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Miguel Angel

Un día en el súper

Guardaba cola en la caja. Siempre repleta, a cualquier hora, mañana o tarde. La cajera no demostraba demasiado entusiasmo y los clientes la ayudaban a mantener dicha inercia. Mientras pasaba los productos uno a uno por el sensor, iban intercambiando todo tipo de chismes y comentarios “de lo más interesantes”.

Tras un buen rato, constaté que no avanzaba en absoluto. Mi sistema nervioso, cada vez más inestable, comenzó a alterarse.

 

Para más inri, no funcionaba el sistema de refrigeración. Todo el mundo sudaba, y yo más. Tan sólo se sentían a gusto la merluza congelada y sus compañeras, las croquetas. Me acordé de la farmacia y de que no quedaba mucho tiempo para que cerraran; tenía que comprarme esa maldita crema anti mosquitos, de lo contrario, por la noche, me volverían a acribillar cómo solían, con total impunidad. De reojo observé cómo la encargada traía cambio. Una señora pagó con un billete grande y se habían agotado las monedas. Esperaba que esa noche no me llamara nadie a partir de las once; me desvelo con facilidad y más en las épocas de estío. «Antes de acostarme lo silenciaré», pensé.

Para colmo, el siguiente cliente, no conforme con la cuenta, obligó a la dependienta  a repasar uno a uno todos los artículos ya metidos en bolsas, con una celeridad que sonrojaría a las tortugas y a los caracoles. Intentaba hallar algún pensamiento positivo para alcanzar cierta serenidad, sin lograrlo en absoluto. Tendría que haber apagado el fuego; mi maldita costumbre de dejar guisos para que se fueran cociendo mientras aprovechaba para efectuar una compra rápida. ¡Rápida!

La siguiente en el turno, debo reconocer que se despachó con celeridad, pero claro, algo se le había olvidado, una botellita de leche; como se imaginarán, fue a buscarla.

 

Ya “sólo“ me precedían tres.

 

Un señor entrado en años, me apartó bruscamente de mis cavilaciones. Con una barra en la mano, me preguntó «¿No le importaría dejarme pasar joven?, sólo llevo esto».  Desconozco el mecanismo que activó un interruptor, el interruptor. La reacción química que originó tal conexión provocó que mi brazo agarrara la botella de vino de mi carro y se la estampara en la cabeza. Cretino.

Al instante y sin pestañear, todos los clientes (amén de la cajera) me increparon de una forma brutal e incomprensible. Por suerte se erigía a mi costado una abultada sección de latas de conserva (oferta de la semana) y pude defenderme de sus insultos. Procuré ser certera y atinar con maestría. Cuando los derribé a todos, quedé frente a frente con la que pilotaba la nave. A ella le reservaba lo mejor de mí. Me separé de la batería de munición y me acerqué a su búnker. Agarré con fuerza la caja registradora, la desencajé de su sitio y la solté. La bendita gravedad se encargó de lo demás. Un chillido desaforado indicó que sus pies habían frenado la caída del armatoste, repleto de números y dinero.  Se desmayó en el acto.

 

Encontré la farmacia cerrada y al llegar a casa la comida se había quemado. Pero curiosamente, y a pesar de los mosquitos, dormí de un tirón, a pierna suelta, orgullosa del deber cumplido.

Sólo me arrepentí de una cosa, tenía que haber lanzado contra ellos el móvil. Qué mejor manera de destruirlo.

 

FIN

 

Publicado la semana 29. 25/07/2021
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Haciendo cola
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