01
Néstor Garrido

Legislación y Genética

   Mi convulsa respiración no hacía sino aumentar mi agitación, poniéndome frenético, ¡Más aún si cabe! Mientras corría por las calles de la ciudad, rezando que mi puño ensangrentado no dejase un rastro reconocible en el humeante asfalto.

   Me palpitaba el ojo izquierdo y la sien, del golpe, pero aún más lo hacían mi corazón y mis pulmones, el pinchazo en el costado y el sabor ácido de mi boca debido al esfuerzo físico no paraban de aumentar. Tenía que escapar. Huir. Ponerme a salvo.

   No sé si fue la adrenalina o el instinto de supervivencia, pero mis piernas me llevaban tan rápido como jamás lo habían hecho. A la desesperada, giré demasiado rápido en una esquina y mi rodilla no consiguió realizar el movimiento a tiempo, cayéndome con estrépito en el suelo y derribando con mi espalda unos cubos de basura.

   Mientras la gente me observaba estupefacta, me levanté lo más rápido que pude y, tras apoyarme durante un instante con el hombro en la pared húmeda y mohosa, continué mi carrera. Tenía que poner distancia. Tenía que conseguir ayuda. Tenía que salir de esta.

   No podía dejar que me encontrasen, necesitaba pasar la noche en algún motel de mala muerte, quizá fuera de la ciudad. Tenía suficiente dinero en la cuenta adjunta a mi brazalete ciudadano. Un simple gesto, frente a la pantalla, y el pago estaría realizado.

   Me detuve durante unos segundos en mi carrera, y observé el brazalete en mi muñeca. ¡El jodido brazalete! ¡Rastrearían el pago! ¡Y además el puto chisme estaría ahora mismo enviando mi geolocalización en tiempo real! Sujeto firmemente a mi muñeca izquierda, aquella pieza tecnológica se me antojó entonces tan pesada como un grillete medieval.

   Cuando me disponía a estrellar repetidamente el brazalete contra la pared, me di cuenta de que aún no podía deshacerme de él. Aproveché para recuperar la respiración mientras analizaba la situación: necesitaba dinero. Dinero en efectivo, que no se pudiese rastrear. La única forma de sacar dinero de un cajero automático era a través del brazalete.

   Reanudé la carrera, con aún más desesperación que antes. Necesitaba llegar lo más rápido posible a la sucursal bancaria más cercana, conseguir todo el dinero que pudiese, y entonces destruir el brazalete para que no pudiesen localizarme. El tiempo era ahora más enemigo mío que los agentes de la autoridad.

 

   Salté una valla y seguí corriendo, sin hacer caso a los charcos de orín que alfombraban el suelo del callejón en el que me había metido e ignorando los gritos furiosos de los sin techo a los que iba atropellando en mi huida.

   Atravesé varias callejas y callejones, pendiente siempre de mirar a las alturas para cerciorarme de que no me siguiese ningún dron de seguridad, y llegué al fin a un cajero automático. Apretando con fuerza e insistentemente el brazalete contra la pantalla, como si quisiese atravesarla, golpee un par de veces hasta que al fin ésta se iluminó en un tono azulado y me permitió realizar la retirada de efectivo.

   Mientras esperaba a que aquella estúpida máquina me diese todo el dinero posible, con la impaciencia devorándome por dentro como si se tratase de las ratas que infestaban el callejón que acababa de abandonar, escuché cómo la megafonía aérea transmitía las últimas noticias:  

   ‒ Atención ciudadanos. ‒ Bramaba la voz mecanizada. ‒ Se ha producido esta noche un altercado violento en el cual un sujeto de riesgo criminal ha escapado de la policía y se ha dado a la huida. Su nombre es Lorenzo Martínez Hermida, tiene una constitución atlética y una altura de en torno al metro setenta, cabello rubio, sin vello facial y con un corte en la mano derecha que sangra notoriamente. ‒ Comencé a husmear a mi alrededor, nervioso y con el rabillo del ojo, mientras trataba de esconder mi mano herida entre mi cuerpo y el cajero automático. Sentía que el corazón iba a escapárseme por la boca y que mi sien iba a estallar. ‒ El departamento de policía de la ciudad solicita la colaboración ciudadana para realizar el seguimiento del criminal a través de la aplicación AlertCivic de sus brazaletes. Ya está activada la alerta, solo deben abrir la aplicación y, en caso de ver al sospechoso, pulsar el botón para que nos llegue la geolocalización del lugar exacto en el que ha sido visto y podamos realizar un seguimiento efectivo de su posición. Gracias por su colaboración.

 

   Con las extremidades temblando, retiré los últimos billetes y comencé a alejarme de allí, despacio, intentando no llamar la atención, y escondiendo mi mano derecha. ¡Maldita sea! ¡No me acordaba de la condenada aplicación! Cada vez que alguien se encontrase conmigo su brazalete avisaría de cuando y donde me habían visto, realizando un mapa prácticamente en tiempo real del que sería casi imposible escapar.

   En cuanto doblé la esquina, y me sentí menos objeto de las sospechas de mis conciudadanos, golpeé contra el alfeizar de una ventana, con fuerza y repetidamente, el brazalete ciudadano hasta que conseguí destrozarlo en varios pedazos. Mientras me acariciaba la muñeca dolorida, la cortina se abrió y una mujer joven y de ojos claros me observó, primero enfadada y después sorprendida. Con un respingo, eché a correr mientras ella abría en su brazalete la condenada aplicación.

   Mi carrera me llevó por varias calles más, mientras las sirenas de la policía, aérea y terrestre, iban cerrando el cerco a mi alrededor. Necesitaba ayuda ya, a este paso no sería capaz de escapar de la ciudad.

   Antes de girar en cada esquina, echaba primero un vistazo en búsqueda de drones o agentes de la ley, e intentaba cruzar siempre cuando pareciese que había menos personas mirando.

   Agotado, traté de fijar la vista mientras miraba a una bocacalle, escondido tras un cubo de basura. El cansancio comenzaba a afectarme, y mi campo de visión se llenaba de extrañas lucecitas que atribuía al esfuerzo agónico al que estaba exponiendo a mi cuerpo. Las rodillas me empezaban a flaquear, y si no encontraba algún lugar seguro para esconderme pronto, o quizá algún vehículo, no tardaría en ser arrestado.

   Observaba, envidioso, a aquellas personas conduciendo sus vehículos terrestres de turbina eólica, a los viajeros de los monorraíles magnéticos de transporte público, y los taxis aéreos propulsados a base de hidrógeno. Lamentándome de mi suerte y envidiando la de los demás, reparé en la zona de la ciudad en la que me encontraba, y sentí por primera vez que la soga de la inevitabilidad aflojaba, levemente, en mi cuello. Cerca, a apenas dos núcleos habitacionales, vivía Santiago Castro Paz, buen amigo mío. Quizá el pudiese ayudarme.

   Con fuerzas renovadas, me dispuse a salir a la calle, y entonces reparé en que, en el cubo de basura de la derecha, había una cortina de ducha mohosa y rota. Arrugando la nariz debido a la fetidez de su olor, me tapé con ella como si de una capa con capucha se tratase, confiando en que así quizá a las cámaras y ciudadanos curiosos les costase más reconocerme.

   Seguí corriendo, pegándome a las paredes y agradeciendo cada sombra amiga que salía a mi encuentro, hasta que al fin acerté a dar con el portal en el cual se encontraba el interfono de los pisos del sector noroeste del núcleo en el cual vivía Santiago. Llamé al telefonillo, repetida y convulsamente, deseando que estuviese en casa… y de ánimo para ayudarme.

   ‒ ¿Sí? ¿Quién es? ‒ Preguntó su voz desde el interfono. No podía verme porque, temeroso de que fingiese no estar en casa al ver en la pantalla que era yo, había tapado con mi mano la cámara.

   ‒ Santi, soy yo. ‒ Resollé, aún falto de aliento. ‒ Déjame pasar. Por favor. Solo un poco. Necesito ayuda.

   ‒ ¡Me cago en la puta Lorenzo! ¡¿En qué narices piensas!? ¿Quieres buscarme la ruina?

   ‒ Solo unos minutos. ‒ Supliqué. ‒ Estoy embozado. Las cámaras no me reconocerán. Escúchame al menos.

   ‒ Pero, ¿cómo me haces esto? ‒ Me llegó su voz, cansada, mientras el chirrido electrónico me indicaba que me había abierto la puerta.

 

   Atravesé el portal, escondido en la cortina de ducha y deseando que su superficie mohosa disimulase mis señas lo suficiente como para que quien sea que revisase las grabaciones de la cámara de seguridad no reparase en quien era.

   Subí las escaleras de dos en dos, evitando el ascensor porque la cámara de este quedaría demasiado cerca de mi rostro como para poder ocultarme, y con apenas respiración ni esperanza atravesé la puerta que Santiago había dejado abierta.

   Según pasé bajo el dintel, oí activarse el cierre mecanizado de la puerta tras de mí. Girándome, observé como mi amigo, un calvo alto y esquelético, pegaba el oído a la puerta durante unos minutos para asegurarse de que no me habían seguido.

   ‒ … ‒ Apoyado con ambas manos en la mesa del salón, resollé un instante y tragué saliva, intentando que mi voz hiciese acto de presencia, y traté hablar de nuevo: ‒ Gracias Santi. Gracias.

   ‒ Métetelas por el culo. ‒ Me respondió, en voz baja, mientras se despegaba cuidadosamente de la puerta, procurando no hacer ruido. ‒ ¿Seguro que no te ha visto ninguno de mis vecinos? ¿Nadie en la calle?

   ‒ Estoy casi totalmente seguro. ‒ Respondí con un hilo de voz, mientras observaba lleno de ansiedad, sujetándome los riñones con una mano, el brazalete ciudadano de mi amigo.

   ‒ ¿Qué ha ocurrido? ‒ Se acercó hacia mí y comenzó a zarandearme. ‒ ¿Qué has hecho, Lorenzo?

   ‒ ¡Para! ‒ Respondí secamente, mientras me lo quitaba de encima con un empellón.

   ‒ ¿Cómo es que nunca me dijiste que eras un SRC? ‒ Me recriminó mientras fijaba en mí su mirada acerada.

   ‒ ¿Que era un sujeto de riesgo criminal? ‒ Reí entre toses, tratando de que mi ritmo cardiorrespiratorio volviese a la normalidad. ‒ Lo he descubierto esta noche, mis padres nunca me dijeron nada. Además, de haberlo sabido, ¿Para qué iba a habértelo dicho? ¿Para que me mirases como lo estás haciendo ahora? ¿Cómo si fuese un criminal?

   ‒ Eres un criminal. ‒ Aseveró. ‒ Has participado en un altercado violento.

   ‒ ¡Y una mierda! ‒ Gruñí mientras golpeaba la mesa en la que me apoyaba con el puño, lamentándome enseguida. ‒ Joder… ‒ Gruñí mientras me sujetaba la mano sangrante.

   ‒ Esto es una mierda… ‒ Suspiró Santiago mientras se dirigía al cuarto de baño. ‒ Espera aquí sin hacerte más daño y sin prodigar más pruebas de tu presencia en mi piso, por favor.

   ‒ Como desees. ‒ Murmuré mientras envolvía mi mano en la camiseta, tratando de dejar la menor cantidad posible de manchas de sangre en la habitación.

   ‒ A ver, ven aquí. ‒ Me indicó al volver del lavabo, abriendo un modesto botiquín del que extrajo un pequeño aparato cilíndrico en el que introdujo una carga de una especie de sustancia gomosa, como de grasa animal. ‒ Arremángate y acerca la mano. ‒ Así lo hice, dejando que echase un vistazo rápido a mi herida. ‒ Madre mía, estás lleno de barro y suciedad, ¿Por dónde has ido?

   ‒ Por dónde he podido. ‒ Me encogí de hombros. ‒ Por donde menos atención prestaban las cámaras y la sociedad.

   ‒ ¿Cómo te has metido en este lío, Lorenzo? ‒ Se lamentó mientras me vaporizaba con un spray desinfectante la herida, sacándome un respingo por la impresión. ‒ Siendo un SRC sabes que no te puedes permitir algo así.

   ‒ No me lo he buscado yo. ‒ Protesté.

   ‒ Lo hayas buscado o no ‒ Aseveró mientras preparaba el artilugio cilíndrico. ‒, estás bien jodido.

   ‒ Lo sé. ‒ Suspiré. ‒ ¿Qué es eso?

   ‒ Es un pequeño robot quirúrgico. ‒ Explicó mientras depositaba el cilindro sobre mi mano, la cual procedió a escanear con un láser verde. ‒ No tengo las habilidades necesarias para coser esta herida, pero este amiguito lo hará por mí. ‒ Extendiendo varias y diminutas extremidades metálicas, cual miriápodo alcalino, el robot comenzó a coser mi herida con unos delgados hilos que parecían ser de la misma textura que aquella carga que Santiago había introducido dentro de él.

   ‒ ¿De qué está hecho este hilo? ‒ Pregunté, interesado.

   ‒ Grasa de cerdo. ‒ Sonrió. ‒ Su alta similitud genética hace que tu cuerpo asimile los compuestos orgánicos de los que está hecho. Permite coser la herida sin provocar infecciones y sin necesidad de retirar el hilo. ‒ Se encogió de hombros. ‒ Es bastante útil.

   ‒ Ya veo… ‒ Asentí mientras admiraba a aquél pequeño autómata realizar diligentemente su trabajo. ‒ ¿Y cuánto tardará?

   ‒ Unos minutos.

   ‒ Bien. ‒ Cogí aire. ‒ Santiago, necesito tu ayuda.

   ‒ ¿Más? ‒ Enarcó una ceja.

   ‒ Necesito que me ayudes a salir de esta, tú eres científico, seguro que sabes de algo que haga que no pueda ser procesado.

   ‒ Trabajo en la policía científica, Lorenzo. ‒ Suspiró. ‒ Soy parte de aquellos que deben capturarte. Me estás buscando la ruina, ¿Lo entiendes?

   ‒ Ayúdame a entender al menos lo que está ocurriendo. ‒ Insistí. ‒ Nunca he prestado atención a lo que eran los SRC, ¡No sabía que fuese uno!

   ‒ … Está bien. ‒ Se sentó frente a mí, manos entrelazadas y codos apoyados en las rodillas, vista fija en el robot que seguía arreglándome la mano. ‒ Hace varias décadas que sabemos que la violencia y la tendencia a la criminalidad está relacionada con ciertos genes, con ciertas expresiones de estos. ‒ Se recolocó las gafas durante un instante, antes de continuar. ‒ En primer lugar, se descubrió que hay una variante del gen MAOA cuya absorción de dopamina es demasiado baja, lo cual implica un aumento en el comportamiento violento, y que el receptor de dopamina D4 es muy común entre los criminales homicidas. ‒ El robot se detuvo durante unos instantes, y Santiago lo levantó y me hizo girar la mano, para que prosiguiese cosiendo el final del corte, que se extendía apenas un centímetro por la palma de mi mano. ‒ Se descubrió también que el gen CDH13 contribuye al desarrollo de conexiones neuronales que favorecen las respuestas violentas en las personas.

   ‒ ¿Y qué?

   ‒ Los genes son hereditarios, y estadísticamente se asume que, cuando el 50% o más de los familiares de una persona en la generación presente y las tres anteriores han sido procesados judicialmente por crímenes violentos u homicidios, dicha persona tiene un alto riesgo de convertirse a su vez en criminal. ‒ Suspiró. ‒ Y a esas personas las denominamos sujetos de riesgo criminal, es decir, se las considera criminales en potencia, y por tanto cualquier acto violento que cometan debe ser juzgado igual que una agresión criminal grave.

   ‒ ¿Y eso que significa? ‒ Pregunté mientras tragaba saliva.

   ‒ Significa que cuando un SRC comete una acción violenta, en el grado que sea y con las circunstancias que sea, será encerrado en prisión y recibirá terapia psicológica, y no podrá incorporarse a la vida pública nuevamente hasta que el equipo de expertos del funcionariado de prisiones considere que podrá hacerlo sin suponer un riesgo para los demás.

   ‒ ¡Pero no es justo! ‒ Protesté. ‒ ¡Nunca he cometido ningún delito! ¡Siempre he sido un ciudadano ejemplar! ¡Tú lo sabes!

   ‒ Y entonces, ‒ Preguntó mientras señalaba con la cabeza mi mano. ‒, ¿Cómo te has hecho eso?

   ‒ Hace unas horas bajé al bar que hay al lado de mi núcleo habitacional a tomarme una cerveza, había tenido un día especialmente duro en el trabajo. ‒ Comencé a hablar rápido, deseoso de poder explicarme. ‒ Allí un joven, de no más de veinte años, comenzó a agredir a su novia. Me interpuse en medio y me estrelló en la mano un vaso de cristal fino, y yo le correspondí con un derechazo que le lanzó al suelo. ‒ Santiago procedió a retirar el robot, que ya había terminado su trabajo. ‒ Cuando se estaba levantando, el dueño del bar ya había llegado hasta nosotros y le había sujetado por la espalda. Mientras le inmovilizábamos, la chica llamó a la policía. ‒ Abrí y cerré la mano repetidamente, sorprendido con el resultado. ‒ Cuando los agentes llegaron nos tomaron declaración y comprobaron nuestros historiales, y allí vieron que mi madre, mi abuelo paterno, mi tía materna y un primo segundo habían sido encarcelados por crímenes y actos violentos, y procedieron a arrestarme.

   ‒ Es lo que establece la ley. ‒ Asintió, cansado, Santiago. ‒ En el momento en el que realizas una acción violenta, sea esta la que sea, se considera que estás en un umbral de riesgo de deriva criminal que no puede ser ignorado.

   ‒ Pues no es justo, joder. No es justo. ‒ Suspiré mientas me dejaba hundir en el asiento, con el torso caído hacia atrás. ‒ Yo solo quería ayudar a esa chica.

   ‒ Ven al baño.

   ‒ ¿Para qué? ‒ Me extrañé.

   ‒ En las noticias buscan un hombre rubio con una herida en la mano, vamos a teñirte el pelo con un poco de tinte de Verónica.

   ‒ ¿Está en casa? ‒ Pregunté, temeroso, mientras miraba a un lado y a otro. Nunca le había caído bien a su novia.

   ‒ Está trabajando. ‒ Negó con la cabeza.

   ‒ Mejor.

   ‒ ¿Y cómo escapaste? ‒ Me preguntó mientras me rociaba un spray en el cabello sin miramiento alguno, no solo dejando este de un tono castaño, sino también manchándome las orejas, la frente y el cuello.

   ‒ Cuidado. ‒ Protesté.

   ‒ No te estoy poniendo guapo, así que cierra los ojos y cállate.

   ‒ Perdón.

   ‒ ¿Cómo escapaste? ‒ Repitió.

   ‒ El dueño del bar y la mujer me defendieron con vehemencia, y aproveché para salir con cuidado. ‒ Me encogí de hombros. ‒ Tardaron en darse cuenta lo justo para que pudiese poner tierra de por medio.

   ‒ Menuda coña.

   ‒ Ya. ‒ Suspiré, irónico. ‒ En fin, Santi... ¿Puedes ayudarme? Trabajas para la policía, eres científico… ¿Se te ocurre alguna forma de librarme de esta?

   ‒ Lo siento, pero no. El riesgo genético es claro. Las leyes también.

   ‒ ¿Y si no se me pudiese aplicar esa ley?

   ‒ ¿Cómo? ‒ Me preguntó mientras yo me secaba la cara y el cuello con una toalla.

   ‒ Mis padres se fueron de luna de miel durante más de un año por el globo, y cuando volvieron yo ya había nacido, así que supongo que no nací aquí. ‒ Elucubré. ‒ Quizá, al haber nacido en otro país, la jurisprudencia paneuropea no podría aplicárseme. ¿Qué opinas?

   ‒ Que te equivocas. ‒ Suspiró. ‒ Eres ciudadano de pleno derecho de la Paneuropa Occidental, no resides con un visado de extranjería, y aunque lo hicieses tendrías que respetar las leyes de aquí. Se te aplica, necesariamente, el tratado de Habsburgo del año 2057. No tienes escapatoria. ‒ Caminó hacia la puerta, y apoyó la mano sobre el picaporte. ‒ Tienes que irte Lorenzo. Me estás poniendo en una situación insostenible, ya no puedo hacer más.

   ‒ ¿Me vas a dejar tirado? ‒ Gemí, incrédulo. ‒ ¿No piensas ayudarme?

   ‒ ¿No he cosido tu mano? ¿No te he ayudado a disimular tu aspecto?

   ‒ ¡No puedes dejarme en la estacada ahora! ‒ Grité. ‒ ¡Somos amigos!

   ‒ ¡Soy miembro de la policía científica! ¡Estoy poniendo en riesgo mi propia seguridad y futuro solo con lo que ya he hecho!

   ‒ ¡Somos amigos cabrón!

   ‒ ¡Yo nunca pondría a un amigo en la situación en la que tú me has puesto a mí! ¡No seas desagradecido!

   ‒ ¿De verdad no piensas ayudarme? ‒ Gemí, dejando caer los hombros, abatido.

   ‒ Claro que no. ‒ Suspiró Santiago mientras se tapaba la cara con la mano. ‒ Si me preguntan, diré que no has pasado por aquí y que no sé dónde estás. Tampoco usaré AlertCivic para que puedan mapear tu itinerario. ‒ Añadió mientras me mostraba el brazalete al levantar el brazo. ‒ No pienso ayudar en tu captura. Pero por favor, tienes que irte.

   ‒ Está bien. ‒ Sintiendo como si una tenaza densa y firme de hierro forjado se afanase en estrujar mi cuello, salí de la casa de Santiago.

   ‒ Buena suerte Lorenzo. ‒ Me llegó su voz, antes de que cerrase la puerta.

 

   Aún más afectado que enfadado, y con una angustia en el pecho que parecía querer escapar a base de lágrimas, salí a la calle y caminé lentamente, decidiendo el siguiente paso. Escuché un pitido a mi derecha, y me giré, encontrándome con la novia de Santiago, que volvía a casa.

   Ella me observaba, incrédula y asustada. Yo observaba su brazalete, que emitía la señal de la aplicación que me acababa de condenar a la cautividad. Dedicándole una última mirada de odio, procedí a correr por la calle sin plan ni dirección alguna, solo buscando escapar.

   Tarde, me di cuenta de que mi reacción había supuesto, en la práctica, un suicidio, pues me había internado en una de las calles principales de la ciudad. Quizá, gracias a la ayuda de Santiago, los demás ciudadanos no me reconociesen a simple vista, pero estaba siendo grabado por las cámaras de trescientos sesenta grados que había en todos los techos de los transportes públicos.

   Me introduje en un callejón mientras oía cada vez más cerca las sirenas policiales. Quizá fuese mi imaginación febril. Mientras intentaba convencerme de que aún no estaba todo perdido, varios focos de luz me cegaron, dejándome suspendido en un haz de luz inmovilizador, observando impotente como varios agentes de policía se acercaban hacia mí, dispuestos a detenerme. Cuando al fin apagaron aquellas luces, y noté como los nervios de mi cuerpo volvían a funcionar con normalidad, aprecié que aquellos focos se encontraban en los vehículos aéreos de la policía, una suerte de cédula cristalina de metacrilato que funcionaba con motores de hidrógeno y oxígeno. Baje la cabeza, agotado, en cierto modo agradecido por poder dejar, al fin, de huir. Sabiendo que todo había acabado.

 

   Ya en comisaría, sentado en una sala diáfana iluminada por una luz blanca artificial, me informaron de que, al día siguiente, a primera hora, iniciaría mi juicio rápido. Tras estas descorazonadoras noticias, dejaron pasar a una mujer algo mayor, de unos cincuenta años, con traje verde ribeteado por líneas naranjas, gafas de brillo violeta y un implante cibernético en su mano izquierda.

   ‒ Buenas noches. ‒ Saludó tendiéndome la mano orgánica. ‒ Soy Alexandra Gálvez Roquer, y seré su abogada de oficio. ‒ Sentándose frente a mí, situó un pequeño teclado portátil desplegable, del cual manó un haz de luz que conformó la pantalla intangible tridimensional de su ordenador. ‒ Tengo malas noticias, la condena como criminal en potencia será inapelable. Serás internado en prisión. ‒ Suspiré. ‒ La buena noticia es que podemos argumentar que te encontrabas en estado de shock y que por eso te diste a la fuga. No dañaste a ninguna persona, no robaste ningún vehículo y tampoco te opusiste físicamente a los agentes de la autoridad. ‒ Se encogió de hombros. ‒ Así que creo que podremos evitar la condena por resistencia a la autoridad.

   ‒ ¿Y eso es bueno? ‒ Mascullé, irónico.

   ‒ Bueno, una vez el tribunal psicológico compuesto por funcionarios del cuerpo de prisiones dictamine que puedes incorporarte a la sociedad, pasarías a cumplir la pena por el delito de resistencia a la autoridad. Así que, sí. ‒ Me miró por encima de las gafas. ‒ Es bueno.

      ‒ Bien. ‒ Quedé en silencio unos segundos. ‒ ¿Y al capullo que ha provocado esta situación? ‒ Me apoyé, vehemente, en la mesa. ‒ Al hijo puta que agredió a su novia, ¿Qué le ha pasado?

   ‒ Acabamos de terminar su juicio rápido. ‒ Se encogió de hombros mientras revisaba la pantalla. ‒ El acusado cometió un delito leve por lesiones de menor gravedad, penado en el artículo 147.1 del código penal con una multa de seis a doce meses. ‒ Abrí mucho los ojos, incrédulo. ‒ Como adujo enajenación mental transitoria y no tenía historial de malos tratos, la condena ha sido fijada por el juez en seis meses de multa y una orden de alejamiento de su pareja.

   ‒ ¡Pero! ‒ Aferré con fuerza la mesa hasta dejarme los dedos blancos de rabia. ‒ ¿Cómo que seis meses de multa? ¿Y yo qué? ¿Yo me pudro en prisión y el muy cabrón se va de rositas?

   ‒ Es que él no es un peligro para la sociedad, y usted sí.  ‒ Su mirada me taladró, incluso a través de aquellas peculiares gafas. ‒ ¿Lo recuerda?

   ‒ Sujeto de riesgo criminal, sí… ‒ Mascullé con el corazón palpitándome con fuerza.

   ‒ Además… ‒ Se quedó callada un instante, observando una notificación en su pantalla que yo, desde el otro lado y debido a la ionización del aire, no podía leer. ‒ Qué curioso… deme unos minutos, señor Martínez.

   ‒ Por supuesto. ‒ Suspiré mientras me reclinaba en mi asiento, intentando que mis pulsaciones se tranquilizasen.

   ‒ Vamos a ver… ‒ Siguió leyendo durante unos minutos más. ‒ Tiene amigos muy interesantes, señor Martínez, muy interesantes…

   ‒ ¿Amigos? ‒ Pregunté, extrañado. ‒ ¿Quiénes?

   ‒ La confidencialidad con mi cliente me prohíbe revelar a nadie fuera de esta sala quien es la fuente que me ha facilitado esta información. ‒ Se quitó las gafas y me miró directamente a los ojos. ‒ A ti, sin embargo, puedo decirte que el oficial Castro, de la policía científica, acaba de enviarme información que podría ayudarte.

   ‒ ¡Santiago! ‒ Exclamé con una carcajada. ‒ ¡Hijo de puta! ¿Qué se le ha ocurrido?

   ‒ Al parecer tiene amigos en los servicios de protección al menor. ‒ Comentó mientras iba pasando la mirada por la pantalla. ‒, y resulta que le llamó la atención lo que le comentaste de que tus padres se fueron de luna de miel por todo el planeta y volvieron ya contigo. Le han facilitado el número de varias agencias hasta descubrir que, a su paso por la Unión de Repúblicas Canadienses, adoptaron un bebé cuya naturaleza no comunicaron al gobierno de la Unión Paneuropea.

   ‒ ¿Soy adoptado? ‒ Exclamé. ‒ ¿Pero cuanta mierda tiene que ocurrirme hoy? ‒ Gemí.

   ‒ Debería alegrarse, señor Martínez. ‒ Señaló la mujer. ‒ El historial de sujetos violentos en su árbol familiar ya no tiene validez, es usted adoptado. No tienen parentesco genético, así que no puede ser declarado criminal en potencia.

   ‒ ¿Me está diciendo que acabo de salvarme? ‒ Pregunté, extasiado.

   ‒ Le estoy diciendo que el oficial Castro acaba de salvarle. ‒ Matizó.

   ‒ Pero… Pero y si me sacan una muestra de sangre para comprobar si tengo los genes que me dijo Santiago, ¿Qué? ¿Volveremos a lo mismo?

   ‒ Eso no ocurrirá. ‒ Me tranquilizó mi abogada. ‒ Aunque conozcamos qué genes se relacionan con la propensión a la violencia, los acuerdos de Lisboa del año 2061 y de Valladolid del año 2062 establecen claramente que la manipulación total o parcial del genoma humano está totalmente prohibida.

   ‒ ¿Esos acuerdos no ocurrieron debido a las revueltas de clones en las granjas de material orgánico trasplantable?

   ‒ Exacto. ‒ Asintió mientras se limpiaba las gafas. ‒ Deontológicamente, la manipulación de ADN de humanos vivos está prohibida, y podremos acogernos a dicha legislación para evitar que te realicen dicha prueba. Estás a salvo.

   ‒ Gracias, Alexandra.

   ‒ No hay por qué darlas. ‒ Se encogió de hombros. ‒ Llamaré al juez para explicarle la situación, espera aquí. ‒ Al cabo de unos minutos, volvió. ‒ El juez está de acuerdo en soltarte, y ha aceptado no realizar indagaciones sobre quien es nuestra fuente, siempre y cuando aceptes firmar un acuerdo,

   ‒ ¿Qué clase de acuerdo? ¿Uno de confidencialidad?

   ‒ Más bien un acuerdo confidencial… Aquí tienes. ‒ Respondió mientras me tendía un documento. ‒ Léelo.

 

   Tras poco más de una hora, al fin me devolvieron mis escasos efectos personales y me permitieron salir de aquella habitación. Los agentes avisaron al hospital y me llevaron para que me realizasen un chequeo médico, y tras determinar que la mano estaba correctamente curada y que no había más daños reseñables, fui puesto en libertad.

   A la salida del hospital la prensa estaba esperándome, parecía que mi historia había llegado a los medios y que estos querían hacerse eco. Mientras cinco micrófonos se afanaban por acercarse a mi rostro, y tres drones grababan todo el momento para salir en directo en el telediario matutino, uno de los reporteros acertó a realizar su pregunta:

   ‒ ¿Cómo se siente al haber sido puesto en libertad?

   ‒ ¿Qué cómo me siento? ‒ Repetí. ‒ Aliviado de que se haya demostrado mi inocencia, por supuesto. Feliz de estar libre. ‒ Observé a Alexandra, mi abogada, y al policía que la acompañaba, y me apresuré a agregar: ‒ Agradecido de que el sistema funcione, de que la ley nos proteja de los criminales potenciales y de que nunca falle en sus decisiones. Yo soy la prueba de ello, si el sistema fuese erróneo yo hoy estaría en prisión. ‒ Cogí aire, como para tragarme mi orgullo y mis opiniones, así como toda la angustia pasada en las últimas veinticuatro horas. ‒ Pero el sistema funciona, y todo está bien. Gracias.

Publicado la semana 1. 04/01/2021
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