48
Miguel Angel

La necesidad hace virtud, o algo así (2/2)

—Verás Nicasio, hace días que quería mantener una charla contigo. Lo de esta noche no ha hecho más que adelantar los acontecimientos.

Nicasio quedó un tanto perplejo. Ni siquiera respondió, prefirió que el Rober siguiera hablando.

—Sé que no vas bien de pasta. Bueno, todo el mundo lo sabe —se rió. A Nicasio no le hizo ni pizca de gracia—. Me ha llegado un asunto que quizás podría interesarte. Te puedes sacar un buen pellizco y no es en absoluto complicado.

La artificiosa atmósfera en la que el Rober camufló el tema puso en guardia a Nicasio. Demasiado envoltorio en papel de regalo.

—Te lo resumiré rápido. Se trata de que te cases y a cambio recibas una compensación económica.

Nicasio se decidió por fin a abrir la boca, pero el Rober, con la rapidez y la verborrea que propician la coca y el alcohol, le impidió articular palabra.

—Hay cierta mujer que necesita casarse. Vive en la ciudad, pero su padre no. Este está en las últimas; un cáncer de páncreas. No le debe de quedar mucho. Parece ser que con su hija han tenido sus más y sus menos. Mientras vivía la madre, la situación se sostenía, pero una vez muerta esta, la chica marchó del pueblo. No quería saber nada ni con el sitio ni con su padre, único pariente que se le conoce.

»El padre, lo último que le advirtió antes de verla coger las maletas fue que si se iba y lo dejaba tirado como a un perro, la desheredaría. Ella, desoyendo tamaña amenaza y otras impropias palabras que un padre jamás debería de proferir a una hija, marchó sin contemplaciones. Por lo visto el hombre, en la antesala de la muerte, se siente más abandonado ahora que antes. Se le ha reblandecido el corazón y ha establecido una especie de tregua con su retoño.

»Al padre y futuro benefactor, de dolía el hecho de que no hubiera descendencia. Esas tierras, la hacienda del pueblo, el resto de patrimonio familiar, el dinero acumulado en el banco, no guardaban más recorrido que el de acabar en manos de su hija. El hombre aspiraba a prolongar la estirpe, que el acervo familiar quedara en el futuro en un círculo consanguíneo. Por eso, refirió a su hija una singular propuesta. Si quería heredar,  debía de casarse antes de que él muriera. En caso contrario  donaría el total de los bienes y posesiones a las Hermanitas de los Pobres. La chica, mujer ya, se lo repensó unas cuantas veces y al final decidió aceptar. Y ahí es donde entras tú.

»La hija no es una beldad. Es más bien fea y poca cosa, para que vamos a engañarnos. Por otro lado es de carácter tímido y retraído, y ya cercana a los cuarenta, no se ve saliendo a ligar por ahí. Resulta que por circunstancias que no vienen a cuento, conozco a un compañero suyo de curro. Intuyo que el único amigo que ella debe de tener en este mundo. Me planteó hace unos días la situación, pidiéndome encarecidamente que le echara un cable. Le dije que no se preocupara, que hallaría al candidato, y enseguida pensé en ti. Eres la persona ideal.

Nicasio meditaba en silencio y acaso para cobrar un necesario brío, se agachó para meterse otra raya.

»Ya sé que lo ves difuso todavía. Te voy a ampliar los detalles más sustanciosos. Ella ofrece cien mil euros por la boda, que será en un juzgado y de la manera más rápida y austera. Tendréis que convivir hasta que el padre  muera y una vez lo haya hecho, está previsto un divorcio tan rápido o más que la boda. No tendréis que dormir en la misma cama, si es lo que te preocupa. Se trata de representar un paripé y de que su padre no cambie el testamento. ¿Cuánto puede durar la situación, cuatro, cinco meses? Lo veo clarísimo. Un dinero fácil, llovido del cielo.

»Si te estás preguntando  por qué no lo hago yo, te responderé. Conozco a la mujer y sabe que tengo relación con su amigo. No creo que fuera buena idea. Además, mi fama me precede. No, debe ser alguien desconocido en su círculo, alguien discreto y silencioso como tú.

»Y no negarás que cien mil pavos por unos pocos meses de trabajo es una cifra más que justa. Además, libres de impuestos.

»Piénsatelo, tómate tu tiempo, pero dame una respuesta el miércoles a más tardar. Si es un no, tendré que buscar a otro y no vamos sobrados de tiempo.

El móvil del Rober se iluminó, un mensaje acababa de entrarle. Nicasio se fijó en la hora que mostró la pantalla, las ocho de la tarde. Ambos sentíanse muy pasados y consideraron oportuno retirarse a descansar. A Nicasio, el trayecto hasta su casa se le hizo eterno, no veía la hora de meterse en la cama. Ni siquiera dio vueltas al sorprendente asunto que el Rober le expuso. Lo único que le rumió en la cabeza hasta que concilió el sueño fue el motivo que impulsaba al Rober para actuar de conseguidor, de intermediario. Seguro que una pequeña prima percibiría por la gestión.

 

Se despertó a las dos de la tarde del lunes. Disfrutó un sueño de diecisiete horas. Lo necesitaba. Unas ganas apenas contenidas de ir al baño lo impulsaron a apartar ligeramente las mantas que lo cubrían. Inmediatamente se percató del frío atroz imperante. Al carecer de calefacción central,  los radiadores eléctricos ofrecían la única fuente de calor a su disposición. No podía permitirse el lujo de derrochar dinero en eso. Lo del calentador, eso sí que debería de solucionarlo, y rápido. Resultaba infrahumano lavarse como los gatos  con agua fría.

Sentado en la taza,  retazos de la conversación que mantuviera con el Rober atravesaban su cabeza, como un incesante trasiego de vehículos en una autopista, en cualquier dirección y a gran velocidad. No se le escapaba  que mientras el Rober se lo contaba,  para sus adentros ya le dijo que sí. Ninguna solución guardaba en la recámara para escapar de la aciaga, de la infausta vida que llevaba.

En cuanto se hubo despejado y alimentado  mínimamente, lo llamó y aceptó el ofrecimiento. Le preguntó lo que no había salido a la palestra el día anterior, ¿en qué momento cobraría? El Rober respondió con palabras salidas de la boca de ella, «en el momento en el que sea poseedora de la herencia». A Nicasio no le convencía. Era el único punto flaco, la única arista que limar, el único pero que  interponer. No podía esperar varios meses a que muriera el padre y a  que ella recibiera la herencia. El Rober le dijo que no se apurara, que lo hablaría y que posiblemente un pequeño adelanto le parecía posible.

Por otro lado,  a Nicasio no se le escapaba que el vivir a mesa puesta sin tener que pagar recibos, ya representaba de por sí un plus. De eso no fue consciente al principio. No tendría que pagar luz, agua, gas, comida y podría vivir aunque fuera por una temporada en un lugar no hostil.

 

Sólo una vez quedaron antes de la boda. El Rober los presentó. Nicasio reconoció que efectivamente a la mujer no había por dónde cogerla, fea y con un cuerpo que si bien no deforme, rozaba la asimetría con bastante exactitud. En ese encuentro pactaron un adelanto de diez mil euros el día de la boda.

Esta trascurrió con más pena que gloria. Los dos testigos de rigor fueron el Rober y el compañero de trabajo de Rosario. Al acabar la ceremonia, ella rechazó cualquier celebración y de modo vehemente comunicó sus ganas de irse a casa. Le dijo a Nicasio que él hiciese lo que quisiera, pero que ella se retiraba. Nicasio, en su nuevo papel de fiel esposo, la acompañó.

El piso, también de alquiler como el suyo, le pareció un lugar confortable, limpio y agradable. Rosario no fue agraciada siquiera con el don de la palabra, y detrás de su timidez se escondía un carácter oscuro y poco comunicativo. Recién entraron, ella lo condujo a la que sería su habitación. A Nicasio le agradó al instante. Le informó de los horarios de la comida y de la cena, y si no le convenían, que ahí tenía la cocina. Disponía de libertad absoluta.

Nicasio se sintió más desamparado que en su propio “hogar”, más triste. La coyuntura se le antojó más patética y sin sentido que su anterior realidad. Para calmar en lo posible esa zozobra, decidió irse  en busca de ropa y de sus escasos efectos personales. Antes de salir gritó «luego vuelvo». Y marchó.

Apenas entrados en diciembre, el frío se intensificaba con crueldad. Ese invierno venía mostrándose implacable y parecía  no estar dispuesto a plantear una tregua. Nicasio, al traspasar la puerta, sintió como si accediera a una cámara frigorífica. Tuvo la tentación de abrir las ventanas para que entrara el ausente calor de la calle, para que saliera una brizna del frío contenido en el interior. Llenó una bolsa sin orden, con atropello, como si le hubiera surgido un viaje repentino, como si careciera de tiempo, como si alguien lo persiguiera. A punto de marchar,  una razón desconocida lo arrastró al sofá y lo sentó.  Depositó la bolsa en el suelo y reclinó la cabeza de modo que su nuca se acomodara lo mejor posible.

La nueva situación, las circunstancias, habían seguido unos derroteros imprevistos. Se sintió como un pelele, sin voluntad. En ese momento se acordó de Paco, un amigo de la adolescencia al cual enchironaron. Cumplió cuatro años. Estuvo con él antes de ingresar en prisión, horas antes, y la desolación que sintió su amigo en aquel momento era la misma que le recorría el cuerpo ahora. Sin principios morales, desarraigado de la sociedad, sin anhelos, sin planes de futuro, sin ilusiones. Y lo peor, sin ganas de nada, de que algo mejore. Como una alimaña, movido exclusivamente por el instinto de supervivencia y dejando de lado su condición humana. Sin la presencia de una voz interior que le diga que algún día el panorama cambiará, que llevará una vida como la de cualquier otro. Que dejará de improvisar, de ir a salto de mata, que le moverá una ilusión, una meta, un medio que le reporte además de comida o dinero, cierto beneficio espiritual.

Sentado ahí, viendo como exhala su aliento y se diluye al segundo, contemplando lo cutre y siniestro de ese salón, se dice que aunque se ha metido en otra mierda, que ha ido de Guatemala a Guatepeor, que  no ha hecho más que bajar otro peldaño hacia el infierno, se dice que es el momento de cambiar. Que aprovechará la coyuntura para extraer lo bueno y tirar a la basura lo malo. Que administrará ese beneficio económico que le va a caer para comenzar una nueva etapa. Que es ahora o nunca.

Hacer de la necesidad virtud era algo en lo que siempre había creído Nicasio.

Se levanta de un salto y con una euforia inusitada sale a la calle. Mientras se dirige a su improvisado nuevo hogar, piensa con pesadumbre que lo que transporta en esa roñosa bolsa son casi todas sus pertenencias. Lo que ha dejado en el piso, ya sea material o afectivo, es de  un escaso o nulo valor.

 

Al cerrar la puerta a sus espaldas, percibe un agradable aroma a comida, a caldo. Saluda a Rosario. Esta le devuelve el «hola» y sigue con su trajín en la cocina. Tras dejar la bolsa en la habitación, va a su encuentro y se dispone a estrechar, si acaso un tanto, la relación en ciernes. Más que a estrecharla, a iniciarla.  A fin de cuentas, deben de permanecer varios meses en esa isla desierta y es mejor entablar comunicación, crear algún lazo, si  no afectivo, por lo menos cordial, meramente social.

Rosario es una mujer extraña. Su hermetismo esta hecho a prueba de bombas. No se lo ha mirado ni una sola vez. Se hace la ocupada y responde con monosílabos, siempre dándole la espalda. A Nicasio le incomodó  al principio, pero en seguida reconoció que si él no estaba asimilando el trance, a ella debía de pasarle lo mismo, o peor. Es más, ni siquiera conocía lo sustancial de su compañero, de su marido. Podría pensar que era un psicópata con intenciones aviesas y retorcidas. Pero no se la notaba acobardada. Se debió hacer a la idea de ese nuevo escenario mucho tiempo atrás. Lo debió de estar meditando largo y tendido. Sencillamente, rebosaba de timidez y adolecía de la costumbre por las relaciones de pareja, y de poca o ninguna destreza para el trato social.

 

Y el tiempo pasó, las semanas pasaron y el padre de Rosario murió. Los trámites de la herencia fueron más rápidos de lo que Nicasio  hubiera sospechado. De hecho no transcurrieron más de unos días.

Rosario le pagó lo convenido.

Nicasio zanganeaba sentado en el sofá, perdiendo el tiempo en internet, con el portátil que ella le ofreciera en su día. Lo animó a que lo utilizara cuando quisiera. En un momento dado, se sentó a su lado y sacó del bolso un abultado sobre y se lo ofreció. Le comentó que el montante lo agrupó en billetes de cincuenta, los creyó  más adecuados para el consumo diario que los de cien o los de importes superiores. Nicasio le dio las gracias. Tras el pago de lo estipulado, ambos quedaron como unos pasmarotes incapaces de hablar. En el fondo, una tristeza los envolvía. Eran conscientes de que el final se asomaba y de que el telón caería en breve. Pero ni Nicasio quería marchar ni  a ella le apetecía que lo hiciese. Sin haber avanzado demasiado en su conocimiento mutuo, sin haber intercambiado más de cien palabras al día, sin saber un ápice de la vida del otro, una especie de vínculo los unía. Puede que fuera la desgracia, puede que la miseria interior, puede que una sensación nada fantástica de su nula afinidad por la sociedad. Les acercaba  la comprensión mutua, la aceptación recíproca, el respeto. Ambos reconocían como eran y asumían lo que jamás llegarían a ser. Sin saber lo que les esperaba en el futuro, sabían lo que les ofrecía el presente. Y este no se caracterizaba por ser generoso, más bien lo contrario. Era ruin y tacaño, despiadado a veces.

Así es que sin hablarlo, sin tan siquiera mirarse, Nicasio tomó el dinero, y siguió sentado en el sofá. Rosario se levantó y le preguntó qué le apetecía para comer. Respondió que cualquier cosa, que ella cocinaba de maravilla. Sonrió, era la primera vez que la había visto sonreír. Intentó hacer lo mismo, pero no le salió.

Quizás era demasiado pronto. Puede que más adelante aprendiera a hacerlo.

 

FIN

Publicado la semana 48. 05/12/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
48
Ranking
2 88 0