabeza aquella mirada hambrienta ni de mis oídos el retumbar de sus pasos. Al serenarme (levemente), me di cuenta de que lo que estaba oyendo era el palpitar de mi corazón en mis propios oídos.

   Me paré un momento, apoyándome en la pared para recuperar el aliento, mientras escupía saliva entre tos y tos. La boca, por la carrera, se me había llenado de un sabor ácido que me provocaba ganas de vomitar.

   Mientras me aquejaba el pinchazo en el costado, noté como si aquella mirada volviese a recorrerme entera. Me sentí desnuda, e indefensa, y el silencio me produjo un escalofrío que me recorrió la espalda. Despacio, me giré y descubrí, esta vez en el reflejo de una ventana, aquellos ojos que lagrimeaban exultantes por haberme encontrado.

   Tras el puñetazo invisible que me destrozó el pecho, y unos ruidos que comencé a hacer sin saber muy bien con qué intención, conseguí sobreponerme y reanudar la carrera mientras mis pisadas me salpicaban de mi propia orina. Doblé varias esquinas hasta encontrarme con el aula de tecnología a mi derecha. Recordando que tenía dos accesos para facilitar la evacuación, arranqué prácticamente el picaporte tratando de abrir la puerta.

   Cerré tras de mí, frenética, y con tanta fuerza que el impulso y la humedad de mis zapatillas me hicieron patinar, cayendo con estruendo sobre las nalgas en el suelo. Cerré los ojos, deseando que mi perseguidor no me hubiese escuchado. Apretaba tan fuerte los dientes que sentía que se me iban a astillar.

   Conforme mi corazón se iba calmando, a mis oídos comenzaron a llegar más señales que el latir de las sienes. Y entonces escuché un murmullo, como de pasar hojas, y de una respiración mustia y angustiada. Abrí los ojos con tanta fuerza que me mareé, pero aún así los forcé a fijarse en una mesa con un flexo encendido, recorrerla hasta llegar a una cadena fijada a la mesa, y pasear por aquella cadena hasta llegar a una figura grotesca que me miraba fijamente. Su presencia pareció inundar el aire, y mis piernas comenzaron a temblar hasta el punto de ser casi totalmente inútiles.

   ‒ ¿Quién eres? ‒ Balbuceé. ‒ ¿Qué quieres? ‒ Aquella figura se levantó, con un gorjeo, e intentó dar un largo y torpe paso hacia mí. ‒ ¡No te acerques! ‒ Grité, desesperada, mientras aquella cosa comenzaba a gemir. El rostro, al que ahora le daba la luz desde un lateral, me resultó familiar. ‒ ¿Raúl? ‒ Pregunté… Sus ojos sin párpados parecieron reconocerme, enormes y totalmente oscuros, desencajándose. Dio otro paso hacia mí, diciendo mi nombre, pero la cadena se lo impidió. La miró, extrañado, y al bajar la cabeza me di cuenta de que la tenía totalmente rapada, y que le recorrían la piel enormes y grotescas cicatrices, costuras, y… y agujeros como los que dejaría un tornillo o un sacacorchos.

   ‒ ¿Andrea? ‒ Pronunció mi nombre, lento y sin emoción, mientras comenzaba a arañarse la cara. Me clavó la mirada y me rompí por dentro. ¡No era Raúl! ¡No era Raúl! Era su rostro, eran sus manos… ¡Pero no sus ojos! ¡No su expresión! ¡No su voz! ¿Qué pasaba? ¡¿Qué estaba pasando?! ‒ ¿Me ayudas… Andrea? Quiero acercarme. ‒ Comenzó a morder espasmódicamente sus dedos ‒ ¿O…? ¿Volverás a decirme…? ‒ Llorando, llegué a trompicones a la otra puerta al fondo del aula, y la cerré tras de mí mientras sus últimas palabras me taladraban el corazón: ‒ ¿… que no?

  

   Salí corriendo por el pasillo, girando en las intersecciones sin pararme a pensar hacia donde debía dirigirme, con un solo pensamiento en la cabeza: escapar. Escapar. Escapar. Escapara. ESCAPAR. ¡ESCAPAR!

   Doblé a la derecha, doblé a la izquierda. Derecha. Izquierda. Izquierda. Derecha. Bajé las escaleras y perdí la zapatilla, desplomándome de bruces contra la pared del descansillo. Noté gotear la sangre por mi barbilla, y un dolor punzante me recorrió cada centímetro de la nariz y de la frente.

   Con un sollozo, me obligué a ponerme de pie y seguir bajando. Al segundo peldaño el tobillo me falló y di con mi cuerpo en el suelo, tras bajar rodando los pocos metros que me quedaban de la escalera.

   Moví la cabeza de un lado a otro, frenética, mientras los pasos tras de mí se me antojaban cada vez más cerca. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Seguir avanzando. No podía ser. No, no, no. No podía morir así, no podía acabar así.

   Avancé cojeando entre sollozos, buscando la salida. Tenía que elegir bien qué camino tomar, no podía permitirme desandar mis pasos, pues eso me acercaría a mi perseguidor… y me obligaría a encontrarme con ¿Raúl? ¿De verdad era Raúl? Parecía su cara… Pero sus ojos… sus ojos ¡Eran enormes! Y negros ¡Del todo! Sin expresión, sin vida pero vivos… su voz… su cabeza destrozada… ¡No! ¡No podía pensar en ello! ¡Nada de imaginármelo! ¡Tenía que salir de allí!

   Giré en una esquina y me detuve, sorprendida. ¡Había luz en el aula de informática! ¿Ayuda? ¿Peligro? ¿Raúl? ¿Ojos verdes?... Raúl. ¿Qué te han hecho? Con mil miedos y preguntas devorándome, me asomé al cristal de la puerta, solo para encontrarme a Gabriela trabajando en el ordenador. El corazón me dio un vuelco. ¿Qué coño hacía allí esa idiota? ¡Y tan tranquila!

   ‒ ¿Gabriela? ‒ Susurré, en un hilo de voz, mientras cerraba con cuidado la puerta. ‒ ¿Qué haces aquí, estúpida?

   ‒ ¿Qué dices? ‒ Gruñó mientras seguía trabajando. ‒ Vete a tomar por culo y déjame trabajar. Además, ‒ Sonrió. ‒ ¿Qué haces tú aquí?

   ‒ ¡Qué más da! ‒ Balbucí, mirando tras de mí mientras me acercaba a ella. ‒ Tenemos que salir de aquí. ‒ La insté, agarrándola de los hombros y comenzando a tirar de ella con fuerza. ‒ Vamos, ¡No estamos seguras!

   ‒ ¿Están tonta? ‒ Gritó enfadada mientras se levantaba, haciéndome a un lado. Lo alto que habló me hizo dar un respingo y removerme nerviosa, mirando a todas partes, aterrada de que la hubiesen oído. ‒ ¿Andrea? ‒ Fijó la mirada, por primera vez con atención, en mi rostro. ‒ ¿Qué ha pasado?

   ‒ Uno de los chicos desaparecidos. ‒ Respondí. ‒ Raúl. Está aquí. Le han hecho algo. Está cambiado. ¡Y los ojos! ‒ Temblé. ‒ Están los ojos, Gabriela. ¡Verdes! ‒ Lloré. ‒ Tenemos que irnos ya. ‒ Supliqué, tirando de ella. ¿Por qué no lo entendía? ‒ Ya, Gabriela, Ya. ¡Vámonos!

   ‒ ¿Raúl? ‒ Ladeó la cabeza, incrédula. ‒ ¿Por qué iba a estar aquí? ‒ Me preguntó, desconfiada. ‒ Además, ¿No erais vecinos? ¿No te conoce?

   ‒ ¡Que no es él! ‒ Grité mientras la zarandeaba, llorando. ‒ Es un monstruo. No es él. Vámonos Gabriela. Gabriela. ‒ Sonó un ruido, muy cerca, y volví a mirar a todos lados, frenética. ‒ ¡Vámonos! ‒ Sollocé.

   ‒ Espera un momento, ¿Tienes un móvil?

   ‒ ¡No! ¿Qué más da? ¡Vámonos!

   ‒ Espera… espera… ‒ Susurró mientras se llevaba un dedo a los labios, pidiéndome que dejase de hacer ruido. ‒ Escúchame, ¿Vale? ‒ Murmuró. ‒ Me he dejado mi móvil en el despacho del profesor Víctor, está más cerca que la salida del instituto. Vamos en silencio, entramos y cerramos la puerta ‒ Alzó la mano, mostrando una llave. ‒. Una vez seguras, llamamos con mi móvil a la policía.

   ‒ Yo… esto… ‒ Intentaba pensar. ‒ ¿Por qué tienes las llaves del despacho del profesor de biología?

   ‒ ¿Qué más da? ‒ Respondió, incómoda. ‒ ¿Vienes conmigo o me encierro yo solita y a ti que te follen?

   ‒ Vale, vale… ‒ Susurré. ‒ Vámonos. ¿Por dónde?

   ‒ Por aquí. ‒ Me indicó mientras comenzaba a andar. De repente se detuvo, y me miró curiosa. ‒ ¿No sabes ir?

   ‒ No.

   ‒ ¿Es que nunca has ido a ninguna tutoría?

   ‒ No creo que te conozcas el camino por ir a tutorías. ‒ Acusé. Ella prefirió quedarse callada el resto del trayecto.

 

   La seguí en silencio, muy despacio, hasta que llegamos a un pasillo estrecho con numerosas puertas y con unas paredes adornadas con las orlas del alumnado que había superado exitosamente la educación secundaria y el bachillerato.

   En silencio, Gabriela fue contando las puertas hasta identificar la que nos interesaba. ¡Sería golfa! Si hasta era capaz de encontrar el despacho de su amante a oscuras… Tratando de no hacer ruido, la rubia de bote abrió la puerta, con mucho cuidado, y me dejó pasar. Mientras cerraba la puerta, me dejé derrumbar en el suelo mientras dejaba escapar toda la tensión y miedo de la noche con unos sollozos cargados de alivio.

   ‒ Estamos a salvo, ¿Verdad? ‒ Pregunté, a ella y a mí misma, mientras escuchaba como cerraba la puerta con llave. ‒ Estamos a salvo. ‒ Repetí, soltando el aire.

   ‒ Eso creo.

   ‒ ¿Qué…? ‒ Sujeté el móvil que acababa de caer en mis piernas, y al darme la vuelta pude ver una mirada cargada de odio y fuego ¡¿Qué estaba pasando?! ¡Mi cabeza! Golpeé con fuerza en el suelo y me encogí, intentando protegerme ‒ ¿Por qué…? ‒ Me envolvió la cabeza con una bolsa y apretó con fuerza, quemándome el cuello.

   ‒ Niña estúpida, ¿Qué haces aquí? ‒ Aire. AIRE. ¡AIRE! ¿Dónde está el aire? ¡En la boca solo me entra el plástico! Ayuda por favor. ¡Ayuda! Ayuda… Ayu…

 

   ‒ Parece que en Manchester avanzan en su supercomputadora neuromórfica. ‒ Me llegó, lejana, la voz de Gabriela. ¿Qué pasaba? ¿Dónde estaba? Solo había oscuridad, la boca la tenía pastosa, no era capaz de moverme… Solo de escuchar…

   ‒ Necios. ‒ Masculló una voz. ¿Qué voz? ¿Quién era? Me sonaba… ‒ ¿Diseñar un ordenador cuyos sistemas electrónicos emulen la energía electroquímica de la comunicación neuronal? Ridículo.

   ‒ Deberían escucharle a usted.

   ‒ ¿Qué más da? Mi trabajo demostrará que sus errores. ‒ Noté algo húmedo en mi frente. ‒ Creo que está despertando… ‒ Aunque aún no identificaba su voz, lo que sí reconocí fueron esos ojos verdes que me devoraban el rostro, mientras parecían retorcerse en aquellas cuencas desorbitadas. Empecé a gritar y a revolverme, a llorar, a intentar alejarme de aquel rostro repugnante que apretaba su frente contra la mía. ‒ ¡Mira Gabriela! ‒ Rio mientras yo seguía intentando huir. ¡Joder! Estaba atada a una especie de cama, ¡Casi no podía mover ni la cabeza! ¿Qué está pasando? ¡¿Qué está pasando?! ‒ Ya está con nosotros.

   ‒ Ya lo veo, profesor. ‒ La voz de mi compañera me ayudó a centrarme, y me di cuenta de que aquel rostro era el del profesor de biología… pero como si se tratase de una máscara de carne grotesca a la que le hubiesen dibujado a cuchilladas una sonrisa enferma que me llenaba el vientre de pavor.

   ‒ ¿Qué hago aquí? ‒ Comencé a gritar mientras seguía retorciéndome, ¡Aquellas cinchas de cuero me dolían y me hacían enloquecer! ¡Estaba indefensa! - ¡Soltadme!

   ‒ Dime querida, ¿Cómo te encuentras? – Ladeó la cabeza, como evaluándome clínicamente, con una expresión de preocupación sincera solo desmentida por aquellos ojos viciados que me envenenaban la sangre. – Aún pareces algo traspuesta.

    ‒ ¡Soltadme! ¡Soltadme! ‒ Seguí gritando y contorsionándome, abrasándome e hiriéndome la piel. ‒ ¡SOLTADME!

   ‒ ¡Tranquilízate! ‒ Se alarmó. ‒ Si te lastimas más, no serás útil…

    ‒ ¿Útil? ‒ Me detuve, helada. Con gran esfuerzo, suprimiendo las náuseas, miré directamente a esos ojos verdes. ‒ ¿Útil?

   ‒ Gabriela, ¿Dónde la encontraste? ‒ Me ignoró, dirigiéndose a mi compañera.

   ‒ Me encontró ella a mí, profesor. ‒ Se encogió de hombros mientras revisaba unos papeles.

   ‒ ¿Y por qué la trajiste aquí?

   ‒ Me dijo que se había encontrado con Raúl.

   ‒ Eso me pareció. ‒ Asintió el profesor. ‒ Mientras la perseguía por los pasillos le escuché balbuceando, mirando a la puerta, en vez de trabajando. ‒ Cabeceó. ‒ Estaba autolesionándose de nuevo…

   ‒ ¿Cree que…?

   ‒ ¡¿Cómo qué útil?! ‒ Grité con la garganta ardiendo. ‒ ¡¿Por qué útil?!

   ‒ Discúlpame, querida. ‒ El profesor se giró hacia mí. ‒ Perdona que no te estemos prestando atención. No te mereces esta desconsideración, ya que vas a ayudarnos a hacer historia.

   ‒ ¿Cómo? ‒ Pregunté, intentando acallar los sollozos. Quizá debería mostrarme fuerte. Más de lo que me sentía. Mucho más. ‒ Si queréis… que os ayude… ‒ La sequedad de la boca me impedía hablar con normalidad. ‒ Tenéis que soltarme. ‒ Me retorcí. ‒ Así no puedo.

   ‒ No creas. ‒ Sonrió, ávido. ‒ De momento, evita contorsionarte tanto, cielo. Te vas a hacer daño, y te necesito entera. ‒ Gabriela soltó una carcajada que le arrancó una sonrisa al profesor. ‒ Bueno, más o menos.

   ‒ ¿Qué va a pasarme? ‒ La voz me sonó quebrada. Las lágrimas me supieron a sal. ‒ Soltadme. Por favor, soltadme. Soltadme.

   ‒ ¿Dejarte marchar? ‒ Cabeceó, pensativo. ‒ Gabriela, ¿Qué opinas?

   ‒ Ha visto a Raúl. ‒ Respondió mientras desenroscaba unos alargadores.

   ‒ No la podemos dejar suelta, ¿Verdad? ‒ Asintió el profesor.

   ‒ Ni aunque pudiésemos. ‒ Sus ojos me abrasaron como ascuas y su sonrisa, que era más una mueca delirante, me heló por dentro. ‒ Le gustaba a Raúl. Quiero verla por dentro, para saber por qué. ‒ Ensancho aún más aquella sonrisa febril.

   ‒ ¡Bien dicho! ‒ Sonrió el profesor, que luego se dirigió a mí en tono confidente: ‒ Es la mejor ayudante de laboratorio que he tenido nunca.

   ‒ ¡Soltadme! ‒ ¿Verme por dentro? ¡¿Qué me iban a hacer?! ‒ ¡¿Qué me vais a hacer?!

   ‒ Tienes razón. ‒ Asintió el profesor, distante. ‒ Vas a contribuir a un gran logro, bastante triste es que debas hacerlo de forma anónima. Es de justicia que sepas en qué y cómo vas a colaborar. ¡Gabriela! ‒ Mi compañera se detuvo y miró atenta al profesor. ‒ Pon la camilla en posición vertical y tráela conmigo. Quiero que lo vea.

   ‒ Sí profesor. ‒ Gabriela se inclinó en un lateral de la camilla y comenzó a tirar de una palanca, levantándola hasta que quedé prácticamente perpendicular al suelo, pero aun férreamente sujeta con cinchas de cuero.

   ‒ ¿Por qué haces esto? ‒ Susurré. ‒ ¿Por qué a mí? ‒ Gemí. ‒ Ayúdame. ‒ Supliqué.

   ‒ Serás idiota. ‒ Rio. ‒ El profesor es un genio, ¡Un visionario! Lo que estoy aprendiendo con él… ¡No te lo enseñan ni los libros de texto ni las universidades! Y, además, ‒ Se relamió. ‒ ¡Es tan emocionante!

   ‒ Pero entonces, ¿No te acuestas con él? ‒ Mi mente ya no sabía en qué centrarse.

   ‒ Pero qué básica eres. ‒ Soltó una carcajada mientras me arrastraba hasta el profesor

   ‒ Aquí, señorita. Aquí. ‒ Me sonrió mi profesor de biología. ‒ Acérquese. ‒ Gabriela me puso a su lado, en un lateral del laboratorio plagado de artilugios, cables, redomas, y un cilindro enorme repleto de un burbujeante líquido verde resplandeciente cuya luminosidad apenas iluminaba la pared del fondo, en sombras, pero que dejaba entrever algún tipo de movimiento en ella...

   ‒ ¿Qué estoy mirando? ‒ Pregunté, ya sin fuerzas. ‒ ¿Dónde estamos?

   ‒ Estamos en un ala abandonada del edificio. ‒ Me respondió el profesor. ‒ Durante las obras de verano soborné a la constructora para que desplazase varios tabiques, dejando este espacio incomunicado y accesible solo a través de una trampilla secreta desde mi despacho. ‒ Sonrió con un brillo de locura en sus ojos. ‒ No podemos dejar que nos interrumpan. Y respecto a tu segunda pregunta, ‒ Añadió mientras daba unos golpes en el cristal. ‒ aquí está la respuesta.

   ‒ ¿Cómo? ‒ Pregunté, y entonces una extraña forma gelatinosa se abalanzó contra el cristal, chocando con fuerza, y comencé a gritar mientras un par de ojos inmersos en aquella masa me observaban, tristes y llorosos. ‒ ¡¿Qué es eso?!

   ‒ Esto que ves es un tubo neural hiper desarrollado. ‒ Me explicó, visiblemente encantado de compartir su creación. ‒ Si observas bien verás tres masas superiores bulbosas, ¿Verdad? Se trata de las tres principales vesículas primarias: el prosencéfalo, el mesencéfalo y el rombencéfalo. ‒ Aquella amalgama de carne, protuberancias y dilataciones comenzó a flotar de un lado a otro, arrastrándose por el cristal. ‒ Y aquella zona, la ventral, es una proto médula espinal.

   ‒ No lo entiendo. ‒ Gemí. ‒ No lo entiendo…

   ‒ Verás, esto que ves aquí equivaldría al estado de formación en el que se encuentra el encéfalo durante la cuarta semana del embarazo, aunque como puedes ver es bastante más grande que el cerebro de un feto de veintiocho días.

   ‒ Es casi tan grande como una persona…

   ‒ Y aún más hermoso… ‒ Suspiró mientras pasaba la lengua por el cristal. ‒ La ciencia de la supercomputación avanza por un camino erróneo, ¡Sin sentido! ‒ Exclamó con fiereza, con los ojos desencajados y fijos en aquella masa bulbosa. ‒ Quieren fabricar un ordenador que funcione como si fuese un cerebro, ¿Para qué? ‒ Me miró, serio. ‒ ¿Sabes cuántos materiales se necesitan para producir un ordenador de sobremesa estándar? ¿Cómo los de este instituto? ‒ Me agarró con fuerza de los hombros, clavándome los dedos con fuerza. ‒ ¿Lo sabes?

   ‒ ¡No! ‒ Gemí mientras evitaba mirarle a los ojos. ‒ No…

   ‒ Mil quinientos litros de agua, doscientos cuarenta kilogramos de combustible, ¡veintidós kilogramos de productos químicos! ¿Cuántas toneladas de materiales requerirá producir un ordenador que funcione como el cerebro? ¡Estúpidos científicos y sus leyes morales! ‒ Pegó su rostro contra el mío y me sujetó con fuerza la mandíbula, obligándome a mirarle. ‒ ¿En plena crisis de recursos naturales? ¿Cuándo acumulamos ya una montaña de cuarenta millones de toneladas de basura electrónica? ¡Estúpidos! ‒ Me escupió mientras gritaba, frenético. ‒ ¡Idiotas! ¡Sin visión! ‒ Escondió el rostro y pareció serenarse, dando un paso hacia atrás mientras yo procuraba controlar mis temblores. ‒ Necesitamos esos materiales para subsistir. Necesitamos este planeta para subsistir. ¿Construir un ordenador que piense como un humano? ¿Para qué crearnos esa clase de competidor? ¡Necesitamos cerebros que funcionen como los ordenadores! ¡Precisos! ¡Eficientes! ¡Sin emoción! Es hermoso, ¿Verdad? ‒ Acarició con ternura el tubo, mientras aquella masa se alejaba de él. ‒ Además ‒ Añadió, cariñoso. ‒, tenemos el mejor material disponible. Hay muchísimo, es de sencilla producción, y su reducción incidiría positivamente en el retraso del cambio climático.

   ‒ ¿De qué material está hablando? ‒ Gemí, mientras observaba aterrada a ese extraño cerebro bulboso nadar en el tarro, recorriendo los bordes de los cierres. ‒ ¡Está intentando salir! ‒ Exclamé, aterrorizada. ‒ ¡Esa cosa intenta salir!

   ‒ ¿Tú crees? ‒ Preguntó, curioso, el profesor. ‒ Déjame ver… ‒ Se inclinó y pegó el rostro contra el cristal, observando a su creación. ‒ Gabriela, toma notas.

   ‒ Sí, profesor. ‒ Mi compañera se fue a la carrera y volvió al poco con papel y bolígrafo.

   ‒ Parece que los ojos del prosencéfalo están… llorando… quizá no hayamos extirpado exitosamente las emociones de la corteza frontal que utilizamos para fabricarlo. ¿Estará sufriendo? Hay que corregirlo. Apúntalo.

   ‒ ¿La corteza…? ‒ Gemí, asustada. ‒ ¿De dónde…?

   ‒ ¿No te lo había dicho aún? ‒ Me sonrió aquél monstruo. ‒ El material del que hay tanto excedente es, por supuesto, los seres humanos. ¿Cómo esperas que fabrique un cerebro que funcione como una supercomputadora si no es utilizando otros cerebros? Y no nos vale cualquiera. ‒ Suspiró mientras yo trataba, angustiada, de soltarme. ‒ Necesito cerebros que no hayan alcanzado el cien por cien de su masa… así que los niños y adolescentes son nuestros mejores sujetos de trabajo, y la policía es especialmente quisquillosa con su desaparición. ‒ Me sonrió. ‒ ¿No crees?

   ‒ ¡Monstruo! ‒ Lloré. ‒ ¡Estáis locos! ¡Sois unos monstruos! ‒ La garganta me ardía en carne viva, y mi voz comenzaba a parecer un chirrido desencajado. ‒ Dejadme ir…

   ‒ No hagas tanto ruido, Raúl está trabajando. ‒ Me ordenó el profesor. Giré la cabeza en la dirección que me señalaba, y me encontré a aquella cosa que era mi vecino sin serlo, con la cabeza rapada y surcada de grotescas cicatrices, sin párpados y unos ojos totalmente oscuros, trabajando en unos papeles mientras no dejaba de babear.  El hipo me interrumpió el llanto, y comencé mover el pecho entre espasmos, casi ahogándome. ‒ Bien. Mejor así.

    ‒ Dejadme… ir… por favor… ‒ Supliqué entre hipidos. ‒ Por favor… dejadme…

   ‒ ¿Por qué quieres irte? ‒ Me preguntó Gabriela, abstraída, mientras se acercaba al tubo luminiscente. ‒ ¿No te fascina la idea de ser uno y ser varios? ¿Sabes cuantos componen este prototipo? ¿Te lo imaginas? ‒ Me sonrió. ‒ Poder tener ojos marrones y verdes… poder tener pómulos rosados y una piel blanca como la nieve… cabello rubio, moreno o pelirrojo… ‒ Encendió la luz de la pared tras el tubo y me atragante con mi propio llanto al ver a cuatro jóvenes, de no más de quince años, encadenados a la pared, dos a cada lado, con un tubo que salía de su brazo extendido hasta el cerebro gigante, a rebosar de brillante sangre roja, y otro tubo que iba desde el cerebro hasta el costado de cada uno de ellos, con un líquido de tono mucho más oscuro. Gabriela se situó entre dos de ellos y cogió sus cabezas, con los ojos en blanco y babeantes, como si no tuviesen nada dentro, y las pego contra su cara, mejilla con mejilla. ‒ Imagínalo Andrea, ¡Ser uno y ser tres! ¿No es emocionante?

   ‒ ¿Qué…? ¿Qué…? ¿Qué…? ‒ Mi corazón se revolvía en mi pecho y no podía hablar, ni pensar, ni respirar de forma ordenada. Tenía que salir de allí. Salir. Salir. Salir.

   ‒ ¿Te gusta nuestra fuente de alimentación? ‒ Preguntó el profesor.

   ‒ ¿Fuente de…?

   ‒ El ordenador es un cerebro, y no puedo alimentarlo con electricidad. ‒ Me explicó con calma y dedicación, como si estuviésemos en clase. ‒ El cerebro es alimentado por el cuerpo, con sangre. ‒ Dirigí la mirada al tubo del brazo de uno de ellos. ‒ Efectivamente, nosotros alimentamos a estas baterías y ellos le dan su sangre al ordenador mediante una transfusión constante. Luego me encontré con el problema de eliminar los residuos, claro. Podría haber comprado una buena máquina de hemodiálisis, pero la verdad es que estos cuatro adolescentes me han salido gratis, así que, ¿Para qué gastar dinero? ‒ Me sonrió, buscando mi aprobación, pero yo solo era capaz de mirar, aterrada y muerta de pena, a aquellos cuatro chicos. ‒ Tienen buenos riñones, así que con el otro tubo la sangre sucia les llega y su cuerpo la limpia, y luego lo expulsan con la orina. ‒ Señaló con la cabeza al cubo que cada uno tenía debajo. ‒ Como ves, es un experimento tremendamente eficaz, pues después de utilizar sus cerebros utilizo sus cuerpos. ¡No hay futuro sin reciclaje!

   ‒ Profesor. ‒ Llamó Gabriela. ‒ El sujeto número tres tiene los ojos demasiado amarillos.

   ‒ Fallo hepático. ‒ Asintió el profesor. ‒ Ocúpate luego de él.

   ‒ Prepararé el pico y la pala.

   ‒ ¿Y Raúl? ‒ Pregunté. Mi cerebro necesitaba aferrarse a algo. ‒ ¿Dónde está Raúl? Soltadle y dejadnos marchar…

   ‒ ¿Se lo explicas tú? ‒ Le preguntó el profesor a Gabriela. ‒ Quiero asegurarme de que el experimento no se ha dañado por una mala eliminación de residuos.

   ‒ Claro. ‒ Gabriela empujó la camilla, acercándome a la mesa en la que aquél engendro estaba trabajando. ‒ Hola Raúl.

   ‒ Hola Gabriela. ‒ Respondió, monocorde, sin levantar la vista de los papeles que babeaba. ‒ Aún no está listo.

   ‒ Tú sigue trabajando. ‒ Me acercó aún más. ‒ Raúl fue el primer intento del profesor por crear un cerebro computerizado, la cantidad de información que es capaz de manejar es impresionante, pero está muy lejos de lo que pretendíamos. El problema es el tamaño, por eso empezamos a trabajar en el nuevo experimento. Sin embargo, el profesor se encariñó con él y le encontró una ocupación. ¿Ves en qué trabaja? ‒ Me inclinó más la camilla, dejándome casi boca abajo. El olor de su piel gelatinosa me hizo vomitar encima de él. Sin embargo, aquello que ya no era Raúl apartó desapasionadamente los papeles para evitar que se manchasen, y siguió trabajando. ‒ ¿Lo ves?

   ‒ Son… ¿Corrige exámenes?

   ‒ Y trabajos. ‒ Asintió el profesor desde la distancia. ‒ Y realiza informes y actas de evaluación, memorias finales, programaciones didácticas, rúbricas… ¡Se acabó la burocracia! ‒ Rio. ‒ No imaginas la de horas perdidas que tiene este trabajo, ¡Horas mejor invertidas en mi investigación!

   ‒ Raúl, mírala. ¿Sabes quien es? ‒ Gabriela agarró su cabeza y le obligó a mirarme.

   ‒ Andrea… ‒ Susurró. Luego abrió mucho los ojos, y una lágrima asomó en uno de ellos. ‒ ¿Aquí? ¿Con vosotros?

   ‒ Vaya… Así que tienes sentimientos todavía. ‒ Sonrió, histérica, Gabriela. ‒ ¿Lo sabe el profesor? No. ‒ Asintió. ‒ No lo sabe. Y no se lo diré. Elegiste querer a Andrea en vez de a mí, así que dejaré que saber lo que vamos a hacerle te mate por dentro. No te librarás de ese dolor, ni de nosotros. Nunca.

   ‒ ¿Qué le parece a nuestra invitada nuestro asistente? ‒ Preguntó el profesor mientras se limpiaba las manos en un trapo teñido de rojo oscuro. ‒ Cuando puedas deshazte del número tres, Gabriela.

   ‒ Claro.

   ‒ Bueno, Andrea, ‒ Hizo girar mi camilla para que mirase otra vez al tubo del cerebro, a cuyo lado derecho había ahora un hueco libre que ocupaba antes uno de los chicos. ‒ ¿Quieres contribuir?

   ‒ No… no… no… no…

   ‒ Gabriela, ¿Está todo listo?

   ‒ Sí.

   ‒ Perfecto. A la mesa de operaciones.

Publicado la semana 4. 25/01/2021
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Relato
Año
I
Semana
04
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