07
Miguel Angel

Enzo (Cap. 7 y último)

Tiberio ya llevaba dos semanas en el pueblo. Dos semanas que le habían pasado volando. Desde luego, su objetivo de desconectar de la rutina, de los problemas cotidianos, de su entorno más inmediato, había constituido un clamoroso éxito. Se encontraba liviano, como si hubiera arrojado a un profundo pozo cada uno de sus males y preocupaciones.

La fonda contaba con una pequeña barra, sita en una especie de bodega, en los bajos de la casa. A Joaquín no le gustaba beber delante de Dolores y aprovechando que el forastero no hacía ascos a tomarse todos los días algunas cervecitas, algún vino o algún licorcillo, adquirió la costumbre de invitarlo a un trago. De esa forma se libraba por un rato de los quehaceres cotidianos y departía con Tiberio sobre cualquier tema. El posadero lo mismo hablaba de esto que de aquello. En una de esas tertulias, el huésped confiesa a Joaquín que es escritor y que se ha dado un tiempo para salir de la ciudad (no le revela cual) e intentar encontrar inspiración. Así mismo le asegura también que no tiene ninguna prisa por marchar. Joaquín se regocija pensando en el inminente beneficio económico.

 

Como acostumbraba, Tiberio, a media mañana del día siguiente, partió en busca de Enzo. Lo encontró donde siempre. Tras almorzar y beberse la botella de vino de rigor, Enzo sorprende a Tiberio ofreciéndose a llevarlo por un sendero que partía de allí mismo y que el forastero reconoció no haber tomado nunca.

En el transcurso de la caminata Tiberio nota un hecho bien curioso. Alrededor y en las proximidades, puede observar mamíferos, roedores y aves que los siguen. Ese es un fenómeno que no le ha pasado yendo solo, ni se hubiera imaginado en un millón de años que tal cosa fuera posible. Y entonces se da cuenta de la relación tan especial que Enzo sostiene con el medio que lo rodea; que es capaz de trasmitir empatía a la flora y fauna y que los une un tipo de comunicación singular.

En un momento determinado Tiberio le pide que le explique cómo murió su amigo. Nota al instante como Enzo se tensa, se pone nervioso. Choca verlo de esa guisa. Enzo no se altera nunca. Es como una roca, como una montaña. Tan sólo cambia por la erosión sufrida al cabo de los años.

 

Y Tiberio, aunque lo intentara, no sabría interpretar la vibración que le llegó. Algo extraordinario, no cabía explicación posible. En cierto punto de la conversación, Tiberio se da cuenta de la verdad. En esa pequeña excursión se convence de que ha captado el fondo de Enzo, que ha sido capaz de llegar a su interior, que ha sido capaz de atravesar esa coraza más dura que el caparazón de las tortugas y que ha conseguido penetrar a través de ella. Ve a Enzo por delante de él y se fija en el entorno; es como un camaleón. Enzo se mimetiza con la naturaleza de modo perfecto. Nadie diría que es un hombre. De hecho, contemplados a distancia, no verían a dos personas caminar. Tan sólo vería a uno, a él, a Tiberio.

Sin mediar lógica alguna lo sabe. Sabe que Enzo mató a su amigo. Y lo comprende y admite como razonable. Enzo no es humano, no goza de las cualidades y características que nos definen. Él sigue otro patrón, otro código. La revelación lo sobrecoge. E imagina con tristeza que nadie en ese pueblo perdido de la mano de dios lo ha comprendido jamás. Que en Bontur se siente solo, desamparado. No es una persona taciturna y sin amigos como la mayoría piensa. En la civilización es así, pero en el bosque, en las montañas es donde Enzo se relaciona. Es  donde adquiere una dimensión única y personal. Allí se muestra tal y como es. Y si bien en el lenguaje de los humanos es poco comunicativo, no lo es en absoluto en otro tipo de idioma, de signos. Y a las claras de aprecia que no le faltan “amigos” y seres que lo acojan con cariño y lo estimen.

Al día siguiente, nada más levantarse, decide que se va a marchar. No se va a despedir de Enzo. Sabe que si permanece a su alrededor, tarde o temprano acabará con él también. Sería cuestión de tiempo. A Joaquín le cuenta que lo han llamado urgentemente y que debe de regresar. Le miente arguyendo que es algo referente al trabajo, que le ha salido un encargo que merece la pena, un asunto gordo y jugoso que no puede despreciar.  Le paga un día más para cubrir lo inesperado de la marcha. Joaquín  chista que de ninguna manera, pero el regateo no dura demasiado y el posadero acepta la generosidad del huésped.

Y mientras conduce y aprecia por el retrovisor como Bontur va disminuyendo de tamaño, sospecha que la novela que va a escribir con lo que ha vivido esos días puede colmar las expectativas de su dictatorial editor. Deberá cambiar nombres de personas y lugares, pero a eso ya está acostumbrado.

Y Enzo, desconociendo el motivo, con el paso de los días, echa de menos a Tiberio. Lo considera una persona diferente. Le resultó incómodo una vez; tuvo que controlar el impulso de despeñarlo ladera abajo. En fracciones de segundo el forastero cambió de actitud (¿o puede que cambiara de posición y se alejara del precipicio?) y la tensión de sus músculos se aflojó.

De todas formas, tampoco le importaría que no volviera nunca. Y está seguro de que no lo hará.

O sí, y eso tampoco le importa.

 

FIN

 

 

Publicado la semana 7. 18/02/2021
Etiquetas
Donde sea y cuando sea, pero en soledad
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
07
Ranking
2 42 0