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Miguel Angel

¡Riiiiiiing!

Llegué del trabajo agotado. El jefe, no cejando en su empeño, se  comportó como un cretino. Esa semana creo que pretendía batir su propia marca de estupidez. Añádase a ese dato las altas temperaturas del verano. Abandoné la cartera en medio del recibidor y chocando con las cercanas paredes (una de otra) del pasillo, como bola en un pinball, alcancé mi habitación. Me desvestí y, en pelota picada, me adentré en el baño. A pesar del calor, necesitaba un bálsamo relajante de agua caliente.

Mientras se llenaba la bañera, procuraba dilucidar con que jumento jabonoso premiaría al desgastado cuerpo, que irreverente, me miraba desde el otro lado del espejo. En esas estaba cuando oí el timbre de la puerta. Maldije estentóreamente, cerré el grifo y me enfundé de muy mal humor el albornoz.

Una muchacha de unos veintipocos me recibió en el relleno con una dulce sonrisa, que aunque ensayada, le quedaba de lo más natural. Empero las altas temperaturas, lo intempestivo de la hora, a todas luces indigna, y la particularidad de que vivo en un quinto piso sin ascensor, la joven no sufría el menoscabo esperado en la rugosidad de su indumentaria ni en su aspecto, exento de sudor, aunque la afeaba un cierto azoramiento en la respiración.

—Buenas tardes.

—Hola.

—Mire, soy numeraria del Instituto Nacional de Estadística. Recabamos información para llegar a discernir, si es acaso posible, la opinión del ciudadano acerca del cambio climático.

—Esa empresa no la había oído en mi vida. ¿Pertenece a la pública y a la privada?

—El Instituto Nacional de Estadística es un organismo autónomo encargado de la coordinación general de los servicios estadísticos de la Administración General del Estado y…

—Lo del cambio climático, ¿va en serio? No pretenderás, ilusa, hacerme creer tamaña patraña. Verás, debido a mi bagaje y, por qué ocultarlo, a mi edad, he vivido mucho y no es fácil que me la den con queso. Máxime cuando es un alimento que aborrezco hasta límites insospechados. ¿A ti te gusta el queso?

—Sí, claro. Lo adoro. Pero lo que yo quería…

—Detesto esa contestación, «sí, claro». No es obvio que tenga que gustarte. Y hablando de estadísticas, grácil flor de pitiminí, tu humilde servidor aquí presente, lleva lustros notariando una vistosa tabla de bella manufactura, con lápiz y Plastidecor, en la cual se refleja con fehaciente perspicuidad, que el porcentaje, ratio o proporción de personas ajenas al infierno del queso se aproxima valientemente al cincuenta por ciento. ¿Conocías el dato?

—A buen seguro que no.

—Desde luego, pequeña. Aún eres muy joven. Si me facilitas un correo te puedo enviar, de un modo desinteresado, los inusitados resultados antedichos. Sabedor de  que  el mundo sin sentido al que se aboca tu rabiosa inexperiencia no deja paso a la cordura y a la verdad, sumidos como estáis en redes sociales y otro tipo de zarandajas, no sois capaces de ver la paja en vuestro ojo antes que el tronco en el ajeno, o algo así. ¿Cuál era tu pregunta? Se me ha olvidado.

—Todavía no le he formulado ninguna.

—¿A qué esperas muchacha?, dispara.

—¿Usted cree que es cierta la existencia del cambio climático?

—Desconocía que lo hubiera.

—¿Ha oído hablar del deshielo de los casquetes polares?

—¡Vaya ocurrencias! ¿De dónde sacas esas barbaridades? Deja de ver películas Manga y tonterías por el estilo.

—Estudios muy serios y concienzudos, puede que no se aproximen al nivel de los suyos, dejan entrever, sin margen de error, que desastres ecológicos, tales como huracanes, tsunamis, sequías y otros del mismo calado, son debidos, sin temor a ambages, a la subida de temperaturas que experimenta el planeta como consecuencia del cambio climático mentado al inicio de esta grata y familiar encuesta.

—¿Este tipo de visitas las realizáis sólo en verano? Pillines, que sois unos pillines ¡No van a subir las temperaturas en julio! Así ya se puede. Desde luego, os conducís de manera artera y tramposa. Un sufrido trabajador, ponme a mí como arquetipo, recién aterrizado en casa en medio de la canícula veraniega, ¿qué esperas que te conteste, corazón de melón? Claro que la temperatura del planeta está subiendo. Pero, y esta información te la concedo gratis, en el hemisferio sur está bajando. En invierno ocurrirá al revés, el cambio climático obrará un milagro y las temperaturas del hemisferio sur subirán y todas esas catástrofes tormentosas, geológicas y meteorológicas las padecerán ellos.

—Gracias por su, aunque no concisa ni aclaratoria, personal respuesta, amable vecino y ahora, que ya hemos entrado en materia, encuestado. Si me permite, una pregunta más. Advierto por su albornoz y el aroma que mi epitelio olfativo ha detectado a jazmín y a otros perfumes almibarados, que entra dentro de lo razonable que estuviera  a punto de disfrutar de una placentera ducha. Y si es de los que derrochan agua, con la sequía que azota a la humanidad, más bien apostaría por que se iba a dar un baño. Pero no me gustaría desviar  mi rumbo dejándome engatusar con elucubraciones maliciosas y con cávalas sin argumento. ¿Es usted una de esas personas ejemplares que reciclan la basura? Basura, acépteme la apostilla, que se genera, de normal, de manera excesiva e innecesaria, a causa de las costumbres viciosas, insalubres e incluso nocivas de proveernos de alimentos manufacturados, bien enlatados, bien embotados, bien embolsados.

—Criatura, hablas demasiado y me cuesta seguirte el hilo. ¿A qué parte de tu argumentación deseas, de forma precisa, que hinque el diente?

—A la parte del reciclaje de basura. ¿Usted recicla?

—Que yo sepa, y de momento no he recibido proposición alguna al respecto, no trabajo en el servicio municipal de limpieza.

—No me refiero a eso, si me acepta la oportuna aclaración ¿Separa en distintas bolsas los desperdicios, clasificándolos a tenor de su origen orgánico, plástico, vidrioso o cartónico?

—Si vieras la cocina lo entenderías. No te hago pasar porque no dispongo de demasiado tiempo y la poca agua que he añadido en la bañera habrá logrado ya las temperaturas árticas. Al observar el único cubo de basura que guardo, para más señas debajo de la fregadera, quedaría saciada tu curiosidad.

—¿Y por qué no lo hace?

—No se me habría ocurrido por nada del mundo. Hija mía, no sé de dónde sales, de que árbol te has caído. ¿Qué os enseñan en los colegios ahora? ¿Crees que voy a llenar la cocina de cubos de basura? Al final me vería en la penosa tesitura de sortear obstáculos impidiendo moverme en ella con la soltura y gracilidad de la que hago gala. Yo cocino de maravilla. Si me avisas con tiempo te prepararé un guiso que te vas a chupar los dedos de los pies. Además, ¿qué saco yo de todo eso?

— Beneficiaría, sin lugar a dudas al planeta. Permítame que le informe de que el plástico, por entresacar un ejemplo del variopinto abanico de posibilidades, es utilizado para crear otros recipientes de idéntico material, sin necesidad de que las factorías propias del sector, empeoren la atmósfera con sus humos y envenenen los ríos con sus vertidos, consecuencia inevitable de la manufacturación a gran escala y discriminada; de extensiva, me atrevería a catalogarla. La ciudadanía concienciada, muy alejada por lo que veo de sus estándares  y costumbres, deposita tan dañino desecho en los contenedores que para tal efecto han sido dispuestos,

—¿Tu padre en qué trabaja? Si me permites la pregunta.

—Murió.

—No me extraña. Hablabas mucho con él, ¿no es cierto?¿Y tu madre?

—Me abandonó cuando se casó en segundas nupcias.

—Ambas pérdidas, ¿ocurrieron antes o después de que ingresaras en la entidad cuyo nombre ya no recuerdo?

—Antes.

—Y creíste oportuno arreglarlo dedicándote a importunar a las buenas gentes que disfrutan de paz y relajo en sus hogares, con preguntas tan enrevesadas, y por qué omitirlo, malintencionadas y plagadas de reproches y nada velados ataques a la intimidad que cada cual pueda esconder.

—Debo deducir de su escurridiza verborrea, que la respuesta es no.

—¿Y quién se beneficia del trabajo de triar y cribas los desperdicios domésticos?

—Compañías que a tal fin empeñan sus esfuerzos.

—¿Públicas o privadas?

—Tanto de un ámbito como del otro.

—De lo que colijo que el ciudadano trabaja para tales empresas suministrándoles la materia prima.

—Lo que importa, lo que de verdad nos preocupa a los que penamos por el declive de nuestra Madre Naturaleza, es no verla sufrir.

—Y para colmo, a los supermercados y negocios afines les dio desde hace unos años por cobrar las bolsas de plástico manufacturadas, según tu encantadora documentación, merced al reciclaje. Y en vez de pagarnos cinco céntimos por bolsa, como contrapartida justa y equitativa a vuestro denodado esfuerzo por que la deriva de nuestra Tierra Madre no  se acelere, nos cobran. Supongo que hasta el más inculto y analfabeto amiguito de tu edad lo entenderá.

—No se detenga, por favor. Además de marcar las casillas correspondientes, estoy anotando sus opiniones. Como intuirá, nos interesan tanto las consideraciones positivas, como las negativas. Usted me está brindando una fuente inagotable de ideas, las cuales remarcaremos en nuestros catálogos y publicidad en rojo, como perversas, con una calavera, advirtiendo del peligro máximo de extinción de la raza humana.

—En fin,  constatando que no has entendido nada, debo dejarte. Quehaceres placenteros me aguardan en el baño. Estoy muy a gusto aquí en paños menores, con una inapropiada escasez de ropa, al albur de miradas chismosas y de suspicacias inmerecidas, pero no me queda más remedio que dejarte marchar. Sin duda alguna debes de tener mucha prisa y todavía te aguardará una agenda muy apretada. Te voy a regalar otra información que hará las delicias de esta tu jornada laboral. La vecina del 7º D tampoco recicla y estoy seguro de que también desconoce eso de las temperaturas altas y el nombre de la corporación que te respalda. Pero, por favor, no le digas que te lo he chivado. Es muy sensible.

—Muchas gracias. Ha sido muy amable. Debo de reconocer que si todos se condujeran como usted nos íbamos al carajo en una semana, pero qué duda cabe de que lo haríamos con la mejor de las sonrisas. Me voy directa al 7º D.

 

Tras este lapso, vacié el agua ya fría, llené la bañera, la colmé abundantemente de sales de tomillo, menta y rosas y me sumergí con placer y fruición.

Mientras dormitaba,  rememoraba retazos de la conversación mantenida con esa pizpireta metomentodo. Aseguró que había sequía en el planeta. No, no fue eso. Dijo que la sequía azotaba la humanidad. Con toda seguridad en esa empresa contrataban a cualquiera. Desde que vivo en este piso, cada vez que he abierto el grifo ha salido agua. En fin.

¡¡Que a gustito se está aquí!!

 

FIN

Publicado la semana 44. 07/11/2021
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Disfrutando del hogar
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