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Miguel Angel

La necesidad hace virtud, o algo así (1/2)

Nicasio se agobió buscando la llave apropiada para abrir la puerta. El manojo le bailaba entre las manos y se le caía una y otra vez. Se maldecía y blasfemaba. Había repasado cada una de ellas y no reconocía la apropiada. Más de una vez pensó en separar la del portal y la del piso en un llavero diferente, pero nunca lo había conseguido.

 

La decisión de salir a dar una vuelta, sin duda alguna, no fue acertada. Sabía, debió haber imaginado lo que ocurriría.

Por la tarde se encontraba desasosegado, intranquilo. Mil ideas desordenadas le bullían en la cabeza. Las burbujas provocadas por el proceso físico, le hincharon el cerebro y estas se le filtraban por las orejas, únicas válvulas de presión. No pudo permanecer por más tiempo solo, encerrado entre las cuatro paredes sucias de color cagarrinoso que no había logrado pintar en los diez años que llevaba alquilado en ese miserable sitio. Lo mismo que le ocurría con todo lo demás. Jamás hacía nada. Pensaba y pensaba, proyectaba planes, pero estos no los llevaba a término. La única vía de escape que creyó propicia para calmar su desazón, fue la habitual, la más sencilla, la peor. Llamar a Filipi.

Uno de las razones que lo hizo vacilar sobre si salir o no fue el calentador de agua. Se le estropeó dos días atrás y aún esperaba que el Potras, amigo de la infancia y fontanero para más señas, fuera a echarle un vistazo. Nicasio no disponía de liquidez para permitirse dispendio alguno. Su dinámica rutinaria desde hacía unos años (desde que perdió el último empleo), consistía en ir tirando de favores. No le apetecía ducharse con agua fría y menos con las temperaturas tan gélidas con las que despuntó ese mes de noviembre, pero hizo de tripas corazón y el trámite (con grititos incluidos) duró lo mínimo necesario.

Una vez se hubo vestido, llamó a Filipi. Este le debía unos cuantos favores y no se negaría a pasarle un gramo por la filo. Por otro lado con el Filipi se llevaba bien. Solía aplicar el “hoy por ti y mañana por mí”. A las ocho timbró en su portal. El Filipi no vivía lejos, a unos diez minutos andando. Su bloque, de una categoría superior al de Nicasio, no era de protección oficial. El apartamento de Filipi, otrora de sus fallecidos padres, se situaba en una zona de posibles, aunque su actual morador viviera de un modo sencillo.

El Filipi lo invitó a una birra y tras la “transacción comercial” le aseguró que no se movería de allí, que una inesperada gripe lo estaba martirizando.

Nicasio volvió a la intemperie. Al frío, se había sumado un aire glacial y molesto que desanimaba a salir a la calle. Por eso no se topó  con un alma en su trayecto al Marleen, un garito de ambiente incierto y música rara. Era bonito, el primer propietario se debió de gastar una fortuna en dejarlo a su gusto (gusto de entonces). El decorado, entre pub cásico, bar de rock and roll  y antro de cucarachas, lo hacía aunque suene increíble, un lugar confortable. Su cálida luz, sus innumerables recovecos, el billar a menudo solicitado, una clientela perseverante y unos camareros familiares, invitaban a entrar y permanecer.

Nicasio conocía a todo el mundo y todo el mundo lo conocía a él. Diríase su segundo hogar. Jaime, propietario y camarero esa noche, no podía ocultar su preocupación ante la abultada deuda que Nicasio había contraído con él al paso de las semanas. Este, cada vez que se personaba,  la rebajaba  aunque fuera con diez euros. Se le adivinaba voluntad. Por eso Jaime sabía que no le podía apretar las clavijas. Tal y como Nicasio repetía,  «estoy mocao, tío».

En el Marleen se entretuvo hasta que cerraron a eso de las cuatro. Los últimos veinte euros que le quedaban los reservaba para otro tugurio en el que podría aguantar unas horas más. En realidad el sitio carecía de nombre. En sus inicios fue una barra americana, pero el actual gerente no quiso invertir “ni un clavel” en reforma alguna. Lo llamaban el Rojo, debido a los colores que predominaban en paredes y expositores y a determinadas bombillas que aún conservara el local de tiempos más inciertos, en los que el negocio de regentaba de otra manera. Para entrar, resultaba perentorio llamar a un timbre camuflado en un lateral de la verja. Francisco, el provecto propietario, asomaba la nariz y si le gustaba lo que veía abría.

La media de edad de la concurrencia,  todavía más familiar que la del Marleen,  marcaba una sutil diferencia. Si en aquel los parroquianos mostraban un amplio abanico de edades y comprendían un espectro más holgado en cuanto a aspecto, aficiones y gustos musicales, en este, uno se tenía que contentar con un elenco reducido. Dos cincuentones alcohólicos que representaban uno de los pilares del antro; Marijose, un ama de casa ludópata y más alcohólica que los anteriores; Francisco, que aparecía y desaparecía como el Guadiana; Marisa, la camarera y a la sazón pareja de Francisco y los eventuales, como Nicasio. El lugar no respondía a horarios. Clandestino en su forma y fondo, su horario discurría según el antojo de Francisco. Concluía en el momento en el que consideraba el dinero de la caja  suficiente.

Hablando con Marisa, Nicasio se daba cuenta de lo pasado que iba. En un rápido cálculo mental advirtió que lo que le quedaba en el bolsillo daba para un viaje más al baño y para una cerveza. Así es que pidió esta última y mientras se la servía, se levantó del taburete y dijo que volvía enseguida. Siempre se sentía apesadumbrado cuando se metía la última raya. Marcaba un fin, un acabose, un tener que volver a casa. Una mierda, en definitiva.

 

Por fin consiguió acertar con la llave y abrir. Olía a frío. Podía verse su aliento a la perfección. La única posibilidad, el único fantástico plan en ese momento radicaba en arroparse en la cama para darse calor, pero con la tralla que llevaba en el cuerpo sabía que tardaría mucho en conciliar el sueño. En ese estado pastoso, espeso, como el de una miasma que no se puede penetrar, se le ocurrió que quizás podría estirar la noche (el día ya) probando un último cartucho. Sabía que Nati había salido. La vio en el Marleen, aunque no le apeteció ir a saludarla. La Nati y él estuvieron muy unidos en el pasado. En un pasado no demasiado lejano. Congeniaban, convergían en muchos aspectos de la vida. Compartían pesadumbre y desconsuelo, más bien lo último. Si algo los unió durante casi dos  años fue la existencia tan desdichada y amarga por la que atravesaban ambos.

Nati contaba con el apoyo de su familia. Estos formaban parte de una clase social media alta y representaban para ella un soporte económico fundamental. O les pedía dinero con frecuencia, con más asiduidad que la corrección indicaría, o su madre, sobre todo ella, se lo ofrecía con periodicidad. Y  lo aceptaba sin rechistar. Tal  y como le transmitieron durante su costosa educación,  tomar los regalos y dar las gracias era lo correcto.

Nicasio sabía que Nati aún estaría por ahí. Su reloj Casio de pulsera marcaba las siete de la mañana, las siete y cuarto de hecho. Seguro que se las supo ingeniar para dilatar la noche con astucia. Así es que en un acto reflejo marcó su número, sin ninguna esperanza y con poca convicción, tan solo movido por el veneno que lo propelía. Ante su asombro, respondió al cuarto tono. «Estoy en casa de Rober. Dice que te vengas si quieres. Estamos en familia. Él, yo y Elena». Sin pensarlo ni un segundo, salió en estampida.

La dirección de Rober quedaba un pelín lejos. Poco más de veinte minutos. El aire mostró su enfado arreciando la velocidad y las temperaturas, con el amamnecer en ciernes, habían bajado a las mínimas. A Nicasio se le caía la moquita y le divertía pensar que quizás las gotas viscosas, al llegar al suelo, fuesen ya estalactitas que se clavaban en la acera, dejando una suerte de alfombra de faquir a sus espaldas.

Fue el Rober el que le habló por el interfono. Al entrar en el salón, un esperado ambiente pasado pero divertido lo recibió. La música sonaba un par de puntos más alta de lo debido, no obstante, las risas desencajadas y las conversaciones apenas si dejaban apreciarla. Con el sobrenombre de mesa de operaciones, Nicasio y su entorno se referían al lugar en donde se colocaba la farlopa para ordenarla en rayas. En el mismo lugar solían depositarse las bebidas y cualquier otro entretenimiento propio del momento.

A Nicasio le dio la impresión de haber interrumpido una conversación, de que con su llegada una cierta armonía se esfumó.  Pero probablemente tan sólo fue eso, una conclusión no demasiado objetiva, a juzgar por el estado en el que se hallaba cada uno.

Elena se le antojó especialmente guapa. Hacía semanas que no la veía. Le llegaron rumores de que trabajaba fuera y que solía volver algún que otro fin de semana. Había querido hincarle el diente repetidas veces, pero nunca logró llevar a buen puerto su deseo. Entre otras razones, porque una íntima amistad la unía con Nati y seguro que a esta no le gustaría que entre ellos dos hubiera algo. Ya eran  mayorcitos como para andarse con tonterías, pero así estaban las cosas.

En ese tipo de reuniones se desconoce cuándo va a acabar la fiesta. A eso de las once de la mañana, cuando parecía que se iba a diluir,  el Rober volvió con otra bolsita. Con un mutismo total y en comunión, acogieron con naturalidad el hecho de continuar en rededor del “altar”. Rober lanzó al aire el sutil comentario de que ya no quedaban  cervezas. Eso significaba que alguien debería de bajar al súper veinticuatro horas de dos calles más allá. A nadie le atraía la idea. A esas horas y con la luz del sol, se haría todavía más evidente el desfase que exhibían. Fue Nicasio el que se ofreció. Aseguró no llevar encima más que tres euros. Elena se apuntó a acompañarlo, ella pagaría “la ronda”. Eso es lo que dijo, literal. Menos Nicasio, el resto rio abierta y sonoramente.

Un bonito sol les dio de lleno en la cara. Elena se parapetó tras unas gafas de sol, nada discretas, todo hay que decirlo (Nicasio, ni de joven ni de adulto había usado gafas de ningún tipo). Elena  hablaba sin parar. Nicasio se sentía cohibido, se limitaba a escuchar y asentir.

A esa hora del domingo no deambulaba casi nadie. El súper, casi vacío, resultaba tétrico y desolado. El chico que reponía ofrecía el mismo aspecto lastimero que ellos. Y la cajera se los miró de soslayo, como reprobando su aspecto, aunque se limitó a sonreír.  Nicasio tenía un hambre de mil demonios. Por su escaso peculio, no se atrevió a proponer la compra de productos sólidos. Como las tripas de Elena afortunadamente también crujían, esta añadió al carro dos fuets y unas lonchas de chorizo envasadas al vacío.

De vuelta, se encontraron con un Rober y una Nati en animada conversación. Diríase que su ausencia les pasó inadvertida. Esa impresión fue la que la escena les produjo.

Las horas pasaban sin que apenas ninguno se apercibiera. El reloj marcaba las cinco de la tarde. Elena y Nati trabajaban al día siguiente, por eso,  tan solo ellas dos miraban su muñeca izquierda con preocupación y constancia. Nicasio como ya hemos comentado seguía en paro y el Rober, bueno, a él nadie le conocía profesión ni oficio alguno. El Rober era un personaje de la noche. Alguien al que la mayoría conoce de vista, pero de nada más. Nadie podría aportar un simple dato sobre él.

En un momento dado, las chicas se fueron y el Rober le pidió a Nicasio que se quedara un rato más. Una vez solos y ante el asombro de Nicasio, el Rober volvió con otra bolsita. Este preguntó a su invitado si aún quedaban cervezas (el Rober hacía mucho que no visita  la cocina para  avituallarse). Nicasio murmuró que habían comprado un palé. La respuesta del Rober fue una sonora carcajada.

A Nicasio le dio la impresión de que el Rober pretendía decirle algo desde el momento que llegó. Es más, sospechaba que lo invitó con la única razón de hablar con él. Y no se equivocó.

(Continuará...)

Publicado la semana 47. 28/11/2021
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Al llegar a casa de madrugada
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