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Miguel Angel

Trini y Doroteo

Trini se siente agotada. Esa mañana, además, su humor pasa de irascible a insoportable en fracciones microscópicas de segundo. Lleva más de cuarenta minutos en la caja. No entiende de dónde sale tanta gente. Para colmo, el encargado le ha soltado, con la simpatía que lo caracteriza, que en cuanto la cola afloje,  ayude a reponer el pasillo de las conservas. Lo mataría, al muy cretino.

Y aunque no sea capaz de discernirlo, no existen grandes diferencias entre esa jornada y otras. En el fondo son todas iguales. La rutina no cambia un ápice y el gilipollas del encargado tampoco. Trini lleva tiempo con una crisis arrastras aunque sea incapaz de reconocerlo. Su relación con Doroteo atraviesa un bache, que como no lo parchee ella los del MOPU tampoco lo van a hacer.

Los turnos los va alternando cada cinco días; esa semana va de mañanas. Consulta el reloj cada dos minutos. Es consciente de que por mucho que lo mire no conseguirá que el tiempo se acelere, pero lo intenta con tesón y empeño. Como otras empleadas de la cadena, una vez cambiada y lista para marchar, adquiere cuatro productos básicos que paga religiosamente en caja. Unas croquetas congeladas, canelones listos para calentar y comer, patatas fritas, bollos con crema y chocolate y dos paquetes de macarrones.

La dieta que sigue con Doroteo es insana, desaconsejable y algunos dirían que nociva. Algunos que no fueran ellos, claro. Nada más llegar, mientras pone los canelones al horno, se va a dar una ducha. Ha conseguido despojarse del sudor y del olor del súper pero no de su pesadumbre. Se enfunda un  chándal  (adquirido en un mercadillo por doce euros) y mientras saca el plato del microondas, realiza dos acciones en rápida sucesión, enciende un cigarro y extrae con la otra mano una lata de cerveza de la nevera. Acaba el cigarro y media lata y se sienta a comer. El acto no dura tan apenas diez minutos. Prepara un café, y con él y la bolsa de bollos, se sienta delante del televisor apoyando sus  piernas sobre la mesita. Enciende otro cigarro y le da al mando.

Doroteo llega sobre las siete. Trini parece que ha accionado la pausa de su vida, su postura apenas ha cambiado.  Saluda, dice que se va a dar una ducha y desaparece. Trini no le ha dicho hola, ni nada. Tan solo ha movido ligeramente la cabeza.

Doroteo es encofrador. Labor dura por la exigencia física y por la exposición a todo tipo de inclemencias meteorológicas. Doroteo, fuerte como un Miura y moreno como un dominicano, sin poseer un encanto especial, resulta por alguna razón atractivo. Quizás debido a su aspecto salvaje. Quién sabe.

A Doroteo le gusta pimplar antes durante y después del trabajo; en casa, los fines de semana y dónde y cuándo sea. A Trini también. Lo que ocurre es que Doroteo parece que el alcohol lo metabolice de un modo especial. Trini se maravilla de no haber notado desde que le conoce un atisbo de borrachera, ni una mala contestación, cierto carácter iracundo o agresividad. Doroteo es chabacano pero pausado, sociable y divertido.

Trini ha disfrutado grandes momentos a su lado. Se lo han pasado bien. Han llevado una relación feliz a su manera. Pero desde hace unas semanas, o meses, ya no lo recuerda, Trini se agita inquieta. El motivo de su malestar deriva de cuestionar aspectos de su relación que sistemáticamente había ido dejando de lado. Matices en un principio baladís, pero que su sedimentación ha constatado todo lo contrario. Las pequeñeces crecen y se convierten en adultas, en problemas adultos. Trini se encontraba mal.

Y su malestar residía por un lado en el estilo de vida compartida con Doroteo. Trini, en un momento dado, empezó a sopesar cosas, detalles, costumbres, sentimientos. Por ejemplo, el sedentarismo manifiesto en el que vivían inmersos. Y era extraño que fuera capaz de percatarse; muchas parejas no alcanzan a percibir desde dentro defectos y fisuras de su relación. El tiempo libre lo destinaban en un porcentaje alto, muy alto, en apoltronarse delante de la tele viendo cualquier bazofia. Esa es otra, la tele. Doroteo se empeñó en gastarse un pastón que no tenían en una televisión “inteligente" que ocupaba media pared.

Por otro lado, no hablan más que de banalidades que no atañen a sus vidas. Sueltan comentarios de lo que ven a través de la pantalla, del tiempo y poco más. No exponen su día a día en el trabajo, no trazan planes de futuro, en definitiva, no proyectan nada en comunión. Están ahí como dos pasmarotes ingiriendo comida basura y bebiendo alcohol. El fin de semana que se sienten aguerridos van a pasar una tarde a un centro comercial. Y cuando el valor y el coraje superan los estándares habituales son capaces hasta de visitar Ikea.

Su vida es una mierda. Trini lo ha visto. Quizás ya lo descubrió años atrás, pero ese convencimiento no la abandona. Y del sexo para que hablar. Llevan meses sin practicarlo. Trini hay días que está cachonda como una perra en celo. Además adora el cuerpo de su marido. Desea que la coja y le dé un buen meneo. Doroteo cuando se pone es una máquina. Pero no hay manera. Ni siquiera yendo ligerita de ropa y lanzando sutiles insinuaciones consigue excitarlo. Su apatía llegó en cierto momento hasta un punto que se hizo insostenible. Para ella. Doroteo, pétreo, impertérrito actúa como siempre. Para él los problemas parecen no existir. Se escuda en la rutina, en el mutismo y en marear la perdiz con chorradas.

A Doroteo le gusta el fútbol. Trini odia el fútbol. Esto no es nuevo. A un elevado porcentaje de los matrimonios y parejas les sucede lo mismo. Cada vez que Doroteo quiere ver un partido, Trini debe de abandonar el sofá y tumbarse en la cama y utilizar la tele de la habitación. En ocasiones, Doroteo se baja al bar a ver los partidos. Pero no es por hacer un favor a Trini, es porque ha quedado con los colegas.

 

Trini encuentra cierto alivio con las amigas. Generalmente queda con ellas entre semana, según como lleve el turno en el súper. Con ellas puede explayarse desahogarse y contarles todo lo que a su  Doroteo no puede. En uno de esos encuentros Trini les relató sus intentos de seducir y estimular a su marido y ellas se morían de risa. Resultaba cómico por la gracia innata de Trini, por lo patético de la situación y porque cada una de ellas se vio reflejada en ello. La anécdota más graciosa de todas fue la referente a un buen día en el que ella decidió por fin poner las cartas sobre la mesa.

«…la de las marmotas y los coalas. Esa es la calma que necesito en estos momentos Doroteo. Llevamos meses sin hacerlo. Me insinúo de las maneras más burdas y humillantes. Como ayer cuando te serví dos huevos fritos con una enorme salchicha. Y tú como si nada. Me paseo medio desnuda por la casa y solo se te ocurre decir que me voy a enfriar. Puedo soportar eso y mucho más. Pero esto no tiene nombre. ¿Cómo se te ocurre pedirme que lo hagamos en el sofá mientras ves un partido de la Champions?».

El chascarrillo provocó un aluvión de estentóreas carcajadas, incluidas las de Trini.

Pidieron otra ronda de cubatas y siguieron intercambiando jugosa información. Las anécdotas de las amigas no se diferenciaban en gran medida a las narradas por Trini. Cada una de ellas reconocía que su relación de pareja no era tal; que la fuerza de la costumbre los mantenía unidos como un pegamento invisible; que todas habían pensado en romper tan patética y falsa convivencia; que la mayoría no daban el paso por los hijos, o por una hipoteca a medio pagar. Pero Trini y Doroteo no tenían ni hijos ni hipotecas ni nada material que los atara.

Trini, mientras volvía un tanto achispada a casa, decidió que lo iba a abandonar.

Le prepararía otro plato de huevos fritos con una salchicha superlativa y le diría que se la metiera por donde le cupiera.

Que ella se iba a buscar una buena longaniza, butifarra o salchichón, no era racista ni clasista. Ni siquiera vegana.

 

FIN

Publicado la semana 39. 03/10/2021
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