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Miguel Angel

Enzo (Cap. 4)

Un día, debía de ser septiembre, llegó  un turista y se alojó en la fonda. Parecía un tipo despistado y aseguró a Dolores (la esposa de Joaquín), que tan solo había ido para cambiar de aires. Estaba de vacaciones y quería desconectar. Pasaba muchas horas en la habitación y tanto Joaquín como Dolores se mordían la lengua para no preguntarle qué demonios hacía encerrado tanto tiempo. A eso de las once o doce, lo veían salir con su mochila montaña arriba y no regresaba hasta aproximadamente las seis.

Cuando se estableció una cierta confianza entre ellos (eso ocurrió al segundo día), el turista les confesó que se llevaba comida y lectura y que disfrutaba andando y andando y parándose cuando le venía en gana a descansar, a comer y a leer un rato bajo una sombra agradable. Los posaderos, no entendían esa manera de ver la vida. Razonaban que si ellos vivieran en una ciudad, para que diantres tenían que ir al culo del mundo a aburrirse. Así es como consideraban su vida, como una rutina imposible de modificar. Siempre había sido así y siempre lo sería. Sin saber a ciencia cierta su significado, creían en la predestinación.

En una de esas excursiones, en lo alto de una loma, cuando ya llevaba recorrido un largo trecho, Tiberio (así se llama nuestro turista) se topó con la escena que ya hemos descrito, con un hombre desparramado en el suelo, rodeado de restos de pan, huesos de conejo y una botella de vino vacía a su vera. Se sobresaltó y permaneció mirándolo durante un par de minutos. No sabía ni por asomo cómo proceder. Pensó con horror que si estuviera muerto, menudo trance, esa circunstancia podría arruinarle el día y puede que hasta las vacaciones. No había acabado de meditarlo, cuando advirtió un movimiento imprevisto y observó cómo el yacente se giraba sobre sí mismo y se colocaba decúbito supino. Enzo abrió los ojos con dificultad y tardó unos segundos en percatarse de la presencia de un foráneo apostado justo delante de él.

Acostumbrado a despertar y a contemplar un jabalí observándolo, a una vaca espantando a las moscas con el rabo o incluso a una cohorte de abejas en posición militar, no se esperaba ni por asomo ver a una persona plantada ahí, como un pasmarote. Saludó toscamente, Tiberio le correspondió y a renglón seguido se interesó por su bienestar. Enzo, a modo de disculpa por lo embarazoso de la situación, contó haber trabajado mucho y haberse quedado indispuesto por el esfuerzo físico. Al intentar incorporarse, una de sus manos topó con la botella vacía y observó cómo el visitante esbozaba una discreta sonrisa. Este, lejos de mostrar intención de proseguir su camino, se sentó en una gran piedra y bebió un trago de agua de su cantimplora. Enzo deseaba que se marchara, pero Tiberio comenzó una conversación trivial sobre el valle, la meteorología y otra serie de tópicos que no interesaba para nada al confundido lugareño.

A Enzo no le quedó más remedio que incorporarse y, por así decir, guardar la visita. De buena gana hubiera abierto otra botella de vino que reservaba en el maletero, pero no le pareció oportuno ni se hubiera sentido cómodo con semejante conducta. En su lugar, sacó una garrafa de agua y le propinó un largo trago para mitigar en la medida de lo posible el reseco que sentía en la boca y en la garganta. Parte del líquido le resbaló por el cuello y se fue a unir al resto de manchurrones, que de ostensiblemente se apreciaban en su camisa.

Tiberio era un tipo paciente y su actitud, aunque al principio le resultara a Enzo impertinente, se tornó en agradable. En el reducido espectro de su hábitat, Tiberio representaba un animalillo más del entorno, con la única salvedad de que este se comunicaba de forma diferente a como lo hacía el resto. Enzo no estaba habituado a largas charlas. Incluso con su tía, la única persona a la que veía todos los días, no intercambiaba más de cien palabras (y estas eran siempre las mismas).

El turista parecía ávido de información, pero en ningún caso le pareció a Enzo un cotilla. Aparentaba sinceridad y enseguida le cayó bien. Poco a poco se fue abriendo, y aunque su vocabulario y  riqueza expresiva dejaran mucho que desear, supo trasmitir a Tiberio su empatía.

Tras una hora de charla, Tiberio decidió proseguir su andadura. Enzo le ofreció bajarlo en el Land Rover y Tiberio, con una sonrisa en la boca, respondió que no, que su objetivo perseguía realizar algo de ejercicio. Enzo no entendió eso. Fue como si se lo hubiera dicho en ruso.

Cuando Tiberio regresaba a la fonda, se reconfortaba con una placentera ducha y daba un paseo hasta el hotel para premiarse con un par de cañas hasta que se hiciese la hora de cenar, que solía ser alrededor de la ocho y media, nueve. Esa tarde, ni de lejos imaginaba cruzarse de nuevo con el lugareño, pero ahí estaba, departiendo con una joven camarera de manera jovial y entretenida. Enzo, al verlo, lo saludó  efusivamente. Aunque Tiberio gustaba de salir a la terraza exterior a disfrutar del atardecer, se dio cuenta de que la gente local no apreciaba ese detalle; en el tiempo que llevaba allí no había visto a ninguno fuera. Casi con toda probabilidad debían de pensar que eso era cosa de guiris, lo de las terrazas. Tiberio aplicó la máxima, “allí donde fueres haz lo que vieres” y se quedó con él en la barra.

Tiberio ofreció la siguiente ronda, a lo que Enzo aceptó encantado. Tiberio no fue consciente en ese momento el error que había cometido. Había entrado en el juego sin fin de las rondas. A ver quién paga la última y cómo te puedes escabullir sin despreciar una. Como consecuencia, llegó a la fonda cerca de las diez bastante embriagado, detalle que no pasó desapercibido a Dolores, que tras preguntar si de primero quería judías salteadas con jamón o una ensalada ilustrada, el huésped farfulló algo ininteligible.

Al día siguiente, Tiberio tenía prevista una ruta alternativa a la de la jornada anterior. Se había propuesto conocer el valle variando las caminatas, pero la posibilidad de toparse otra vez con Enzo lo animó a repetir. Cuando tras una hora de fatigosa subida conquistó la loma, divisó a lo lejos el destartalado cuatro por cuatro y al alcanzarlo, se sorprendió de no hallar a su propietario. Se apoyó en la misma piedra que la mañana anterior y sacando una botella con agua, observó las inmediaciones a la vez que bebía copiosamente. A los cinco minutos lo vio aparecer, abrochándose el cinturón. Sin duda, acababa de aflojar los intestinos en algún rincón, que si Tiberio no se equivocaba, sería el mismo que de costumbre. Enzo no pudo disimular una franca alegría al verlo. Pronosticando el encuentro, preparó un macuto bien provisto; le ofreció un taco de jamón casero y otras delicias que su tía preparaba y  guardaba en la despensa.

Allí sentados, en la cómoda y ya seca hierba, Tiberio se dispuso a almorzar y Enzo a repetirlo por segunda vez. El vino no faltó y entre ambos trasegaron una botella. Cierto es que en torno a una comida se forjan a menudo sólidas alianzas y se establecen vínculos personales que no se producirían de buen seguro en otro marco. Pero no cabía duda de que entre ambos, en tan solo dos días, se había establecido una empatía extraña de modo unidireccional. A Tiberio no le resultaba en absoluto raro el haber congeniado con el tosco ganadero, pero por la mente de Enzo circulaban otra serie de pensamientos.  Esas vibraciones que recorrían sus venas no eran ni mucho menos corrientes. Reconoció que se fiaba más de ese foráneo que de personas que trataba desde niño. Y eso le preocupó. No de forma alarmante, aunque le creó un runrún en su cabeza.

Enzo tuvo que reconocer que lo había pasado bien en su compañía. Ofreció su vehículo para regresar y Tiberio se negó.

Mientras conducía cara abajo, ya echaba de menos al desconocido turista.

Publicado la semana 4. 30/01/2021
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Donde sea y cuando sea, pero en soledad
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