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Miguel Angel

Enzo (Cap. 5)

Tanto Joaquín como Dolores se preguntaban cuál sería el oficio o la ocupación de su huésped. Dijo estar de vacaciones y tras una semana, no había hecho mención de despedirse. No es que pusieran reparos, sino todo lo contrario. Pero en algunos casos, la desconfianza se lleva en los genes como insignia y bandera. Ese dudoso privilegio, en absoluto exclusivo de su propiedad, también marcaba al resto de vecinos. En las cábalas de los hosteleros circulaban unos datos básicos y realistas; mes septiembre, el tiempo acompañaba, por lo que probablemente  el hospedado contara con por lo menos dos o tres semanas de vacaciones.

La rutina del turista cambió, y de repente dejó de enclaustrarse en su habitación y comenzó a salir temprano. Ni los posaderos ni el resto del pueblo tardaron en enterarse de que la pareja Enzo-Tiberio había congeniado  de maravilla. Qué es lo que encontraba el uno en el otro representaba un gran enigma. Se chismorreaba sobre la relación del borracho de Enzo con el forastero. Y era un punto bien curioso este. Cada semana, sin exagerar, llegaban al balneario cientos de turistas y el que los habitantes de la localidad repararan en Tiberio, un turista más, alojado en la única y modesta fonda, no dejaba de resultar pintoresco.

En los frecuentes encuentros, bien en lo alto de la colina, bien en la barra del bar, Tiberio cuenta su vida a Enzo. Le cuenta de dónde es, a qué se dedica, cuáles son sus aficiones y sus planes de futuro. Enzo hace lo propio y en la soledad de su alcoba, entre vaporada etílica y vaporada etílica, piensa que le ha revelado en pocos días más de lo que lo ha hecho a nadie jamás. A excepción de sus dos amigos.

Enzo es burdo explicándose, pero se desenvuelve bien. Utiliza muchos localismos que a Tiberio le resulta difícil de seguir a ratos. Sin embargo, su economía de palabras lo hace conciso y directo. Además es una persona que no se ruboriza por nada ni titubea al abrirse. Hasta él mismo se admira de que pueda comportarse de esa manera. Es como si fuera su normal proceder.

También en la soledad y tristeza de su alcoba, Enzo se acuerda de Jeremías, su amigo muerto. Mientras sus ojos turbios se dejan vencer por el sueño, observa las fantasmagóricas sombras que la escasa luz que penetra por los cristales de la puerta refleja en el techo. Cualquier crío hubiera fallecido de miedo allí tumbado, en ese sarcófago de asfixia. Pero a Enzo esa tenue luz lo relaja y lo ayuda a traspasar al más allá. Y en ese lugar puede vislumbrar a Jeremías aún en vida, hablando y moviéndose con total nitidez. Contempla con una claridad casi meridiana como lo mató, como se deshizo de él de una forma natural y sin dudar. Sin premeditación, sin remordimientos de conciencia. Sencillamente lo hizo. Y nadie lo sabe, excepto él.

Publicado la semana 5. 06/02/2021
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Donde sea y cuando sea, pero en soledad
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