02
Néstor Garrido

Del río, la piedra

   Arturo descubrió, siendo aún muy joven, que era capaz de imitar y fingir cualquier emoción. Al principio no le prestó atención, pero sus primeras experiencias en la escuela le hicieron darse cuenta de la utilidad social que ello conllevaba.

   Empezó, así, a depurar y hacer uso de su habilidad hasta convertirse en un camaleón todoterreno, en el perfecto interlocutor, en el delicioso compañero, en la opción más deseable de la sala.

   Y terminó por no sentir, nunca, nada. Hasta el punto de no ser él mismo consciente de esta realidad. Tuvo amigos que llegaron y se fueron, y algunas parejas que al final no podían sentirse de otra forma que engañadas. Todas y cada una de sus acciones eran las idóneas, las perfectas, las necesarias… pero con el tiempo todas se sentían vacías para los demás.

   ¿Quién era Arturo? ¿Quién era la persona que tomaba esas decisiones? ¿Qué motivaciones tenía Arturo detrás de cada una de sus acciones? Nadie tenía esa respuesta, y todos siempre acababan por exigírsela, abandonándole desilusionados al darse cuenta de que él, menos que nadie, era consciente tan siquiera de la incógnita, menos aún de la solución.

   Sin embargo, para Arturo nada de esto fue un problema. Incapaz de sentir nada más que aquello que resultase más oportuno en una situación determinada, la ausencia o presencia de cariño o compañía o amistad la tomaba por lo que era, y en todo ello encontraba su valor: En la pareja la compañía y el apoyo mutuo, en la amistad la confianza y la diversión, en la soledad el tiempo para emprender aquellas cuestiones que su intuición le decía que le proporcionarían réditos en días venideros.

   Y el caso es que Arturo siguió creciendo y avanzando, adquiriendo conocimientos y habilidades pero sin madurar realmente, porque carecía de experiencias sinceras. Arturo no era un animal social o zoon politikón, que diría Aristóteles. Más bien sería una computadora social, con una capacidad de adaptación perfecta, salvo por ser incapaz de detectar las diferencias de sí mismo con respecto al resto.

   Por lo tanto, los años pasaron sin que Arturo se supiese feliz o triste, contento o apático, eufórico o melancólico. Eso sí, creía no ser desafortunado, dado que cuantitativamente la vida le iba muy bien, mejor que a muchos de sus semejantes. Éxito laboral y solvencia económica, capaz de hacer amigos donde fuese y encontrar pareja si así se lo propusiese. Conservar, sin embargo, a las personas a su alrededor le resultaba imposible, porque nada le importaba. Y, al no importarle, tampoco sufría por ello. Ni tan siquiera alcanzaba a reparar en tales cuestiones.

   Una mañana, sin embargo, se levantó y miró ceñudo a la arruga que había en la sabana bajera, justo a su derecha. Hacía una semana que Sara se había marchado, igual que todos y todas, al descubrir que Arturo carecía de enjundia más allá de una pulpa conformada por carne, huesos, sangre y una capacidad de análisis antinatural.

   Aquella ausencia, por primera vez, tuvo peso. Sin saber muy bien por qué, optó por desechar cualquier pensamiento y echarse encima la primera prenda de vestir que fue capaz de encontrar. Salió de casa y sus pasos acabaron por llevarle a la playa del río, cerca del cual vivía.

   Dejó hundir sus pies en la arena, aún calzados. De haber estado con alguien, habría sumergido con gesto satisfecho sus dedos entre aquella colección de calizas talladas por el agua. Pero estaba solo, no precisaba fingir. Podía ser él mismo. Podía no ser nada.

   Ni siquiera se permitió un encogimiento de hombros, desganado, pues ni tan siquiera la indiferencia era conocida para él. Recorrió los bancales de arena, dejando atrás las ruinas del castillo y las rocas de sugerentes formas, para todos salvo para él. Cuando el cansancio se hizo notar, como realidad fisiológica más no como estado de ánimo, se dejó caer en la arena.

   Mecánicamente, como un robot que ajusta un tornillo en una cadena de montaje, cogió una piedrecita del suelo y la lanzó al aire, haciéndola bailar entre los dedos. Lo que en otra persona podría ser visto como un jugueteo, él lo entendía como un medio para mantener la mente ocupada.

   Entre uno y otro gesto, de profundo vacío, un brillo irisado en la superficie de la piedra, arrancado por el sol, llamó su atención. Elevó ante sus ojos aquella esmeralda sin pedigrí y la sostuvo frente a sí.

   En su cara, veteada y fragmentada en varias secciones, apreció su reflejo, igualmente maltrecho. Al ver su rostro hecho pedazos, por primera vez se supo roto y solo. El llanto acudió a su pecho sin que fuese capaz de retirar la mirada.

   Y dejó de estar vacío.

Publicado la semana 2. 11/01/2021
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