03
Néstor Garrido

Alexander Bondenburg o el moderno Periandro

   Alexander Bondenburg.

 

   Ése era el nombre. Nombre de mi mejor amigo. Sin embargo, ahora ya no era él mismo, por decirlo de algún modo. El antiguo Alexander, de padres alemanes, que tan buen amigo mío fue y con el que tantas risas y momentos de sinsabores o alabanzas compartí, se encontraba ahora en un estado demacrado y harto irreconocible.

   Juntos recorrimos la facultad, de filosofía, por cierto, y acertadamente dimos con la obtención del doctorado, casi codo con codo, hombro con hombro, avanzando siempre hacia adelante.

   Incluso cuando me casé, allá por el 98, él se aseguró de no dejar de verme, a pesar de mantener cierta distancia para que yo pudiese disfrutar de los beneficios de mi nuevo estado. Poco tiempo pasó hasta que él también obtuvo compañía, acertada si me lo permiten, con la que recorrer el periplo de las vicisitudes diarias, y me alegré por su compromiso y por ella.

   Sin embargo, hoy era diferente.

 

    No recuerdo muy bien como fue el asunto, puesto que llegó corriendo a mi casa, tras varias semanas sin saber nada de él, desaliñado completamente, empapado, pues llovía, y con los ojos bordeados por sendos y oscuros círculos que enmarcaban la mirada de un demente. El caso es que comenzó a hablar atropelladamente, y aunque comprendí lo que decía, y el hecho de que estaba comenzando a volverse paranoico y a obsesionarse sobre el tema, no puedo recordar claramente sus palabras, y hasta que no encontré una grabadora, ya a mitad de la conversación, no pude obtener registro fidedigno de lo que aquí se hablo.

   Baste decir que mi amigo se había hecho una idea de que el sinsentido de su vida debía terminar, y para tal empresa se le ocurrió que la mejor solución era el suicidio.

 

   ‒ ¿Qué tal has descansado? ‒ Era la mañana siguiente y nos habíamos citado en un café. Aunque desaliñado, tenía mejor aspecto que la noche anterior, así que supuse que quizá todo aquello sería tan sólo un susto pasajero.

   ‒ Bueno… mejor que otras noches. ‒ Reconoció. ‒ La tranquilidad de contar con un cómplice tan fiable como tú hace menos preocupantes las sombras de la duda.

   ‒ ¿Cómplice? ‒ Enarqué una ceja. El temple y la premeditación ejercidos durante la carrera de psicología, que dejé a medias me ayudaron, enormemente. ‒ Esto no es como cuando organizamos una fiesta a escondidas en la facultad. Pretendes que sea cómplice de asesinato.

   ‒ ¿Asesinato? En absoluto. ‒ Señaló al camarero, de gesto afectado y sorprendido, que trajese dos cafés. ‒ Se trata del cumplimiento de un mero trámite. Tengo derecho a elegir en que parada me decido apear, al fin y al cabo. ¿No es así?

   ‒ No seas frívolo. ‒ Protesté ‒ La vida no es para tomársela a la ligera.

   ‒ ¿A la ligera? ‒ Dio un sorbo a su taza y se relamió. ‒ ¿Ves? Éste es un buen café. Salvo por estos pequeños placeres, la vida es una situación común y aún así prácticamente desconocida… No es más que un sinsentido, así que no tiene sentido (Si me permites la redundancia) castigar o premiar los actos en la siguiente vida, por lo tanto el cielo y el infierno se vuelven meras quimeras creadas a partir de los miedos oscuros de las mentes de los hombres. ‒ Divagaba, y con la excelencia que en sus días de juventud le caracterizaba. Permanecí tenso y atento, pues bien podían ocurrir ahora dos cosas: o bien su razonamiento le traía de vuelta a la cordura, o encontraba una excusa absolutamente lógica para permanecer en su estado actual. ‒ ¿Qué implica esto? Nada. Absolutamente nada. Simplemente, no queda nada detrás. No hay fondo bajo el mar. Caes al vacío, cuando te das cuenta de que ni siquiera es vacío. ¿Contracorriente quizá? Ni de coña. Contra corriente implica movimiento. Interacción. Existencia. Pero no, ni mar en calma, ni vacío infinito. Incluso el vacío es algo, ¿No crees? Eso me lleva a pensar que la nada no sólo no es nada, sino que es NADA. Todo da igual. ¿Sabes por qué? Porque no significa nada. ¿Qué más da que mate a cualquier tierno infante, si total, moriría de todas formas? ¡¿Hay algo al otro lado?! ¡Nada! ¡Absolutamente Nada! ‒ Me encogí en mi asiento. No sólo yo me estaba asustando, también el resto de personas en el establecimiento. ‒ ¡Morirás y desaparecerás! ¿¡No crees que sería mejor una tortura eterna a manos del infierno que, simplemente, dejar de existir!? Desaparecer, esfumarse, volatilizarse… eso es lo que ocurre. No hay nada más, no tiene sentido, ni pies. Ni cabeza. ¡No tiene nada! ‒ Y pareció derrumbarse sobre su vida.

   ‒ Veo que tienes un problema, amigo mío. ‒ Acerté a decir al cabo de unos minutos. ‒ Déjame ayudarte.

   ‒ Ya sabes qué tipo de ayuda quiero de ti. ‒ Apuntó. ‒ La demás, no me interesa.

   ‒ Quiero decir, ¿No crees que has entendido algo mal?

   ‒ ¿Pretendes decir que no tengo razón?

   ‒ No es eso, sino la génesis de tu congoja. ‒ Me miró intrigado. ‒ ¿A ti cuando te ha dicho alguien que la vida tiene sentido? ¿Qué tiene un significado? La vida es vida, y todo lo que puedes hacer con ella es disfrutarla, porque cuando emigre hacia climas más saludables tú te habrás convertido en persona non grata para ella, ¿Entiendes?

   ‒ ¿Y qué más da? Si voy a llegar siempre al mismo estado, a la no existencia, ¿Qué más da cuando ocurra?

   ‒ Es que lo importante es el viaje. ‒ Afirmé con flema.

   ‒ El viaje, si… ‒ Dio vueltas con la cucharilla en su taza, ya exenta de café. ‒ Un viaje sin sentido, sin meta, no es un viaje. Sólo es una demora. ‒ Callé, porque en realidad no sabía que contestar. Podía decirle que lo importante era disfrutar de la vida, enumerarle el sin fin de atractivos que ofrece. Pero claro, siendo tan obvio que él no los disfrutaba… ¿Cómo podía utilizar tales argumentos a mi favor? ‒ ¿Sabes? En realidad me has dado en qué pensar… ¿Te parece bien quedar mañana?

   ‒ ¿A la misma hora?

 

   Y marché preocupado hacia mi hogar, rumiando por dentro todo lo acaecido aquél día, y supe que quizá incluso a pesar del esperanzador consejo de mi mujer, que indudablemente me esperaría a la tarde, me costaría dormir.

   Y así fue.

  

   ‒ Al final, todo queda reducido al polvo‒ Dijo mi amigo Alexander, con los ojos nuevamente sobresaliendo de sus órbitas. Parecía que aquella noche de descanso le había sentado peor que la anterior.

   ‒ ¿Te refieres al clásico Polvo has sido y en Polvo te convertirás?

   ‒ No, me refiero al sexo, propiamente dicho.

   ‒ ¿Sexo? Pero…

   ‒ Se que te parece extraño, un divagar vulgar para alguien que busca el suicidarse, mas déjame exponerme.

   ‒ Bueno, si así lo quieres…

   ‒ La práctica de ésta actividad no está destinada sólo al placer del cuerpo, como bien sabes. Cura el alma, podría decirse. La sensación de dejar algo atrás… Si lo hiciese sin tomar precauciones, podría morirme con la esperanza de dejar atrás algo, alguien, que me perpetúe a mí mismo. Alcanzar la inmortalidad, más no aquella de la que hablan las ladinas religiones, sino la inmortalidad real, como tan bien dijo Javier Krahe. La Inmortalidad del Cromosoma.

   ‒ Es decir, por medio de tu hijo y de los suyos, vivirás eternamente.

   ‒ Exacto.

   ‒ ¿Y no sería más fácil escribir un libro? ¿O plantar un árbol?

   ‒ El árbol no es nada mío, y en cuanto al libro, se trata de transmitir las palabras y sensaciones que cada uno lleva impreso en el alma, y francamente, creo que se están quedando bien agarradas en tu memoria.

   ‒ Bueno, entonces ya sólo te queda encontrar a una mujer que esté dispuesta a ello.

   ‒ No será difícil. ‒ Dio un sorbo del café. ‒ ¿Olvidas que estoy casado?

   ‒ No podría. ‒ Reconozco sin pudor alguno que una de las razones de mi preocupación era evitarle a tan buena señora el insufrible dolor que implicaría saber que su marido se había suicidado. ‒ Pero quiero decir… ¿Cómo va a estar dispuesta a que la dejes encinta para que así tú puedas suicidarte tranquilamente?

   ‒ Bueno, habrá que esforzarse. ‒ Sonrió, y una certeza cruzó mi mente.

   ‒ No se lo has dicho.

  ‒ No se lo he dicho.

   ‒ ¡No puedes hacerle eso! ‒ Grité, visiblemente tentado de partirle la cara allí mismo.

   ‒ Tampoco podría, ahora que lo pienso. ‒ Su mente parecía estar nuevamente en otra parte. ‒ Llevamos un mes sin apenas hablarnos. Dice que he cambiado, que me he vuelto arisco. Que ya no soy yo. ‒ Meneó la cabeza. ‒ Es un poco exagerada.

   ‒ Al contrario, es amable. ‒ Sentencié. ‒ Porque lo que ocurre es que estás como una puta regadera.

   ‒ Por supuesto, no conozco ningún humano cuerdo. ‒ Sonrió. ‒ ¿No es acaso eso lo que aprendiste de Freud en la facultad?

  ‒ No todo es blanco o negro. ‒ Intenté eludir la pregunta, aunque su gesto me indicó que se había dado cuenta.

   ‒ Pero ésta conversación me abre sin duda la vista hacia una gran verdad. Para culminar el proceso que permita dejaros a todos libres de mi inefable compañía, primero tengo que volver a conquistar a mi mujer. Tengo que hacer que me quiera.

   ‒ Otra vez.

   ‒ Otra vez. ‒ Se quedó pensativo. ‒ Creo que no seré capaz de hacerlo.

   ‒ No me cabe duda.

   ‒ ¿Me ayudarías?

   ‒ Yo… sí, claro que te ayudaré. ‒ Llegados a éste punto ruego que no me malinterpretéis. La razón por la que respondí de forma afirmativa fue porque, rápidamente, pensé que quizá la mujer a la que una vez había amado pudiese salvarle allí donde yo fallé. Traerle de vuelta. ‒ Haz lo siguiente, hoy fíjate en las reacciones de Sara, en la medida en la que tú actúas con normalidad para calibrar sus respuestas. Eso nos dará una primera pista. Luego realiza una lista con los momentos felices que hayáis tenido juntos ‒ Arqueó una ceja ‒… que ella haya tenido. ‒ Corregí. ‒ Y mañana pensaremos en ello.

   ‒ Muy bien.

 

  Adelantaré los hechos un par de semanas, si lo tienen a bien, a favor de la narración. No quisiera actuar en detrimento de la misma, lo cual es innegable al acortarla, pero el formato del relato así lo exige. Exactamente quince días después, estábamos sentados nuevamente en el mismo café.

 

   ‒ ¿Cómo te fue? ‒ le pregunté.

   ‒ Perfecto. ‒ Sonrió. Y me pareció tan franca aquella sonrisa que comencé a ver la luz al final del túnel. ‒ Ha recuperado toda su felicidad.

   ‒ ¿Y cuando crees que…?

   ‒ ¡Oh! Dormimos juntos nuevamente. ‒ Me guiñó un ojo. ‒ Bueno, tú ya me entiendes. El dormir con mi mujer, las charlas contigo y éste café son los últimos alicientes que ésta vida guarda para mí.

   ‒ Y no son suficientes.

   ‒ No. ‒ Asintió mientras bebía un sorbo. ‒ Pero he de reconocer que ésta noche podría ser considerada memorable.

   ‒ ¿Ah sí?

   ‒ ¡Amigo mío! Si pudiera ponerle palabras, el relato haría enrojecerse a las vírgenes y las monjas.

   ‒ Las monjas también son vírgenes. ‒ Señalé mientras sonreía ante su imitación de los modos arcaicos.

   ‒ Pero sólo si la pillas a tiempo. ‒ No pude evitar reírme. ‒ No, todo va viento en popa… Y en cuanto al hijo, ya he resuelto como hacerlo.

   ‒ ¿Ya has pensado como sugerírselo?

   ‒ ¡Aún mejor! ‒ Y su tono no me gustó nada. ‒ Sabotearé todos los preservativos y me aseguraré la existencia de mi prole.

 

   En favor del buen gusto y por el bien de los “oídos” del lector omitiré el resto de la conversación. Baste decir que, ésta vez, pasaron siete largos días. Más largos que las anteriores dos semanas. Y, nuevamente, nos encontramos donde siempre y a la misma hora.

 

   ‒ Está hecho. ‒ Afirmó aquella mañana.

   ‒ ¿Está embarazada?

   ‒ Aún mejor. ‒ Sonrió. ‒ Ha consentido en tenerle.

   ‒ ¡Eso es fantástico! ‒ Exclamé. Su felicidad indicaba que el saberse futuro padre le salvaría indudablemente. ‒ ¡Ya verás! Cuando le veas por primera vez querrás comértelo, cuando cumpla el primer año… ¡Y en la primera actuación del colegio!

   ‒ ¿De qué estás hablando? ‒ Su rostro se tornó tan pétreo como los demás días. ‒ Se acabó. Está consumado, y por supuesto ésta noche se acabó todo.

   ‒ ¿Cómo? ‒ Me gustaría decir que el alma se me cayó a los pies, pero sabía que, de haber infierno, sería allí donde caería. Porque en mi ignorancia había contribuido al suicidio de aquél hombre. ‒ Pero no puedes…

   ‒ Ha sido un placer, amigo mío. De verdad. ‒ Y, aturdido, no pude acertar a nada más que estrecharle la mano y ver como desaparecía por las calles de la ciudad.

 

* * *

 

   ‒ Bueno, pues aquí estamos‒ Se dijo Alexander, mirando desde el alfeizar de la ventana, admirando el suelo y el alquitrán que lo cubría, cual negra caja de pandora dispuesta a llevárselo a peregrinar por el último camino. ‒, tú y yo… He aquí el destino de todo hombre, premeditadamente planeado. He cumplido, y terminaré por cumplir. ‒ Dio un paso al frente‒  Al fin y al cabo, somos el tiempo que nos queda, como bien dijo alguien de cuyo nombre no me acuerdo. Y a mí no me queda más tiempo, lo decidí hace ya un… tiempo. ¡Qué gracioso! Entonces, ya no soy nadie. Nadie se preocupará por mí.‒ La brisa le acariciaba el rostro, cual madre tranquila y paciente que trata de susurrar suavemente al niño para convencerle de que ha de cambiar su actitud y acciones‒ El mundo mismo parece preocuparse por mi destino, justo ahora, en el momento final ¿Ves?‒ Le dijo a alguien, mas no había nadie allí.‒ Tentándome con el frescor de la noche y las luces de la ciudad, pálidos reflejos de los destellos del cielo. Tratas tentarme, oh mundo, mas yo se que se trata de meros destellos del frenesí y divagar humano, una vida finita y turbulenta hacia ningún sitio, una continua lucha, una batalla sin sentido. Si no quedará nada tras la tormenta que acabará con la cosecha, ¿Para qué molestarse en sembrarla? Me tientas con tantas cosas, incluso haciendo que ella me diga que me quiere.‒ Aquí se detuvo‒ He tenido suerte en encontrarla, si nada impide que al final tenga un hijo, será una buena madre. Espero que le hable de mí, aunque claro, también podría hablarle yo mismo, pero eso es imposible. Lamento tener que dejarla sola‒ Se quedó quieto, con la mirada perdida en un horizonte infinito.‒, la verdad es que era una buena chica. Pero yo ya estoy muerto, me he quedado sin tiempo. No soy nadie‒ Se inclinó sobre la ventana, disponiéndose a saltar, mas una imagen acudió a su mente, de Sara con un bebé en brazos, sonriéndole ambos‒. ¿Y esto?‒ Exclamó, carcajeándose a mandíbula batiente con tono demente y dolorido‒ ¡Oh, Mundo, tratas de tentarme nuevamente con tus argucias! ¡No queda nada para mí en ésta bola de fango!‒ Se dispuso a lanzarse, pero se detuvo antes de completar la acción‒ Pero no podré ver la cara de mi hijo… ni siquiera sé si tendré un hijo… y su madre…‒ Se sentó en el alfeizar, piernas colgando hacia el vacio, que le llamaba con ansía y glotonería. Más ahora él se resistía, pues debía pensar en la solución de un problema. Divagar, como siempre hacía. ‒ Me gustaría ver la cara de la madre una vez más…‒ Suspiró el hombre. Con paso lento, vela en mano, se dirigió al dormitorio, y se quedó allí, observando bajo la danzarina luz de la vela el rostro de la mujer.

   Estuvo así lo que le pareció una eternidad, mientras parecía como si las demencias de su entendimiento fuesen puestas a prueba. Con un cabeceo, se dirigió a su lado de la cama.

  

    Siempre quedará un mañana para acabarlo.

 

   ¿Cuántos mañanas? No tiene sentido contestar a tal pregunta. Baste decir que vivió.

 

   Como todos.

Publicado la semana 3. 18/01/2021
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